Manuel Lacunza: La Conexión Adventista

"Me permite ver el libro?" --es la pregunta clásica del visitante de nuestra biblioteca. Todos quieren ver "el libro". La biblioteca no tiene el libro completo, sino solamente un extracto manuscrito titulado: La venida del Mesías en gloria y majestad. Escrito por el sacerdote jesuita Manuel Lacunza, está compuesto con una artística caligrafía en el hermoso estilo español del siglo XIX. Sus amarillentas páginas huelen a antigüedad. Fechado en el año 1820 y escrito bajo el seudónimo de Juan Josafat Ben-Ezra, el manuscrito fue, aparentemente, copiado por los Padres Trinitarios de San Carlos, en Roma, para lo cual utilizaron, probablemente, cuatro posibles fuentes europeas. Una nota al pie de página aclara que en esta obra "nada se ha perdido en frases ni conceptos del autor, por ser una copia del original español que él mismo compuso".1

Para un profesional del campo de la historia, adventista y, además, chileno, como el autor, el libro resulta extraordinariamente interesante. ¿Quién es realmente su autor? ¿Qué lo impulsó a escribir este controvertido texto? ¿Qué influencia ejerció en su época? ¿Tiene vigencia para nosotros, que vivimos casi dos siglos después?

El autor

Manuel Lacunza nació en el seno de una familia aristocrática en Santiago, Chile. Al igual que otros familiares, optó por la vida religiosa, recibiendo las órdenes en la Compañía de Jesús. Se caracterizó por ser un estudiante inteligente, estudioso, sociable y vivaz. Sus dotes intelectuales le permitieron destacarse tempranamente como profesor y orador.2 La tranquilidad colonial fue bruscamente interrumpida cuando, cumpliendo la orden de Carlos III, por razones que se guardaba "en su real pecho", los jesuitas fueron expulsados de "todos los territorios de España e Indias". Lacunza y sus compañeros jesuitas fueron arrestados y llevados a Europa. Después de varios meses de un tortuoso viaje en barcos dilapidados, los prisioneros fueron desembarcados a su merced en la ciudad italiana de Imola, cerca de Bologna. Allí languidecieron hasta 1799, fecha en que la corona de España levantó las sanciones contra los jesuitas, pero Lacunza no quiso volver. En la mañana del 18 de junio de 1801 su cuerpo sin vida fue encontrado en los alrededores de Imola. Nunca se supo la causa de su muerte.3

Su correspondencia familiar desde el exilio nos muestra aspectos íntimos de su afectividad y espiritualidad. Se imagina viajando de vuelta a Chile, recreándose en sus parajes y compartiendo con sus seres queridos. Añora las comidas de su patria y las tertulias con sus paisanos. Hay un fuerte acento nostálgico en sus palabras: "Solamente saben lo que es Chile los que lo han perdido: no hay por acá el menor compensativo: y esta es la pura verdad".4 El exilio es doloroso. Se identificaba con la suerte de sus hermanos desterrados: "Todos nos miran como un árbol perfectamente seco e incapaz de revivir o como un cuerpo muerto sepultado en el olvido".5 Sin embargo, el sufrimiento no es inútil; mediante él vio la oportunidad de compartir los sufrimientos de Cristo: "porque para servir a Dios muy de veras no puede haber cosa más a propósito que el estado presente en que nos hallamos, que es de humillación y de cruz".6 Aunque amargo, el exilio no es estéril. Allí en la soledad surge su gran aporte al mundo cristiano: La venida del Mesías en gloria y majestad".

La obra de Lacunza

Mucho se ha discutido sobra la motivación que tuvo Lacunza al escribir su libro. Sus detractores creen ver en ella el resultado de un proceso psicológico alimentado por las frustraciones del exilio y posterior supresión de su orden religiosa con el apoyo del pontífice romano.7 Otros la ven como el resultado de la reacción conservadora cristiana ante el impacto del Iluminismo expresado especialmente en el deísmo, tan en boga en aquellos días en el cristianismo católico y protestante.8 Otros ven en ella el fruto del estudio intenso de la Sagradas Escrituras, particularmente de los libros de Daniel y Apocalipsis, sin aceptar la mediación de los padres y teólogos de la iglesia.9

