Elena White y la teología adventista

Elena White y la Iglesia Adventista del Séptimo Día están totalmente integrados. Algunos han observado que Elena White “durante su larga vida... ejerció la influencia personal más poderosa sobre los creyentes adventistas del séptimo día”.1 “La Sra. White fue la inspiración reconocida del movimiento... Sus ideas establecieron el mundo del adventismo en su obra médica, educacional y misionera alrededor del mundo”.2

Jaime White, su esposo, fue el organizador de la iglesia y se caracterizó por su adaptabilidad al desarrollar numerosas y variadas instituciones. Elena, a su lado, animada de santa franqueza y férrea dedicación, estimuló con sus visiones el naciente movimiento adventista. Entre ambos establecieron una iglesia mundial y no un imperio personal de poder o riqueza. Tampoco reclamaron recompensas o comodidades terrenales.

Por un lado, denunciaron sin temor los males de orden social; por el otro, condujeron a decenas de miles de personas a captar la visión de la manera en que el evangelio ayuda a la restauración física y espiritual en esta vida. A partir de este doble énfasis surgió una red mundial de instituciones educativas y para el cuidado de la salud, sostenidas por veintenas de casas editoras y una labor misionera mundial. Este doble énfasis estaba en la base de la motivación que los impulsaba pues sentían que estaban preparando un pueblo para el pronto regreso del Señor.

Elena White, la fuerza guiadora indisputada detrás de este programa mundial, ocupa el segundo lugar entre los autores más traducidos de la historia, y el primero como la autora más traducida de los Estados Unidos, sea hombre o mujer. Durante sus setenta años de ministerio, escribió aproximadamente 25 millones de palabras y 100.000 páginas de manuscritos (60.000 páginas escritas a máquina) que incluyen cartas, diarios, artículos de periódicos y libros.

Los adventistas han buscado el consejo de Elena White para casi cada problema que confrontó la iglesia. Sus voluminosos escritos, bien organizados y con buenos índices, son leídos y analizados con mucha más frecuencia de lo que los metodistas citan a John Wesley, o los luteranos los escritos de Martín Lutero.

El tema del gran conflicto

¿Qué hace que Elena White sea la figura central en el desarrollo de la Iglesia Adventista, y la principal contribuyente a la singularidad del adventismo? La doctrina adventista no se deriva de Elena White; su fuente innegable es la Biblia. Sin embargo, la singularidad del mensaje adventista reside en el pensamiento integrador y organizador de Elena White. Mucho de lo que es distintamente adventista en su mensaje fecundo y sistemáticamente desarrollado deriva, en realidad, de la perspectiva amplia que tenía Elena White de la Biblia lo cual queda claro por el énfasis que ella dio al tema del gran conflicto. Desde este principio integrador fluye la unión adventista del estudio de la Biblia con la piedad, el énfasis especial en la relación que existe entre la salud física y la espiritualidad, y el concepto de totalidad en el desarrollo de los principios educacionales.

¿Qué queremos decir con el Tema del Gran Conflicto (TGC)? Como bien sabe todo estudiante, cualquier teología o filosofía significativa tiene un principio organizador. Este principio o paradigma, está expresado en su teología o filosofía peculiar o distintiva. El TGC de Elena White proporciona el principio organizador e integrador para sus enseñanzas sobre salud, educación, historia y ciencia.

Para Elena White, “el tema central de la Biblia, el tema alrededor del cual se agrupan todos los demás del Libro es... la restauración de la imagen de Dios en el alma humana... El que capta este pensamiento, tiene ante sí un campo infinito de estudio. Tiene la llave que le abrirá todo el tesoro de la Palabra de Dios”.3 La singularidad del adventismo no debe buscarse en algún elemento específico de su teología, sino en la comprensión total de este “tema central de la Biblia”.

El conflicto cósmico entre Dios y Satanás (el primer ser creado por Dios) anonada la mente al pensar de que tal acontecimiento pudiera ser contemplado, y más aún, que llegara a ser una realidad. La pregunta fundamental sigue en pie hasta hoy: ¿Cuál es el mejor plan para el universo: la apelación que hace Dios a la responsabilidad angélico/humana, o la teoría de Satanás de la autonomía individual?

