Un Canto Desde Polonia

El lugar era nuevo. La gente diferente. El idioma era un problema. Pero había un canto en nuestros corazones que nos unió y mantuvo juntos. El canto de testificar por Jesús.

Era enero y hacía frío. Greg Hann y yo teníamos que hacer un viaje de 450 millas desde Zakopane a Gdansk, en Polonia. Sabíamos que el tren estaría lleno, así que llegamos a la estación 90 minutos antes de salir. Aún así apenas pudimos meternos en el pasillo del último vagón del tren. ¡Eran 15 horas de viaje y no teníamos dónde sentarnos! Pero no estábamos solos: habían otros 40 parados.

El Libro del Llamado al Estudiante Misionero, además de comentarios de otros estudiantes misioneros, nos había pintado un cuadro desafiante, excitante y aventurero bastante acertado. Viajes a nuevos lugares y la oportunidad de conocer a nuevas personas y compartir a Cristo por medio de la enseñanza o la predicación. Los estudiantes misioneros hacían todo eso, ¿no es cierto? Así que hice la decisión de ir a Polonia como estudiante misionero para enseñar inglés allí. Además, ¡necesitaba un descanso de mis estudios!

Pero ahora, parado en el tren, entre otros pasajeros igualmente cansados, la realidad de lo que me rodeaba se confirmó: la vida del estudiante misionero puede traer desafíos y aventuras inesperadas. Greg y yo estuvimos parados casi toda la noche en aquel tren; fue una experiencia horriblemente memorable. Sin embargo, Dios nos mostró algo grandioso. A pesar de nuestro pobre dominio del polaco pasamos buenos momentos tratando de hablar con la gente a nuestro alrededor. Greg sacó de su mochila un libro de cantos y tratamos de cantar.

Intrigados, nuestros nuevos amigos nos preguntaron qué clase de cantos eran esos. En pocos minutos los dos comenzamos a compartir nuestra fe en Cristo con los que estaban parados a nuestro alrededor. La joven con quien yo hablé sabía muy poco inglés, pero los que estaban cerca de Greg sabían menos aún. Afortunadamente, uno de los pasajeros tenía un Nuevo Testamento en polaco. Greg pudo dar un estudio bíblico de 45 minutos acerca de la salvación en Jesús. ¡Cinco meses antes no hubiéramos podido hablar ni una palabra en polaco! Estoy convencido que Dios obró un milagro por medio de Greg esa noche.

Dios tenía una sorpresa para mí

Durante nueve meses, entre 1992 y 1993, enseñé conversación de inglés en Gdansk, una ciudad colgada a orillas del mar Báltico, en el norte de Polonia. Mis intenciones al decidir ser un estudiante misionero eran buenas. Quería servir a otros, dar testimonio y pasar un buen año. Esperaba tener algunas experiencias memorables y conocer algunos nuevos amigos. Pero Dios me tenía reservada una sorpresa tremenda. Lo que yo esperaba de Polonia no se puede comparar con lo que recibí durante el tiempo que estuve allí. Dios y Polonia me enseñaron nuevamente que no puedo juzgar nada antes de que me ocurra.

La diferencia entre la realidad y la expectativa puede ser impresionante. Al viajar por Europa, especialmente Europa Oriental, por primera vez no tenía idea de lo que podría esperar. Cuando pensaba en Polonia por mi mente pasaban imágenes en blanco y negro de largas filas de personas esperando pan y mujeres con cabezas cubiertas y sombreros. Me imaginaba que "allá", en ese país ex-comunista la gente usaba ropa gris, se alimentaba de comida gris, y tenía sonrisas grises. El haber tenido la oportunidad de visitar Polonia y podido borrar estas ideas erróneas ha sido una de las experiencias más gratas de mi vida.

Polonia es un país hermoso, con playas, montañas, bosques y campos. Tiene miles de millas de apacibles caminos secundarios, así como ciudades de cientos de miles de personas amables. Sufrió los efectos desagradables del comunismo, y le llevará muchos años borrarlos completamente y "ponerse a la altura" de Europa Occidental. Pero los polacos están luchando valientemente, como siempre lo han hecho, para mejorar su país.

Una excursión de los alumnos del Instituto Inglés Adventista.

