El Cristiano Ante la Cultura

Los adventistas del séptimo día formamos parte de una iglesia de alcance global. Después de 150 años de pujante avance misionero, nuestra feligresía se acerca rápidamente a los nueve millones de miembros, distribuidos en 209 de los 236 países del mundo. Con creciente intensidad, participamos en las artes, la educación, las actividades en pro de la salud, la comunicación masiva, entidades gubernamentales, la investigación científica y el desarrollo socio-económico.

Sin embargo, este crecimiento entre diversas naciones, razas y culturas crea sus propios dilemas. Uno de ellos ha sido llamado la pregunta perdurable: ¿De qué manera hemos de relacionarnos, como cristianos, con el mundo y la cultura? Jesús aludió a esta cuestión en su oración sacerdotal en favor de sus seguidores: "No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo así como tampoco yo soy del mundo.... Como tú me enviaste al mundo así yo los he enviado al mundo" (Juan 17:15-18).

El apóstol Juan resalta esta tensión en dos pasajes del Nuevo Testamento. En el primero, citando palabras de Jesús, Juan escribe: "Porque de tal manera amó Dios al mundo [kósmon en griego], que ha dado a su Hijo unigénito" (Juan 3:16). En otro pasaje, el mismo apóstol nos advierte: "No améis al mundo [kósmon], ni las cosas que están en el mundo [kósmon]. Si alguno ama al mundo [kósmon], el amor del Padre no está en él" (1 Juan 2:15).

Allí precisamente radica nuestro dilema. Estamos en el mundo, un mundo que Dios ama y en el cual tenemos que cumplir una misión; pero no somos de este mundo ni debemos amarlo. ¿Es posible reconciliar estas declaraciones aparentemente contradictorias? ¿Cómo podemos estar en el mundo sin ser parte de él? ¿De qué manera podremos cumplir nuestra misión en un mundo al que no pertenecemos?

Para llegar a una conclusión aceptable, en este ensayo vamos a (1) definir algunos conceptos básicos, (2) examinar la manera en que los cristianos han respondido a este dilema a través de la historia, y (3) proponer una respuesta adventista a esas preguntas.

Los conceptos básicos

En un sentido amplio, podemos definir cultura como las creencias, los valores y las prioridades de una comunidad, manifestados a través de sus instituciones, costumbres, leyes y expresiones creativas.1

Si recurrimos a la Biblia, encontramos que al completar la creación Dios dio a nuestros primeros padres un mandato cultural: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase" (Génesis 1:26; 2:15).

De esta manera Dios concedió a los seres humanos autoridad sobre el mundo natural, lo que implica no sólo dominio sino también cultivo, creatividad y cuidado. En efecto, la palabra cultura deriva del verbo latino colere, que significa cultivar y cuidar. Así, desde una perspectiva bíblica, cultura es el resultado de la interacción humana con lo que Dios creó; es el entorno secundario que nuestra mente y nuestras manos añaden al mundo natural.

Los autores del Nuevo Testamento a menudo utilizan la palabra mundo (kósmon) para referirse a la cultura. Y lo hacen con una doble connotación. La primera tiene un sentido neutro o a veces positivo. Mundo se refiere a lo creado, incluyendo la tierra (Mateo 24:21), sus pobladores (Mateo 4:8; Juan 12:19), la esfera en que se mueve la vida humana (1 Timoteo 6:7), y el campo de acción de los discípulos (Mateo 5:14). Aunque afectado por el pecado, el mundo y sus habitantes son considerados parte de la creación divina.

Mundo tiene también un sentido negativo en la Biblia, al referirse a los agentes humanos controlados por Satanás y en rebelión contra Dios. Para los autores del Nuevo Testamento la tierra y sus habitantes son el campo de batalla de un conflicto cósmico entre fuerzas espirituales que obedecen a Cristo o a Satanás (Efesios 6:12). Este mundo rebelde no reconoció a Cristo como Dios en su primera venida (Juan 1:10) y continuó oponiéndose a él durante su ministerio (Juan 16:33). Por eso Juan nos amonesta a no amar este mundo ni lo que hay en él (1 Juan 2:15, 16). Santiago declara que la amistad con este mundo es enemistad contra Dios (Santiago 4:4). ¿Y por qué habríamos de amarlo, se pregunta Pablo, siendo que, librado a sus propios recursos, es un mundo sin esperanza (Efesios 2:12) y su sabiduría es en realidad locura (1 Corintios 1:20)?