Lacunza mismo dio tres razones para escribir su libro: (1) Obligar a los sacerdotes a sacudir el polvo de sus Biblias; (2) detener a los que corren al "abismo de la incredulidad por falta de conocimiento de N.S. Jesucristo"; y (3) iluminar y ayudar a los judíos por el "cabal conocimiento del Mesías".10 La metodología de Lacunza es muy interesante: estudio de la Biblia, reflexión y oración. Cuando encontraba un punto difícil de explicar --cuenta su amanuense, González Carbajal--, interrumpía su trabajo y le decía: "Suspendamos el trabajo hasta pedir con más instancia la iluminación divina". Se le atribuye el haber dicho que su libro "era obra más de sus rodillas que de su cabeza".11 Aun sus detractores reconocían su profunda espiritualidad y genuina vida de oración.12

El libro de Lacunza se divide en tres partes. En la primera esboza su sistema, contrapuesto al sistema tradicional. Incluye allí un estudio sobre el sentido de las Sagradas Escrituras, defendiendo el sentido literal. Luego discute el valor de la tradición en la interpretación de las Escrituras, distinguiendo entre "los artículos de fe y las conjeturas discutibles". A continuación expone su premisa básica:

"Jesucristo volverá del cielo a la tierra, cuando llegue su tiempo, cuando lleguen aquellos tiempos y momentos, que puso el Padre en su propio poder. Vendrá acompañado no solamente de sus ángeles sino de sus santos ya resucitados: de aquellos, digo, que serán juzgados dignos de aquel siglo y de la resurrección de los muertos... Vendrá no tan de prisa, sino más despacio de lo que se piensa. Vendrá a juzgar no solamente a los muertos, sino también y en primer lugar a los vivos. Por consiguiente, este juicio de vivos y muertos no puede ser uno solo, sino dos juicios diversísimos, no solamente en la sustancia y en el modo, sino también en el tiempo. De donde se concluye (y esto es lo principal a que debe atenerse), que debe haber un espacio de tiempo bien considerable entre la venida del Señor que esperamos, y el juicio de los muertos o resurrección universal"13

La segunda parte trata acerca de la interpretación de las profecías de Daniel 2 y 7 y del Anticristo. En la tercera parte acerca de la venida del Señor, el juicio, los nuevos cielos y la nueva tierra, la nueva Jerusalén, el milenio, el juicio final y la eterna felicidad de los redimidos.

Página titular del manuscrito de la obra de Lacunza, que se halla en la biblioteca de la Universidad Adventista de Chile.

Reacciones internacionales

La obra de Lacunza tuvo un impacto inmediato. Mientras escribía la obra, ya circulaba parte de ella, causando gran malestar al autor por las deformaciones y malinterpretaciones que ya aparecían.14 Como se podía esperar, fueron los eclesiásticos católicos los primeros en recibirla y reaccionar; unos para aplaudirla y difundirla; otros para cuestionar tanto el método como el contenido.

Las críticas se concentraron especialmente en: (1) El abandono de los padres de la iglesia como primera fuente de interpretación; (2) su método literal de interpretación bíblica con desprecio del tradicional método alegórico; (3) su interpretación del Anticristo como cuerpo moral; (4) la visión negativa de la jerarquía romana vinculada con la segunda bestia de Apocalipsis 13 y la ramera del capítulo 17; y (5) el rol que le asigna al pueblo judío en su escatología. Además, suscitó gran controversia su enfoque milenarista, prácticamente abandonado en la Iglesia Católica desde el siglo III, con énfasis en dos resurrecciones, una de los justos y otra de los impíos separadas por un milenio terrenal.15

Sus admiradores y defensores se encuentran especialmente en la orden jesuita, quienes no escatiman elogios, tanto para su autor como para la obra.16 Uno de ellos escribió: "Acerca de la obra del Sr. D. Manuel Lacunza, digo, que la creo trabajada a mayor gloria de nuestro Señor, y provecho de la Santa Iglesia... Sea infinitamente loado el Padre de las luces, que con tan maravillosa copia de ellas ha alumbrado al autor en la inteligencia de la Sagrada Escritura".17 La reacción de los escritores sudamericanos también merece mencionarse. Un historiador comentó: Es "el libro chileno que ha alcanzado la más alta cumbre como esfuerzo de inteligencia, o sea, como trabajo de pensamiento encaminado a ahondar una concepción y exponerla al mundo con la fuerza espiritual necesaria para herir la atención y penetrar profundamente en el alma humana...Es el que ha alcanzado mayor celebridad y el único que ha repercutido en el pensamiento universal hasta el instante en que escribimos".18

Tan importante fue el libro en la historia religiosa de Sudamérica que el prócer argentino Manuel Belgrano financió con su propio peculio una edición en cuatro volúmenes, hecha en Londres. Muchos españoles la elogiaron. Cortés, en su diccionario biográfico, considera a Lacunza "una de las glorias de la teología del presente siglo", quien "en la exégesis bíblica se elevó a una altura a la que no ha llegado ningún escritor moderno, ni en Europa ni en América".19

