El Avance Adventista en Latinoamérica: Un siglo de Milagros

Coincidiendo con la fecha en que la Iglesia Adventista del Séptimo Día está recordando el sesquicentenario de sus comienzos (1844-1994), los adventistas en Latinoamérica están celebrando sus cien años de historia: una historia prolífica en heroicas aventuras misioneras; en trabajos, sacrificios y desvelos; pero, sobre todo, en grandes victorias para la causa del evangelio.

Comienzos de la misión adventista en Latinoamérica

Tres diferentes líneas de actividad marcaron los comienzos de la fe adventista en Latinoamérica. La primera de ellas estuvo relacionada con las publicaciones adventistas, que llegaron a varios países del territorio latinoamericano entre 1880 y 1890. En todos los casos conocidos, los receptores de las publicaciones pertenecían a colonias de inmigrantes que recibieron las primeras informaciones acerca de los adventistas en su propia lengua de origen. Algunas publicaciones en alemán llegaron al Brasil en 1879 y fueron distribuidas en algunas colonias alemanas del sur del país por personas que aún no pertenecían a la iglesia. Y algunas revistas en francés alcanzaron dos colonias de suizos franceses en Argentina alrededor de 1885, y en el mismo año algunas publicaciones en inglés fueron distribuidas en Honduras Británica y Belize.1

La segunda actividad que se destacó en los comienzos del adventismo en Latinoamérica fue la testificación de los laicos. Fue una persona laica --un ama de casa--, la primera en compartir su fe con sus compatriotas en Honduras, en 1885. También fueron laicos --en este caso, agricultores-- los primeros adventistas que se radicaron en Sudamérica en 1890, e inmediatamente organizaron la primera escuela sabática en ese territorio. Otro laico --un sastre-- fue el primero en visitar la ciudad de México en 1891. Esta participación de los laicos u obreros voluntarios, no sólo fue fundamental en los comienzos sino que, como veremos más adelante, ha sido un elemento clave para la expansión de la iglesia en las últimas décadas.

La tercera línea de actividad que tuvo mucho que ver con los comienzos de la misión adventista en Latinoamérica, fue la participación de los misioneros de sostén propio, la mayoría de ellos colportores. La Junta de Misiones Extranjeras de la Asociación General, que fue organizada en 1889, envió los tres primeros colportores a Sudamérica en 1891, y muy pronto estos misioneros estaban diseminando las buenas nuevas del evangelio en cuatro países: Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. La organización de las primeras iglesias en esos países entre 1894 y 1896 siguió definidamente la ruta establecida por los colportores.

Otro grupo de misioneros de sostén propio --en este caso, médicos y enfermeros-- se radicó en Guadalajara, México, en 1893, en lo que fue considerado por la iglesia como el primer intento de establecimiento de la obra médica fuera de los Estados Unidos.2 También en este caso, la primera congregación organizada en México fue el resultado del trabajo de estos misioneros de sostén propio.

Estrategias misioneras

Un análisis de las estrategias de crecimiento utilizadas por los adventistas en Latinoamérica, muestra tres etapas bien definidas, donde nuestros pioneros, quizá sin planearlo, recurrieron a ciertos recursos que la misionología contemporánea define como "modernas" estrategias de crecimiento eclesiástico.

La primera de ellas fue el trabajo en "unidades homogéneas". Una unidad homogénea se define como un grupo de población unido por rasgos semejantes de color, raza, ingresos, estatura, u otros elementos en común. Una definición clásica de las unidades homogéneas declara que "Cuando existen marcadas diferencias de color, estatura, ingresos, higiene, y educación, las personas entienden mejor el evangelio cuando es expuesto por su propia clase de gente, y prefieren unirse a iglesias cuyos miembros se parecen, hablan y actúan como ellos mismos".3

Efectivamente, la primera etapa de crecimiento de la Iglesia Adventista en Latinoamérica fue realizada entre unidades homogéneas de población, y no entre la gente autóctona. Las primeras congregaciones en el Caribe, América Central y los países del norte de Sudamérica, se organizaron en las colonias de habla inglesa y francesa de esos territorios, mientras que en los países más australes de las Américas fueron colonias suizas, rusas, y especialmente alemanas, las que recibieron el mensaje adventista con regocijo. Desde esos grupos homogéneos de población, con el paso de algunas décadas, la fe adventista se fue extendiendo a la población autóctona de los diversos territorios.

