Lo importante es el centro

El tema del Gran Conflicto, con el triunfo final de Dios, nos ofrece una perspectiva universal sobre la vida.

En 1543, cuando Copérnico publicó De Revolutionibus Orbium Caelestium, poco sospechaba él que el mundo nunca sería el mismo otra vez. El científico demostró que la tierra no era un centro estacionario del universo, sino que, junto con otros planetas, giraba alrededor del sol. Las ideas de este fiel católico polaco conmovió el fundamento de un dogma religioso y científico de varios siglos de edad.

Aun antes de Copérnico, estaban los que postularon que la tierra en realidad giraba alrededor del sol, pero la astronomía, influenciada por Aristóteles y Ptolomeo, actuaba bajo las premisas de la hipótesis básica de que la tierra se mantenía inmóvil y que los cambios en las posiciones de las estrellas y de los planetas en el cielo eran solamente el resultado de su propio movimiento y no el de la tierra. Influenciada por este punto de vista griego, la teología cristiana pronto adoptó la teoría como suya propia.

Por ejemplo, analiza la Divina comedia, de Dante. El escritor coloca a la tierra como el centro del universo y el infierno en el centro de la tierra. Dante permite que su imaginación viaje hasta el mismo fondo del infierno y luego asciende a través de las diversas esferas del cielo hasta que finalmente contempla el trono de Dios en la esfera más alta. La iglesia medieval básicamente tomó esta idea del universo y la integró al dogma cristiano.

De acuerdo con la teología medieval, el cielo está arriba, el infierno abajo y entre los dos está la tierra. Muchos creían que el mover cualquiera de éstos de sus respectivas posiciones destruiría la cosmovisión cristiana, que consideraba que la tierra era el centro del universo.

A pesar de que Copérnico dedicó su obra “al más Santo Señor Papa Pablo III”, en 1616 la iglesia proscribió todos los libros que defendían la idea de una tierra que giraba, incluso el de Copérnico. En 1633 la iglesia prohibió a todo católico creer o enseñar que la tierra se movía. No fue sino hasta en 1822 que Roma permitió la impresión de libros que enseñaban que ¡el mundo giraba alrededor del sol!

Los protestantes no se comportaron mucho mejor. Lutero se refirió a Copérnico como “un astrólogo sobresaltado”, pues, después de todo, dijo Lutero, la Biblia enseña claramente que “Josué le ordenó al sol que se detuviera y no le ordenó a la tierra”. Melanchthon, citando Eclesiastés, tronó: “La tierra siempre permanece” y “El sol se levanta y el sol se pone apresurándose al lugar de donde se levantó”, atacando a Copérnico. Calvino, citando el Salmo 93:1 (“Afirmó también el mundo, y no se moverá”), preguntó: “¿Quién pondrá la autoridad de Copérnico por sobre la del Espíritu Santo?”

Hoy, nadie, católico o protestante, cree que la tierra es estacionaria, o que es el centro del universo. Sin embargo, a veces pienso que tenemos la tendencia de colocar a nuestra teología en una posición que parece mantener al mundo en el centro del universo, si no físicamente, por lo menos teológica y espiritualmente.

Teología con el enfoque correcto

Los adventistas tenemos algo peculiar que ofrecer al mundo cristiano: nuestra cosmovisión bíblica, nuestra percepción del gran conflicto entre Cristo y Satanás. El tema del gran conflicto nos muestra que los asuntos relativos al pecado, la rebelión y la ley de Dios van más allá de la tierra, la humanidad, y aun nuestra redención. Más bien, el tema incluye el universo entero, una perspectiva que debemos tener presente para lograr una mayor comprensión de las grandes verdades que sostenemos como iglesia.

Por ejemplo, hace 2.000 años Cristo, cuando exclamó desde la cruz: “¡Consumado es!”, triunfó sobre el diablo en el Calvario. El pagó el precio de nuestra redención. ¿Por qué, entonces, todavía estamos aquí después que Jesús ganó la batalla decisiva en la cruz?

Si todo lo que importara fuera solamente nuestra salvación, si lo único en esta infeliz experiencia de pecado fuera librarnos del pecado, entonces esta prolongada expansión de tiempo, casi 2.000 años después de la cruz, francamente no tiene sentido alguno.

