¡El Viaje Debe Continuar!

El camino ha sido largo, el viaje cansador, y las luchas sin número. Pero a través de todo esto he escuchado a Dios instándome a subir aún más alto, apoyado de su inconfundible mano guiadora.

Me crié contemplando absorto las cimas cubiertas de nieve del Kilimanjaro. Desde nuestro pueblo de Suji en Tanzania, las montañas parecían inexpugnables, como queriendo tocar el cielo. Nacido en un hogar adventista, privilegiado al ser criado bajo normas cristianas, tuve una motivación más elevada que esas montañas en lo cual enfocar mi vida. Temprano en mi infancia mis padres me enseñaron que en la vida nada tenía tanta importancia como mi fe en Dios y mi confianza en su Palabra.

Yo soñaba con ser un maestro, como mi padre. Mi madre era una talentosa ama de casa que sabía cómo motivar a sus hijos. Pero en nuestro pueblo había solamente una escuela de enseñanza primaria, de manera que siendo aun un adolescente me enviaron a la escuela de adiestramiento para maestros a 1.000 kilómetros de distancia. A los 18 años ya era yo un maestro de escuela primaria. Mi padre, no satisfecho con esto, me urgía a que continuara mis estudios. Salí de mi hogar para asistir al colegio adventista más cercano, el Colegio Misionero de Bugema, en Uganda. El costo era alto, el ambiente nuevo y extraño, pero en aras de la prosecución de una educación adventista cualquier sacrificio valía la pena. En efecto, transformó mi vida.

Después de concluir mi educación en esa institución, regresé a mi pueblo para dedicarme a la enseñanza de ciencias y matemáticas. Cuando mis alumnos ocuparon el segundo lugar en los exámenes del estado, me di cuenta que podría tener éxito como maestro. Mientras aún respiraba el aire fresco de mi triunfo, pude percibir el rugido de vientos extraños procedentes de otra dirección. Los vientos de la libertad comenzaban a soplar a través del continente africano. Tanzania no era una excepción. Los dirigentes políticos eran conscientes de la necesidad de un liderazgo nacional debidamente preparado. La Unión Nacional de Tanganyika me patrocinó para que estudiara en el exterior, y yo escogí el Emmanuel Missionary College, que más tarde llegó a ser la Universidad Andrews, en Berrien Springs, Michigan.

En 1964, armado con un bachillerato en Matemáticas, estaba listo para regresar a servir en la Tanzania libre. Pero el gobierno me ofreció extender la beca para un postgrado en educación, y de inmediato ingresé a la Universidad Estatal de California en Fresno. Dos bendiciones me aguardaban allí: La primera fue obtener mi maestría y la segunda conocer a Siphiwe, quien pronto sería mi esposa.

Regresé a Tanzania en 1966, contraje matrimonio, y comencé mi carrera docente en el gobierno. Los 20 años siguientes trabajé para el estado, aprovechando la oportunidad de dar testimonio de mi fe y de influir positivamente sobre mis colegas, y sobre la creación de leyes para el bien del adventismo.

Prueba de lealtad

Mi primera prueba de lealtad llegó con mi primer nombramiento como maestro en una escuela secundaria del gobierno. Le expuse a mi director los fundamentos de mi fe como adventista y las razones por las cuales le solicitaba los privilegios para la observancia del sábado. El director no estaba facultado para conceder permisos de tal naturaleza, por lo que buscó la asesoría del Ministerio de Educación. El director asistente del ministerio concedió el permiso siempre y cuando el programa de estudios quedara cubierto dictando clases en otros días de la semana. Me sentí feliz. Pero la euforia no duró mucho tiempo porque el director de educación insistió en que no era posible conceder un privilegio tal. "Si se le concede el sábado a uno --alegó-- otros pedirán el viernes, también basados en sus creencias religiosas". Después de exponer mi posición al director sin ningún resultado, le dije que tendría que renunciar a mi posición antes que desobedecer a mi Dios. Para mi asombro, el asunto no se mencionó más. Aprendí una lección de gran valor: El Dios que da la orden da también la habilidad y la capacidad para que se la ejecute.

Después de enseñar durante varios años, fui nombrado director de una escuela secundaria luterana en Mwenge. Dondequiera prestábamos nuestros servicios, mi esposa y yo hacíamos de nuestro trabajo un medio para testificar, la mayoría de las veces iniciando una escuela sabática filial. Lo mismo hicimos en Mwenge, enfocando nuestro esfuerzo misionero en el pueblo de Singida, donde eventualmente se organizó una iglesia.

Como director de la escuela en Mwenge, tuve la oportunidad de poner en práctica una filosofía educacional que se había estado incubando en mi mente a través de los años. Lo hice bajo el atractivo título de "Educación para Valerse por sí Mismos". El propósito de la iniciativa era transformar a Mwenge en una institución modelo en donde tanto el personal como el alumnado no cumplirían solamente con el currículo reglamentario, sino también adoptarían la filosofía de valerse por sí mismos como un blanco y norma para la institución y la comunidad. El experimento tuvo tanto éxito que el presidente de Tanzania en ese entonces, Julius Nyerere, visitó nuestro colegio y, muy complacido, nos felicitó por los resultados obtenidos.

La prensa regional y nacional también informó acerca de las actividades del colegio.