Un evangelio predicado y practicado

La segunda etapa en la expansión de los adventistas en Latinoamérica tuvo que ver con uno de los temas más controvertidos en la misión de la iglesia: la responsabilidad social. Este aspecto ha suscitado acaloradas discusiones en los círculos religiosos, especialmente después de la aparición de la "teología de la liberación" en Latinoamérica. Sin embargo los adventistas, desde sus mismos comienzos, han recibido orientación en cuanto a la responsabilidad social del cristiano y el consejo de seguir en los pasos de Cristo, quien "mediante el bien que hacía, con sus palabras amables y actos bondadosos, interpretaba el evangelio a los hombres".4

Los pioneros adventistas que llegaron a Latinoamérica siguieron ese tipo de "hermenéutica" o interpretación del evangelio: además de predicarlo, lo vivieron y lo practicaron en las vidas de sus prójimos, especialmente de los más oprimidos y necesitados. Varios analistas del protestantismo en América Latina llegan a la conclusión de que éste fue uno de los secretos del éxito de los adventistas en esa región del mundo. Un autor católico declara:

"La obra misionera del adventismo no se limita a la predicación, si bien esta faceta cubre todas las demás. Porque en realidad el adventismo predica con sus escuelas de diferentes grados, con sus granjas agrícolas, sus hospitales y facultades de medicina. Y todo ello esparcido por todo el mundo. Es la obra práctica y positiva de una Iglesia que si bien espera el fin de los tiempos, no lo hace, al menos, con las manos inactivas".5

Una antropóloga alemana que realizó estudios de los adventistas en el altiplano boliviano declara que "la praxis de la misión adventista fue desde el principio y en todo momento algo más que la realización del mandato evangélico. Junto a la expansión de la palabra bíblica estaba la 'acción misericordiosa' que se manifestaba en la atención médica y en la educación escolar".6 Efectivamente, el altiplano peruano-boliviano puede ser una buena ilustración de esta segunda etapa en el crecimiento y la expansión de los adventistas en Latinoamérica. Cuando Fernando Stahl y su esposa llegaron a las orillas del lago Titicaca a principios de siglo, comprendieron inmediatamente que la educación era una de las necesidades más sentidas de la población autóctona. Entonces se dedicaron a organizar escuelas e instruir maestros autóctonos para enseñar en ellas. Una década después había decenas de escuelas con centenares de niños educándose. Las conversiones masivas vinieron como resultado de la obra educativa, y no a la inversa. La organización de iglesias siguió la ruta de las escuelas, y para el año 1920 había más de 3.000 miembros de iglesia sólo en la región del altiplano.7

La cuenca amazónica en Brasil, o el trabajo en las poblaciones autóctonas de los países de América Central, pueden ser otras buenas ilustraciones de esta segunda etapa del crecimiento de los adventistas en Latino-américa. Esta forma de "vivir y practicar el evangelio", no solamente produjo un extraordinario crecimiento en esas áreas, sino que despertó el aprecio y la simpatía hacia la iglesia de la población en general, y de los gobiernos de esas naciones en particular.

Por otra parte, los analistas del protestantismo en América Latina, especialmente J.B. Kessler en 1967,8 y David Martin en 1990,9 llegan a la conclusión de que esta obra asistencial y educativa de los adventistas se ha transformado en lo que la misionología moderna denomina un "proceso de movilidad social ascendente", esto es, la iglesia mejora la calidad de vida de los individuos y las comunidades a las que llega con su mensaje y su servicio.