El renombrado traductor de la Vulgata al español, Félix Torres Amat, se refiere así: "Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se dedican al estudio de la Escritura, pues da luz para la inteligencia de muchos textos oscuros".20

La reacción oficial de Roma llegó en 1819, ocho años después de que saliera la primera edición impresa en Cádiz, en 1811. El edicto fue expedido en Madrid el 15 de enero, por el Tribunal del Santo Oficio, ordenando a recoger la obra. Posteriormente, el 6 de septiembre de 1824 la obra fue incluida en el Indice, es decir, fue condenada por el papa León XII, con una nota escueta: en cualquier idioma.

No obstante, una obra tal no podía limitarse a permanecer dentro del círculo católico español e hispanoamericano. Se hicieron sentir diversas reacciones en la mayor parte de los países europeos. Merece una particular mención la acogida brindada por Edward Irving, un presbiteriano londinense, quien la tradujo al inglés y la publicó con el título de The Coming of the Messiah.21 Sin embargo, establece previamente algunas divergencias con Lacunza en la "interpretación de las cuatro monarquías universales; da a los días proféticos un valor simbólico (un día profético, un año literal); rechaza el sistema futurista en lo que concierne al libro de Apocalipsis, y finalmente, cree en un Anticristo individual".22

Como resultado de la amplia circulación de la obra de Lacunza por Europa, sus puntos de vista fueron ampliamente estudiados durante las conferencias proféticas interdenominacionales de Albury Park, Inglaterra, en 1826-1830.

La conexión milerita

Del otro lado del Atlántico, varios asociados de William [Guillermo] Miller conocían no sólo los escritos de Irving sino también los estudios y discusiones proféticas de Albury Park. Josiah Litch, uno de los dirigentes milleritas, atribuye el interés de Irving en las profecías a su lectura de la obra de Lacunza:

"Ese libro cayó en las manos de Irving. Los ojos de ese célebre y elocuente predicador se abrieron ante la gloriosa verdad del advenimiento premilenial de Cristo de la cual se volvió ardoroso partidario. Comenzó traduciendo a Ben Ezra y luego escribió numerosas obras en Inglaterra acerca del mismo asunto. Durante algún tiempo, esos escritos produjeron en Inglaterra la misma resonancia que Miller obtuvo años más tarde en nuestro país".23

De esa manera Lacunza se convirtió en un eslabón importante de la cadena de intérpretes de la profecía bíblica, quien veía la historia humana yendo inexorablemente al glorioso retorno de Cristo. Este punto fue demostrado vigorosamente por Alfredo Voucher, un erudito adventista que realizó investigaciones durante varios años sobre Lacunza en las bibliotecas de Europa y de las Américas.24

Página titular de la primera edición en español del libro de Lacunza, publicada en Londres en 1826.

Lacunza y la interpretación adventista

Ningún estudio sobre Lacunza sería completo si no señalara que, si bien hay una conexión entre su obra, el movimiento millerita y los comienzos de la Iglesia Adventista, hay diferencias significativas entre su interpretación profética y la nuestra. Estas diferencias pueden resumirse así:

Nosotros no compartimos la interpretación de Lacunza de los reinos de Daniel 2, que fusiona Babilonia y Medo-Persia. Tampoco aceptamos su doble identificación de las bestias simbólicas de Daniel con las desviaciones espirituales tales como la herejía, el cisma, la hipocresía y el libertinaje o idolatría. Si bien es cierto que nos aproximamos al concepto del Anticristo como un sistema o cuerpo moral, no armonizamos en la interpretación específica de los símbolos apocalípticos. También nos separamos de Lacunza en su postulado de la conversión de los judíos y su rol decisivo como nación en los acontecimientos finales, particularmente en el reino milenario. Vaucher resume sabiamente así:"El sistema escatológico de Lacunza, como todos los sistemas humanos, es imperfecto y está sujeto a revisiones. Contiene algunos elementos caducos"25

¿Y qué en cuanto a las similitudes entre nuestra interpretación y la de Lacunza? Debemos subrayar por lo menos dos: (1) Su posición categórica de favorecer el texto bíblico sobre la tradición; y (2) su tesis principal de la venida del Mesías en gloria y majestad acompañado por la resurrección de los justos, seguido por un juicio universal después del milenio.

¿Sólo curiosidad?