Esta doble perspectiva bíblica sugiere que, por un lado, podemos reconocer en el mundo evidencias de la creación divina y obrar en él cooperando con Dios a fin de lograr su restauración; por otro lado, también vemos en él claras evidencias de la actividad rebelde de Satanás y de agentes bajo su dirección. Por eso, como cristianos, hemos de afirmar el primero, resistir el segundo o acercarnos a él para cumplir la misión que Cristo nos encomendó. Y podemos hacerlo sin temor, recordando que el poder del enemigo fue vencido en la cruz y será aniquilado totalmente, junto con sus seguidores y sus obras, al fin del tiempo (Malaquías 4:1; Apocalipsis 20:7-10).

Tres respuestas

A través de la historia, los cristianos se han relacionado con el mundo y la cultura de tres maneras diferentes. Vamos a repasar estas respuestas, siguiendo un esquema propuesto por Richard Niebuhr en una obra ya clásica,2 y a evaluarlas luego.

Primera respuesta: oposición y separación. Esta postura considera que la cultura predominante es mala y que los cristianos deben rechazarla porque somos "extranjeros y peregrinos" en este mundo (1 Pedro 2:11).

Abundan los ejemplos de esta respuesta a lo largo de la historia. La mayoría de los cristianos primitivos rechazaron la cultura greco-romana por su idolatría y corrupción. Más tarde, los movimientos monásticos de la Edad Media reflejaron el deseo de muchos cristianos de apartarse totalmente del mundo. Varios de los movimientos que surgieron dentro del Protestantismo

--los menonitas, anabaptistas, cuáqueros y milleritas (nuestros antepasados espirituales)-- también adoptaron esta postura.

¿Cómo evaluaremos esta respuesta? Respetamos la sinceridad de los que aceptan la soberanía absoluta de Dios en su vida. Admiramos su valentía al soportar la persecución y el martirio por ser fieles al evangelio. Su cristianismo radical con frecuencia ha fomentado ciclos de reavivamiento y reforma en la iglesia.

Sin embargo, la Biblia no requiere de nosotros un aislamiento total del mundo. Aunque nos advierte del riesgo de asimilarnos a la cultura circundante, nos insta a comunicar el mensaje de salvación al mundo y a actuar en él como embajadores de Cristo, respondiendo a sus necesidades. Es imposible escapar de la cultura; nuestro modo de pensar y de hablar la reflejan inevitablemente. Una postura separatista sólo logra crear una cultura o una subcultura diferente. Es más: La separación supone que el pecado proviene del mundo exterior, mientras que la Biblia enseña que el pecado nace en la mente humana. En última instancia, el aislamiento dificulta o impide la comunicación del evangelio.

Segunda respuesta: tensión. Esta postura reconoce en el mundo evidencias tanto de la bondad de la creación original como de la maldad provocada por la desobediencia humana. Como resultado, existe una tensión inevitable entre el reino de Cristo y el del enemigo. Los cristianos han tratado de resolver esa tensión de tres maneras diferentes:

· El cristianismo es superior a la cultura. Esta actitud considera que la cultura es básicamente buena, pero deficiente. Los cristianos deben participar de las actividades legítimas del mundo, pero viviendo a un nivel superior de bondad, motivados por el amor de Dios. El intelecto humano sólo alcanza un conocimiento imperfecto; la verdadera sabiduría --que complementa la sabiduría humana-- es un don de Dios.

Este enfoque permite la cooperación entre cristianos y no cristianos para mejorar la vida sobre este planeta, mientras reconoce la superioridad del evangelio de Cristo. De esta manera el cristianismo ha podido ejercer una influencia positiva sobre las artes, la educación, el gobierno, la economía y las ciencias, elevándolas hacia el ideal. Sin embargo, esta postura no reconoce la radical presencia del mal en todo lo que hacemos los humanos, seamos cristianos o no. Con frecuencia lleva al sincretismo o a querer mejorar la cultura en vez de buscar el establecimiento del reino eterno de Dios.

· El cristianismo en yuxtaposición con la cultura. Este enfoque dualista reconoce que la actividad humana en el mundo trae resultados generalmente malos, pero que esto es inevitable. Existe un conflicto natural entre la justicia de Dios y la pecaminosidad humana. El mundo entero se encuentra en rebeldía contra Dios. La razón humana está contaminada de egoísmo. Aunque el cristiano reconoce esta realidad, no puede escapar de ella. Para el apóstol Pablo, las autoridades del mundo tienen como propósito principal impedir que la maldad llegue a ser destructiva (ver Romanos 13:4). Martín Lutero (1483-1546) reconoció que la vida del cristiano en el mundo es a la vez trágica y dichosa: un dilema sin solución antes de la restauración final.

