¿Es Koko una persona?

Yo soy una persona. Soy un ser humano. ¿Es que soy ambas cosas?

Ninguno hubiera hecho esta pregunta en tiempos más simples, cuando la medicina involucraba un médico, un estetoscopio, un termómetro y tal vez una máquina de rayos X. Pero ahora vivimos en un mundo complejo. La tecnología médica fotografía a todo color el feto en desarrollo. Y nos dice que todos comenzamos como un organismo unicelular del tamaño de un punto trazado por un lápiz. Y cada punto es un ser humano. Es decir, cada uno de nosotros, inmediatamente después de la concepción, era humano, y cada uno de nosotros, en esa etapa inicial, era un ser viviente.

Pero, ¿podemos en realidad designar a ese punto con el término persona? Si “persona” se define como el equivalente a “humano”, la respuesta es fácil. Pero si por “persona” queremos designar, por ejemplo, a un individuo que posee conciencia de sí mismo, entonces la vida recién concebida no posee las cualidades por las cuales pueda ser llamada persona.

Nuevas preguntas

El dilema de la definición de ser humano/persona genera preguntas difíciles. Dada la naturaleza elemental de un embrión, ¿es ético el uso de una píldora a la mañana siguiente de haber ocurrido una relación sexual? ¿Es moralmente permisible un DIU [dispositivo intrauterino], ya que arranca el blastocisto de pocos días de edad de la pared uterina? Considerando que se la usa mayormente para destruir un embarazo a las cinco o seis semanas de gestación, ¿es la píldora conocida como RU-486 una bendición o un gran mal?

Consideremos el caso de un paciente anciano con una enfermedad terminal que cae en un estado semicomatoso. Que esta condición sea considerada por la sociedad, el paciente y su familia como un aspecto significativo de la vida o como una etapa inconsecuente del hecho de morir, depende en gran medida del lugar que se asigne al paciente en la gama de ser humano a persona. Y cada vez hay más pacientes que yacen moribundos en los centros médicos, incapaces de tomar decisiones cruciales, dependiendo de los otros que deben hacerlas por ellos. En la actualidad, tres de cada cuatro de las muertes ocurren porque los que están a cargo de los pacientes han hecho la decisión consciente de que debiera interrumpirse la terapia utilizada para mantener con vida al paciente. Y para hacer esta decisión es crucial considerar si el paciente tiene una existencia meramente humana o constituye una vida personal significativa.

El conocimiento moderno nos obliga a explorar la enigmática posición moral de las vidas humanas y —también— la de los animales. Yo sostengo que el ser autoconsciente es una condición necesaria y suficiente para que un ser animado sea considerado como una persona con estatus moral pleno. Considero que el término persona denota a un individuo que posee autoconsciencia y por ello tiene derecho a una posición moral máxima. Hay ciertos individuos, por ejemplo, recién nacidos normales, que debieran ser —y lo son— considerados personas porque muestran tener la posibilidad de un desarrollo significativo hacia el logro de un estado de autoconsciencia.

El dilema de la vida humana marginal

Mi preocupación no es el estado ético de los lectores de este artículo, un estado máximo que aceptamos y debiéramos aceptar como dado. Mi interés es más bien abordar la posición moral de la vida humana “marginal”. Pienso en las Karen Ann Quinlan, los Bebés Michelle, las Nancy Cruzan y aún los Kokos de la sociedad.