Extraordinario crecimiento en las últimas décadas

Una tercera estrategia de crecimiento, que comenzó a mediados de siglo y perdura hasta ahora, es la que podríamos denominar como un movimiento laico de grandes proporciones. Casi todas las naciones latinoamericanas han experimentado una fantástica participación de los laicos en tareas evangelizadoras y en la conducción de las congregaciones. Debido a la brevedad de este artículo, y a la variada gama de circunstancias, no tenemos la posibilidad de analizar detalladamente las causas de esta gran movilización laica. Podemos, sin embargo, tratar de descubrir algunas razones generales de este proceso.

Toda esta región ha sufrido diversos grados de crisis social, política, y especialmente económica. Estos factores externos tienen una incidencia importante en el crecimiento de la iglesia. Se ha dicho muchas veces que las crisis personales y colectivas sirven para que la gente se acerque más a Dios. Esta, seguramente, puede ser una de las razones fundamentales de crecimiento. A su vez, las crisis financieras influyen en la administración de la iglesia, la que no puede mantener un cuerpo de obreros evangélicos que crezca al ritmo del crecimiento de los miembros. En forma natural los pastores, que ven aumentar año tras año el número de congregaciones a su cargo, acuden a los laicos u obreros voluntarios para realizar las tareas eclesiásticas y evangelizadoras. En Latinoamérica no es extraño ver a un pastor que está a cargo de cinco o más iglesias mayores, y varias decenas de congregaciones menores, lo cual significa que debe depender de los obreros voluntarios para conducir la mayor parte de sus congregaciones.

La América Central es una extraordinaria ilustración de crecimiento por medio de un movimiento laico de grandes proporciones. Algunos de esos países alcanzaron, en las dos últimas décadas, porcentajes de crecimiento que están a la cabeza en el mundo entero. En la década 1970-1980, Nicaragua alcanzó un porcentaje de 348 por ciento y en la última década Honduras alcanzó un 360 por ciento de crecimiento, siendo superada en el mundo únicamente por dos países de Africa, Uganda y Gambia, que alcanzaron 410 por ciento y 1.100 por ciento respectivamente. Sin embargo, en el mismo lapso, el número de pastores con relación al número de miembros decreció drásticamente. En El Salvador, por ejemplo, había un pastor por cada 250 miembros en 1960; en 1990, la cifra era de un pastor por cada 2.000 miembros de iglesia. No obstante, el crecimiento no se detuvo: en 1960 había poco más de 1.700 miembros en ese país; en la actualidad hay más de 50.000 miembros, atendidos por unos 25 pastores.

Esta ilustración de América Central podría repetirse en forma casi ilimitada en todo el territorio latinoamericano. La Iglesia Adventista en América Latina ha asumido un liderazgo laico y voluntario, apoyado por sus pastores y administradores, y ha desarrollado lo que la misionología define como "un modelo de crecimiento fácilmente reproducible". Esto significa que la iglesia no necesita esperar hasta tener un nuevo pastor para iniciar una nueva congregación, ni que la congregación que desea dividirse necesita esperar hasta tener un nuevo templo para organizar una nueva iglesia. Un modelo de crecimiento fácilmente reproducible cuenta con obreros honorarios o voluntarios que no están en una planilla de salarios (por lo tanto no están limitados a un presupuesto), y utiliza locales de culto que van desde el campo abierto, sin techo ninguno, hasta las casas de familia, pasando por toda la gama de locales, propios o alquilados.

Este "modelo de crecimiento fácilmente reproducible" es, seguramente, el secreto del éxito de los adventistas en Latinoamérica. Las Divisiones Interamericana y Sudamericana ya han superado con creces el primer millón de miembros respectivamente, y con un aumento de más de 100.000 nuevos miembros por año, el segundo millón de miembros no está lejos. Con la dirección del Espíritu Santo, y con un ejército siempre creciente de obreros voluntarios, la Iglesia Adventista en Latinoamérica está preparando una multitud de fieles para el retorno del Señor.

