La sinagoga y la iglesia

Y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre” (Lucas 4:16). “Y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). El primer verso describe una costumbre en la vida de Jesús, algo que él hacía cada sábado. Adoraba en la sinagoga o templo judío. Esta era una costumbre que sus discípulos siguieron más adelante, al ir de pueblo en pueblo en sus viajes misioneros, como se registra en el libro de los Hechos. El segundo pasaje contiene una promesa, a saber, que Jesús mismo edificará la iglesia en el lugar donde se le adoraría como Señor y Salvador del mundo. Los apóstoles, al adorar en las sinagogas, se referían a menudo a la iglesia como el cuerpo de Cristo y como la comunidad de creyentes en Cristo, enviada por Dios. Esa fue la era apostólica. Pero desde entonces, la historia ha registrado la existencia de rivalidad y conflicto entre la sinagoga y la iglesia, entre los judíos y los cristianos. ¿Es esta rivalidad necesaria? ¿Debería el odio caracterizar las relaciones entre estas dos comunidades? ¿No podemos tratar de entender y de aprender de cada una de ellas? La respuesta debería ser “sí” por tres razones. Primero, porque ambas comunidades tienen mucho en común; segundo, porque el cristianismo puede aprender mucho del judaísmo; y tercero, porque el judaísmo puede aprender mucho del cristianismo.

El terreno común

El cristianismo y el judaísmo comparten raíces comunes. En primer lugar, están las Escrituras. Jesús y los discípulos tenían una sola Biblia, es decir, el Antiguo Testamento y es un hecho que el Nuevo Testamento edifica sobre el Antiguo y lo amplifica. En segundo lugar, tienen algunos conceptos teológicos en común. Tanto el judaísmo como el cristianismo comparten el concepto de un Dios personal que creó nuestro mundo. La historia de la caída, el llamado de Abraham, la esencia del pacto, la entrega de los Diez Mandamientos y el énfasis sobre la ética por parte de los profetas son elementos de la herencia común de los dos grupos religiosos. En tercer término, hay una historia compartida. La filosofía de la historia de que Dios tiene todo bajo control y que la historia se dirige linealmente hacia su clímax, es común tanto al cristianismo como al judaísmo. La iglesia traza su historia hacia la iglesia en el desierto y extrae sus fuerzas e inspiración de las promesas que fueron hechas a los hijos de Israel. Es más, la iglesia creció en el suelo de Israel. Los primeros cristianos eran judíos que se comportaron como judíos leales. Jesús fue judío. El Antiguo Testamento, y también el midrashim, que se refiere a las parábolas judías, fueron parte de sus enseñanzas. Todos los discípulos de Jesús fueron judíos. La mayoría del Nuevo Testamento —si no en su totalidad— fue escrito por judíos que se refirieron constantemente a la Escritura judía y sus tradiciones. Si hay tanto en común, ¿por qué habría de haber tanta enemistad entre las dos religiones? Por el contrario, ¿no deberían aprender la una de la otra?

Qué puede el cristianismo aprender del judaísmo

La iglesia puede aprender de Israel el amor por las Escrituras. La Escritura hebrea ha sido preservada por el trabajo tesonero de los escribas judíos que cuidadosamente copiaron los manuscritos antiguos, y por los fieles judíos que leyeron la Escritura por generaciones en las sinagogas. Moisés, Isaías, los Salmos y el Cantar de los Cantares todavía son entonados hoy en la lengua original. Gracias a los judíos, los cristianos pueden tener acceso a los textos hebreos del Antiguo Testamento, al pensamiento hebreo de los escritores del Nuevo Testamento e inclusive a las oraciones hebreas que Jesús mismo usó cuando adoraba en el templo. El papel que juegan las Escrituras en la vida y la adoración del judío es algo que el cristiano debiera atesorar.

La iglesia también puede aprender del judaísmo acerca del profundo significado de la ley, los Diez Mandamientos, las leyes dietéticas, el sábado y el código ético en su totalidad. Estos no solamente han sido preservados por los judíos en forma escrita, sino que también pueden ser vistos por la gente al observar a aquellos que aún las practican en sus propias vidas. La iglesia necesita a los judíos con el fin de volver a pensar en la teología de la ley. Los cristianos tienden a enfatizar tanto en la gracia, que a menudo han olvidado el valor de la justicia y de la obediencia. Las emociones, los sentimientos y la experiencia subjetiva han sido enfatizadas por demás, a costa de la lealtad, la voluntad y la obligación objetiva hacia la obediencia. Siguiendo la misma línea de pensamiento, la iglesia necesita a los judíos con el fin de redescubrir el valor y la belleza intrínsecos del estudio de la Palabra de Dios, como la Palabra proveniente de lo alto que tiene su propia verdad por descubrir. A menudo se usa la Biblia para probar el punto de vista propio en las disputas teológicas, o como una superficial inspiración sentimental para la devoción religiosa. Es verdad que el cristiano puede esperar la guía y la iluminación del Espíritu Santo para entender las Escrituras, pero es ingenuo tratar de sustituir el escudriñamiento personal con el Espíritu.

