¿Triunfo o derrota? Depende de nuestra actitud.

Dos jóvenes estudiantes del presente y dos gigantes de la literatura del pasado conducen a la autora a reflexionar que las actitudes pueden lograr que la vida se detenga en los nubarrones o salte al arco iris.

Betty: ¿Son los nubarrones mi destino?

La exquisita voz de contralto flotaba por todo el auditorio, cautivándome. Levanté la vista y vi a Betty.* Siempre era un verdadero deleite escucharla cantar. Me llamó la atención casi desde el primer día que me uní al profesorado del colegio como directora del departamento de inglés. Betty era atractiva, talentosa y llena de vida. Aprendió el inglés con facilidad y lo podía hablar como si fuera su propio idioma. “Esta muchacha va a tener un futuro brillante”, pensé. Sin embargo, iba a experimentar una sorpresa. Había días en que Betty estaba radiante, como si estuviera encima de las nubes. Pero otras veces, faltaba a las clases y desaparecía durante varios días. Betty era víctima de la depresión. Cuando la acosaba, se encerraba en el refugio de su cuarto, sin poder hacer nada, hasta que su depresión se alejara.

¿Cuál era su problema? Una niñez infeliz. La infidelidad de su padre y la consiguiente amargura de su madre habían causado un impacto en Betty. A medida que crecía, su amargura contra sus padres iba en aumento por haberle robado la felicidad de su niñez. Estaba convencida de que, como resultado, su futuro estaba arruinado. El fracaso de un romance en el colegio empeoró su condición.

Al acercarse a su graduación, pensé seriamente en emplear a Betty como profesora en nuestro departamento. Pero no lo hice por la sencilla razón de su impredecible comportamiento. Un maestro, no importa cuán capaz sea, no puede darse el lujo de ser impredecible. Escogí a otra persona, menos capaz, pero más estable. Betty encontró trabajo enseñando en una academia. Su autoestima mejoró y logró desempeñarse muy bien. Desafortunadamente, su viejo mal pronto reapareció y tuvo que dejar la enseñanza y ocuparse en otro trabajo. Hoy está fuera de la iglesia y todavía sufre su mal de autocompasión, lo que le ha impedido llegar a ser una persona de éxito, como bien lo pudo haber sido. Betty experimentó las tormentas de la vida y vio solamente oscuridad y tristeza en el futuro.

Marlene: Los nubarrones no permanecen para siempre

Marlene* llegó al colegio pocos años más tarde. Como Betty, ella también fue víctima de un hogar dividido. Su padre había abandonado el hogar. Su madre era esquizofrénica y su único hermano padecía del mismo mal. Mientras estuvo en el colegio, Marlene no solamente se sentía avergonzada por el excéntrico comportamiento de su hermano, quien estudiaba en el mismo colegio, sino que también estaba sujeta al abuso verbal y físico de su madre, siempre que se aparecía en el colegio, lo que sucedía muy a menudo. Marlene temía pasar las vacaciones en su casa; por lo tanto prefería afrontar la soledad del campus que estaba desierto durante los meses del verano. Su madre era extremadamente posesiva. Siempre que Marlene simpatizaba con un muchacho, su madre hacía todo lo posible por romper esas relaciones. La joven nunca logró una relación dichosa sino hasta después de la muerte de su madre.

¿Tenía Marlene razones para sentirse miserable o deprimida? Sí, muchas razones. No obstante, tomó la determinación de no permitir que las condiciones adversas le impidieran lograr lo máximo de la vida. Siempre era servicial, radiante y optimista; era una de las muchachas más alegres del colegio. Como resultado de su sensibilidad ante el sufrimiento, producto de su desafortunado pasado, decidió prepararse como enfermera para poder aliviar el dolor de otros. Después de su graduación, trabajó como enfermera antes de llegar a ser una de los administradoras de un orfanato, dedicando su vida a alegrar la vida de los huerfanitos que estaban bajo su cuidado. Hoy está felizmente casada, disfrutando de su propia familia. A diferencia de Betty, Marlene pasó por las tormentas de la vida mirando solamente la luz de un amanecer.

Al reflexionar sobre lo que Betty y Marlene hicieron de sus vidas, mi pensamiento me llevó en un viaje literario hacia los tiempos de Jonathan Swift y Charles Lamb.