Desafíos para el futuro

Probablemente los mayores desafíos que la iglesia deberá enfrentar en un cercano futuro, estarán relacionados con los cambios sustanciales de la sociedad latinoamericana. Las grandes crisis socio-económicas de vastas regiones en vías de desarrollo, están clamando por una participación más activa de la iglesia cristiana. Durante casi 500 años --prácticamente desde el descubrimiento de América-- la inserción de la iglesia en el proceso histórico latinoamericano había sido aceptada sin discusiones. En estos últimos años, sin embargo, la participación de la iglesia ha sido cuestionada. Las nuevas teologías sociales, como la teología de liberación, claman, en síntesis, por una nueva eclesiología, una nueva cristología y una nueva hermenéutica. Una nueva eclesiología, porque ven a la iglesia muy distante de la gente; el clamor es por una iglesia "pobre" y una iglesia "pueblo". Se reclama también una nueva cristología que presente a un nuevo Cristo; no el Cristo crucificado y sufriente de los crucifijos, sino el Cristo viviente y ayudador. Y se clama por una nueva hermenéutica: una interpretación del evangelio que tome en cuenta no sólo el texto sino primordialmente el "contexto": la situación de miseria u opresión en la que grandes masas de población sobreviven.

Aunque la Iglesia Adventista no comparte la filosofía combativa que está detrás de estas nuevas teologías, siente la responsabilidad de presentar una nueva perspectiva religiosa en América Latina. Y, en verdad, los adventistas están en las mejores condiciones de hacerlo. Siguiendo al Modelo, Cristo Jesús, se acercan al pobre; al necesitado; al oprimido. Muestran en sus propias vidas al Cristo viviente que sana, que alimenta, que consuela y que salva. Y al presentar el evangelio, lo hacen en su doble perspectiva de predicarlo y practicarlo, como lo hizo nuestro Señor, y como lo hicieron los pioneros adventistas latinoamericanos entre las poblaciones autóctonas del altiplano boliviano, la cuenca amazónica u otras regiones.

La iglesia deberá también confrontar el creciente desafío del urbanismo y la secularización. Para el año 2001 Latinoamérica no sólo contará con la ciudad más grande del mundo --la ciudad de México--sino con decenas de ciudades con millones de habitantes. La urbanización acelera el proceso de secularización: esa filosofía de vida que descarta a Dios y lo religioso de la existencia humana.

A medida que el adventismo entra en el segundo siglo de existencia y de su misión en Latinoamérica, es consciente de su papel en el nuevo orden del siglo XXI, aun cuando anticipa el cumplimiento de la oración de todos los tiempos: "Sí, ven Señor Jesús".

Juan Carlos Viera (Doctor en Misionología, Seminario Teológico Fuller), es el director del Centro White en Silver Spring, Maryland, EE. UU. de N.A. Su tesis doctoral se tituló: "Los adventistas en la América Latina: Sus comienzos; su crecimiento; sus desafíos".

Notas y referencias

  1. Don F. Neufeld, ed., S.D.A. Encyclopedia, Washington, DC: Review and Herald Publishing Association, 1976, pp. 67,143,183.
  2. F.M. Wilcox, "The Work in Many Lands", Review and Herald, Julio 10,1894.
  3. Donald McGavran, Understanding Church Growth, Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1980, p. 227.
  4. Elena G. de White, El ministerio de la bondad, Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1976, p. 60.
  5. Ignacio Díaz de León, Las sectas en América Latina, Buenos Aires: Editorial Claretiana, 1984, pp. 101,102.
  6. Juliana Ströbele-Gregor, Indios de piel blanca: Evangelistas fundamentalistas en Chuquiyawu, La Paz, Bolivia: Hisbol, 1989, p. 190.
  7. Neufeld, S.D.A. Encyclopedia, p. 1105.
  8. J. B. Kessler, A Study of the Older Protestant Missions and Churches in Peru and Chile, NV: Oosterban y Le Cointre.
  9. David Martin, Tongues of Fire: The Explosion of Protestantism in Latin America, (Santa Cruz, California: Blackwells Publishers, 1991).