El centro del conflicto

El corazón del conflicto se centra en torno al carácter de Dios. Satanás ha acusado a Dios de ser injusto, no perdonador, arbitrario, y sumamente egoísta. La defensa de Dios ha sido tanto pasiva como activa; pasiva, porque ha permitido que el tiempo transcurriese de modo que los principios de Satanás pudieran mostrarse en toda su destructividad suicida; activa, porque ha revelado su carácter y confiabilidad para que los habitantes del universo entero pudieran decidir quién estaba en lo correcto y quién no lo estaba en este conflicto.4

Elena White captó esa perspectiva amplia del conflicto cuando escribió: “El plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra sólo por este motivo; no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo”.5

La esencia de la respuesta de Dios a las acusaciones de Satanás ha sido demostrar los frutos del plan que él tenía: “La misma esencia del Evangelio es la restauración”.6 ¡La restauración, no sólo el perdón! El plan de Dios (lo que conocemos como el “evangelio”) muestra cuán seriamente está obrando Dios para eliminar el pecado del universo, una persona a la vez, restaurando a los rebeldes para que sean hijos e hijas agradecidos y dignos de confianza.

Al aclarar el “evangelio eterno” que el mundo necesita oír en estos días finales (Apocalipsis 14:6, 7), el mensaje de los adventistas tendría que trascender las antiguas controversias que dividen profundamente al cristianismo. Además, el “evangelio eterno” tendría que ser expresado de tal manera que los centenares de millones de musulmanes, hindúes, budistas y otros pudieran captar la frescura y sencillez del cristianismo.

El TGC de Elena White trasciende estas tensiones, paradojas y contradicciones tradicionales. Las teologías y filosofías en disputa son como dos círculos de verdades parciales, en las que ninguno de ellos sabe cómo unirse con el otro para formar un todo elíptico y coherente. El TGC transforma estos círculos opuestos en una elipse. Al usar el principio de la elipse, cada círculo encuentra sus verdades conservadas con seguridad, y aun fortalecidas. En la elipse, la verdad está unida de tal manera que todas sus partes, que una vez estuvieron en conflicto, se consideran ahora como necesarias para la supervivencia mutua.

Componentes de la verdad

La verdad no es la suma de las paradojas. La verdad es la unión de componentes, de tal modo que si un componente no está conectado con el otro, ocurre algo serio con la verdad. Por ejemplo, H2O es otra manera de decir “agua”. El hidrógeno y el oxígeno solos son importantes. Pero sin una unión adecuada de ambos, el agua no existe. La pregunta de cuál es más importante, si el oxígeno o el hidrógeno llega a no tener sentido si uno quiere agua para beber. La misma lógica se aplica a los componentes de la elipse de la verdad.

En filosofía y teología, se conocen generalmente los dos círculos como “objetivismo” y “subjetivismo”. Los grandes pensadores teológicos y filosóficos pueden ser catalogados en alguno de los dos círculos. Por ejemplo, dentro del subjetivismo epistemológico (inmanencia: “verdad” que se encuentra en la razón, el sentimiento, la investigación, etc.) deberíamos esperar encontrar a Platón, Aristóteles, Aquino, Hegel, Schleiermacher, Bultmann, Hartshorne, etc. En el objetivismo epistemológico (trascendencia: “verdad” que proviene de fuera de los hombres y mujeres) encontramos la autorevelación de Dios en la Biblia y en Jesús, y podemos pensar en defensores como Lutero, Calvino, Barth, etc. La historia de la iglesia cristiana es el relato de cuál de esos círculos predomina en ese momento. Las oscilaciones entre los dos ocurren al tratar de rectificar las deficiencias de uno de ellos. El énfasis excesivo en la trascendencia (que lleva a una ortodoxia fría, no atemperada por la relevancia) despierta un énfasis excesivo de la inmanencia (que conduce a una ardiente autonomía de la razón y los sentimientos, no atemperada por la revelación).