El cristiano dualista vive en tensión entre el ideal divino y la realidad humana, entre el pecado y la gracia. Ha aprendido a cooperar con los no cristianos, pero sin hacerse ilusiones. Para él lo esencial es la conversión del individuo; las instituciones de la sociedad sólo sirven para contener la maldad en vez de ser agentes positivos en favor de la libertad y la justicia.

· El cristianismo transforma la cultura. Los que asumen esta postura reconocen que la cultura es pecaminosa, pero redimible. Este mundo imperfecto aún refleja la bondad de la creación original. El problema radica no en la maldad inherente del mundo, sino en la bondad pervertida. Por eso la cultura no debe ser descartada sino mejorada. Los cristianos podemos contribuir a transformar el mundo para la gloria de Dios.

San Agustín (354-430) y Juan Calvino (1509-1564) representan esta actitud más esperanzada. Sin duda, a través de los siglos los cristianos han hecho aportes considerables a la sociedad, con lo que han logrado transformaciones notables. Sin embargo, el activismo de tipo social crea sus riesgos. Por un lado, puede degenerar en posturas políticas que eclipsan la esencia del evangelio. Por otro, al pretender encontrarle un solución socio-política al problema humano se olvida que el remedio perdurable está en las manos de Dios, quien intervendrá para establecer su reino eterno.

Tercera respuesta: asimilación. Esta respuesta asume que la cultura predominante es básicamente buena y que debe ser aceptada. Por eso encuentra claras evidencias de la actividad de Dios en este mundo. Así, a lo largo de los siglos, se han forjado alianzas entre el cristianismo y ciertas expresiones culturales o políticas; por ejemplo, el catolicismo medieval, el capitalismo democrático o el socialismo cristiano.

Este enfoque favorece la comunicación y la cooperación entre los cristianos y la cultura, lo que permite que el evangelio sea comprendido y aceptado en diferentes contextos. Sin embargo, el proceso de adaptación tiende a comprometer el evangelio, presentando a Cristo como un gran líder moral y no como el único Salvador del mundo. El cristianismo se convierte así en un mero humanismo, que borra las fronteras entre el reino de Dios y el de Satanás, y termina proponiendo una cómoda salvación universal.

Hacia una postura adventista

¿Cuál de estos enfoques ha sido la postura adventista ante el mundo y la cultura? Y si no se la ha definido, ¿cuál debería ser nuestra respuesta? Obviamente, ha de ser coherente con la revelación bíblica y a la vez flexible como para comunicar el evangelio en las diversas culturas en que avanza el mensaje adventista. Por eso propongo que nuestra postura debe incluir por lo menos tres principios:

1. Cultivar una cosmovisión bíblica que incluya el tema del Gran Conflicto.3 Esta abarcante narración de la lucha entre el bien y el mal constituye el esquema en que los adventistas situamos la historia de la salvación. Esta incluye siete factores:

· Dios. "En el principio, Dios" (Génesis 1:1). El es la Persona autoexistente y la realidad fundamental en que se apoya la cosmovisión adventista.

· Creación. Dios crea un universo perfecto, habitado por seres inteligentes. También hace habitable este mundo, dotándolo de flora y fauna, y creando a nuestros primeros padres.

· Satanás. Entretanto Lucifer, un ángel poderoso, ha iniciado una rebelión contra Dios, pero es derrotado y expulsado del cielo junto con sus seguidores.

· Caída. Adán y Eva sucumben a la tentación de Satanás y el mundo entero sufre las consecuencias del pecado.

· Redención. Jesucristo, el Dios Creador, viene a este mundo en forma humana y mediante su muerte y resurrección asegura la salvación de todo el que la acepte.

· Segunda Venida. Cristo regresa en gloria a este mundo, concede la inmortalidad a quienes lo han aceptado como Salvador y los lleva consigo al cielo.

· Consumación. Al final del milenio, Dios elimina a quienes han rechazado la salvación, desarraiga para siempre el mal del universo y restaura la creación a su armonía original.

Este conflicto universal se centra en dos perspectivas del carácter de Dios: Una lo presenta como un Dios amante, justo y bondadoso; la otra lo caracteriza como arbitrario, injusto y cruel. Nuestro mundo es el campo de batalla en que combaten las fuerzas del bien y del mal, y en él cada ser humano debe elegir su bando. Esta concepción bíblica facilita una aproximación al doloroso misterio del sufrimiento de los inocentes. A la vez nos orienta a desempeñar un papel activo en la historia y nos proyecta con esperanza hacia la restauración final.