Poco tiempo despues recibí un nombramiento presidencial para ser director de desarrollo para el distrito. La posición tenía prestigio, poder, y un buen salario; eran tantos los beneficios que uno tenía que pensar dos veces antes de rechazar un nombramiento presidencial. Pero yo amaba mucho el aula y con renuencia decliné el ofrecimiento. Inesperadamente, mi decisión provocó una violenta reacción pues se interpretó como que yo abrigaba una actitud negativa hacia el gobierno. Como resultado, recibí una reprimenda del mismo y un descenso en mi rango. Sin embargo, temprano en la vida había aprendido "que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme al propósito son llamados" (Romanos 8:28). En efecto, pocos años después de mi descenso, fui transferido a la Universidad de Dar es Salaam como profesor, oportunidad que más tarde me permitió completar mis estudios doctorales.

Una responsabilidad nacional

En 1978 me llegó otro nombramiento de la presidencia, esta vez para servir como primer oficial de educación. El cargo abarcaba áreas tales como la supervisión de más de 80.000 docentes, y presidir sobre varios departamentos, con 10 directores bajo mi responsabilidad. Yo no esperaba este nombramiento, pues supuse que estaba en una situación desfavorable por haber declinado el primer nombramiento presidencial. Pero Dios tiene su manera de cambiar las cosas cuando estamos dispuestos a seguir su dirección. Acepté el nuevo ofrecimiento y a servir en esa responsabilidad nacional durante siete años.

La nueva posición me presentó la oportunidad de mejorar el nivel de educación primaria en el país. Siguiendo mis recomendaciones, el gobierno adoptó una semana de cinco días para las escuelas primarias, acuerdo que llenó de gozo a los maestros y estudiantes adventistas. Viajé extensamente por muchos países en Africa, Europa y Asia. Cualquier sitio que visitara, me daba la oportunidad para hacer brillar la luz de Cristo. El sábado y mi estilo de vida adventista me dieron oportunidad de conversar acerca de mi religión y de temas espirituales con mis colegas de diferentes partes del mundo.

Un tirón en mi corazón

Pero de repente recibí un golpe, ¿o debiera decir un tirón? en mi corazón. Mientras asistía al Congreso de la Asociación General de 1985, en Nueva Orleans, Estados Unidos, tuve la oportunidad de conocer a Roland McKenzie, en ese tiempo director del Colegio de Solusi, en Zimbabwe. Casi en son de broma le dije que si llegara a necesitar un profesor en Solusi, no tendría necesidad de buscar muy lejos. El Dr. McKenzie seguramente lo tomó en serio, o quizá Dios lo consideró así, pues poco tiempo después recibí un llamado para enseñar en Solusi.

Desde el pueblecito al pie del Kilimanjaro a Solusi, el camino ha sido largo y escabroso. Mi pueblo es la cuna del adventismo en Tanzania y Solusi es el "Battle Creek" del adventismo en el sur de Africa. En 1987 llegué a ser parte de esa gran institución histórica, lo cual consideré un verdadero honor. Después de servir durante algunos años como profesor de educación y matemáticas, fui nombrado director de ese colegio y me cupo el honor de ser el primer africano de color en ocupar esa posición.

Mi viaje estaba casi completo. Todas las piezas del rompecabezas estaban ocupando su lugar. Las vueltas y giros de mi carrera profesional, los puestos que había ocupado, las amistades formadas, la influencia gubernamental adquirida; todo parecía cuajar para un propósito. Mi misión en Solusi se hizo clara: Este colegio debe convertirse en una universidad. La mejora de las facilidades, las negociaciones con las autoridades, la oración y el trabajo arduo de parte de docentes consagrados, mano a mano con los estudiantes, condujo finalmente a la consecución, en 1994, de ver un sueño convertido en realidad: El gobierno de Zimbabwe concedía al Colegio de Solusi el status de universidad.

Tres años antes de ese significativo acontecimiento me trasladé a Kenya para ser el vicerrector de la Universidad de Africa Oriental, cerca de la ciudad de Baraton. A los pocos meses, experimenté una tragedia: la compañera de mi vida durante 25 años, Siphiwe, fue llamada repentinamente al descanso. En mi angustia clamé: ¿Por qué? ¿Por qué nos debe ocurrir esto a nosotros?

A menudo el sufrimiento suscita preguntas, y en mi mente surgieron muchas. Pero una declaración de Elena White me dio mucho ánimo y consuelo: "En la vida futura se aclararán los misterios que aquí nos han preocupado y chasqueado. Veremos que las oraciones que nos parecían desatendidas y las esperanzas defraudadas figuraron entre nuestras mayores bendiciones" (Ministerio de curación, p. 376).

¡Cuán cierto! Nuestros chascos llegan a ser las victorias de Dios. Esa es la lección que he aprendido en mi largo viaje de fe, trabajo y testificación. Hace dos años el Señor me guió para que conociera a Ruth Sihlangu, que había sido directora del Departamento de Ciencias de Enfermería de la Universidad de Zimbabwe. Mi segundo matrimonio me ha ayudado no solamente a recuperarme emocionalmente, sino que, junto con Ruth, me he asido de la mano de Dios para continuar el viaje que él ha fijado para nosotros.

Mishael S. Muze (Ph.D., Universidad de Dar es Salaam) es vicerrector de la Universidad de Africa Oriental, Baraton. Dirección: P. O. Box 2500, Eldoret, Kenia.