Tres hombres se encuentran con Jesús

Tres hombres se encuentran con Jesús. El primero lo encuentra en su senda hacia el Calvario, el segundo, cuando pende de la cruz y el último, al pie de la misma.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Tres hombres que proceden de contextos diferentes: un agricultor africano, un ladrón y un centurión romano.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Simón, compelido por los soldados; el ladrón, crucificado a su lado y el insensible centurión romano.

Tres hombres se encuentran con Jesús. Sus circunstancias son diferentes a las nuestras, pero las lecciones que nos enseñan sus vidas son siempre nuevas y vigorosas y relucen como el rocío de la mañana. Su historia se convierte en la nuestra y al seguir tras sus huellas, emprendemos el camino rumbo al Gólgota. Observamos que, después de todo, sus vidas no son muy diferentes de las nuestras: sus dolores, sus aflicciones y sus anhelos son también los nuestros. Sus deseos son nuestros propios deseos. Se encontraron con él en ese entonces y allá, y nosotros podemos encontrarlo aquí y ahora.

Aunque nuestra vida se desarrolle lejos de aquel lugar y aunque hayan transcurrido casi 2.000 años desde entonces, estas historias bíblicas continúan siendo nuevas y vigorizantes. Son poderosas, dinámicas. Hablan a nuestro corazón.

Simón, compelido por los soldados

“Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón: a éste obligaron a que llevase la cruz” (Mateo 27:32). ¿Quién era este Simón? Marcos nos proporciona una pista: “Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz” (Marcos 15:21). Inferimos, entonces, que Simón era un hombre casado y tenía dos hijos. Marcos menciona sus nombres porque seguramente Alejandro y Rufo deben de haber sido conocidos dentro de la comunidad cristiana en el tiempo cuando escribió su Evangelio. Elena White provee más datos: “Simón había oído hablar de Jesús. Sus hijos creían en el Salvador, pero él no era discípulo” (El Deseado de todas las gentes. p. 691).

Podemos imaginar que Alejandro y Rufo, judíos que vivían en Jerusalén, habían oído que Cristo había alimentado milagrosamente a los 5.000. Habían oído que Jesús daba vista a los ciegos y hacía oír a los sordos. Sabían del perdón ofrecido a la mujer adúltera y escucharon otras historias de ese perdón ofrecido. Se asombraban al ver la transformación producida en los endemoniados por el poder de Cristo y se convirtieron en seguidores de Jesús. Estuvieron presentes en el Sermón del Monte y le acompañaron por las atestadas calles de Jerusalén. Y comenzaron a contarle a su padre. “Papá, creo que lo hemos encontrado”, le escribió Alejandro. Y Rufo: “Papá: Sin duda, él es el Mesías prometido. El que sana a los enfermos y resucita a los muertos. El que camina sobre las aguas. Papá: creo firmemente que él es el Mesías”.

Llegan las cartas a Cirene, un pueblecito de Libia, en el norte de África. Y Simón se preocupa por sus hijos. “¿No será que mis hijos están siguiendo a algún fanático extremista? ¿Se habrán adherido a algún culto sectario? ¿Habrán elegido un camino de muerte? Parece que han abandonado la fe de nuestros padres y la ortodoxia judía. ¡Más vale que haga un viaje a Jerusalén y los ponga en línea!” Y, en medio de esa confusión de ideas, lleno de curiosidad y dudas, Simón emprende viaje a Jerusalén.

Las calles de Jerusalén están llenas de adoradores. Es la estación de la Pascua. Toda Jerusalén está alborotada con la inminente crucifixión de un hombre que ha sido juzgado: un supuesto Mesías que ha sido condenado a muerte. Al doblar una esquina en una transitada calle de la ciudad, Simón se encuentra de pronto frente a frente con Cristo, abrumado bajo el peso opresor de la cruz. Y la mirada de Jesús se encuentra por un instante con la de Simón. El corazón de Simón se conmueve y se llena de ternura y amor. Y un rudo soldado romano dice, señalando a Simón: “Si le tienes tanta compasión, llévale su cruz. Cárgala sobre tus hombros”.

Las Escrituras dicen que Simón no cargó la cruz por su propia elección. Ese peso abrumador y angustioso de la cruz le fue impuesto sobre sus hombros.

Encorvándose, levantó la cruz y se tambaleó bajo su peso al ascender juntos el monte llamado Calvario. Me imagino que las astillas de la cruz hirieron en carne viva sus hombros. Puedo ver su espalda encorvada, oír su respiración jadeante e imaginar las gruesas gotas de sudor brotando de su frente. Escucho sus gemidos y roncos quejidos de agonía. Observo sus rodillas que flaquean y lo veo tropezar. Noto entonces que Jesús le sonríe y Simón queda fortalecido para llevar la cruz del Salvador. Simón se encuentra con Jesús ese día, al llevar la carga más pesada de su vida. Pero esa carga se transforma en una bendición, en un puente para encontrarse con Dios.

¿Llevas tú una carga pesada sobre tus hombros? ¿Hay cosas en tu hogar o en tu trabajo que no están marchando bien? ¿Hay una carga que te hiere los hombros desnudos? ¿Llevas acaso la carga de un itinerario de trabajo que te mantiene constantemente cansado? ¿Llevas sobre tus hombros la carga de un problema de salud? ¿Son muy pesados tus estudios y un desafío para tu fe? ¿Encuentras difícil observar el sábado al ir en pos de tus objetivos? ¿Te sientes desanimado o solitario? ¿Te sientes obligado a llevar una cruz? Llévala con dignidad, como lo hizo Simón. Tómalo como una oportunidad, porque las cruces que la vida impone sobre nuestros hombros se convierten en bendición si Jesús está cerca de nosotros. Nuestras heridas se vuelven sus heridas. Nuestras tribulaciones se convierten en triunfos, porque es en los dolores de esta vida donde nos encontramos con él.