Los cristianos también pueden aprender de la forma en que los judíos adoran, su reverencia por el Dios soberano, su respeto por las Escrituras, sus entonaciones colectivas que requieren esfuerzo mental, su sensitividad estética y profundas emociones, como también los movimientos de sus cuerpos. El prestar atención a esto puede inspirar a los cristianos a planear sus servicios de adoración en forma más creativa y satisfactoria.

Otro valor religioso que los cristianos pueden aprender de los judíos es la alegría de vivir, el sentido festivo y la capacidad de recibir el don de Dios mediante la creación. Desde tiempos antiguos, debido a la influencia del agnosticismo, especialmente de Marción, el cristianismo se ha opuesto a la fe en el Dios de la creación, a la belleza y a los sentidos. Se ha intentado hacer una distinción entre el Dios del Antiguo Testamento como el Dios de la creación, y el Dios del Nuevo Testamento como el Dios de la salvación. Esta distinción se refleja a veces en la teología cristiana del domingo interpretada como el símbolo de la salvación, en contraste con el sábado, símbolo de la creación. Este dualismo ha influenciado a muchas generaciones de cristianos y ha producido una religión de tristeza que sospecha de la risa y del goce. Los cristianos pueden aprender de los judíos cómo prestar atención a su bienestar físico y a su vida espiritual. Pueden aprender de ellos acerca de un estilo de vida que abarca todo el ser: lo que comen, lo que beben, y que cualquier cosa que hagan afecta todo su ser. Tanto los cristianos como los judíos pueden afirmar que la religión es una forma de vida y no solamente una expresión del alma.

Qué pueden los judíos aprender del cristianismo

La historia ha demostrado que Israel necesita de la iglesia. Los cristianos han dado a conocer al Dios de Israel por toda la tierra. Los cristianos han traducido la Biblia hebrea y llevado su mensaje por el mundo. Desde el Amazonas hasta el Africa, desde Alaska hasta Australia, la historia de José y los salmos de David han sido escuchados por igual por los simples y por los sofisticados. La teología judía del particularismo ha sido complementada por el universalismo cristiano, siendo este último el responsable de llevar la verdad bíblica hasta los confines de la tierra. El fruto de esta misión cristiana es el conocimiento que la gente tiene acerca del Antiguo Testamento y de la existencia de Israel. Esta es una de las más irónicas e interesantes paradojas de la historia. Sin la iglesia, el judaísmo podría haber permanecido siendo una religión pequeña, insignificante y oscura, o es probable que ya habría desaparecido. Los judíos deliberadamente han ignorado el Nuevo Testamento, aunque fuera escrito mayormente por judíos, inclusive antes de la composición del Talmud. Los judíos se beneficiarían de la lectura de estos textos, ya que ellos no solamente testifican de la vida y las creencias de los judíos del primer siglo, sino que contienen verdades muy valiosas que podrían fortalecer y enriquecer sus raíces judías. Es un hecho que los judíos bien versados en sus propias Escrituras y en las tradiciones entenderían el Nuevo Testamento mejor que los mismos cristianos, quienes a menudo proyectan su propia cosmovisión en ellas. Los judíos decubrirían que el Nuevo Testamento no es tan extraño como creen. Después de todo, fue escrito dentro del contexto de una cosmovisión formada por el Antiguo Testamento. Desde este punto de vista, los judíos podrían tener una mejor idea de su propia herencia. A menudo el significado y la belleza de las Escrituras hebreas resultan ser exaltadas con las explicaciones del Nuevo Testamento. Las historias del Rabino de Nazaret, sus parábolas y sus enseñanzas, les sorprenderían por su fragancia judía y por los altos ideales judíos que transmiten. La gracia (hased) no es algo único del mensaje cristiano. Los judíos también atesoran la gracia. Sin embargo, los judíos pueden aprender de los cristianos que la salvación no se alcanza por medio de mitzwoth (ley), sino por el Dios que se integra en la historia y actúa en favor de su pueblo. Los judíos necesitan aprender más acerca de la proximidad de Dios, el Dios que llega al punto de entrar en el complejo proceso de la encarnación con el fin de hablar con los humanos, estar con ellos y salvarlos. Ciertamente Abraham Heschel pensó en esta realidad cuando observó que “la Biblia no es una teología humana, sino la antropología de Dios”*. Al aprender acerca de la encarnación de Dios, el judío entenderá mejor al Dios de Abraham, Isaac y Jacob —el Dios que habló cara a cara con Moisés, el Dios que peleó por Israel en Jericó, y el Dios que habló por medio de los profetas—. Y esta perspectiva traería una nueva vida sobre su mitzwoth. La ley no sería practicada solamente como una tarea, sino que florecería del corazón como una fruta emergiendo de su relación personal con Dios.