Escuchemos a Elena White hablando sobre la muerte de Jesús: “Sin embargo, Satanás no fue destruido entonces. Los ángeles no comprendieron ni aun entonces todo lo que entrañaba la gran controversia. Los principios que estaban en juego habían de ser revelados en mayor plenitud. Y por causa del hombre, la existencia de Satanás debía continuar. Tanto el hombre como los ángeles debían ver el contraste entre el Príncipe de la luz y el príncipe de las tinieblas”.1

¿No puedes ver que nuestra salvación, a pesar de ser crucial para todo el tema de la gran controversia en general, no es el único factor involucrado? El asunto del bien y el mal, en el contexto del universo, debe resolverse completamente. Como lo dijo Elena White, deben “ser revelados en mayor plenitud”, no solamente para nosotros, sino también a los ángeles.

Los interrogantes concernientes al carácter de Dios, la justicia de su gobierno, la rectitud de sus leyes, cruciales y universales, se extienden más allá de nosotros. Aunque la lucha en sí, en su mayoría, se está librando aquí en la tierra, las repercusiones se extienden a través del cosmos. Esta perspectiva cósmica es demasiado importante para ser minimizada y es ese alcance universal el que debiera dominar nuestra mente, en lugar de una perspectiva que todo lo centraliza en nuestra salvación únicamente.

Job: Un caso en cuestión

Considera el libro de Job. Comienza con una situación idílica y serena en la tierra, mientras se desarrolla un conflicto en el cielo entre Cristo y Satanás. Allí es donde el libro localiza el conflicto; no en la tierra.

Eventualmente, el conflicto se traslada a la tierra. Yo creo que el libro de Job es un microcosmos de toda la escena de la gran controversia, que muestra que el pecado es un asunto universal con repercusiones que alcanzan más allá de nuestro pequeñísimo planeta.

Piénsalo. ¿Dónde comenzó el pecado? ¿En la tierra? ¡Por supuesto que no! Mira más allá de la tierra y verás que el pecado comenzó en el cielo, con la rebelión de Satanás y los ángeles contra el gobierno de Dios. A pesar de la lucha librada aquí después de la guerra en el cielo y el lanzamiento de Satanás y sus ángeles hacia la tierra, el problema no se limita a ésta.

Debido a esta perspectiva cósmica, los conceptos como el ministerio de Cristo en función de sumo sacerdote en el santuario celestial y del juicio nos resultan más comprensibles.

El santuario es un medio por el cual Dios nos ayuda a contestar esas preguntas. Así como el santuario terrenal nos ayuda a comprender el plan de salvación, el santuario celestial ayuda a revelar el plan de salvación al universo que lo contempla. Pareciera que es precisamente a eso que señala la escena del juicio presentado en Daniel 7. Las innumerables huestes del cielo contemplan el juicio que se está llevando a cabo. Eso sólo nos debiera mostrar que los asuntos relacionados con el plan de salvación van más allá de nosotros.

Dios, nuestro centro

Copérnico afirmó que la tierra no es el centro del universo. El desafió a la humanidad a mirar hacia arriba y contemplar la majestad del sistema cósmico del cual nuestro mundo giratorio es solamente una pequeña parte. Cambiando el paradigma, el desafío para el adventismo de hoy es mostrar al mundo que, sin importar cuán importantes seamos, los grandes asuntos del universo están centralizados alrededor de la Gran Controversia entre Dios y Satanás, entre el bien y el mal.

Pronto, más de lo que pensamos, se cumplirán las palabras de la profetisa: “El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor”.2

Ahora, la pregunta es: ¿No debiéramos mirar más allá de nosotros mismos y hacer de Dios el centro de nuestros pensamientos, de nuestra vida y de nuestra esperanza?

Robert S. Folkenberg es el presidente de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, con sede en Silver Spring, Maryland, EE.UU. de N.A.

Notas y referencias

  1. Elena White, El Deseado de todas las gentes (Publicaciones Interamericanas, 1984), p. 709.
  2. White, El conflicto de los siglos, (Asociación Publicadora Interamericana, 1954), p. 737.