2. Relacionarnos críticamente con el mundo. Esto require que mantengamos en equilibrio cuatro enfoques:

· Separación de todo lo que contradice claramente la voluntad revelada de Dios. Dios es santo, y los que eligen obedecerle buscan la santidad (1 Pedro 2:9), apartándose de toda forma de mal (1 Tesalonicenses 5:22). Cristo espera que sus seguidores acepten sus principios de todo corazón (Mateo 6:24; 12:30) y vivan una vida limpia (Apocalipsis 18:2, 4).

· Afirmación de todo lo que es compatible con la revelación de Dios y con su plan original para la humanidad. Dios es la fuente de todo lo verdadero, justo y bello que logran los seres humanos (Santiago 1:17). Además, él comunica mediante el Espíritu Santo los grandes principios que deben regir la conducta humana (Juan 16:13; Romanos 2:14, 15). Como Pablo, hemos de afirmar los aspectos nobles de la cultura y utilizarlos para comunicar el evangelio de Cristo (1 Corintios 9:22, 23; Hechos 17:19-34).

· Transformación de los seres humanos, ejerciendo a través de ellos una influencia positiva sobre la cultura, acercándola a los principios de Dios (Mateo 6:10). Por eso los adventistas consideramos que la conversión espiritual es prioritaria y que la educación, los programas en pro de la salud y el desarrollo socio-económico son actividades complementarias en la transformación de la humanidad (1 Corintios 10:31; Colosenses 3:17).

· Contribución positiva a la cultura con aportes que beneficien a los seres humanos. Jesús inició su ministerio destacando la doble dimensión espiritual y social de su misión (Lucas 4:18, 19). Los adventistas nos unimos a otros cristianos que, a través de la historia, han enriquecido al mundo como artistas, benefactores, empresarios, científicos, jurisconsultos, misioneros, músicos, y otros profesionales.

Esta aproximación ecléctica del cristiano al mundo puede diagramarse así:

3. Estudiar la Palabra de Dios, orar por discernimiento y prestar atención al consejo de los que comparten nuestra fe. Junto con otros adventistas hemos de reflexionar sobre cómo los principios bíblicos se aplican a nuestro interactuar con el mundo y luego llevarlos a la práctica. Si es necesario, estaremos dispuestos a asumir una postura de oposición a la cultura predominante. Jesús nos prometió que, si se lo permitimos, el Espíritu Santo nos guiará a un conocimiento cada vez más completo de la verdad (Juan 16:13). Así sabremos cómo establecer prioridades y hacer decisiones sabias en la elección de carrera o profesión, la utilización de nuestro tiempo y nuestro dinero, la participación en la vida pública, y al relacionarnos con cuestiones complejas de libertad y justicia, el medio ambiente y la salud, la guerra y la paz, la vida y la muerte.

Conclusión

El dramático episodio en que Jesús sana al endemoniado de Gadara resume lo que Dios espera de sus seguidores (Marcos 5:1-20). Cuando Jesús y los discípulos se preparan para regresar al otro lado del lago, el hombre que ha sido sanado milagrosamente le ruega que le permita ir con él. Sin embargo, el Maestro le pide que vuelva a su familia y a su cultura para convertirse en evidencia, agente y portavoz de la gracia salvadora de Dios.

Así presenta la Biblia el triple movimiento de la vida del cristiano, que hemos de confirmar cada día: Abandonar el mundo por amor a Cristo, ser transformados y purificados, y regresar al mundo para enseñar y vivir todo lo que Dios nos ha enseñado, hasta que él vuelva.

Humberto M. Rasi (Ph.D., Stanford University) es director del Departamento de Educación de la Asociación General y director de Diálogo.

Notas y referencias

  1. He adaptado la definición que ofrece Oliver R. Barclay en su libro The Intellect and Beyond (Grand Rapids, Michigan: Zondervan Corporation, 1985), p. 123.
  2. Ver Richard Niebuhr, Christ and Culture (New York: Harper and Row, 1951).
  3. Ver John M. Fowler: "Hacia una cosmovisión cristiana", Diálogo 2:1 (1990), pp. 5-8, 30, 31; y Humberto M. Rasi, "Combatiendo en dos frentes": Diálogo 3:1 (1991), pp. 4-7, 22, 23.