La misión adventista

La misión del remanente escatológico —de ser testigo para el mundo—, difícilmente se llevaría a cabo sin hacer referencia a sus raíces. La flor no puede florecer si el árbol no tiene raíces: el futuro no puede producirse sin estas memorias. Este requisito contiene una filosofía completa de la testificación. La responsabilidad de llevar el mensaje a los judíos y a otros cristianos implica el deber de respetarlos. No es posible predicarles a los judíos siendo antisemitas; de la misma manera que no es posible predicarles a los católicos siendo al mismo tiempo anticatólicos. La aventura adventista pertenece a los judíos, a los cristianos y a todo el mundo en general. Nosotros, los adventistas, somos herederos de la historia judía y de la cristiana. Tenemos también la orden del evangelio eterno de Apocalipsis 14. Nuestro mensaje es singular, único, no solamente porque proclamamos completamente a Jesús y la ley, la gracia y la obediencia, sino porque hablamos también de un futuro definido que nos ha sido prometido. Nuestra misión no sólo es de naturaleza histórica al proclamar un evento pasado, sino también de naturaleza escatológica, pues declara un evento futuro. Por lo tanto, nuestra misión debería ser llevada a cabo con humildad, apertura y sensibilidad, siendo conscientes de que siempre habrá algo que aprender y recibir de otros para alcanzar a hombres y mujeres en todas partes, gentiles o judíos.

Las Diez Declaraciones de Seelisberg

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, algunos líderes católicos y protestantes, preocupados por la terrible fuerza del antisemitismo que llegó a su clímax en tiempos del Tercer Reich, se reunieron con sus colegas judíos para concentrarse en diez puntos con el fin de evitar “falsas, inadecuadas, presentaciones o concepciones erróneas...de la doctrina cristiana”.

  1. Recuerda que un mismo Dios nos habla a todos a través del Antiguo y del Nuevo Testamento.
  2. Recuerda que Jesús nació en el seno de una madre judía, de la descendencia de David y del pueblo de Israel, y que su amor eterno y su perdón abarcan a su propio pueblo y a todo el mundo.
  3. Recuerda que los primeros discípulos, los apóstoles y los primeros mártires fueron judíos.
  4. Recuerda que el mandamiento fundamental del cristianismo, a saber, amar a Dios y al prójimo, y que fue proclamado ya en el Antiguo Testamento y confirmado por Jesús, es de observancia obligatoria tanto para los cristianos como para los judíos en todas las relaciones humanas, sin excepción alguna.
  5. Evita distorsionar o representar falsamente al judaísmo bíblico o postbíblico con el objeto de exaltar al cristianismo.
  6. Evita usar la palabra “judío” exclusivamente para designar al enemigo de Jesús, y evita las palabras “enemigos de Jesús” para designar a todo el pueblo judío.
  7. Evita representar la Pasión de tal manera que fomente el odio por causa de la muerte de Jesús sobre todos los judíos, o sólo sobre los judíos involucrados. Fue solamente un sector de los judíos de Jerusalén el que demandó la muerte de Jesús. El mensaje cristiano siempre ha sido que, debido a los pecados de la humanidad, Cristo fue llevado a la cruz, pecados que fueron ejemplificados por aquellos judíos y en los cuales todo ser humano tiene parte.
  8. Evita referirte a las maldiciones de las Escrituras o a los gritos del populacho furioso: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, olvidando que estos gritos no tienen mayor peso en contra de las infinitamente más significativas palabras de nuestro Señor: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
  9. Evita promover la noción supersticiosa de que los judíos son un pueblo reprobado y maldito, reservado para un destino de sufrimientos.
  10. Evita hablar de los judíos como si los primeros miembros de la iglesia no hubieran sido judíos.

Publicado por el Concilio Internacional de Cristianos y Judíos en 1947.

*Abraham Heschel, Man is Not Alone: A Philosophy of Religion (New York: Octagon, 1972), p. 129.

Referencia

Nacido en Algeria, descendiente de judíos, Jacques Doukhan (Ph.D., Universidad de Strasbourg; Th.D., Andrews University) enseña hebreo y exégesis del Antiguo Testamento en esta última universidad. También es el director de Shabbat Shalom y L’Olivier (revista judeo-cristiana publicada en inglés y en francés). Es autor de: Bebiendo de la Fuente, Daniel, y Hebreo para teólogos, entre otros libros. Su dirección es: Andrews University; Berrien Springs, Michigan 49104-1500; U.S.A.