Swift—eterno amargado

Jonathan Swift (1667-1745), uno de los más sobresalientes escritores de la prosa inglesa de su época, fue notorio por sus sátiras amargas e insultantes, con las cuales se lanzaba contra los individuos, contra su país y contra el mundo. Aunque se muestran breves rasgos humorísticos de la naturaleza de Swift en algunas de sus cartas personales y en sus obras, sus sátiras fueron tan amargas que algunos críticos lo tacharon de misántropo. El Conde de Orrery consideró los escritos de Swift, particularmente Gulliver’s Travels, como una “intolerable” misantropía... la representación que él nos ha dado de su naturaleza humana, debe aterrar y degradar la mente del lector al formar su opinión”.1 Martin Day estuvo de acuerdo cuando dijo: “El satirista más grande de la literatura inglesa se podría explicar, superficialmente, como un hombre enfermo para quien, como el enfermo Carlyle, todo el mundo tenía un olor desagradable”.2

Swift fue el hijo póstumo de un inglés que abandonó a su familia trasladándose a Irlanda para mejorar su fortuna. Como consecuencia, Jonathan y sus cuatro hermanos fueron criados por su tío Godwin. Enfadado por su suerte como un “pariente pobre”, Swift se convirtió en un joven desagradable, cuya relación con su tío se volvió agria. A la muerte de su tío, Jonathan descubrió que había quedado fuera de su testamento. Amargado, Swift partió hacia Inglaterra y eventualmente llegó a ser secretario de sir William Temple, un pariente lejano. Se quedó con él por algunos años en forma intermitente, “leyéndole en voz alta, cuidando de las cuentas y maldiciendo su suerte”.3 Sin embargo, su actitud despectiva hacia los pedantes, considerando a Temple como uno de ellos, afectó sus relaciones con su jefe, y nuevamente quedó fuera del testamento de Temple cuando éste murió. Como resultado, Swift se amargó aún más.

Entre los años 1695-1713, Swift desempeñó las funciones de vicario de Laracor, Irlanda, y decano de la Catedral de San Patricio en Dublín, lanzando su suerte con un pueblo cuya abyecta pobreza y miseria lo afectaron mucho y que, creía él, era explotado por el gobierno británico. Por ello escribió sátiras tan mordaces como “The Drapier’s Letters” y “A Modest Proposal”.

La amargura de Swift se infiltró hasta en su vida romántica. Al ser rechazado por Jane Waring, despreció casarse con ella aunque más tarde ella accediera. Swift mantuvo una relación íntima con Esther Johnson (a quien se refiere como Stella en sus obras), alguien que evocó las más tiernas expresiones en sus cartas y escritos. Sin embargo, a pesar de que se rumoreaba que ella era su esposa secreta, no hay ningún registro de su matrimonio con ella. Según algunos críticos, como idealista práctico que era, él no quería arruinar una relación ideal por medio del matrimonio. Sin embargo, la muerte de Esther en 1728 lo dejó en un estado de desolación. Esto, junto con un eterno padecimiento de vértigo y una tendencia a los mareos, la sordera y la melancolía, intensificaron su odio hacia el mundo y su sufrimiento personal. Al final de su vida, se volvió demente y murió siendo un hombre amargado. Un artífice maestro del idioma inglés, un observador astuto de la lucha humana, un simpatizante de los menos afortunados, Swift podía haber hecho del mundo un lugar mejor, tanto para él mismo como para los menos afortunados, pero eso no fue posible. La amargura marcó su vida para siempre.

Lamb—alegría de vivir

Charles Lamb (1775-1834), es conocido como “el príncipe de los ensayistas ingleses”. Los lectores se deleitan con sus escritos, (era caprichoso, despreocupado, entretenido e ingenioso) ensayos que revelan poco de su trágico trasfondo.

