La Resurrección de Cristo: ¿Fraude o Hecho Histórico?

La historia, la fe, la vida y la esperanza cristianas giran alrededor de la cruz y de la resurrección de Jesús. Si se la niega, no hay cristianismo.

Muchos eruditos, incluso algunos teólogos liberales, no aceptan la resurrección de Jesús como un hecho histórico, aun cuando el Nuevo Testamento la considera crucial para la fe cristiana. ¿Por qué? ¿Hay elementos de juicio suficientes para que creamos en un Jesús resucitado?

La importancia de la resurrección

El Nuevo Testamento considera la resurrección de Jesús como fundamental para el evangelio y la fe cristiana. Sin ella no habría cristianismo. Jesús se presentó como hijo de Dios y Salvador del mundo sobre la base de su resurrección. Les dijo a sus enemigos: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (Juan 2:19). Pedro, lleno del poder del pentecostés, predicó de "este Jesús" "al cual Dios levantó" (Hechos 2:22, 24), y en un día 3.000 personas creyeron en el Cristo resucitado. En la primera carta escrita a la iglesia cristiana, el apóstol Pablo argumenta que la esperanza cristiana sobre el futuro está ligada directamente a la resurrección de Jesús (ver 1 Tesalonicenses 4:14). Pablo dice también que la fe cristiana se neutraliza y destruye si no toma en cuenta la resurrección de Cristo: "Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana, aún estáis en vuestros pecados" (1 Corintios 15:17). En verdad para Pablo, Jesús "fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección" (ver Romanos 1:4). Como lo resumía Michael Ramsey: "Sin resurrección no hay cristianismo".1

J. I. Packer enfatiza luego la importancia estratégica de la resurrección de Cristo para la fe y la teología cristianas: "El evento de la Pascua, tal como [los cristianos] afirman, demostraba la deidad de Jesús; validaba su enseñanza, atestiguaba la consumación de su obra de expiación por el pecado; confirma su dominio presente cósmico y su próxima reaparición como Juez; nos asegura que hoy su perdón personal, su presencia y su poder en las vidas de las personas es un hecho; y por la resurrección le garantiza a cada creyente la reencarnación en el mundo venidero".2

Antony Flew, un filósofo ateo y autor de The Presumption of Atheism, que rechaza la resurrección como un evento histórico, admite que el cristianismo o se queda en pie o se derrumba a partir de este evento. Acepta la definición de resurrección que presenta el Nuevo Testamento como "levantarse de entre los muertos" de una manera física, y dice que para ser un creyente auténtico uno debe adherirse a la resurrección del cuerpo. Declara que "una característica distintiva del verdadero cristiano" es la aceptación de "que la resurrección ocurrió realmente". Es sorprendente que afirme además que si la resurrección fuera cierta, probaría que todas las otras religiones y los sistemas filosóficos del mundo están "fatalmente equivocados".3 Por eso la Biblia presenta a Cristo como vía de salvación (ver Juan 14:6; Hechos 4:12).

La resurrección y el escéptico

A pesar de una evidencia tan clara sobre la resurrección de Cristo y su aceptación por parte de los primeros cristianos, ¿por qué existe tanto escepticismo sobre este relato, particularmente entre los "intelectuales"? En primer lugar, tales intelectuales reflejan un prejuicio de presuposiciones contra el milagro y están convencidos de que la resurrección nunca podría haber tenido credibilidad histórica. En segundo lugar aseguran que los evangelios no son históricamente precisos y que los cinco diferentes relatos de la resurreción (los evangelios y 1 Corintios 15) contienen leyendas míticas con "contradicciones claramente evidentes".4

El rechazo de la resurrección y de los relatos del evangelio estuvo fuertemente influenciado por el Iluminismo del siglo XVIII y la teoría de la evolución natural del siglo XIX. Estos movimientos proveyeron el clima intelectual para la investigación crítica de los evangelios, resultando en la "búsqueda del Jesús histórico". El racionalismo y la erudición liberal votó por el que pretendían era el auténtico y moralista Jesús de la historia, opuesto al Cristo de los evangelios, milagrosamente resucitado.

