Rembrandt: La jornada espiritual de un artista

Rembrandt es un nombre del recuerdo. No solamente por su trayectoria artística en el siglo XVII, sino porque en el trasfondo de su arte se realiza una verdadera jornada espiritual. A partir del Renacimiento, numerosos artistas han representado temas bíblicos, pero Rembrandt se encuentra entre los pocos favoritos que han combinado esos temas con un anhelo espiritual innato en el corazón humano. Así como David expresó la gracia salvadora y sustentadora de Dios en forma poética en medio de intensos sufrimientos, Rembrandt dejó para la historia un cuadro profundo de sus luchas espirituales por medio de un arte eterno.

El octavo hijo de un molinero financieramente exitoso, Rembrandt van Rijn (1606-1669) nació en la ciudad universitaria de Leiden, no lejos de Amsterdam, en los Países Bajos. Su madre, que era miembro de la Iglesia Holandesa Reformada, lo crió y educó en un ambiente protestante calvinista devoto. Esta devoción fue reforzada cuando Rembrandt tenía entre los 7 y 14 años, al asistir al Colegio de Latín, en donde se daba un fuerte énfasis a los estudios religiosos.

A la edad de 14 años, Rembrandt dio muestras que su primordial interés era el arte. A diferencia de muchos contemporáneos europeos que aspiraban a ser artistas, él mostró poco interés en las modas del estilo clásico y se negó a realizar el acostumbrado viaje a Italia. En su lugar, optó por matricularse en la Universidad de Leiden, cerca de Amsterdam, pero después de una breve temporada abandonó sus estudios formales. Durante los tres años siguientes estudió bajo la tutela de Jacob Isaacszoon van Swanenburgh, el cual se especializaba en la presentación de escenas arquitectónicas y de escenas alusivas al infierno. Luego se trasladó a Amsterdam para estudiar bajo la dirección de Pieter Lastman, un pintor motivado por la historia, por medio del cual posiblemente llegó a familiarizarse con el arte del pintor italiano Caravaggio.

En Amsterdam la fama de Rembrandt como artista fue en ascenso debido a su dominio de la pintura del retrato. Grupos complejos de retratos como Lección en anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (una disección pública de un criminal ejecutado), de 1632, le dio prominencia nacional y una gran fortuna. Fue tal su reputación como artista del retrato que recibió más pedidos de los que podía aceptar, por lo que se vio obligado a establecer un taller con más de 50 alumnos.

Temprano en su carrera, Rembrandt demostró lo que llegaría a ser su amor de toda la vida: dibujar y pintar personajes bíblicos. Sus primeras obras religiosas (como El encadenamiento de Sansón, 1636), a menudo daban la impresión de que se hubieran hecho con el fin de apelar a los ávidos gustos por la violencia o la sensualidad del alto barroco. La presentación abierta y dramática reflejaba una influencia del tenebrismo de Caravaggio (pintura en forma oscura con una iluminación fuertemente direccional), combinada con las acaracoladas formas y movimientos enfáticos de líneas diagonales del maestro flamenco Pedro Pablo Rubens.

En 1634 Rembrandt contrajo matrimonio con Saskia van Uylenburgh, hija de un acaudalado burgomaestre, la cual trajo consigo una gran dote. La pareja tuvo cuatro hijos, y la familia vivió en una elegante casa particular de la ciudad, en la sección judía de Amsterdam, en donde el artista tuvo muchos amigos y continuó gozando de la fama de ser el pintor preeminente de la ciudad.

A principios de 1635, Rembrandt sufrió una increíble secuencia de acontecimientos trágicos. Durante los siete años subsiguientes vio morir a tres de sus pequeños hijos, a su madre, a su cuñada favorita y finalmente a su esposa, en el año 1642. Además de estas tragedias personales, su vida profesional también experimentó un golpe muy duro. Su popularidad como pintor comenzó a declinar. Después de pintar su obra maestra El guardián de la noche (cuyo tema era la formación de una compañía de la milicia holandesa bajo el mando del Capitán Banning Cocq) en 1742, su obra tuvo menos aceptación en la sociedad holandesa que gustaba mucho del estilo de pintura elegante o de esplendorosos paisajes.

En esta época Rembrandt se encontró con grandes problemas económicos. Sobre todo le fue muy difícil de sobrellevar un revés tanto económica como emocionalmente. Geertghe Dircx, la enfermera de su hijo durante siete años, lo demandó por violación de una promesa. A pesar de su negación de que jamás le hubiese prometido matrimonio, la corte ordenó que Rembrandt le pagara 200 florines al año por manutención.

Aunque estas crisis aparentemente fueron la causa de períodos de depresión e introspección, a mediados de la década de 1640 el artista comenzó a actuar con más sagacidad y mayor determinación. Su arte fue menos melodramático y más restringido, con un misterio subyacente, como se puede observar en su pintura de 1648, Cena en Emaús. El creciente interés de Rembrandt acerca de temas religiosos puede haber sido resultado, en parte, de su afinidad con los menonitas. A pesar de que hay pocas evidencias que respalden su conversión a la fe menonita, se sabe con certeza que compartió la creencia de que la Biblia es la única autoridad y en el poder de la oración silenciosa.