Galaxias morales en colisión

Los grupos que consideran que todos los seres humanos físicos son sagrados y los que creen que sólo las personas son de máximo valor, constituyen galaxias morales en colisión. El beneficio del enfoque “fisicalista” es la tradición y la claridad. La sociedad civilizada ha considerado por mucho tiempo la vida humana como poseedora de un estatus moral categóricamente privilegiado. En cambio, el beneficio del enfoque “per-sonalista” es que su punto de vista racional del valor de los seres se adecua más fácilmente a la complejidad del conocimiento y la vida modernos. Ninguno de los dos enfoques puede “demostrarse”. Los pensadores no pueden clasificar fácilmente de “correcta” o “incorrecta” ninguna de las dos posiciones. Cada una de ellas se basa en razones sociales, filosóficas y aun religiosas profundamente arraigadas. Ronald Dworkin está en lo cierto en su reciente libro Life’s Dominion: An Argument About Abortion, Euthanasia, and Individual Freedom1, al sostener que el problema del aborto y otros como los que estamos analizando aquí son “esencialmente religiosos”. Respeto a los “fisicalistas”, pero, debido a mis propias razones filosóficas y religiosas, prefiero el enfoque personalista.

Sostengo que los términos humano y persona no son equivalentes. Por ejemplo, considero que en ninguna de las dos situaciones siguientes existe la presencia de una persona: un embrión humano recién concebido, o un ser humano que está irrevocablemente más allá de la consciencia, como en el caso de un paciente en un estado de coma permanente. Ninguno de los dos tiene autoconsciencia, de modo que ninguno de los dos está capacitado moralmente para ser persona. Y así como no todos los seres humanos son personas, no todas las personas son seres humanos. Un ejemplo de ello, que ya mencionamos, es el de Koko, considerado como casi-persona. Y los ángeles y Dios mismo ciertamente son personas. La Biblia habla de los ángeles y de Dios como autoconscientes e inteligentes, semejantes a nosotros, individuos que indiscutiblemente son personas, es decir, entidades con pleno estatus moral.

La distinción entre un ser “ humano” y una “persona” es importante y llegará a ser aún más significativa a medida que la tecnología médica avance aceleradamente y los recursos disminuyan. Un embrión recién concebido se desarrolla lentamente para llegar a ser una persona, de modo que la manera en que se define el dilema humano/persona tiene mucho que ver con la permisividad de interrumpir un embarazo. A medida que la medicina permite que los pacientes con cada vez menos calidad de vida sean mantenidos por cada vez más tiempo, el problema de la mera existencia humana y una vida personal significativa cobran cada vez más importancia.

El estatus moral y la función cerebral

El derecho moral a la vida característico de una persona depende primariamente de sus capacidades mentales superiores. El individuo que nunca llegará a poseer las funciones neocorticales, o que está definitivamente más allá de la posesión de las mismas, no tiene un derecho moral especial a la vida. Así, por ejemplo, un infante anencefálico o un paciente en estado de coma permanente no tiene el derecho especial a la existencia como el que ustedes o yo poseemos.

Aún más difícil que los problemas que rodean a los pacientes a quienes les falta el cerebro superior, es el problema del tratamiento agresivo de los recién nacidos con severas limitaciones, o del residente de un hogar de ancianos aquejado de senilidad avanzada. No hay una respuesta sencilla para el dilema presentado por estos pacientes; sin embargo, dejar de decidir en estos casos marginales ya constituye en sí mismo una decisión, porque en las naciones de desarrollo tecnológico avanzado, la prolongación de la vida está disponible y se la usará a menos que se establezcan límites previamente. Todos los días se toman decisiones sobre la vida humana marginal en los centros médicos modernos y su número y su dificultad continuarán aumentando. Por ello, tenemos que afrontar la pregunta de qué tiene la vida de un ser para que le dé el derecho moral específico a la existencia.

Así, la gran pregunta es: ¿Cómo decidimos quién tiene un derecho moral especial a la vida y a los escasos recursos médicos? Esta pregunta cobra urgencia frente al poder de la medicina moderna. Mi argumento es que cuanto más se aproxima un individuo humano o animal a una vida de autoconsciencia (como tú o yo), mayor es el derecho de ese individuo al estatus moral máximo.

El fundamento que tengo para considerar la vida como lo hago no es meramente mi propia opinión personal, sino que surge de mi tradición religiosa específica. Las tradiciones filosóficas y religiosas han determinado por mucho tiempo las posiciones fundamentales respecto a la vida y hoy continúan informándonos acerca de los grandes problemas existenciales.

