El poder de Dios en la frontera rusa

Yo sabía que lo podía hacer. El trabajo era sencillo, según la descripción dada.

Yo sabía que carecía de experiencia como maestra, pero también sabía que podía compartir mi idioma con mis posibles alumnos. Después de un breve período de entrenamiento, iba a enseñar inglés en una ciudad en la frontera oriental de Rusia, en la isla de Sakhalin, al norte de Japón.

Para una estudiante de un colegio de California, Moscú está suficientemente lejos, pero el Servicio Internacional de Maestros de la Asociación General me envió a enseñar en un pueblo a 10 zonas del huso horario al este de Moscú, muy lejos de mi hogar, mis amigos y seres queridos. Sin embargo, pronto aprendí que el amor no conoce distancias y que la amistad no tiene fronteras.

Pronto me encontré con la sorpresa de que no iba a servir como profesora de idiomas solamente sino también como pastora de una nueva iglesia recién establecida. No soy predicadora. No tenía bosquejos de sermones. No tenía entrenamiento, ni siquiera un libro sobre cómo predicar. ¿Podría hacerlo? ¿Debería siquiera intentarlo?

Quería ir a Rusia más para tomar un descanso de mi agitado programa como estudiante de bioingeniería, que para ofrecer alguna gran contribución en un país distante. Sin embargo, fue claro, sentí como una puntada en el corazón, algo misterioso, pero algo muy real, un sentimiento que Dios me decía que quería que yo fuera a Rusia para ser útil a su pueblo en ese lejano lugar.

Enseñar inglés era una cosa, pero ¿predicar? Empecé a tener mis dudas. ¿Me querrá Dios aquí? ¿Me estaba guiando en mi decisión de venir? ¿Por qué querría él que yo predique cuando sabe muy bien que no tengo talento alguno para hacerlo? Me sentía completamente inútil y estaba nerviosa.

Dios nos capacita

Pero es precisamente en el momento en que sentimos nuestra impotencia que nos llega ayuda del cielo. Cuando reconocí mi flaqueza total, Dios me mostró cuán grande es su poder. Al llegar al final de mis conocimientos, mis recursos y mi inteligencia, Dios intervino. Su mandato llegó a ser mi capacitación. Sentí el poder de Dios.

Pasé el primer sábado temblando frente a la congregación, pero la Palabra de Dios presenta su mensaje a su pueblo valiéndose de cualquier persona que esté dispuesta a hacerlo. Semana tras semana, Dios me estaba usando, y la asistencia de 15 personas de la primera semana ascendió a 50, a los cuatro meses.

Pronto descubrí la razón por la cual Dios quería que yo fuera pastora además de profesora de idiomas en esa remota isla. Un buen día, una de mis alumnas de inglés se me acercó con un sorprendente pedido: quería bautizarse. Tenía solamente 17 años y era tímida. Cuando la conocí, ella no tenía ningún conocimiento de Dios o de la Biblia. Sin embargo, asistía con regularidad no solamente a la clase de inglés, sino también a las clases de Biblia que yo enseñaba todos los días. Rara vez participaba en la clase. Nunca pronunció una sola palabra sobre los tópicos discutidos, acerca de Jesús, el pecado, la salvación o el sábado.

Después de la segunda semana pidió una Biblia prestada. Quería leerla a solas. Era evidente que la leyó rápidamente porque de allí en adelante siempre que yo relataba una historia bíblica sus ojos brillaban de entusiasmo. “Yo leí eso”, me decía uniéndose a la discusión. Con el tiempo decidió ser cristiana. Le pregunté por qué, a lo que ella me respondió: “Porque siempre he querido serlo, pero nadie me había mostrado cómo serlo. Sus clases de Biblia me han enseñado el camino”.

Al salir de las aguas bautismales exclamó: “Este es el día más feliz de mi vida”. También lo era para mí. Ahora sabía por qué y para qué Dios me había traído tan lejos.

El Espíritu actúa

Me esforcé por entender cómo la fe de los jóvenes rusos pudo sobrevivir bajo las circunstancias en las cuales los encontré. Tenían muy poco conocimiento acerca del cristianismo básico. A menudo sus familiares estaban en contra de que asistieran a la iglesia. Por cierto que pocos meses después de mi llegada a Sakhalin, el dirigente de la Iglesia Ortodoxa del Oriente de Rusia amonestó al pueblo por televisión, urgiéndoles a que se alejaran de la Iglesia Adventista porque era una secta pecaminosa. Por consiguiente, los padres de algunos de nuestros miembros más jóvenes les prohibieron asistir a la iglesia. Yo agonicé en oración durante varias semanas en favor de esos jóvenes cristianos nuevos. A pesar de toda la oposición, continuaron asistiendo y trayendo a sus amigos.