A menudo nos referimos hoy al círculo del objetivismo como “conservador” y al del subjetivismo como “liberal”. Cada círculo enfatiza algo correcto y oportuno. Las palabras claves para los conservadores son: trascendencia, autoridad, arraigo, ley, estructura, seguridad, y gracia: todas ellos buenos conceptos que debemos atesorar. La debilidad histórica del objetivismo, o conservadurismo, es con frecuencia una comprensión incorrecta del carácter de Dios (p. ej., Calvino y la soberanía de Dios que condujo a la predestinación, al infierno eterno, etc.) la cual, a su vez, conduce a comprender en forma errónea la “fe”. Cuando se malentiende la fe, de algún modo se oye decir “sólo cree”, lo que conduce a la pasividad humana, a la “doctrina correcta” y a la supresión de la relevancia.

Las palabras claves para los liberales son: inmanencia, responsabilidad, razón, flexibilidad, significado, relevancia y fe, que también debemos atesorar. La debilidad histórica del liberalismo reside en su subjetividad. Los pietistas, los místicos, los racionalistas y los carismáticos (y cualquiera que antepone la autonomía humana a las verdades divinamente reveladas) basan su seguridad en la razón, la intuición, o la investigación histórica. Rara vez se apela a los absolutos. La fe se entiende mal, otra vez, y describe los sentimientos religiosos que conducen a las pruebas autónomas de la verdad.

Elena White comprendió este choque histórico entre los dos círculos: “El progreso de la reforma depende de un claro reconocimiento de la verdad fundamental. Mientras que, por una parte, hay peligro en una filosofía estrecha y una ortodoxia dura y fría, por otra, un liberalismo descuidado encierra gran peligro. El fundamento de toda reforma duradera es la ley de Dios. Tenemos que presentar en líneas claras y bien definidas la necesidad de obedecer a esta ley”.7 Aquí otra vez Elena White permite que el TGC determine su solución trascendente en la antigua controversia entre el plan de Dios y la rebelión de Satanás.

La verdad en forma de elipse

Al permitir que la verdad permanezca en dos círculos en vez de darse en forma de elipse trae como resultado una “ortodoxia dura y fría” y un “liberalismo descuidado”. Elena White trasciende estos dos círculos uniendo la autoridad y la responsabilidad, la seguridad de doctrina y la certeza en el corazón, de modo que la Iglesia Adventista no necesita caer, otra vez, en las discusiones teológicas que dividen a todas las demás iglesias. La elipse de la verdad muestra cómo las posiciones importantes, tradicionalmente en conflicto, se unen por lo santo, ya sea en forma expresa o implícita.

El TGC de Elena White llegó a ser el marco elíptico por el cual ella pudo trascender a las discusiones de uno u otro lado que han separado a los cristianos pensantes durante siglos. En los siguientes ejemplos, nota la elipse de la verdad que une dos verdades, tan seguramente como el hidrógeno se liga con el oxígeno para formar agua:

La relación entre la obra de Cristo en la cruz y la obra del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo iba a ser dado como agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil... El Espíritu es el que hace eficaz lo que ha sido realizado por el Redentor del mundo”.8

La relación entre el papel de Cristo como Sacrificio/Salvador y como Sumo sacerdote/Mediador: “Satanás inventa medios sin número para distraer nuestras mentes de la obra en que precisamente deberíamos estar más ocupados. El archiseductor aborrece las grandes verdades que hacen resaltar más la importancia de un sacrificio expiatorio y de un Mediador todopoderoso. El sabe que para él todo está en distraer las mentes de Jesús y su obra”.9

La relación entre creer en Cristo y permanecer en él: “No basta que el pecador crea en Cristo para el perdón de sus pecados; debe, mediante la fe y la obediencia, permanecer en él”.10

La relación entre el don gratuito de Cristo de la remisión de los pecados, y el don gratuito de sus atributos en el desarrollo del carácter cristiano: “Su vida [la de Cristo] reemplaza la vida de los hombres. Así tienen remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios. Más que esto, Cristo imparte a los hombres atributos de Dios. Edifica el carácter humano a la semejanza del carácter divino y produce una hermosa obra espiritualmente fuerte y bella. Así la misma justicia de la ley se cumple en el que cree en Cristo”.11

La relación entre la justicia imputada y la impartida: “El único fundamento de nuestra esperanza es la justicia de Cristo que nos es imputada y la que produce su Espíritu obrando en nosotros y por nosotros”.12