Concerniente al tema de la condición o calidad de ser persona, es necesario que nos familiaricemos más con dos tradiciones fundamentalmente opuestas.

El fisicalismo y el personalismo

El fisicalismo. Para el fisicalismo, la esencia de una persona radica en su constitución biológica. De hecho, todos los humanos son personas. En armonía con esto, Bebé P (ver el recuadro) es ciertamente una persona, y también lo es Bebé K, sólo que ella está severamente impedida. Los fisicalistas tratan de salvar todas las vidas humanas posibles: el recién nacido que pesó sólo 400 gr, con una muy remota posibilidad de sobrevivir, y el paciente con Alzheimer a quien podría prolongársele la vida por un año más.

Aunque el teólogo católico romano William E. May, distingue entre “seres morales” y “seres de valor moral”, ambas categorías están en el ámbito fisicalista. El sostiene que los seres morales son las criaturas “capaces de realizar actos de comprensión, de elección y de amor”. Estos humanos son seres morales porque son entidades con “mente”. Sin embargo, no todos los humanos son seres morales con “mente” (por ejemplo, los recién nacidos anencefálicos). No obstante, todos los humanos son “seres de valor moral” porque “para comenzar”, todos comparten “algo arraigado en el hecho de que son seres humanos”. Este “algo es el principio inmanente en los seres humanos, un elemento constituyente y definitorio... que hace que sean lo que son y quiénes son...; es un principio de inmaterialidad o de trascendencia de las limitaciones de la existencia materialmente individualizada”.2

El personalismo. En contraste con el fisicalismo, el personalismo considera que la esencia de una persona radica en sus capacidades mentales y en su habilidad para usarlas en forma satisfactoria. No tiene importancia si se es un ser humano. Si una computadora fuera autoconsciente, poseería valor moral, como lo poseen los ángeles y los seres extraterrestres. Pero Bebé K no es una persona, y no tiene posibilidades de llegar a serlo. Bebé P no era una persona al nacer, y sus padres tenían el derecho de requerir su muerte.

Michael Tooley ha argumentado por mucho tiempo en favor de la moralidad del infanticidio, hasta los tres meses en el caso de bebés recién nacidos como Bebé P. Dice Tooley: “Cualquier ser que posea y haya ejercido todas las capacidades siguientes es una persona, y los que nunca tuvieron ninguna de ellas no son personas: la capacidad de autoconsciencia; la capacidad de pensar; la capacidad para el pensamiento racional; la capacidad de hacer decisiones por deliberación; la capacidad de prever un futuro para sí mismo; la capacidad de recordar un pasado que lo involucra a él; la capacidad de ser un sujeto de intereses no momentáneos; la capacidad de usar el lenguaje”.3

El ya fallecido Cardenal José Bernardin resumió con una aguda percepción estas filosofías contrastantes: El fisicalismo (él lo llamó “humanismo personalista”) encuentra la dignidad humana en el hecho de “ser humano”, mientras que el personalismo (que él llamó “humanismo pragmático”) encuentra la dignidad humana en hacer “cosas humanas”.4

Cercanía a la condición de ser persona

Como adventista, me siento incómodo tanto con el personalismo puro como con el fisicalismo puro. Nacido y criado en la tradición de mi iglesia, se me ha enseñado que la dignidad de cada uno radica en ser creado a la imagen de Dios. He apreciado por mucho tiempo la sencilla definición que dio Elena White acerca de lo que significa ser creado a la imagen de Dios, una definición que está grabada en la mente de centenares de miles de estudiantes adventistas en todo el mundo, debido a su estudio del libro La educación: “Cada ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer”.5

Los poderes superiores de la mente y el poder de actuar en una forma claramente personal son de suma importancia. Este concepto de la persona humana se halla en agudo contraste con la creencia en un alma inmortal que comienza en la concepción. Es comprensible que en las culturas en las que domina el concepto de la inmortalidad del alma, prevalezca una moralidad fisicalista.