Esta "búsqueda" comenzó con Reimarus en Hamburgo, Alemania, en 1789 y continuó con los eruditos que explicaban los milagros como sucesos naturales, elucubraciones, concepciones equivocadas o interpretaciones míticas de lo que realmente había ocurrido. Esto estaba en línea con lo que el filósofo escocés David Hume (1711-1776) había intentado anteriormente. Hume creía que para que algo sea verdadero debe conformarse a la uniformidad de la ley natural. Si es así, las leyes de la naturaleza invalidan los milagros. Tal rechazo de los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento dominó más de un siglo de investigación bíblica, alcanzando su climax con Rudolf Bultmann, uno de los teólogos más brillantes de este siglo. Bultmann veía la cosmovisión fundamental de la Biblia como mitología. Se dedicó a "demitologizar" la Biblia extrayendo o reinterpretando los elementos milagrosos/míticos con el propósito de descubrir su valor moral existencial relevante. Y llegó a la conclusión de que "un hecho histórico que involucra una resurrección es totalmente inconcebible".5

Pero tal método "científico", histórico-crítico, presupone que la historia es un continuum cerrado en el que la observación y el razonamiento humanos son la medida de la realidad histórica.

Excluye la posibilidad de lo milagroso y sobrenatural. Además impide que los individuos escépticos sean objetivos en el análisis de los documentos del Nuevo Testamento y los elementos de juicio para la confiabilidad de las Escrituras.

La confiabilidad del Nuevo Testamento

Dos de las razones principales dadas para considerar a los evangelios como no confiables son las siguientes: (1) que el texto ha sido alterado, contaminado y modificado por los escribas cristianos, o (2) que los elementos legendarios y milagrosos fueron incorporados en la historia de Jesús por los discípulos de la iglesia temprana, lo que resultó en una combinación de hechos históricos legitimados por testigos oculares entremezclados con ficción "espiritual".

Pero los hechos prueban otra cosa. Las cartas de Pablo (Gálatas y 1a. Tesalonicenses) antedatan las formas finalizadas de los relatos evangélicos y contienen declaraciones claras de que Jesús fue levantado corporalmente de los muertos. Pablo escribió estas cartas dentro de los 16 a 21 años después de la resurrección. 1a. Corintios 15, que contiene un credo cristiano temprano que afirma la resurrección, fue escrito en torno del año 55, sólo unos 25 años después de la muerte de Cristo. William F. Albright, el arqueólogo más venerado del siglo, declara que "cada libro del Nuevo Testamento fue escrito por un judío bautizado entre los cuarenta y los ochenta del primer siglo d. de C. (muy proba-blemente en algún momento entre el 50 y el 75 d. de C".6 Incluso un erudito crítico como John A. T. Robinson dice "que todos los evangelios fueron escritos en su forma final antes del 70 d. de C."6 y la caída de Jerusalén.7

Esta confirmación de las fechas tempranas del evangelio echa por tierra la desgastada acusación de que la fuente de la pretensión de los milagros de Jesús y su resurrección fueron leyendas mitológicas desarrolladas durante el largo intervalo entre el tiempo en que vivió Cristo y el tiempo en que fueron escritos los evangelios. De manera similar, podemos también descartar la acusación de que los discípulos inventaron un Jesús sobrenatural ficticio. Pensar que los discípulos desempeñaron tal papel es un absurdo psicológico a la luz de lo que ocurrió en el Pentecostés y después: una banda de discípulos iletrados, inhibidos y atemorizados se transformaron en denodados defensores y proclamadores del Jesús resucitado como testigos oculares. Confrontaron un mundo con ese mensaje y crearon una comunidad de creyentes que ninguna oposición pudo silenciar. Tiene razón Donald Guthrie al decir: "El surgimiento de la fe demanda una actividad sobrenatural tanto como la resurrección misma, especialmente desde el momento en que surge bajo las condiciones más adversas".8

Cualquier exageración legendaria sospechosa escrita o predicada por los apóstoles u otros creyentes contemporáneos habría sido verificada inmediatamente por las hostiles autoridades romanas y judías que vivían cuando Cristo estaba en la tierra. Ellos podrían haber refutado públicamente cualquier noción falsa de que él había sido levantado de los muertos. El hecho de que había un número impresionante de testigos oculares garantiza la confiabilidad de los evangelios.

