Joseph Wolff: un misionero extraordinario

Sr. Wolff, diez hombres han sido comisionados para asesinarlo esta noche, después que usted llegue a su primera escala en su jornada. Esta es la lista de sus nombres. ¡Que Alá lo proteja!”

Con estas palabras resonando en sus oídos, Joseph Wolff se despidió en 1844 de la ciudad de Bokhara, en el suroeste de Uzbekistán.

¡Joseph Wolff! Su nombre me había intrigado desde mi niñez. Este hombre que era capaz de hablar tantos idiomas, que sobrevivió a tantas aventuras y que predicó la segunda venida de Jesús en tantos lugares en Africa y el Medio Oriente, en la época en que Guillermo Miller lo hacía en los Estados Unidos. Elena White le dedicó cinco páginas (406-411) en El conflicto de los siglos.

Por medio de la labor “de Guillermo Miller y muchos otros en América, de setecientos ministros en Inglaterra, de Bengel y otros en Alemania, de Gaussen y sus seguidores en Francia y Suiza, de muchos ministros en Escandinavia, de un jesuita converso en Sudamérica y del Dr. Joseph Wolff en muchos países orientales y africanos, el mensaje del advenimiento fue llevado a una gran parte de los habitantes del globo”.1

Pero volvamos a Bokhara. Nos alegra saber que Wolff no fue asesinado después de abandonar la ciudad. Dos años antes había partido de Inglaterra con el propósito de averiguar el destino de dos oficiales de la armada británica que según los informes habían sido asesinados. Llegó finalmente a Bokhara, en donde supo sin lugar a dudas no sólo que efectivamente habían sido asesinados, sino también quién era el autor del crimen —uno de los dirigentes de la ciudad—. Aun cuando se hizo amigo de muchos de los líderes del lugar, estuvo por cuestión de días a punto de ser ejecutado bajo las órdenes de dicho dirigente. Una carta del Sha de Persia llegó justamente a tiempo para salvarle la vida. Aun en el momento de abandonar la ciudad se le informó que no estaba seguro todavía. Después de concluido un día de viaje rumbo a su hogar, iba a ser asesinado cuando se recogiera para pasar la noche.

Pero no fue asesinado esa noche. Al finalizar la jornada del día, Wolff convocó una reunión pública en la que anunció los detalles del complot contra su persona. El hecho de que podía hablar el idioma local le daba una notable ventaja. La gente del lugar se agrupó para proteger a ese dirigente religioso procedente del Occidente, ese “derviche de Inglaterra y Estados Unidos”; y sus proyectados asesinos fueron arrestados a su tiempo, recibiendo el castigo merecido.

Durante su importante carrera, Wolff hizo frente a numerosos peligros. Fue expuesto a inanición, hostigado por ladrones y condenado a muerte en tres ocasiones. Fue atado a la cola de un asno y ofrecido como esclavo por “dos libras y diez chelines”. Un ladrón se trepó a la embarcación fluvial que lo transportaba y arrebató su sobretodo que estaba doblado detrás de él. Sus amigos lo sacaron apresuradamente de una ciudad, treinta minutos antes de que llegara una turba que intentaba hacerlo pedazos. Recibió también 200 golpes en los pies descalzos y entonces, con los pies aún heridos, se le obligó a caminar durante 15 horas, sin acceso a agua para beber, en un día intensamente caluroso. Se le pidió que a cambio de su vida entregara en manos de bandoleros todo lo que llevaba consigo: dinero, Biblias, folletos, alimentos y aun su ropa, teniendo que caminar centenares de kilómetros por montañas heladas, prácticamente desnudo.

Wolff sobrevivió, por una parte, porque poseía un atractivo y una gracia naturales; y por otra, porque podía hablar como 14 de los idiomas de los lugares en donde actuaba. Ponía un cuidado especial en hacer saber que portaba documentos oficiales y algunas veces arribaban oficiales de gobiernos amigables, justamente cuando más los necesitaba. Sin duda alguna, como devoto misionero, le debía su sobrevivencia a la intervención divina. Cierta vez, unos amigos de travesía lo hicieron desistir de abordar un bote de remos para llegar al puerto. Más tarde, al volver el bote rumbo al barco, sonaron disparos y una bala pasó silbando exactamente sobre el asiento que Wolff habría ocupado. Wolff no tenía dudas de que era Dios quien lo había protegido.

