Los tres rostros del amor

Probablemente, la más larga y simple carta de amor que se haya escrito jamás fue compuesta en 1875 por el pintor francés Marcel de Leclure. Su obra de amor contiene una sola frase: ¡Te amo! 1.875.000 veces. Pero esta cifra representa sólo una pequeña porción de las veces en que la expresión ¡te amo! se dijo o se escribió durante la producción de esta carta tan singular. Realmente, no fue Marcel quien la escribió, sino que contrató a un escritor para que lo hiciera por él. Según la tradición de los escritores, Marcel dictó la carta palabra por palabra. A continuación, el amanuense repetía cada frase a medida que escribía lo que se le dictaba. La frase ¡te amo! fue realmente escrita o repetida 5.625.000 veces durante el tiempo de composición de esta peculiar carta de amor. ¡Marcel estaba enamorado y deseaba que su enamorada lo supiera!

Todos queremos ser amados. Nuestra necesidad de amor es tan grande que a menudo nos frustramos y nos sentimos inseguros cuando no podemos satisfacer nuestra necesidad de amor. ¿Pero qué es el amor? Sugiero que por lo menos hay tres rostros en el amor a medida que éste madura en la vida. El rostro del “si condicional”, el rostro del “porque” y el rostro del “a pesar de”. Estos tres aspectos del amor aparecen según nuestras necesidades, lo que deseamos, anhelamos y según nuestra motivación.

El rostro del “si condicional”

El rostro del “si condicional” es el más fácil de detectar. Muchos de nosotros hemos visto este rostro del amor en más de una ocasión en la vida. Es un rostro de lo más manipulador y de lo más destructivo.

Mónica tenía 18 años*. Estaba sentada en la mesa frente a mí con su hija de 2 años en el regazo. Me contó su triste historia de amor de “si condicional”. Su novio la había convencido de que tuvieran relaciones sexuales. Insistía, rogándole: “Si tú realmente me amas, está bien hacerlo”. Ella finalmente cedió a su deseo. Quedó embarazada, y los padres del muchacho lo obligaron a que se casara con ella. Ahora él estaba con otra mujer. Ella se había convertido en nada más ni en nada menos que en su ama de llaves y en su niñera. “¡He perdido todos los años de mi juventud!”, exclama sollozando, con el rostro oculto entre sus manos. Mónica se resiente por la actitud de su esposo, por lo que le ha hecho. Se siente engañada. Siente que fue forzada a ser madre. Su autoestima es baja; su vida es miserable. Reconoció muy tarde el engañoso rostro del “si condicional” del amor. Muchos matrimonios tienen como fundamento este tipo de amor. El amor del “si condicional” puede ejercer un poder abrumador y una urgencia tal que algunos fallan en reconocer su decepción. El principal objeto de este amor no es la otra persona sino el yo. El amor del “si condicional” se interesa solamente en satisfacer las necesidades y deseos propios. Muchos jóvenes son atrapados en este impulso egoísta hacia la satisfacción, para comprender demasiado tarde que han sido engañados. Trágicamente, demasiados padres ofrecen a sus hijos solamente el rostro del amor del “si condicional”. Harry se suicidó porque había fracasado en el examen de admisión a la facultad de medicina. El amor del “si condicional” de su padre colmó su depresión. Harry sabía cuánto deseaba su padre que fuera médico. Estaba convencido de que si no lo lograba, su padre lo rechazaría. Y prefirió quitarse la vida antes de sufrir el rechazo del amor de su padre.

El rostro del “porque”

El rostro del “porque” del amor opera a un nivel más placentero que el rostro del “si condicional”. Este rostro del amor valora y considera a la otra persona. Dice: “Te amo porque eres sexualmente atractiva, porque tienes gracia; porque escribes poesía romántica; porque traes fortaleza y seguridad a mi vida; porque eres un gran conversador; porque tienes un auto de clase; etc.” Cualquiera sea la razón que escoge el amor “porque”, coloca el valor sobre el recipiente de sus galanterías. Sus impulsos con respecto a la persona amada son positivos. Sin embargo, el rostro del amor “porque” tiende a fomentar competencia e inseguridad. Los recipientes del amor “porque” sienten que tienen que probar continuamente que son dignos del amor. Temen perder las cualidades que los hacen ser amados. Una joven mujer es amada porque es bella. Un hombre joven es amado porque es atlético y buen mozo. En algunos casos, el temor de ser rechazados en el futuro puede inclusive impedir que gocen del rostro del “porque” en el presente. La Biblia nos recuerda que “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18). El temor y el amor no pueden coexistir en la misma relación. Un amor que crea temor o fracaso, no es amor verdadero.

