La preparación de un patólogo

La dedicación de uno contribuye a la educación del otro en más de una forma.

En el otoño de 1946 cumplía yo los 18 años. Estaba listo para iniciar mis estudios preuniversitarios. Como los ingresos de mi padre eran modestos, busqué una institución en donde los aranceles de enseñanza fueran bajos y ofrecieran un buen programa. Mi búsqueda llegó a su fin cuando me matriculé en el Arkansas State Teachers College (ASTC), en el estado del mismo nombre.

El colegio había sido establecido primordialmente para preparar maestros, pero además ofrecía cursos generales en administración de empresas y preparatorios de leyes y de medicina. Escogí lo último.

El año decisivo

Mi primer año fue rutinario. Luego vino 1947, el año que cambiaría mi vida para siempre. Ese otoño llegó al ASTC una joven procedente de los campos petrolíferos del sur de Arkansas. A principios del año escolar, Mary Lou Johnson me impresionó porque era una muchacha bonita, elegante, seria y cordial. Pero no me atreví a invitarla a salir sino hasta la siguiente primavera, poco antes de las vacaciones de verano. La invité para que me acompañara al cine.

La década de los 40 fue parte de la así llamada “era de oro” de Hollywood. En ese entonces las películas tenían un lenguaje y escenas aceptables para los valores familiares. En el ASTC constituían una buena alternativa de las fiestas libres de inhibiciones y bailes, y eran a menudo educacionales. De manera que me sorprendí cuando Mary Lou no aceptó la invitación. Me dijo que ella no iba al cine por motivo de principios morales. Su respuesta fue suave, bondadosa y ¡asombrosa! Me encontraba, de pronto, en medio de una revolución social de postguerra, frente a una señorita que rechazaba ser parte del panorama social del campus y permanecía sola con sus convicciones. Sus palabras me parecieron extrañas, pero firmes.

De manera que hicimos lo único que quedaba por hacer: ir a la ciudad esa semana. ¡Fuimos a la reunión de mediados de semana de la Primera Iglesia Bautista!

Comienza mi educación

Durante ese verano pensé mucho en Mary Lou. Un buen día recibí una carta de ella en la cual se refería a sí misma. Me contó que era adventista del séptimo día. ¿“Adventista del séptimo día”? ¿Qué es eso? Repentinamente, tuve un vago recuerdo de mi abuela quien me contaba de un granjero “adventista del séptimo día” que vivía más abajo en el camino, que siempre mostraba respeto hacia las procesiones fúnebres deteniendo el arado y las mulas en el campo de algodón, quitándose el sombrero e inclinando reverentemente la cabeza hasta que pasara la procesión. Bastante simpático ¿no?

Acto seguido, acudí a la enciclopedia donde leí acerca de unos individuos que predecían el regreso de Jesucristo, que habían abandonado sus fincas y un día, vestidos de blanco, esperaron su venida. No me sonaba a algo muy bueno.

Le pregunté al reverendo de nuestra iglesia interdenominacional qué sabía él de los “adventistas del séptimo día”. Me dijo que lo único que sabía era que eran muy activos en los campos misioneros. No estaba muy mal.

En el otoño de 1948, cuando el ASTC inició las clases, Mary Lou y yo renovamos nuestra amistad. Continué con mis cursos preparatorios de medicina... y aprendiendo más sobre los “adventistas del séptimo día”. El hecho de no ir al cine fue una bendición para mi reducido presupuesto. En su mayoría, nuestras citas consistieron en viajar alrededor de la ciudad en autobús y regresar a la universidad. ¿Costo? Diez centavos cada uno. Ese año fuimos parte de los “viajeros frecuentes” de la compañía de autobuses.

Tomando la Biblia en serio

Mi siguiente lección vino cuando invité a Mary Lou a salir un viernes de tarde. Yo sabía que ella asistía a la iglesia los sábados, por alguna razón desacertada, por lo que pensé que el viernes no tendría problemas, ¿verdad? Bien, Mary Lou me dio como respuesta un estudio en cuanto a la forma de cómo Dios mide su tiempo: de puesta de sol a puesta de sol. Se dan cuenta, mi problema consistía en que yo era un cristiano típico que creía en la Biblia, ¡pero sencillamente no sabía lo que decía!

Después vino el asunto de la comida. ¡Qué cosa! En cierta ocasión, fuimos a una función patrocinada por la iglesia del campus en la cual el plato principal consistía en una ensalada y deliciosos emparedados de jamón. Mary Lou escogió la ensalada. Dijo que ella no comía carne de cerdo y tampoco otras carnes inmundas. ¿Se habría levantado alguna mañana oliendo el delicado aroma de un café recién preparado y de tocino en la sartén? ¡Otra vez a la Biblia!

Durante el año escolar de 1948-1949 nuestra amistad se fue estrechando y yo continuaba con mis estudios. Aunque no puse en práctica en mi propia vida algunos de sus principios (¡tan extraños!) empecé a comprender las razones de sus actos y mi aprecio por su carácter y cualidades se fueron enraizando en mi propia vida.