Aun cuando Simón llevaba su cruz, había Alguien caminando a su lado. Había Alguien sonriéndole para animarlo durante la jornada. Cuando Simón dejó finalmente su carga en el Calvario, Jesús la llevó solo. Por lo tanto, puedes simplemente depositar tu carga en Aquel que la llevó entonces y que continúa llevándola ahora.

El ladrón crucificado a su lado

El ladrón se encuentra con él. La cruz de Jesús fue colocada entre dos ladrones. Los dos ladrones representan a toda la humanidad y toda la humanidad debe hacer una elección con respecto a este Cristo. Uno de los ladrones dice: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39). Un ladrón piensa sólo en sí mismo y en el momento presente. El otro ladrón piensa en la eternidad. Mientras uno de los ladrones se burla de Jesús, el otro dirige su mirada hacia él y le dice: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42).

¿Quién era ese ladrón? Obviamente no era romano. Si hubiera sido un ciudadano romano no habría sido crucificado. Ese ladrón debe haber sido judío. De hecho, Elena White, en el libro El Deseado de todas las gentes, nos proporciona algunos datos interesantes sobre este personaje. Probablemente era un seguidor de Barrabás, el falso mesías que intentó derrocar al gobierno romano en Palestina. Me imagino que este ladrón se crió en un hogar judío que respetaba la noche del viernes y observaba el sábado bíblico. Posiblemente de joven asistió a una escuela rabínica. Su dieta era por demás ortodoxa; absolutamente exenta de cerdo. Esperaba también la venida del Mesías. El problema principal de este ladrón era su descuido espiritual. El haber crecido en un ambiente religioso no tenía para él gran significado. Un compromiso se sucedía al otro. El descuido lo comprometía con el pecado, del que se derivaba la culpa y la vergüenza. Ese ladrón pendiendo de la cruz representa para mí el descuido y la indiferencia espirituales.

Puedo identificarme con ese ladrón. Charles Swindoll, en su libro Intimacy with God, narra el siguiente caso: Estaba él a punto de predicarle a un grupo de pastores y uno de ellos le dio una palmada en el hombro, diciéndole: “Amigo. Necesito hablar contigo después de la reunión”. Así que se reunió con este pastor y esto fue lo que él confesó: “Nadie de quienes me conocen lo sabe, pero estoy operando ya sin combustible, solamente con el humo. Me siento solo, vacío y esclavizado a un programa de vida cuya tensión no disminuye”.

La necesidad actual más desesperada, tanto en la iglesia como en el mundo en general, no es la de una gran cantidad de personas inteligentes o llenas de talentos, sino de personas espirituales. El descuido espiritual conduce a ciertos compromisos sutiles de carácter y eventualmente a la deshonra y la culpa. Pero, no pierdas la esperanza; aun dentro de ese descuido espiritual, avergonzado por esos compromisos internos, el ladrón encontró gracia y perdón y la seguridad de la vida eterna en Cristo. De la misma manera, arrójate al pie de la cruz, contémplate a ti mismo renovado y escucha la tierna voz de Jesús dándote perdón, nuevo poder y nueva esperanza.

El encallecido centurión romano

De pie ante la cruz, un centurión romano se encontró con Jesús. ¿Quién era este soldado romano? Puedo imaginarme la orden oficial que llegó a su despacho esa mañana: “Ejecute a este hombre de la manera usual. Pero asegúrese de que no haya ningún disturbio hoy en las calles de Jerusalén. Por lo tanto, ya sea que requiera 200 ó 500 soldados, sepa que están a su disposición. ¡Deshágase de él!” Era parte de su tarea del día. Y mientras el Hijo de Dios moría por el mundo, un encallecido centurión permanecía enhiesto al pie de la cruz. La insensibilidad hacia las cosas divinas es uno de los más grandes pecados.

Todos nosotros corremos el riesgo de que al tratar con las cosas divinas, el hábito se vuelva una rutina tal que perdamos la emoción y la energía espirituales. Es posible comportarse en forma rutinaria, insensible y ordinaria al pie mismo de la cruz; ser indiferentes como el centurión romano que observaba fríamente al Hombre crucificado. Es posible cantar con los labios himnos cristianos durante el servicio de adoración y dejar vagar la imaginación pensando en los negocios, los estudios, o el almuerzo que se aproxima. Es posible leer la Biblia medio adormecidos justamente antes de quedarnos dormidos. Es posible ser insensibles e indiferentes y permitir que la rutina eclipse lo sublime.

Pero al escuchar el centurión el diálogo entre Cristo y el ladrón por encima de los gritos y denuestos de los enemigos del Salvador, al escuchar su oración agonizante y al observar la densa oscuridad que cubrió repentinamente el Calvario, experimenta algo misterioso, algo maravilloso. Nos dice Marcos: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

Al colocarme al pie de la cruz junto a Simón, recibo de Jesús fortaleza para llevar mi carga. Al contemplar al ladrón muriendo perdonado, desaparecen mi culpa y mi vergüenza. Al estar de pie junto al centurión, tengo una nueva visión de Jesús. Al romper Jesús la rutina percibo en mi vida su toque divino y recobro la energía espiritual. El cristianismo es algo más que una rutina. Es algo más que simplemente la circunstancia diaria. Es conocer a Jesús. Es el quebrantamiento de mi propio corazón junto al suyo. Es amarlo con vehemencia.

Mark Finley es un conocido evangelista adventista y director-orador del programa internacional de televisión It is Written. Su dirección es la siguiente: P. O. Box O; Thousand Oaks, California 91360; E.U.A. E-mail: 74617. 2137@compuserve.com