También su sentido del humor lo ayudó en más de una ocasión. Un alborotador con antecedentes delincuentes trató en cierta ocasión de perturbar una reunión exigiendo pruebas “matemáticas” de la verdad del cristianismo. (El hombre se jactaba de ser un matemático.) Wolff le preguntó al matemático alborotador si alguna vez había ingerido alimento. Cuando el hombre admitió que por supuesto lo había hecho, Wolff le preguntó por qué razón lo había hecho. El hombre, sin duda perplejo, le respondió que comía porque le daba hambre, a lo que Wolff contestó: “¿Puede usted probar matemáticamente la existencia del hambre?”

Misionero entre los judíos

Wolff era un judío que nació en Alemania en 1795 y murió en Gran Bretaña en 1862, cuando desempeñaba la función de clérigo de la Iglesia de Inglaterra. Cuando niño, se le conocía simplemente como “Wolff”, sin que adoptara el nombre “Joseph” hasta que se convirtió al catolicismo. El padre del joven Wolff, un rabino judío, se propuso que su hijo no iba a ser contaminado por la sociedad predominantemente católica. A fin de asegurarse que nada que no fuese kosher (preparación de alimentos según el ritual judío) se introdujera en la provisión de leche de la familia, el padre comisionó al pequeño de siete años que vigilara cuidadosamente mientras el vecino ordeñaba la vaca. El vecino, que era luterano, se puso a conversar con Wolff sobre el tema del Mesías, citando Isaías 53. Wolff nunca olvidó lo que aprendió del vecino, pero muy pronto también aprendió a no preguntarle a su padre nada al respecto.

Cuando era un adolescente, obtuvo su educación en muchos lugares, incluyendo algunas de las mejores escuelas disponibles en Europa. Algunas de ellas eran liberales, otras conservadoras; unas católicas y otras protestantes. Frecuentemente suplía sus ingresos enseñando hebreo. Con frecuencia algunas familias de la nobleza o de alta sociedad se encargaban de su sustento.

A la edad de 17 años se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre Joseph como su nombre cristiano. No mucho tiempo después se dirigió a Roma. Habiendo nacido judío, encontró un gran gozo en el descubrimiento del verdadero Mesías y anhelaba compartir ese gozo con los judíos de todas partes. Esperaba recibir allí instrucción como misionero en el Colegio de la Propaganda.

Pero su experiencia en Roma no fue muy alentadora. Se asombró, entre otras cosas, del énfasis puesto sobre la afirmación papal de su propia infalibilidad y comenzó a argüir abiertamente en clases “y no siempre en forma cortés”. Sus maestros, a los que no les divertía el hecho, consiguieron eventualmente una orden para que abandonara la ciudad. Sin embargo, no se le obligó a marchar, hasta que por la providencia divina, el rico banquero inglés Henry Drummond, que se encontraba en Roma aparentemente en función de negocios, oyó acerca de este valiente alumno y se puso en contacto con él. Invitó a Joseph a viajar a Inglaterra, en donde, según le prometió, compañeros cristianos patrocinarían sus estudios futuros. Un año después, Joseph partía rumbo a Inglaterra.

En Inglaterra, Joseph fue recibido cordialmente por Drummond, quien le ayudó a continuar sus estudios, ahora bajo la dirección de profesores protestantes. Como parte de su educación protestante, se le dieron instrucciones específicas sobre cómo ganar a los judíos para Cristo.

Joseph Wolf efectuó tres largos viajes misioneros (de 1821-1826, de 1828-1834, de 1836-1838), además de su viaje a Bokhara (1843-1845), en busca de dos soldados británicos. Durante el proceso visitó Grecia, Malta, Crimea, Palestina, Turquía, Egipto, Asia Central, Egipto y la legendaria Abisinia, Yemen, India y otros países, incluyendo los Estados Unidos.