Ahora, volviendo a la pregunta con que empezamos: "¿Me permite ver el libro, por favor?" Todos los que visitan nuestra universidad están curiosos por ver el libro de Lacunza, de tocarlo, sentirlo, incluso olerlo. Pero el mensaje del libro no es acerca de la curiosidad. El corazón de Lacunza ardía con pasión por el retorno de su Señor.

La escatología no debe relegarse a la curiosidad o a la controversia. Un estudio cuidadoso de la Biblia debe conducir a una vida transformada, con un cometido, con un gozo de vivir. Las palabras de Lacunza son más apropiadas ahora que nunca: "Jesucristo volverá del cielo a la tierra cuando llegue el tiempo, cuando lleguen aquellos tiempos y momentos que puso el Padre en su propio poder".

Sergio Olivares es presidente del Centro Educacional Adventista de Chile, en Chillán, Chile.

Notas y Referencias

  1. Este valioso manuscrito está bajo la custodia de la biblioteca de la Universidad Adventista de Chile.
  2. Walter Hanish Espíndola, "El Padre Manuel Lacunza (1731-1801): su hogar, su vida y la censura española", Historia [Pontificia Universidad Católica de Chile], 8 (1969), pp. 181-185.
  3. Diego Barros Arana, Obras completas (Santiago de Chile, 1911), pp. 139-168.
  4. Juan Luis Espejo, "Cartas del Padre Manuel Lacunza", Revista Chilena de Historia y Geografía, 9 (1914), p. 219.
  5. Id., p. 214.
  6. Id., p. 217.
  7. Francisco Enrich, Historia de la Compañía de Jesús en Chile, citado por Emilio Vaise, "El lacunzismo: sus antecedentes históricos y su evolución", Revista Chilena de Historia y Geografía, 4 (1917), pp. 410-411.
  8. Mario Góngora, "Aspectos de la ilustración católica en el pensamiento y la vida eclesiástica chilena (1770-1814)", Historia [Pontificia Universidad Católica de Chile], 8 (1969), p. 61
  9. Francisco Mateos, "El Padre Manuel Lacunza y el milenarismo", Revista Chilena de Historia y Geografía, 115 (1950), pp. 142-143.
  10. Manuel Lacunza, La venida del Mesías en gloria y majestad, Dedicatoria, Londres (1826).
  11. Francisco Mateos, Op. cit., p. 143.
  12. Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, VI (Madrid 1930), p. 482 y siguientes.
  13. Citado por Walter Hanish Espíndola. "Lacunza o el temblor apocalíptico", Historia [Pontificia Universidad Católica de Chile], 21 (1986) pp, 356, 357.
  14. Walter Espíndola. "El Padre Manuel Lacunza", Historia, 8 (1969), p. 202.
  15. Juan Buenaventura Bestard, citado por Mario Góngora, "La obra de Lacunza en la lucha contra el espíritu de siglo en Europa, 1771-1830", Historia, [Pontificia Universidad Católica de Chile], 15 (1980), p. 47.
  16. Miguel Rafael Urzúa, "El R. P. Manuel Lacunza (1731-1801)", Revista Chilena de Historia y Geografía, 11 (1914), p. 288.
  17. José Valdivieso, "Carta apologética en defensa de la obra de Juan Josafat Ben Ezra", incluido como Apéndice al tomo 3 de La venida del Mesías en gloria y majestad (London: Carlos Wood, s. f.), p. 332.
  18. Francisco Antonio Encina, Historia de Chile (Santiago de Chile: Editorial Universo, 1917), p. 9.
  19. Citado por Miguel Rafael Urzúa, Las doctrinas del P. Manuel Lacunza (Santiago de Chile: Editorial Universo, 1917), p. 9
  20. Félix Torres Amat, Sagrada Biblia, comentario sobre el Apocalipsis, capítulo 20.
  21. Esta fue la segunda traducción al inglés, que siguió a las ediciones de Ackerman London de 1826, considerada como la más exacta.
  22. Ver Félix Alfredo Vaucher, Lacunza, un heraldo de la segunda venida de Cristo. (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1970), p. 54.
  23. Id., p. 60.
  24. See Vaucher, Une célébrité oubliée: Le P. Manuel Lacunza y Díaz (1731-1801), Collonges-sous-Saleve, Haute Savoie, France: Imprimerie Fides, 1941; 2a. edición revisada, bajo el título de Lacunziana: Essai sur les propheties bibliques, 1968. La nota 22, más arriba, provee información acerca de la edición en español de la obra de Vaucher.
  25. Vaucher, Lacunza, p. 101.