En el Juego del Poder, Gana el Amor

El amor y el conocimiento van juntos. El conocimiento sin amor es arrogancia. El amor sin conocimiento es sentimentalismo.

Los seres humanos pueden venir en tres tipos de envoltorios: músculo, dinero o mente. Al menos así lo presenta Alvin Toffler en su best seller: Powershift [Cambio de poder].

Por muchos siglos, hace notar Toffler, el poder humano dependía primariamente de los músculos: la fuerza neta del cuerpo. La era industrial expandió ese poder mediante el uso simbólico del dinero, que podía comprar máquinas para sacar ventaja de la fuerza de los brazos, las piernas y las espaldas. Hoy en día hemos dado la bienvenida a la era de la informática, en la que el conocimiento ha redefinido tanto la fuerza física como la financiera y creado paradigmas de poder totalmente nuevos.

Jesús conocía estas tres fuentes de poder. Las espadas romanas desvanecían los sueños patriotas judíos de gobierno propio. La opulencia ostentada por magnates del dinero --sacerdotes, políticos o comerciantes-- argumentaba de un modo convincente que quienes rendían culto al dinero eran los ganadores. Incluso los pescadores y campesinos ponían a prueba su superioridad mediante juegos mentales.

La seducción del primer puesto

Hasta los mismos discípulos de Jesús se enredaron en esa seducción. En forma repetida, se reunían para concursar por el primer puesto. ¿Quién sería el primer ministro o el secretario de estado o el director del presupuesto en la Nueva Sociedad de Jesús?, o ¿cuántos puntos tengo que alcanzar en el juego de "hacer bien"?, o ¿qué calificación obtuve en mi discurso sobre el último reino?, o ¿cuántos sanamientos tienes a tu favor? ¡Yo te gano!

Jesús sabía que sus discípulos, quienes no tenían suficientes espadas para reducir a los romanos y que hubieran sido tontos si medían su valor por el tamaño de sus bolsas de oro, habían caído en la trampa de la mente: se puede manejar a los demás siendo sagaz. Es tan sutil y delicado. Si los infradotados terminan últimos, entonces los sagaces y listos deben ser los favoritos de Dios.

Jesús ya les había advertido acerca de este engaño. Cuando los escuchó provocándose mutuamente por los puestos, les dijo: "El que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida como precio por la libertad de muchos" (Mateo 20:26-28)*.

Linda retórica, pero no parecía caer muy bien. ¿Siervo? No es una palabra atractiva.

Más tarde, cuando subían las escaleras hacia el aposento alto, todavía estaban jugando al monopolio mental por los puestos más elevados. Todavía estaban apresurándose por conseguir los lugares apropiados. Todavía trataban de impresionar a Jesús y a sus compañeros, mientras el Maestro se preparaba para el Calvario.

Por fin se ubicaron en torno de la mesa. Todos vieron el vino de color rojo sangre y el pan quebradizo. Jesús sabía el significado, mientras cada uno de ellos procuraba ganarle a los otros en sagacidad.

Dos ideas en contraste

Cuando años más tarde Juan escribió acerca de esta noche, vez tras vez contrastó sabiamente dos ideas en el relato. Porque se dio cuenta de que uno de los temas de este evento festivo era el triunfo del poder del amor sobre el amor al poder mediante el conocimiento. "Jesús sabía que había llegado la hora de que él dejara este mundo para ir a reunirse con el Padre. El siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin" (Juan 13:1).

Jesús conocía el tiempo, pero también amaba a su pueblo. El discernimiento del tiempo demuestra el conocimiento, la información y el poder de la mente de una persona. Hoy conocemos el tiempo. Es tiempo de que Jesús venga. Las condiciones sociales, las situaciones que se dan en la iglesia, los problemas internacionales, todo lo anuncia con un clamor. O quizá nosotros conocemos nuestros tiempos. Algunos piensan que la iglesia está atrasada. Y esperamos que los valores y creencias pasados de moda se pongan al día. Somos tan inteligentes. Tan bien informados. Cuando hablamos de nuestros tiempos, ¿desplegamos nuestro conocimiento o nuestro amor? Jesús sabía, conocía, por eso amaba.

Juan lo vuelve a decir: "Jesús sabía que había venido de Dios, que iba a volver a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad; así que, mientras estaban cenando, se levantó de la mesa, se quitó la ropa exterior y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura" (Juan 13:3-5).