Viajó a los Estados Unidos por consejo de los médicos en Bombay. Su plan era predicar a Cristo en la India, pero su salud en ese tiempo era tan precaria, que los médicos le advirtieron que moriría en el intento. En vez de ello, le recomendaron que se embarcara rumbo a los Estados Unidos. Así lo hizo y fue recibido como un héroe. A solicitud del ex presidente John Quincy Adams, se le invitó a predicar en la sala del Congreso, ante las dos cámaras reunidas. Fue invitado también a hablar ante los legisladores de los estados de New Jersey y Pennsylvania. Cuenta que se refirió a sus investigaciones en Asia y que también les predicó sobre el reinado personal de Jesucristo.2 Durante su estancia en los Estados Unidos, fue ordenado como diácono en la Iglesia de Inglaterra y sirvió durante un mes como pastor, antes de regresar a Inglaterra.

Apoyo para sus viajes

¿Cómo costeaba sus viajes? Mayormente gracias a la generosidad de Henry Drummond y los amigos de éste. Henry Drummond (1786-1860) era un experto en agricultura científica y banquero, y sirvió durante muchos años como un miembro altamente respetado del Parlamento. El segundo y tercer viajes de Wolff fueron patrocinados por la Sociedad para la Promoción del Cristianismo entre los Judíos, que era a su vez auspiciada por Henry Drummond.

También recibía apoyo financiero de parientes de su esposa. En sus libros, se refería generalmente a ella como “Lady Georgiana”. Aunque pertenecía a una familia de la nobleza, esta buena dama acompañaba ocasionalmente a su esposo en sus peligrosos viajes. En las horas más negras, cuando Wolff pensaba que estaba a punto de ser ejecutado en Bokhara, escribió una nota en su Biblia: “Mi amada Georgiana, te he amado hasta la muerte. Bokhara, 1844”.

Los judíos vivían esparcidos en diferentes partes y los musulmanes, que constituían la mayoría de la población en muchas áreas, no se mostraban automáticamente hostiles hacia un judío cristiano. Wolff, quien muy raras veces permanecía por mucho tiempo en un lugar, hablaba privada y públicamente tanto con judíos como con musulmanes y con personas de otras religiones, distribuyendo la Biblia en los idiomas locales. Visitaba también a los europeos que cumplían misiones diplomáticas o de negocios lejos de su país. Frecuentemente se le escuchaba con actitud amigable y cordial. Sería difícil saber con exactitud cuántos conversos ganó pues no trató de institucionalizar su obra, con excepción de la fundación de varias escuelas pequeñas.

Apelación basada en la profecía

Como hemos observado, la gran pasión de Wolff como converso al cristianismo era la de ganar a otros para Jesús. Realizó tres o cuatro de sus viajes al Medio Oriente con el propósito de encontrar judíos y ganarlos para Cristo. Durante el proceso les predicó también a muchos compañeros cristianos y a musulmanes, hindúes y parsis, entre otros.

Su método básico en relación con los judíos era asegurar primeramente que el Mesías venía pronto a establecer su reino en Jerusalén. En seguida demostraba mediante Isaías 53, Miqueas 5:2 y otros textos “mesiánicos”, que el Mesías iba a ser identificado con Jesucristo. Para recalcar su identificación de Jesús como el Mesías, empleaba la profecía de las setenta semanas de Daniel 9, trazando su cumplimiento preciso en la vida y ministerio de Cristo. Con la profecía de Daniel 9 establecida firmemente, procedía a exponer los 2.300 días de Daniel 8:14, mostrando que éstos terminarían en 1847 con la venida del Mesías en gloria y majestad. Una vez establecido en la mente de sus oyentes el concepto de que el Mesías regresaría a restablecer el reino judío en unos cuantos años, Wolff los instaba a creer en Jesús como su Señor y Salvador.

Nótese que 1874 y no 1844, era la fecha propuesta por Wolff para la terminación de los 2.300 días. No debemos preocuparnos mucho por la diferencia, que era solamente de carácter técnico, pues se debía a la información que poseía con respecto a la fecha del decreto de Artajerjes en Esdras 7.

Miller no fue el primero en señalar los 2.300 días

Muchos piensan que la interpretación actual de la profecía de los 2.300 días fue desarrollada por Guillermo Miller, pero la primera persona que consideró los 2.300 días (las “2.300 tardes y mañanas”) de Daniel 8:14, como 2.300 años, fue un rabino judío llamado Nahawendi, que vivió en el siglo diecinueve. Como rabino, Nahawendi era un experto en lengua hebrea. En realidad, durante los siglos noveno y décimo, los rabinos (todos ellos expertos en lengua hebrea) en Persia, Palestina, Francia, España y Portugal, enseñaban que los 2.300 días eran 2.300 años.