Pude ver claramente la obra del Espíritu Santo en los corazones de muchas personas que yo jamás esperaba que se convirtieran alguna vez. Un muchacho en particular sobresale en mi memoria. Tenía 15 años. Comenzó a asistir a mis clases de inglés en compañía de un grupo grande de amigos. Me acompañaban a casa todas las noches después de las clases, fumando y jactándose en cuanto a la cantidad de vodka que podían tomar antes de perder el conocimiento. Me sorprendió que Ilya nunca fumaba como ellos. Cuando le pregunté la causa, su sencilla respuesta fue que no le gustaba fumar.

La semana siguiente celebramos una semana de oración en nuestra escuela de idiomas. Este era un tiempo especial durante el cual invitábamos a todos nuestros alumnos a que asistieran a las reuniones que se celebraban inmediatamente antes o después de las clases, con el fin de que un número mayor de ellos tuviera la oportunidad de observar lo que hacíamos en las clases de Biblia. Al final de la semana hice un llamado y repartí tarjetas de decisión, en las que había una lista de opciones tales como: “Me gustaría estudiar más acerca de Jesús”, “Me gustaría estudiar para el bautismo” o “Acepto a Jesús como mi Salvador personal”. Varios estudiantes marcaron una opción por lo menos, pero Ilya no marcó ninguna. Al transcurrir las semanas me preguntaba vez tras vez cuál sería la razón que le inducía a continuar asistiendo diariamente a las clases de Biblia. Lo hizo por espacio de 10 semanas, siete días a la semana. Cuidadosamente buscaba cada texto de la Biblia al cual yo hacía referencia, a veces buscándolo por varios minutos. Un día le pregunté si deseaba bautizarse y sin vacilación se unió a una pequeña clase bautismal. Poco tiempo después fue bautizado.

El testimonio se extiende

El Espíritu estaba obrando maravillo-samente. Lo pude ver también en el caso de Sveta. Sveta enseñaba inglés y japonés en la escuela primaria del pueblo. Un día mientras ella esperaba el ómnibus, conoció a un estudiante misionero filipino, quien la invitó a asistir a la iglesia adventista de habla inglesa. Sveta aceptó la invitación, solamente con el propósito de escuchar buen inglés y aprender algo del inglés conversacional.

Conocí a Sveta en la iglesia. La visité en su casa, compartí mi fe con ella y escuché sus inquietudes. Pronto comenzó a traer a su familia y amigos a la iglesia los sábados. Cuando se iniciaron las clases en su escuela, traía a sus alumnos de inglés a la iglesia. El viaje de dos horas en ómnibus no le impidió asistir. Tuve el privilegio de verla bautizarse antes de mi salida.

Aprendí algunas lecciones

Mi experiencia en Rusia me enseñó tres lecciones importantes. Primero, Dios no nos llama a hacer algo imposible. Cuando él nos llama, él nos capacita. Segundo, él quiere que confiemos en él y cuanto más débiles nos sentimos, tanto más se glorifica él en nosotros. Muy a menudo vemos a Dios a través de nuestra perspectiva y lo limitamos; al contrario, es necesario que nosotros lo veamos en su perspectiva y que le permitamos ser utilizados según él lo desee. Tercero: Permitamos que Dios controle nuestras vidas. Es posible que en nuestra vida, bajo nuestro propio control, tengamos éxito. Sin embargo, si ponemos nuestra vida bajo el control de Dios, nos encontraremos con nuevos horizontes, más amplios, que nos permitirán convertirnos en instrumentos de su éxito. Cuando dejé Sakhalin, 60 personas estaban asistiendo a la iglesia. Partí con la satisfacción de que Dios me había utilizado para llevar a cabo sus planes.

He vuelto a la bioingeniería pero he decidido ser siempre un instrumento para el servicio de Dios en dondequiera que él me necesite.

Gina McHenry sirvió en Rusia como maestra voluntaria de junio de 1994 a junio de 1995. Ahora estudia bioingeniería en el Colegio de Walla Walla. Su dirección es: Walla Walla College; 204 South College Ave.; College Place, WA 99324; EE.UU. de N.A.