Elena era joven y hermosa. Había ganado muchos premios de belleza en el colegio y era una de las chicas más populares en la universidad. Estaba comprometida con un hombre muy buen mozo. Pero un día, irrumpió la tragedia. Mientras trabajaba en la lavandería de su padre, el líquido inflamable usado para el lavado en seco explotó quemándole toda la cara, el pecho y los brazos. Estaba tan desfigurada que sólo permitía que le cambiaran las vendas en presencia de su médico. Muy pronto, después del accidente, el novio rompió el compromiso. Los padres no podían aceptar la realidad de su “reina de belleza” y raramente la visitaban en el hospital. Aunque hablaban con ella por teléfono, no era lo mismo. En pocos meses Elena murió, sin haber abandonado nunca el hospital. No murió a consecuencia de las complicaciones. Sencillamente, había renunciado a la voluntad de vivir, porque le fue quitada la razón por la cual era amada. Su belleza se había esfumado.

El rostro de “a pesar de”

Este tipo de amor sencillamente ama. Contrariamente al “condicional”, no se basa en motivaciones egoístas. No espera nada en retribución. Y contrariamente al del “porque”, no depende de lo atractivo de la otra persona. No se fija en ninguna de las cualidades buenas o malas de la persona, sino que escudriña el alma. Es capaz de amar aún cuando es rechazado. Encuentra belleza hasta en lo feo. Encuentra valor infinito en el ser finito. Mira amorosamente todo lo que se presenta a su vista.

¿Dónde encontramos un rostro del amor tan perfecto? La quintaesencia de la expresión de un amor tal es Jesucristo. El vino “a pesar de” nosotros, a amar a la humanidad. Vino a introducir un rostro del amor que se había perdido desde los días del jardín del Edén. Trajo a este mundo un amor sin condiciones, temores o motivaciones egoístas. Jesús no trajo un rostro del amor que exige: “Te amaré si eres una persona moralmente buena. Te amaré si pagas el diezmo lealmente”. Tampoco trajo un rostro del amor que razona diciendo: “Te amo porque oras todos los días, te amo porque vas a la iglesia cada semana”. Todas estas son medidas de nuestro amor hacia Dios, pero no miden el amor de Dios por nosotros. Dios no ha puesto condiciones sobre su amor. Es un hecho que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Dios no espera hasta que nosotros seamos dignos de ser amados. No hay “sis condicionales” o “porques” en el amor de Dios. ¡El sencillamente ama! ¡El es amor! Y ese amor continúa a pesar de que lo merezcamos o no. Jesús demostró el poder del amor “a pesar de” al llorar por la muerte de Lázaro. Los que lo vieron llorar dijeron: “Mirad cómo le amaba” (Juan 11:36). Eso era amor a pesar de quien era Lázaro. Lázaro no merecía la resurrección, pero Jesús lo amó lo suficiente como para llamarlo fuera de la tumba.

¿Cuál es el rostro de tu amor?