El primer ministro británico Winston Churchill fue considerado el salvador y el preservador de la civilización occidental durante la Segunda Guerra Mundial. Si alguien ahora sugiriera que él realizó hazañas milagrosas al defender a Inglaterra mediante algún poder sobrenatural, habría un clamor público. Testigos oculares podrían confirmar que Churchill fue simplemente un hombre ordinario, aunque competente como líder y estratega. El tiempo transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora es mayor que el período entre la muerte y resurrección de Cristo y los registros escritos acerca de él.

El procedimiento para evaluar la confiabilidad del Nuevo Testamento es el mismo que para cualquier otro escrito antiguo donde el original no ha sobrevivido. Esta prueba es técnicamente conocida como la "prueba bibliográfica" y consiste en calcular el intervalo de tiempo crítico entre el escrito original del documento y el número de copias más antiguas que han sobrevivido.

Se ha estimado que hay por lo menos 5.000 copias manuscritas antiguas de los evangelios en griego9. El centro conocido como Tyndale House en Cambridge, Inglaterra, que se especializa en la investigación bíblica, verificó que hay cientos y cientos de copias hechas antes del 1000 d. de C. Hoy hay más de 22.000 copias manuscritas del Nuevo Testamento en existencia.10 Estas estadísticas para el Nuevo Testamento causan asombro cuando se las compara con lo que hay disponible de otros escritos contemporáneos. La Historia Romana, de Tácito, que es considerada una fuente hisórica primaria para esa era, puede acreditar sólo 20 copias sobrevivientes. La Historia y la Guerra Gálica del César, de Tucídides, pueden acreditar sólo ocho y diez copias, respectivamente.

Las fechas de los manuscritos del Nuevo Testamento que sobreviven son muy cercanas a los escritos originales. Dos copias existentes del Nuevo Testamento datan del año 350, menos de 300 años después del original. Copias incompletas del Nuevo Testamento que contienen los evangelios datan del 250 d. de C. Estos datos son muy favorables si se los compara con los 1.300, 900 y 700 años que distan entre las copias y los originales de los autores seculares citados en el párrafo precedente. El descubrimiento más revelador es el manuscrito John Rylands en el Museo Británico, un fragmento del Evangelio de Juan que data del 130 d. de C. Al respecto comenta John A. T. Robinson: "Volviendo a la transmisión textual del Nuevo Testamento, la riqueza de los manuscritos y sobre todo la cercanía del intervalo entre el escrito y las primeras copias que existen, lo hace por lejos el texto más auténtico de cualquier escrito en el mundo".11

Las evidencias de la resurrección

Hay dos conjuntos de evidencias significativas de la resurrección de Jesús. La primera es la "tumba vacía"; la segunda consiste en las experiencias de los discípulos posteriores a la resurrección, en las que aseguraron haber visto al Señor resucitado.

La tumba vacía. Los cuatro evangelios y 1ª Corintios coinciden en que tres días después que Cristo fue crucificado, su tumba quedó vacía. Los discípulos insistían en que la explicación para la tumba vacía era que el Señor fue levantado corporalmente de entre los muertos. Como lo comenta el abogado Sir Norman Anderson: "Fue el hecho sólido de la tumba vacía y sus encuentros totalmente inesperados con el Señor mismo, resucitado, que los trajo --aunque no siempre al mismo tiempo-- de la desesperación al gozo triunfante".12

Los críticos han enunciado diversas teorías para explicar la tumba vacía. Esas teorías se fueron desarrollando progresivamente durante la popular "búsqueda del Jesús histórico". Uno de tales intentos es la "teoría de la tumba equivocada", originada por Kirsopp Lake, quien declara que en la semioscuridad de las horas tempranas de la mañana las mujeres fueron por error a la tumba equivocada. Fueron dirigidas por un joven, que creyeron era un ángel, a otra tumba: "Vean el lugar donde yace el Señor". Las mujeres, y en forma subsiguiente los discípulos, fueron a la tumba equivocada y la encontraron vacía, proclamando erróneamente que Cristo había resucitado.