El personalismo es una filosofía atrayente, especialmente hoy, cuando la medicina puede mantener vivo el cuerpo físico durante mucho tiempo, como en el caso de Bebé K. Pero el gran problema de las posturas del personalismo y del fisicalismo es su rigidez.

Estas dos filosofías son como llaves de luz para las cuales la vida aparece como blanca o negra; sin estatus moral o con pleno estatus moral. Pero dado nuestro conocimiento actual, la vida humana se parece bastante más a un reóstato: comienza con un parpadeo, aumenta hasta su plenitud, luego disminuye hasta morir. El proceso de llegar a ser persona es como un reóstato. Es una posición de sentido común. Toma su contenido intelectual del hecho de pensar como persona, pero presta atención a las intuiciones del fisicalismo.

Este concepto —la cercanía a la condición de persona— sugiere que cuanto mayor sea la proximidad o cercanía del individuo a esa indiscutible condición, como la que tenemos tú o yo, tanto mayor es su estatus moral.

En el enfoque de la cercanía de la condición de persona hay tres criterios esenciales para hacer decisiones:

  1. el potencial de obtener o recuperar el ser personal;
  2. el desarrollo hacia un ser personal; y
  3. el vínculo de un individuo con otros seres significativos o con la sociedad en general.

Estos criterios son, respectivamente, el intelectual, el físico y el social.

¿En qué afecta que pertenezcas a un grupo o al otro? En que, según el concepto que tengas de las personas, tendrás respuestas diferentes a varios de los dilemas contemporáneos:

Muchas decisiones contemporáneas se realizan según la manera en que definamos la condición de persona. Y dependiendo de la cultura, del trasfondo religioso y de las convicciones personales, es posible que uno sea un fisicalista o un personalista radical, o que profese una posición híbrida tal como la de la proximidad a la condición de ser persona.

Un dilema

¿Qué queremos significar con la palabra persona? Considera los siguientes dos casos:

Bebé K: Su verdadero nombre era Stephanie Keene. Nació en octubre de 1992, en el Hospital de Fairfax, Virginia, Estados Unidos. Cuando todavía era un feto, se le diagnosticó que era anencefálica, es decir, que no tenía cerebro; pero su madre quiso que el embarazo continuara, a pesar de las recomendaciones del pediatra y del neonatólogo que la atendían. Cuando nació Bebé K tenía dificultades para respirar, por lo cual se le colocó un ventilador para que la ayudara. Pasaron muy pocos días antes de que los médicos comenzaran a urgir a que la madre consintiera en que desconectaran el ventilador, pero ella rehusó otorgarlo. Tuvieron que volver a internar a la niñita por lo menos tres veces en el hospital, debido a problemas respiratorios.

El Hospital de Fairfax acudió a la corte aduciendo que no se le podría forzar a rendir un cuidado “inapropiado”. Pero la posición de la madre era que “toda vida humana tiene valor, incluso la vida de su hija anencefálica”. La madre “posee una fe cristiana firme... [y] cree que Dios hará un milagro”.1 En julio de 1993 el juez dictaminó que la madre tenía el derecho legal de obtener tratamiento para salvar la vida de su hija. Bajo el Decreto de Tratamiento de Emergencia, instituido por el Congreso para prevenir “el descarte del paciente”, debe proveerse tratamiento al paciente hasta que éste se estabilice desde el punto de vista médico.

