Más Allá de las Interrupciones de la Vida

Mi vida era maravillosa. Tenía 27 años, un esposo que me amaba, un hijito de tres años y una nena de ocho meses. Además, tenía un trabajo codiciado, en el Ministerio de Finanzas, Planeación Económica y Desarrollo en Zimbabwe.

¡Qué maravilloso! Y lo mas increíble era que la vida estaba a punto de convertirse en algo mejor. Un día, en agosto de 1987, recibimos nuestro sueño de toda la vida. Llegó a la puerta de nuestro hogar, en un sobre. La Comisión de Becas del Canadá nos estaba confiriendo su premio para estudios de postgrado en el Canadá. Mi esposo y yo nos casamos siete meses después de completar nuestros estudios universitarios y desde entonces habíamos querido hacer el postgrado juntos. Estábamos listos para ir al Canadá. Nuestro sueño estaba a punto de cumplirse.

La interrupción

Luego vino la interrupción. Cinco días antes de nuestro viaje al Canadá, nos hicieron una fiesta de despedida en casa de mi suegra. Pudimos gozarnos en el amor y la compañía de nuestros familiares y amigos. Al terminar, nos despedimos y salimos rumbo a Harare, la capital.

Mi esposo y su amigo iban en un automóvil delante de nosotros y nuestros dos hijitos, unos amigos y yo, viajábamos en una camioneta. Estábamos por pasar un puente y un aviso nos anunciaba que estábamos a veinte kilómetros de la ciudad. En ese momento vi que el auto donde iban mi esposo y su amigo se desvió del puente hacia el abismo. Más tarde me dijeron que el volante se había trabado. Paramos la camioneta, y corriendo, bajé las escaleras al costado del puente. Vi que el auto había caído de lado en medio del lecho de un río seco varios metros abajo. Quedé como paralizada. Perdí las fuerzas en las piernas. Sentí que no podía permanecer de pie y un primo me ayudó. ¡Todo aquello sucedió tan repentinamente! En un momento mi esposo había fallecido y también su amigo.

Las interrupciones de los planes que uno hace son difíciles de explicar y de aceptar. El proclamar Romanos 8:28: "Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados", resulta mas difícil en situaciones como esta. Pero la vida debe continuar, y los sueños deben formar parte de nuestras vidas.

Un año después del accidente decidí ir a Canadá con mis hijos. Quería completar mis estudios de postgrado, especialmente por ser una madre viuda. No fue fácil. Las finanzas siempre fueron un reto. Mantener una familia joven como madre viuda mientras estudiaba, me exigía demasiado. Pero Dios interviene. La familia de la iglesia me ayudó. En maneras misteriosas descubrimos fortaleza --física, emocional, financiera y espiritual.

Aún cuando estaba por terminar mi postgrado en economía sentía miedo. Miedo de regresar a la realidad de mis circunstancias: de ser viuda, de la incertidumbre de encontrar un trabajo, del futuro de mis hijos. Y para completar, no tenía raíces en Zimbabwe. Soy de Liberia de nacimiento y había tomado la nacionalidad de Zimbabwe después de casarme. Pero permanecí en el Canadá nueve meses más.

Hice una solicitud para dictar conferencias en la Universidad Adventista del Africa Oriental, en Baraton, Kenya. No me respondieron. Con mis hijos, mi título, y con mucha fe, regresé a mi hogar en Zimbabwe. Conseguí un trabajo en un banco y luego me trasladé a otro banco como jefa de proyectos. La evaluación y el análisis de los proyectos me habían llamado la atención desde los días dorados cuando recién había conocido a mi esposo en la universidad. Por fin, en este lugar, había encontrado un buen sueldo, beneficios económicos, prestigio y satisfacciones en mi carrera.

Mientras tanto, la Universidad del Africa Oriental había elegido a un nuevo vicerrector. Necesitaban a alguien que les dictara clases en economía. Una persona en su oficina le comentó de mi solucitud de hacía dos años. El me habló de inmediato. Para entonces, yo había perdido por completo el interés en enseñar. Mi sueldo en el banco suplía todas mis necesidades. Pero el vicerrector quería entrevistarme. Asistí a la entrevista sin el deseo de aceptar ningún empleo, y mi decisión se afirmó cuando supe que mi salario sería la cuarta parte de lo que estaba ganando en el banco. Sin embargo, por cortesía, prometí considerar la oferta y llamarlos después.

La intervención

Siete meses después, durante mi devoción matutina, leí la siguiente declaración de Elena White en Testimonies to Southern Africa: "Los hombres que se entreguen a la gran tarea de enseñar la verdad no serán comprados con las riquezas ni atemorizados por la pobreza" (p. 7). Me pareció que Dios me estaba hablando directamente y me decía: "Te he llamado y has rehusado seguirme. Te pido no solamente un diezmo honrado y ofrendas, sino también tus talentos. Quiero que me participes de las metas de tu carrera".

Comencé a buscar excusas diciendo: "Soy una madre viuda, criando a dos hijos sola. Necesito el dinero extra para suplir las necesidades de mi familia". De repente recordé el Salmo 37:25: "Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan". Fue entonces que le prometí a Dios que si me llamaba otra vez, no lo rehusaría.

El sábado coincidió que el vicerrector, que estaba de visita en Zimbabwe, vino a mi iglesia. Tan pronto llegué al estacionamiento lo vi. Parecía que una voz me decía: "Emily, prometiste que vendrías cuando te llamara". Simulé no haberlo visto. Pero él me vio, y dijo: "Sra. Dube, todavía estoy esperando a que haga su decisión".

Todo el fin de semana pensé en la decisión. Sabía que Dios me estaba llamando a trabajar en la universidad. El llamado fue tan fuerte y la influencia del Espíritu Santo tan irresistible que las finanzas perdieron su importancia e hice mi decisión inmediatamente.

Ahora estoy en la universidad ¿o sería mejor decir que estoy en la viña del Señor? Vivo cada día de acuerdo con sus promesas, mientras aprendo a enfrentar las interrupciones de la vida bajo su dirección.

Nacida en Liberia, Emily R. Tebbs Dube es profesora de Ciencias Económicas en la Universidad del Africa Oriental, Baraton, Kenia.