A través de los siglos, otros notables estudiantes de la Biblia hicieron el mismo descubrimiento, de entre los cuales no es menos señalado Arnold de Villanova, médico de varios papas. Alrededor de la fecha en que nació Miller, Johannes Petri, en Alemania, enseñaba que los 2.300 días estaban relacionados con las 70 semanas, concluyendo que ya que puede establecerse la fecha de las 70 semanas en el 457 d.C., se podía demostrar que los 2.300 días o años terminarían en 1844.

Miller descubrió la profecía de los 2.300 días en 1818, pero no comenzó a predicar sobre ello hasta 1831. Mientras tanto, muy lejos, al oriente, Joseph Wolff, quien nunca había oído acerca de Miller y quien conocía tan bien el hebreo como para enseñar una cátedra en ese idioma, también había descubierto la misma profecía y había comenzado a predicarla.

Wolff se sintió más seguro de su interpretación de los 2.300 días como equivalente a 2.300 años, cuando visitó el monasterio al pie del monte Sinaí. Allí encontró, para su deleite, un libro escrito por Johannes Staurus, un judío de Bulgaria que había vivido hacía dos siglos, el cual también había enseñado que los 2.300 días de Daniel 8 y los 1.260 días de Daniel 12, eran símbolos de los años equivalentes.

Al transcurrir los años y acercarse nerviosamemente 1847, la gente le preguntaba a Wolff qué iba a decir si pasaba el año de 1847 sin que retornara el Mesías. El contestaba simplemente que admitiría que se había equivocado. Wolff fue un misionero cristiano muy valiente, activo, creativo e inteligente. Al predicar la profecía de los 2.300 días, llevó a cabo algo que Dios quería que se hiciese, algo para lo cual había llegado el tiempo de hacerse. Los 2.300 días terminaban en la década de los 1840 y, en efecto, el Mesías hizo algo entonces en conexión con su reino. Daniel 7:9-14 manifiesta que en ese tiempo “el Hijo del hombre” vendría “en las nubes del cielo” ante el “Anciano de días” (no a la tierra) para iniciar la escena del juicio en el cielo, donde iba a recibir “reino, potencia y fortaleza y majestad” (Daniel 2:37). Wolff estaba más cerca de la verdad de lo que pensaba.

No descubrió su error hasta 1847. Hubiéramos deseado que hubiera estado en contacto más cercano con sus hermanos adventistas en los Estados Unidos pues allí ya para 1847 se comprendía claramente que la venida de Cristo en 1844 no era a la tierra sino “ante el Anciano de días”, en el cielo, para la iniciación del juicio en ese lugar y, como ya lo mencionamos, para la recepción de su reino también allí mismo.

Sus últimos años

En sus últimos años, Wolff prestó sus servicios como pastor en una parroquia de la iglesia de Inglaterra, en el suroeste de Inglaterra. Era inmensamente popular como predicador. Fue invitado a hablar en muchas iglesias británicas. Pudo levantar suficientes fondos monetarios entre los amigos que tenía en todas parte para la construcción de una nueva iglesia en beneficio de su congregación rural, que era pobre. Lograba también proveer anualmente alimentos y combustible para cada familia de su congregación durante los meses de invierno. Era muy querido.

La asombrosa carrera de Wolff es fascinante en sí misma, pero es peculiarmente interesante para los adventistas, porque en todos sus peligrosos viajes anunció la segunda venida de Cristo basándose en la profecía de los 2.300 días. Fue tal vez el más pintoresco del numeroso grupo de voceros que anunciaron la segunda venida en gran parte del mundo durante la época del Gran Despertar, en las décadas de los 1830 y los 1840.

C. Mervyn Maxwell (Ph.D., Universidad de Chicago) enseñó por muchos años la cátedra de historia denominacional en el Seminario Teológico Adventista, en la Universidad Andrews, de donde es ahora profesor emérito. Es autor de numerosos artículos y libros. Su dirección es: 4707 Kimber Lane, Berrien Springs, Michigan, 49103. E.U.A.

Notas y referencias

  1. Elena G. White, Southern Watchman (24 de enero de 1905), p. 4. La cursiva es nuestra.
  2. Citado en El conflicto de los siglos (Mountain View, Calif: Pacific Press Publ. Ass., 1977), p. 410.