El hospital concedió que el problema de respiración era una condición de emergencia, pero arguyó que tal tratamiento era “inútil” e “inhumano”. El juez no estuvo de acuerdo declarando que tanto la Declaración de Rehabilitación como la Declaración de Norteamericanos Incapacitados prohibían la discriminación contra Bebé K por razón de ser anencefálica. El 10 de febrero de 1994, la Corte de Apelaciones de E.U.A., en una votación de dos contra uno, afirmó el resultado del juicio anterior. La opinión de la mayoría sostuvo que el lenguaje de la Declaración de Tratamientos de Emergencia era claro y que había sido interpretado en la forma correcta. La corte simpatizó con los intereses del hospital en cuanto al tratamiento apropiado, pero pronunció que el Congreso de los Estados Unidos era la rama de gobierno apropiada para “hacer justicia en asuntos concernientes a regulaciones”.2

Bebé P: El caso del bebé John Pearson es el equivalente inglés del caso original norteamericano, “Bebé Doe”. Bebé P. había nacido en 1980 como un infante con un caso no complicado de síndrome de Down. (Un examen post mortem reveló que tenía dañado los pulmones y el corazón, de lo cual no se habían percatado en vida del niño).

El pediatra que lo atendía, el Dr. Leonard Arthur, accedió a los deseos de sus padres de que se le dieran solamente cuidados de enfermería de rutina y prescribió grandes dosis de adulto de un calmante para el dolor. En un caso muy sonado, el Dr. Arthur arrostró cargos criminales, pero, después de testimonios de médicos famosos, fue exonerado de los mismos. En una encuesta de la opinión pública de la BBC el resultado fue que 86 contra 7 estaban a favor del veredicto de “inocente” en el caso en que se le imputa a un médico con un cargo criminal si, con el consentimiento de los padres “él trata de que cese de vivir un bebé aquejado de una descapacitación muy severa”.3

Raanan Gillon, en el British Medical Journal, justifica al Dr. Arthur en el uso de eutanasia sobre el fundamento de la calidad de ser: “Yo creo que el asunto se relaciona con la condición de ser y que los casos de discapacitación extrema justifican actos de “abandono” como el del Dr. Arthur en relación con el Bebé Pearson”.4

Es fácil descartar estos casos por considerarlos polos opuestos extremos. Por un lado, tenemos a una madre muy religiosa; y por el otro, a una pareja moderna egoísta. En estos casos, si tú tuvieras que hacer la decisión ¿habrías dejado que Bebé K muriera, como lo recomendaron repetidamente los médicos? ¿Por qué? ¿Hubieras prescripto un analgésico adulto para Bebé P? ¿Por qué?

  • In the Matter of Baby K, 832 F Supp. 1022 (E.D.Va. 1993)
  • In the Matter of Baby K, 16 F 3rd 590 (4th Cir. 1994). Ver George J. Annas, “Asking the Courts to Set the Standard of Emergency Care: The Case of Baby K”, New England Journal of Medicina 330 (26 de mayo, 1994): 1542-1545.
  • Ver un informe completo de este caso en Helga Kuhse y Peter Singer, Should the Baby Live? The Problem of Handicapped Infants (Oxford: Oxford Univeristy Press, 1985), pp. 1-11.
  • Raanan Gillon: “Conclusion: The Arthur Case Revisited”, British Medical Journal, 292 (1986), pp. 543-45.
  • James W. Walters (Ph.D., Claremont Graduate School) enseña ética en la Universidad Loma Linda y es el redactor ejecutivo de Adventist Today. Este ensayo fue adaptado del séptimo libro del autor, What is a Person? An Ethical Exploration (Chicago: University of Illinois Press, 1997). Su dirección es: Loma Linda University; Loma Linda; California 92350; E. U. A.

    Notas y referencias

    1. Nueva York: Knopf, 1993.
    2. William E. May: “What Makes a Human Being to Be a Being of Moral Worth?” The Thomist 40 (Julio de 1976), p. 416-38.
    3. Michael Tooley: Abortion and Infanticide (Oxford: Clarendon Press, 1983), p. 349.
    4. Joseph Bernardin: “Medical Humanism: Pragmatic or Personalist?” Health Progress (Abril de 1985), pp. 46-49.
    5. Elena White, La educación (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1952), p. 17.