En 1949 nuestros caminos tomaron rumbos diferentes. En el otoño yo ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad de Arkansas, en Little Rock, a unos 40 km (30 millas) de distancia del ASTC, donde Mary Lou permaneció. Los dos años siguientes fueron difíciles y una verdadera prueba para nuestras relaciones. A pesar de la distancia y la carga de mis estudios, viajaba los fines de semana hasta el ASTC dependiendo de la buena voluntad de los automovilistas que pasaban.

En ese tiempo mis finanzas personales habían llegado a un estado crítico. Pude ingresar al primer año de medicina porque mi tía me había prestado $480.00, los ahorros de toda su vida. Pero llegó nuevamente el otoño ¡y mi madre no tenía otra hermana que pudiera auxiliarme!

Sin embargo, la ayuda me llegó de otra fuente. Se me ofreció el puesto de estudiante asistente en el laboratorio de anatomía. Como la carga de trabajo atrasó mi programa de estudios, tuve que tomar un año extra para terminar mis estudios de medicina.

Un riesgo y una sociedad

En la primavera de 1951, Mary Lou se graduó obteniendo su diploma en economía doméstica. Luego hizo la única cosa que la he visto hacer que era contraria a sus normas adventistas. Se casó conmigo, un no adventista. Esto es algo arriesgado, y hoy no lo recomiendo a ningún joven o señorita adventistas.

Continué mi segundo año como estudiante asistente en el laboratorio de anatomía. Mary Lou obtuvo un trabajo como maestra de primer grado en el sistema escolar del condado. Mi trabajo en el laboratorio terminó en la primavera de 1952, de manera que entré a la universidad llevando una carga de estudios completa. Los ingresos de Mary Lou sufragaron mis gastos para el resto de mi preparación académica.

Terminé mis estudios recibiendo el grado de doctor en medicina en junio de 1954. Tres meses más tarde nació nuestro primer hijo (un varón). Mary Lou dejó de trabajar y se quedó en casa para cuidar del bebé. Pensamos que podríamos sobrevivir con mis ingresos de $150 mensuales como médico interno. Además, el padre de Mary Lou nos había prestado $1.000, una cantidad grande en esos días, para ayudarnos durante el año escolar.

Aunque poseía el diploma en medicina, todavía me quedaban muchos años de entrenamiento y experiencia antes de que pudiera comenzar a practicar la patología. Esos no fueron años fáciles para Mary Lou. Nuestra familia aumentó a tres varones y una niña. Me sorprendí ante la fidelidad de Mary Lou en la observancia del sábado de puesta de sol a puesta de sol; llevando a los niños a la escuela sabática, arreglados y vestidos a tiempo, todas las semanas; pagando regularmente su pequeño diezmo; manteniendo la casa limpia, nítida, las gavetas llenas y limpias, la ropa en orden, y nuestra mesa servida con comida saludable y deliciosa.

Un vegetariano por evidencia

¡Oh, sí, la comida! En mis primeros años de estudiante, en mis clases de bioquimíca y nutrición, aprendí lo que la ciencia médica considera como los mejores alimentos para promover la buena salud. Era idéntico a los conceptos propugnados por la Iglesia Adventista bajo la dirección de una mujer con una educación formal de sólo tercer grado.

Al iniciar mi especialidad en patología en la década de los 60, se habían logrado grandes avances en la medicina preventiva. Finalmente, se había establecido la relación entre el consumo de la grasa animal y el endurecimiento de las arterias. El gobierno asumió la posición oficial de que el uso del tabaco era dañino para la salud. Se publicaron arrolladoras estadísticas condenando al alcohol como el mayor problema de salud en nuestra sociedad. Yo estaba haciendo autopsias y podía ver la verdad en los grandes principios de salud de la ciencia médica y de la Iglesia Adventista. Eventualmente, mis experiencias en la sala de autopsias me condujeron a ser vegetariano.

El paso final

Pero la influencia más grande en mi vida siempre ha sido Mary Lou. En las buenas y en las malas, en tiempos fáciles y en tiempos difíciles, ella permaneció a mi lado como una esposa leal y fiel, una madre cariñosa con mis hijos y mi mejor amiga. Siempre fue paciente, tierna y amorosa, una verdadera representante de Cristo en el hogar. Esto fue lo que, en definitiva, me condujo a la Iglesia Adventista.

De manera que en 1962 decidí que ya era tiempo de cerrar el círculo de fe en nuestro hogar. En la primavera de ese año seguí a Jesús hasta entrar en las aguas bautismales y unirme a la familia del pueblo que guarda los mandamientos de Dios. El Señor ha continuado bendiciendo nuestro hogar y mi vida profesional. Por casi 30 años he tenido la oportunidad de servirle en el Centro Médico Adventista, en la rama de mi especialidad. Dios es fiel.

J. D. Mashburn (M.D. de la Universidad de Arkansas) es director del Departamento de Patología del Hospital Adventista de Washington y anciano de la Iglesia Adventista de Spencerville. Su dirección es: 7600 Carroll Avenue; Takoma Park, MD 20912; EE.UU. de N.A.