Rembrandt fue un genio en lo que respecta al arte, pero no en el manejo de sus finanzas. Precisamente, debido a la mala administración de su dinero y a su insaciable interés en adquirir obras de arte (era dueño de originales de Miguel Angel, Rafael y Dürer) y en acumular rarezas orientales que compraba en subastas, en el año 1656 fue forzado a declararse en bancarrota. Por el año 1660 tuvo que vender la casa y su valiosa colección de arte, la ropa y una variedad de artículos que a menudo le habían servido de ayuda en la práctica de su arte. Durante los diez años subsiguientes de su vida, Rembrandt se consideró como un marginado en Amsterdam. Fue en ese entonces que sufrió la tragedia de la muerte de su segunda esposa, Hendrickje Stoffels y de Tito, hijo de su primer matrimonio. En 1669, a la edad de 63 años, el gran artista murió solo, a causa de una enfermedad desconocida.

El legado de Rembrandt

¿Qué sobrevivió a Rembrandt? A nivel personal, una hija de su segundo matrimonio, quien había tenido un hijo que murió antes que su abuelo. En el arte, una destacada herencia de más de 600 pinturas, 1.400 dibujos y por lo menos 30 aguafuertes (láminas grabadas). Pero posiblemente es en la filosofía que había detrás de su arte que Rembrandt dejó su más profundo legado. Demostró que la vida puede tener sus abismos de desesperación y sus cumbres de esperanza y dicha y aun así, como artista, pudo ser el prototipo de un profundo valor espiritual. En vez de amargarse por numerosas e increíblemente tristes circunstancias, llegó a ser un hombre de fe resuelta, de gran fuerza y ternura. Sus obras de arte, particularmente las últimas, reflejaron una filosofía espiritual básica que pueden definirse en seis grandes temas:

1. Reverencia por la vida. Surgiendo de una profunda creencia que todas las cosas vienen de Dios y no deben menospreciarse, Rembrandt tuvo una actitud de reverencia por la vida en su totalidad. Todos los seres humanos eran dignos de su estimación, aun los mendigos y los marginados. A diferencia del observador desinteresado, Rembrandt se identificó con los desposeídos y demostró una sincera simpatía hacia los afligidos.

El principio fundamental del sistema de creencias de Rembrandt se pone de manifiesto en su obra Cristo sanando a los enfermos (1642), conocida a veces como La pintura de los cien florines. De acuerdo con un poema de su contemporáneo Hendrick Waterloos, en la parte posterior de una impresión, la grabación (que consiste en una copia de una placa de cobre) ilustra en su totalidad el capítulo 19 de Mateo. En primera plana y a la derecha están las grandes multitudes siguiendo a Jesús, anhelando ser sanadas. A la izquierda están los fariseos decididos a provocarlo. Entre éstos y los discípulos que los reprendían, se encontraban los niños pequeños, que anhelaban el abrazo y bendición de Jesús. Una observación minuciosa revela un camello entrando por una arcada, como contrapunto al joven rico que niega su amor por Cristo al decidir mantener sus riquezas terrenales. Como punto de enfoque de la composición, Jesús irradia literalmente aceptación y compasión al invitar a los niños a allegarse a él y sana a los que desesperadamente creen en su toque transformador. Aquí se encontraba la quintaesencia de la expresión de Cristo como el Hijo del Hombre del siglo XVII.

2. Un Dios amante y compasivo. En su personificación de Jesús, Rembrandt se alejó de su crianza como calvinista y se negó a presentar a un Dios severo y opresivo. Al contrario, el suyo fue un Jesús amante y perdonador. Como los menonitas, que no hacían distinción de clases entre sus miembros, él representaba a Cristo bendiciendo a los “pobres de espíritu” y como el Maestro sereno y sanador en vez del Dios implacable de Calvino.

La presentación del Cristo de Rembrandt difería también de los típicos de la tradición artística de los católicos romanos. A diferencia de las representaciones católicas, que unen la divinidad de Cristo con la noción de una iglesia triunfante, presentándolo como distante y temible, Rembrandt revela al humilde nazareno, ni alejado, ni remoto y de ninguna manera amedrentador. Para él Cristo era el amor encarnado, ministrando a todas las clases y simpatizando profundamente con sus flaquezas, habiendo padecido personalmente el sufrimiento y el dolor.

3. Humanización de temas bíblicos. La humanización que imprime el artista a la escena lo demuestra en su selección de modelos no convencionales para la época en la cual trabajó. Para Rembrandt era inconcebible presentar los caracteres bíblicos dentro de un molde grecorromano o nórdico. Sus modelos procedían de la comunidad judía de Amsterdam, muchos de los cuales eran refugiados procedentes de Portugal y España. De manera que sus apóstoles y santos eran gente común, pobres y necesitados, cuyos atributos no eran de carácter físico sino espiritual.