Pero hay algo incorrecto en esta teoría. Las autoridades judías y romanas, al conocer la ubicación de la tumba de José, podrían haber demostrado fácilmente que el cuerpo de Cristo estaba todavía allí y podrían haber silenciado inmediatamente los falsos reclamos de sus discípulos de que Jesús se había levantado de los muertos. El argumento de Anderson contra esta teoría es convincente: "¿Por qué, entonces, ellos no eliminaron este movimiento peligroso negando la base misma de la predicación apostólica, incluso exhibiendo el cuerpo en descomposición de aquél cuya resurrección era proclamada tan confiadamente?"13

Otro argumento contra la tumba vacía es la "teoría del desmayo", que sostiene que Jesús fue bajado de la cruz en una condición semejante al estado de coma, no estando muerto realmente. La humedad de la tumba en vez de matarlo, lo revivió. Se nos pide que creamos que por sí mismo desenvolvió los lienzos con que estuvo envuelto --cuyo peso se estima en casi 50 kg--, desplazó la piedra de más de dos toneladas que cerraba la entrada de la tumba, se escurrió en puntas de pie entre los guardias dormidos, huyó hasta donde estaban sus discípulos y los convenció de que había resucitado de entre los muertos.

Una variación de esta teoría es la del Complot de Pascua, que se hizo popular en la década de los 60, a partir del best seller escrito por Hugh Schoenfeld, con el mismo nombre. Jesús tramó cuidadosamente su "resurrección" con José de Arimatea, tomando una droga poderosa sobre la cruz, que lo hizo entrar en un trance que aparentaba la muerte. En ese estado de letargo inducido, fue quitado inmediatamente de la cruz por José, y su cuerpo fue depositado en la tumba. Esta teoría imaginativa no responde a la cuestión de cómo los soldados romanos, que eran expertos en la horrible tarea de la crucifixión, pudieron haber sido engañados con la idea de que una persona estaba muerta. El Jesús revivido tendría que haber muerto después y alguien tendría que haberse deshecho de su cuerpo sin que nadie lo hubiera advertido.

La aparición de Jesús resucitado. La segunda prueba significativa de la resurrección consiste en las apariciones de Jesús a sus discípulos y otros creyentes, posteriores a la resurrección. La explicación más adecuada de lo que ocurrió con su cuerpo es que fue resucitado de la muerte por el poder de Dios. Aun los historiadores y teólogos escépticos más radicales creen que la investigación histórica comprueba el registro de que los discípulos estaban convencidos de haber visto al Señor resucitado. Este era el testimonio común de los apóstoles a partir de lo que habían relatado los testigos oculares. Como lo señala C. H. Dodd: "A esos hombres les había ocurrido algo que podían describir únicamente diciendo que habían 'visto al Señor'. No se trataba de una apelación generalizada a cualquier 'experiencia cristiana'. Se refería a una serie de sucesos, únicos en carácter, irrepetibles y confinados a un período limitado".14

Sin embargo, esos mismos eruditos críticos no están preparados para admitir que Jesús realmente se levantó de la tumba. Más bien dan explicaciones alternativas para las experiencias "pascuales" subjetivas y colectivas de los discípulos. Por ejemplo, el obispo James A. Pike, que abrazó el espiritismo poco antes de su muerte y simuló haberse comunicado con los muertos, describió sus experiencias en El otro lado: Un relato de mis experiencias con los fenómenos físicos. En este libro sostiene que los discípulos tuvieron encuentros y visitas que transformaron sus vidas. Interpreta tales experiencias como sustitutivas de la resurrección corporal. De acuerdo con la "teoría de la resurrección espiritual" de Pike, el cuerpo de Jesús no resucitó, sino que su espíritu se escapó del cuerpo y apareció a sus discípulos en forma de espíritu o fantasma. Los espiritistas y muchos teólogos y laicos liberales sostienen esa postura.