¿Qué rostro del amor prefieres tú? ¿El rostro del “si condicional” con su naturaleza manipuladora? ¿El rostro del “porque” que debe ser ganado cada día de nuevo? ¿O el rostro de “a pesar de”, que continúa amándote aunque parezcas indigno de ser amado? Sería difícil imaginar a un joven expresándose en la siguiente forma ante su prometida: “Amor, quiero que sepas que te amo a pesar de tus muchas faltas. Te amo a pesar de tus dientes torcidos. Te amo a pesar de tu mal genio. Te amo a pesar de...” No pronunciaría muchas declaraciones de tipo “a pesar de”, antes de que terminara esa relación en forma traumática. Pocos, efectivamente, quieren ser amados “a pesar de”. Preferiríamos ser amados con el “porque”. Sin embargo, oculta detrás del rostro del “porque” está la raíz de todo legalismo religioso. Muchos quieren que Dios los ame “porque”, en vez de “a pesar de”. “¡Nuestras buenas obras deben de contar para algo! —razonan—. ¡Es seguro que en la Tierra Nueva nos van a dar al final un apartamento con vista a la avenida que conduce al cielo!” Nos resulta difícil admitir que no tenemos nada más que nos acredite una relación con Dios que nuestras propias necesidades. Nos resulta difícil entender que Dios, no teniendo una razón para amarnos, nos ama igual. Nos resulta difícil comprender que cualquier transformación que esta nueva relación trae a nuestra vida, es el resultado directo de un amor de carácter “a pesar de”, y no la causa o la razón de su amor. Significa reconocer que nada podemos hacer para que Dios nos ame más de lo que él ya nos ama. ¡Dios es amor!

Jesús nos ruega: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34). Esto es en realidad un mandamiento revestido del poder del amor de tipo “a pesar de”. Sólo ese amor puede atreverse a hacer una petición tan rotunda y esperar obediencia. El aprender a descansar en el amor de Dios no significa invalidar los requerimientos divinos. Por el contrario, significa tener confianza “de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38, 39).

El significado de este amor

¿Qué significado tiene el poseer o el amar con el amor de tipo “a pesar de”? Significa que puedes permitir que Jesús remodele tu vida sin la preocupación y la inseguridad de que un día abandonará su proyecto de remodelación. Disipa la inseguridad y el temor al fracaso. Elimina la ansiedad que produce el ser rechazado. Significa que ya no tenemos que competir fieramente para sentir que somos amados. No desacredita a otro con el fin de añadir crédito a nuestra cuenta. No juega con Dios con el fin de ganar su amor. Reconoce que Dios ya nos ha visto en nuestro peor aspecto, y sin embargo, todavía nos ama. Significa no vivir bajo una tensión constante, o demandando nuestros derechos debido a nuestra inseguridad. Significa que podemos comenzar a compartir el amor “a pesar de” con nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros colegas, con los miembros de nuestra iglesia e inclusive con la persona especial en nuestras vidas.

Teresita era una bella y joven esposa. Siempre tenía una sonrisa alegre. Ahora se encuentra en la cama en el hospital, después de una operación practicada en su mejilla para extirpar un tumor canceroso. La cirugía transformó su hermoso rostro en forma grotesca, quitándole para siempre su alegre sonrisa. El cirujano hizo lo mejor que pudo, al seguir cuidadosamente la curvatura de la mandíbula, con el objeto de ocultar la cicatriz, pero el tumor era muy grande y la incisión muy profunda. El bisturí le separó los nervios del lado derecho de la cara dejándole una media sonrisa inmóvil, petrificada. La joven mujer y su esposo se miraban profundamente a los ojos mientras consideraban el futuro. Cuando el cirujano entró, Teresita le preguntó: “¿Me quedará la boca así para siempre?”

“Sí —replicó el doctor— me temo que así será. Para quitar el tumor tuve que cortar los nervios. Es probable que nunca se regeneren. Lo siento”.

Asintiendo con la cabeza, Teresita fijó la vista en el cielo raso. Le brotó una lágrima que se deslizó silenciosamente sobre la almohada. El esposo extendió la mano para apretar la mano de ella en la suya. Sus ojos se encontraron nuevamente, cuestionándose, escudriñándose. Luego, con una sonrisa amplia, él le aseguró amorosamente: “Amor, ¿sabes? Me gusta tu nueva sonrisa. Es bien mona”.

¿No es maravilloso saber que Dios todavía nos ama a pesar de nuestra sonrisa torcida?

Len McMillan (Ph.D., Ephraim Moore University) es el director de vida familiar en el Pacific Health Center; 5300 California Avenue, Suite 200; Bakersfield, California 93309; U.S.A.

* Los nombres en este artículo son ficticios para protección de las personas reales.

** Todos los pasajes de la Biblia en este artículo son de la versión revisada de 1960.