4. El enfoque de la cruz. Lo sobresaliente en el cristianismo de Rembrandt era su creencia de que el papel que desempeña toda la Biblia es para conducirnos a la cruz. Sin embargo, él estaba convencido que este mensaje esencial debía interpretarse en términos humanos. Para él “las Escrituras eran el capítulo inicial de una narración de la situación del hombre, una narración dramática y continua en la que Rembrandt se consideraba a sí mismo y a sus contemporáneos como participantes vitales”.1 Una expresión consumada de lo que él percibió acerca de Dios y la humanidad — sufrimiento, tolerancia, amor y aceptación—, es el aguafuerte conocido como Las tres cruces (1653), en el que presenta a Cristo en la cruz entre dos ladrones. Entre las cruces hay grupos de amigos y familiares de Jesús, con la representación acostumbrada de una María doliente. A la izquierda, al pie del ladrón impenitente, se pueden ver soldados romanos montados a caballo y, de rodillas, el centurión que reconoce a Cristo como el Hijo de Dios. En la distancia, a la izquierda, hay espectadores, algunos tristes, otros participando en una discusión acalorada. A excepción de la rígida iluminación de Cristo como el centro de la composición, el resto de la escena es tan oscuro que llega a ser hasta abrumante. El increíble alcance de fuerzas físicas, emocionales y sociales en este cuadro parece implicar que toda la humanidad, incluyendo al artista mismo, comparten la culpabilidad en la agonía y muerte de Cristo.

La profundidad de la emotiva crucifixión de Rembrandt es aun más notable cuando uno considera el medio ambiente religioso y artístico en el cual vivía, una cultura holandesa impregnada de calvinismo y por lo tanto que evadía el arte que en alguna forma denotaba lo icónico.

5. La religión cotidiana. La aguda visión espiritual de Rembrandt no se limitaba a los personajes bíblicos. Como muchos protestantes, él sacó la religión fuera de los confines de las ceremonias y dogmas de la iglesia y la colocó en el reino de la vida diaria. Las diferencias entre el pasado y el presente y lo sagrado y lo secular, llegaron a ser cada vez menores y menos diferentes para él y otros en la Holanda calvinista. Para Rembrandt la presencia humana se extendía más allá de lo meramente externo para abarcar una fase más profunda y más contemplativa. Procuró a través de sutiles modulaciones de luces y sombras presentar en sus retratos de familiares y amigos —a menudo perdidos en sus propios pensamientos—, “sencillamente la calidad, lo secreto, el alejamiento del mundo, lo espiritual, lo meditativo....que fue lo que Cristo trató de lograr en los corazones de los hombres”.2

6. Poder divino para la jornada humana. Rembrandt ha logrado la captación de la intangible esencia de lo humano de manera especial en los numerosos retratos de sí mismo. Siguiendo la tradición noreuropea de los artistas que documentaban sus cambiantes apariencias, nos legó una autobiografía visual aún mayor, narrando con su pincel prácticamente cada año de su carrera. La profusión de retratos de sí mismo (más de 90) parecen sugerir que Rembrandt era egocéntrico y obsesionado con su propia imagen. De ninguna manera: estas obras fueron raras veces, si es que lo fueron alguna vez, imágenes de narcisismo. Al contrario, penetraban los cambiantes estados emocionales del artista y sus repetidas evaluaciones de su persona con relación a su Creador. Con Autorretrato (1669) culmina la vida de un hombre que había pasado de un rostro una vez juvenil y lleno de vigoroso optimismo a una imagen de lasitud y tranquila dignidad. Como toda la humanidad, él también era, en el fondo, débil y vulnerable; sin embargo, todavía había algo inherentemente noble en esa caracterización final. A pesar del acosamiento de los cuidados y ansiedades de la vida, demostró poseer un espíritu indomable como una revelación de la gran capacidad humana de sobrevivir las crueldades de la vida cuando está fortalecida por el infinito poder y amor de Dios.

Aunque las obras de Rembrandt típicamente nos han dado un vistazo íntimo de nuestra relación con Dios y con nuestros semejantes en una época y en un lugar específicos, también han logrado tocar algo que virtualmente existe en cada uno de nosotros. Su arte, que fue tan personal, y sin embargo paradójicamente eterno, describe “no solamente nuestro peregrinaje sino también el de toda la humanidad hacia una paz final con este mundo y con Dios”.3

Jon A. Carstens (M.A. Universidad de California en Riverside) enseña historia del arte en Pacific Union College (Angwin, California 94508; EE.UU. de N.A.).

Notas y referencias

  1. Robert Wallace, The World of Rembrandt: 1606-1669 (New York: Time-Life Books, 1968), p. 168.
  2. Ibíd., p. 135.
  3. Ibíd., p. 7.