Pero esta teoría espiritista no coincide con la declaración explícita de Jesús a sus discípulos. Cuando Jesús apareció a sus discípulos en el aposento alto y ellos se espantaron creyendo que estaban viendo un fantasma, Jesús calmó sus temores diciendo: "Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo" (Lucas 24:36-39, DHH). Esta teoría tampoco da ninguna explicación sobre el cuerpo ausente en la tumba vacía ni reconoce que la palabra griega para resurrección se refiere específicamente a un cuerpo que se levanta y nunca al alejamiento de un espíritu del cadáver de una persona.

Una teoría psicológica naturalista usada a menudo para explicar los encuentros de los discípulos luego de la resurrección es la "teoría de la alucinación". Las alucinaciones están confinadas casi siempre a ciertos tipos psicológicos y son altamente individuales. Es imposible que 500 personas hayan estado alucinadas colectivamente en un lugar (ver 1a. Corintios 15:6) y que en otras ocasiones otros individuos (ver Marcos 16:12, 13; Lucas 24:36-38; Juan 20:26-29; Mateo 28:16-20) pudieran haber tenido precisamente la misma fantasía. Esas experiencias son indicadoras de hechos objetivos antes que de impresiones subjetivas. Por otro lado, faltan las precondiciones psicológicas para la alucinación de esos hombres. Tampoco Pablo era un candidato a la alucinación respecto del Cristo resucitado en el camino a Damasco, cuando tenía su mente puesta en la persecución de los cristianos. Además, la terminación abrupta de las apariciones a todos los discípulos luego de la ascensión sugieren que no fueron alucinatorias.

La certidumbre del cristiano

Cuando consideramos todos los elementos de juicio en su conjunto, la resurrección constituye la única explicación posible del hecho de la tumba vacía, el testimonio de los discípulos con respecto a las apariciones de Cristo después de la resurrección, la transformación de esos apóstoles, la conversión subsiguiente de miles en el día de Pentecostés y la diseminación del evangelio por todo el mundo. Como lo expresa Wolfhart Pannenberg: "Las apariciones de la Pascua de Resurrección no deben ser explicadas a partir de la fe pascual de los discípulos; más bien, al revés, la fe pascual de los discípulos debe ser explicada a partir de las apariciones".15

Como cristianos, no sólo tenemos la certidumbre de que Jesús se levantó de entre los muertos, sino también la esperanza de que, debido a que él vive, nosotros podremos también experimentar la resurrección de la muerte. Nuestra vida eterna depende del hecho de que murió y se levantó otra vez. Nuestra fe no se basa en un fraude, sino en una certidumbre histórica.

Joe Jerus fue capellán durante 25 años. Actualmente presta sus servicios en el campus de California State University, Fullerton y otros colegios superiores del sur de California.

Notas y referencias

  1. En John Young, The Case Against Christ (Londres: Hodder & Stoughton, 1986), p. 160.
  2. En Gary Habermas y Anthony Flew, Did Jesus Rise From the Dead? (San Francisco: Harper and Row, 1987), p. 143.
  3. Id., p. 3.
  4. John Wenham, The Easter Enigma (Grand Rapids: Zondervan, 1984), p. 9.
  5. Rudolf Bultmann, Kerygma and Myth (Londres: SPCK, 1953), p. 39.
  6. William F. Albright, "Toward a More Conservative View", Christianity Today (18 de enero, 1963), p. 3.
  7. En R. T. France, The Evidence for Jesus (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1986), p. 101.
  8. Donald Guthrie, New Testament Theology (Leicester, Inglaterra: InterVarsity Press, 1981), p. 183.
  9. Bruce Metzger, The Text of the New Testament (Nueva York: Oxford University Press, 1968), p. 36.
  10. Josh McDowell y Bill Wilson, He Walked Among Us (San Bernardino, CA: Here's Life Publishers, 1988), p. 113.
  11. En Young, p. 89.
  12. Sir Norman Anderson, Jesus Christ, the Witness of History (Leicester, Inglaterra: InterVarsity Press, 1985), p. 117.
  13. Id., p. 129.
  14. C. H. Dodd, The Founder of Christianity (Londres: Collins, 1971), p. 168.
  15. Wolfhart Pannenberg, Jesus: God and Man (Londres: SCM, 1968), p. 96.