Porque Jesús sabía quién era pudo realizar un acto de amor y llevar a cabo la tarea de un siervo para los demás. Más tarde, pudo permitir que soldados degradados lo ridiculizaran, escupieran el rostro y le hincaran espinas en sus sienes. Y pudo orar: "Padre, perdónalos". Porque sabía quien era, pudo amar en vez de vengarse.

Dignidad interior

Nuestras reacciones hipersensibles reflejan nuestra incertidumbre acerca de nuestra valía interior. Una vez, un joven vendedor le preguntó a un veterano comerciante cómo se las arreglaba con los insultos. "Nunca he sido insultado", le contestó reflexivamente el viejo colega. Entonces añadió: "Bueno, me han maldecido, me cerraron la puerta en la cara e incluso me echaron escaleras abajo. Pero nunca consideré estas cosas como insultos". El sabía que debemos dar permiso a los demás para que nos insulten. La conducta de los otros es su problema; nuestra respuesta es el nuestro.

Luego fue el turno de Pedro. Pero el experimentado pescador trató de rechazar el servicio de Jesús. Sabía que él debería haber realizado esa tarea. La lección de Jesús era demasiado fuerte. Entonces Jesús dijo: "Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después" (Juan 13:7, RV60).

¿Por qué Pedro no sabía lo que Jesús estaba haciendo? Porque todavía no había aprendido acerca del poder del amor. Más tarde, después de haber negado a Jesús, y luego de la resurrección del Maestro, cuando se encontraron de nuevo en la playa del mar de Galilea, Jesús le preguntó tres veces: ¿Me amas? Pedro protestó por la pregunta reiterada, pero con todo cada vez afirmaba su amor. Entonces Jesús pudo repetir su cometido al pescador: "Sígueme" (ver Juan 21:15-19).

Judas se sentó silencioso y sombrío a la mesa. Juan lo enfocó: "[Jesús] dijo: No estáis limpios todos, porque sabía quién lo iba a traicionar" (Juan 13:11, RV60).

Más tarde en el relato, Juan describe la increíble paciencia de Jesús para con su traidor. Le dio a entender a Judas que conocía sus intenciones, pero lo hizo de tal modo que "ninguno de los que estaban cenando entendió" (Juan 13:28).

La marca de discipulado

Juan finaliza esta parte de la historia citando a Jesús: "Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos" (Juan 13:34, 35).

No sólo el poder del amor marca la vida de Cristo, sino que se imprime en sus seguidores como discípulos genuinos del amor de Dios. La brillantez intelectual, la creatividad, el discernimiento rápido, son herramientas afiladas que se pueden utilizar en el servicio de Jesús. Pero son efectivas sólo en la medida en que se sumergen en el aceite del amor.

Cuando ocurrió el desastre de David Koresh en 1993, y algunos medios de comunicación vincularon al culto de Waco con la Iglesia Adventista, algunos miembros escribieron descargos. El director del New York Times recibió una carta de un profesor de un colegio de Pennsylvania, que decía en esencia: No conozco las conexiones históricas o teológicas entre los adventistas y Koresh. Pero conozco a los adventistas. Los conocí en Vietnam. Eran paramédicos, la mayoría eran jóvenes del área rural, con una fe simple y creencias básicas. Los observaba bajo la presión de la batalla. Aun rechazando portar armas, eran los hombres más bravos que conocí. Eran consistentes en practicar sus valores cristianos. Podría jugarme la vida por ellos. Y quiero que el mundo vea a los adventistas como yo: como cristianos genuinos que se ocupan de los demás y que merecen el respeto y la confianza más profundos de parte de la sociedad.

En realidad, el amor y el conoci-miento van juntos. Porque en tanto que el conocimiento sin amor es arrogancia, el amor sin conocimiento es sentimentalismo. "Pero la más importante... es el amor" (1a. Corintios 13:13).

Philip Follett es vicepresidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista para el desarrollo del liderazgo. Ha servido a la iglesia como pastor y administrador, así como escritor de libretos para Impacto, un programa televisivo religioso de Los Angeles.

*Todas las citas bíblicas están tomadas de la versión Dios habla hoy, excepto donde se hace notar otra cosa. El autor reconoce que debe al Dr. Des Cummings (h), vicepresidente del Hospital Adventista de Florida, su pensamiento clave del concepto conocimiento-amor en Juan 13.