Un Abogado Infalible

Carlos Carr no era un hombre común. Había sido concejal de la ciudad por más tiempo de lo que yo tenía de vida. Era el ciudadano de mayor edad en la política de la ciudad de Cleveland, Ohio. Todo el mundo lo conocía y muchos hubieran dado cualquier cosa con tal de obtener su amistad y gozar de una influencia semejante a la suya.

Y ahora estaba enjuiciado, culpado de haber aceptado sobornos. El juicio había cautivado la atención de la ciudad. Recién egresado de la Facultad de Derecho, llegué al juzgado para ver la manera en que los abogados tratarían el caso. Allí estaba Carr, sentado junto a su abogado. Vestido de forma llamativa, parecía un tanto descuidado en su persona. Ciertamente no parecía ser el tipo de hombre a quien uno le compraría un auto usado. Estaba sentado, inquieto, en su silla. "Parece culpable", me dije a mí mismo.

Pero el abogado que había escogido para defenderlo era uno de los mejores de Cleveland. De la misma edad que la de su cliente, el abogado estaba muy bien trajeado, era de fácil palabra y de apariencia impresionante. Cuando se puso de pie, se dirigió hacia Carr y colocó las manos sobre sus hombros. Repentinamente, una atmósfera electrizante pareció llenar la sala de la corte. El jurado ya no miraba a Carlos Carr. En su lugar, se encontraba un abogado competente y confiado. Cuando el abogado comenzó a hablar con elocuencia y persuasión, mantuvo al jurado absorto. Ya no miraban al desaliñado y corrupto Carr; en su lugar contemplaban a un abogado y escuchaban su efectiva presentación.

No me sorprendí cuando el jurado entregó su fallo: inocente. Sin embargo, me impresionó el hecho de que, aunque en mi opinión Carlos Carr quizá era culpable, el resultado fue contrario debido a una efectiva representación por parte de su abogado, y la transformación de personalidades cuando el abogado con efectividad se convirtió en Carlos Carr y convincentemente abogó su caso ante el jurado.

El asunto aquí no es la culpabilidad o inocencia de Carr, sino la efectividad de un abogado que pudo tomar su lugar y lograr un fallo a su favor.

Cleveland es mi ciudad natal. Al crecer en esa ciudad siempre soñé con trabajar para la Iglesia Adventista. La verdad es que como niño tuve grandes planes de algún día llegar a ser presidente de la Asociación General. Mi iglesia local me animó en mi deseo de llegar a ser un obrero, particularmente un pastor. Los miembros de la congregación me ofrecieron su apoyo, pero quedaron muy sorprendidos cuando se enteraron que decidí seguir la carrera en leyes. Se burlaban de mí por querer ser un "mentiroso", su idea de un abogado.

Reconozco que en general los abogados tienen una baja reputación dentro de la sociedad. El hecho es que según el resultado de algunos estudios, se considera a los abogados inferiores a los vendedores de automóviles usados, en lo que a confianza se refiere. También sé que muchos abogados ganan mucho dinero. Sabiendo todo esto, me pregunto: ¿qué fue lo que me atrajo a convertime en un abogado hace 25 años? No fue el prestigio, ni fue el poder. Fue la idea de ayudar a la gente, de hacer uso de las leyes para proteger los derechos en los cuales creemos cada uno de nosotros, los que podemos reclamar, según las leyes del país en que vivimos. Fue este sueño el que me condujo a escoger la profesión de la abogacía. Y no estoy chasqueado. Mi trabajo para la Iglesia Adventista me permite alcanzar ese blanco: el de ayudar a las personas a luchar por esos derechos, particularmente en el área de la libertad religiosa.

Mi concepto del abogado no es del vendedor de autos usados, sino de una persona que discute en los tribunales, que aparece ante los jueces en defensa de su cliente. Es la imagen del abogado que representó a Carlos Carr en ese caso criminal en Cleveland. El se arriesgó por su cliente. La verdad es que la imagen ideal de un abogado es Cristo, uno que lo arriesgó todo, incluyendo su propia vida, para ser mi abogado ante el tribunal de la justicia divina. Ante el juicio celestial, nos encontramos condenados como pecadores. "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios", y "todos compareceremos ante el tribunal de Cristo" (Romanos 3:23; 14:10). En ese día que se acerca rápidamente: "Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala" (Eclesiastés 12:14). Seremos expuestos. Nuestros errores, nuestras culpas, nuestro orgullo y nuestro egoísmo nos confron-tarán haciéndonos contorsionar ante la justicia de Dios.

Pero no estaremos solos. Como cristianos tendremos a Jesucristo, nuestro Abogado, presentándose ante el Padre, ante el Juez del universo. El colocará sus manos heridas por los clavos sobre nuestros hombros, y de repente será Cristo al que Dios mirará y no a nosotros. Una atmósfera celestial inundará la corte. La perfecta justicia de Cristo cubrirá nuestros pecados. Nos veremos limpios, vestidos con el manto blanco de su justicia.

Pero para que esa transformación llegue a ser una realidad en nuestras vidas, debemos escoger nuestro abogado aquí y ahora. No debemos esperar. De acuerdo con la declaración hecha por al apóstol Juan: "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 2:1, 2).

Con Cristo como nuestro abogado podemos tener la seguridad de que él no perderá nuestro caso sino que seremos hallados "inocentes".

Walter Carson es uno de los abogados de la Oficina de Servicios Legales de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día.