Listo para lo inesperado

Antes de ir a Polonia, nos habían enseñado que los estudiantes misioneros debían ser flexibles y estar listos a enfrentarse con lo inesperado. Resultó ser un buen consejo. El primer día de clases me dejó petrificado. ¿Cómo podría enseñar inglés, cuando no era profesor ni podía hablar polaco? A mediados del año uno de nuestros mejores profesores tuvo que regresar a su casa por problemas de salud. Y no contábamos con un traductor de tiempo completo para ayudarnos con relaciones públicas en la comunidad.

Agradezco porque Dios siempre nos suple con perseverancia, creatividad y paz de acuerdo con lo que necesitamos. Muchas veces nos ayudó con problemas o preguntas inesperadas. Pudimos contar con su ayuda para sostenernos durante todo el año. Semana tras semana en nuestra reunión de personal con otros estudiantes misioneros compartíamos nuestros problemas y preocupaciones entre nosotros y con Dios.

Las experiencias buenas fueron más que suficientes para balancear las negativas. El temor a enseñar poco a poco fue dando lugar al desafío de ser un mejor profesor. Las actividades del Instituto de Inglés fueron las más sobresalientes del año. Tuvimos programas de talentos, búsquedas de tesoro, días de campo, picnics, y visitas a un orfanatorio cercano.

Queríamos conocer a nuestros alumnos fuera de la clase y darles oportunidad de practicar el inglés. Los domingos de noche teníamos un estudio de la Biblia para cualquier alumno que quisiera asistir. Dios me dio la oportunidad de tener un compañerismo muy especial con mis alumnos. Pasamos de ser extraños y de deconfiarnos mutuamente a ser amigos que disfrutaban de estar juntos.

Haciendo amistad y compartiendo la fe

Me hice muy amigo de una alumna en particular: Anna. Era estudiante de medicina. Vino dos veces al estudio semanal de la Biblia y escuchaba atentamente pero sin decir nada. Un día me confesó que estaba intrigada acerca de por qué Dios permite el sufrimiento en el mundo y expresó su duda del amor de Dios por ella. El tratar de responder a sus preguntas fue uno de los desafíos más grandes que me ha tocado enfrentar. Tuve la oportunidad de visitarla varias veces, estrechar nuestra amistad y compartir mi fe y experiencias con ella.

El autor (sentado a la derecha) con una de sus clases de inglés.

Nuestro estudio bíblico semanal se concentraba en la vida de Jesús, estudiando de la Biblia y El Deseado de todas las gentes. Queríamos compartir con nuestros alumnos la importancia de tener una relación directa con Jesús. Como resultado, Dios tocó a algunos de ellos. En particular a Diana y Gregory. Al finalizar el año nos dijeron que habían llegado a conocer a Jesús como su amigo. Por supuesto, estábamos muy contentos.

Como profesores de inglés éramos la "autoridad" para dirigirlos por los recovecos del inglés conversado. Pero como profesores de Biblia no teníamos la misma ventaja. Nadie puede comprender completamente a Dios o sus misterios. Cuando nos hacían preguntas no siempre teníamos una respuesta disponible. Por ejemplo, yo no podía decirle a Anna cómo encontrar a Cristo porque no la concocía lo suficiente como para trazarle un mapa en esa dirección. Como estudiantes misioneros llegamos a la conclusión de que nuestro papel como testigos y misioneros es como el de aquel que cosecha en la parábola (ver Mateo 13:3-8). Simplemente somos testigos, decimos lo que hemos visto y oído y contamos nuestra experiencia personal. Plantamos la semilla. El Espíritu Santo se encarga de regar y alimentar esas semillas.

Probablemente lo más importante que aprendí de esta experiencia en Polonia es que uno no tiene que ser un estudiante misionero oficial para ser un misionero. Podemos cantar el cántico de Jesús en cualquier lugar, en cualquier momento.

Michael Feldbush estaba en su tercer año de Geografía en la Universidad de Maryland en College Park, Maryland, EE.UU. de N.A., cuando escribió este artículo.

Si estás interesado en servir como voluntario o estudiante misionero, comunícate con Ministerios de la Iglesia o el Director de Jóvenes de tu división (ver dirección en la página 2) o con el Pastor Dick Barron, Coordinador de Servicios para Jóvenes Adventistas: 12501 Old Columbia Pike, Silver Spring, MD 20904, EE.UU. de N. A. Teléfono: (301) 680-6149. Fax: (301) 680-6155.