Lamb fue hijo de un oficinista confidencial de un abogado. A los 17 años comenzó a buscar trabajo como oficinista en la Casa East India, donde trabajó durante 33 años. Tanto él como su hermana mayor fueron víctimas de una tendencia hereditaria a la enfermedad mental. Cuando era joven, Lamb se enamoró de una hermosa joven. Pensó que su vida iba a ser feliz, pero la joven lo abandonó para casarse con alguien de una posición más alta en la vida. Lamb no pudo aceptar este colapso romántico y fue internado brevemente en una institución de Hoxton para enfermos mentales. Después de su recuperación, le escribió jocosamente a William Coleridge lo siguiente: “Estoy un tanto racional ahora y no muerdo a nadie. Pero estaba loco de remate”.4

Un año más tarde la tragedia lo acosó nuevamente cuando su hermana mayor, en un ataque de locura, mató a su madre a puñaladas. Lamb decidió asumir la responsabilidad del cuidado de su hermana por el resto de la vida de ella, lo cual significó que ambos se mudaran de casa constantemente para evitar habladurías. Cuando cumplió 23 años, el trabajo que hacía en la Casa de East India le resultó aburrido y a la vez sus deberes familiares iban en aumento: el mantenimiento de una hermana maniática, una tía moribunda y un padre prematuramente senil.

¿Permitió Lamb que estas tragedias en su vida personal lo abrumaran? No. Chasqueado en el amor y temeroso de que las tendencias hereditarias hacia la locura se transmitieran por su intermedio a futuras generaciones, abandonó la idea del matrimonio. No obstante, escribió “Dream Children”, un ensayo lleno de pathos y a la vez entretenido y lleno de humor, acerca de sus hijos imaginarios. La más notable de sus obras, Ensayos de Elia, consiste de encantadoras reflexiones personales.

Diferente a Swift, Lamb no vituperó la debilidad y falibilidad del ser humano. Al contrario, tomó una posición positiva hacia la vida: “A menudo derramo lágrimas en la cuerda multicolor por una completa felicidad a tanta vida...Estoy determinado a vivir una vida feliz en medio de pecadores”.5

Day escribió lo siguiente acerca de él: “Por la serie de tragedias familiares y personales tenía motivo para desafiar a los dioses y quejarse que el mundo estaba equivocado y lo había herido. Pero tras la sonriente e improvisada Elia [pseudónimo que usó para sus ensayos], existe un monumento de valor, pues no proclamó sus logros y tampoco le pidió al mundo que se ajustara a sus planes. Posiblemente ningún hombre, con la nube de demencia que lo cubría, se hubiera comportado en forma tan determinada y con verdadera sensatez y cordura”.6

Entre los dos: la actitud

¿Qué fue lo que causó la diferencia en la vida de las dos estudiantes y sus contrapartes literarios? ¿Fue su trasfondo? No. ¿Su ambiente? No. La diferencia fue su actitud.

Consideremos a Pablo, por ejemplo. Su vida también fue tal que era un balanceo entre las polaridades de Swift y Lamb, Betty y Marlene; sin embargo, él no permitió que el pesimismo desviara su vida. Poseía la actitud correcta. Para él nada en la vida importaba, excepto Jesús, ya fuera en el vivir o en el morir: Jesús era todo para él. El sufrimiento, el hambre, el trabajo, el rechazo, la prisión, la traición, todo esto y más pudo soportar gracias a su actitud: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Aun cuando esperaba su ejecución, pudo escribir: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14).

La frágil embarcación de la humanidad es lanzada a menudo por la tormenta en el tempestuoso mar de la vida. Y surgimos de la tormenta como un náufrago o un sobreviviente, como un Swift o un Lamb, como una Betty o una Marlene, según nuestra actitud. ¿Podemos romper los nubarrones para percibir el arco iris de las promesas de Dios en el más allá?

Mary Wong (Ph.D., Michigan State) ha enseñado inglés y presidido el Departamento de Inglés en Taiwan y Singapur antes de radicarse en Burtonsville, Maryland, EE. de UU. de N.A.

* No es su verdadero nombre.

Notas y referencias

  1. Remarks on the Life and Writings of Dr. Jonathan Swift (Londres: Charles Bathurst, 1755), p. 184.
  2. Martin S. Day, History of English Literature 1660-1837 (New York: Doubleday & Co., 1963), p. 100.
  3. William Vaughn Moody & Robert M. Lovett, History of English Literature (Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1964), p. 189.
  4. Day, p. 518.
  5. Id., p. 524.
  6. Id., p. 522.