La relación entre la autoridad objetiva y la responsabilidad subjetiva en la experiencia de la fe: “La fe en Cristo como el Redentor del mundo exige un reconocimiento del intelecto iluminado, dominado por un corazón que puede discernir y apreciar el tesoro celestial. Esta fe es inseparable del arrepentimiento y la transformación del carácter. Tener fe significa encontrar y aceptar el tesoro del Evangelio con todas las obligaciones que impone”.13

La relación entre la obra de Dios y la nuestra en el proceso de la salvación: “Dios obra y coopera con los dones que ha impartido al hombre, y el hombre, siendo partícipe de la naturaleza divina y realizando la obra de Cristo, puede ser vencedor y obtener la vida eterna. El Señor no tiene intención de hacer la obra para cuyo cumplimiento ha dado facultades al hombre. La parte del hombre debe ser realizada. Debe ser un colaborador de Dios, llevando el yugo con Cristo... Dios es el poder que todo lo controla. Él otorga los dones; el hombre los recibe y actúa con el poder de la gracia de Cristo como un agente viviente.... La combinación del poder divino y el agente humano será un éxito completo, porque la justicia de Cristo lo realiza todo”.14

Un avance conceptual

Debido a su comprensión del TGC, a medida que le ayudaba a trascender los atolladeros teológicos convencionales, Elena White pudo mantener unida a la denominación durante la sesión de la Asociación General de 1888 y los años siguientes. Ella pudo elevar la mirada de los adventistas para ayudarles a superar tanto a los partidarios del objetivismo (con su indebido énfasis en la doctrina) como a los partidarios del subjetivismo (con su indebido énfasis en los sentimientos y la autonomía humanos).

Nota cómo Elena White contribuyó a este adelanto trascendente: “Mientras una clase pervierte la doctrina de la justificación por la fe y deja de cumplir con las condiciones formuladas en la Palabra de Dios — ‘Si me amáis, guardad mis mandamientos’ —, igualmente cometen un error semejante los que pretenden creer y obedecer los mandamientos de Dios pero se colocan en oposición a los preciosos rayos de luz —nuevos para ellos— que se reflejan de la cruz del Calvario. La primera clase no ve las cosas maravillosas que tiene la ley de Dios para todos los que son hacedores de su Palabra. Los otros cavilan sobre trivialidades y descuidan las cuestiones de más peso —la misericordia y el amor de Dios.

“Muchos han perdido demasiado por no haber abierto los ojos de su entendimiento para discernir las cosas asombrosas de la ley de Dios. Por un lado, los religiosos extremistas en general han divorciado la Ley del Evangelio, mientras nosotros, por el otro lado, casi hemos hecho lo mismo desde otro punto de vista. No hemos levantado delante de la gente la justicia de Cristo y el pleno significado de su gran plan de redención. Hemos dejado a un lado a Cristo y su incomparable amor, introducido teorías y razonamientos, y predicado discursos argumentativos”.15

La teología es importante. La teología correcta es más importante aún. Elena White llegó a ser la razón de la singularidad adventista al integrar verdades por largo tiempo separadas en una afirmación coherente, intelectualmente satisfactoria y animadora de lo que Juan vislumbró como el “evangelio eterno” en los últimos días.

Herbert E. Douglass (Th.D., Pacific School of Theology) ha publicado once libros y muchos artículos. Su último libro, La mensajera del Señor, que será publicado por la Pacific Press, enfoca a Elena White como conceptualizadora teológica.

Notas y referencias

  1. Dictionary of American Biography, Vol. XX, p. 99.
  2. “The Story of Religions in America—Seventh-day Adventists”, Look XXII (24 de junio de 1958), p. 79.
  3. La educación (Florida, Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1978), p. 121. Las referencias de aquí en adelante son de libros de Elena White.
  4. El camino a Cristo (Florida, Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana y Pacific Press, 1989), pp. 11, 12.
  5. Patriarcas y profetas (Mountain View, Calif: Publicaciones Interamericanas, 1956), p. 55.
  6. El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), p. 764.
  7. El ministerio de curación (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1959), p. 91.
  8. El Deseado de todas las gentes, p. 625.
  9. El conflicto de los siglos (Mountain View, Calif.: Pacific Press, 1913), p. 542.
  10. Patriarcas y profetas, p. 554. La cursiva está en el original.
  11. El Deseado de todas las gentes, p. 711.
  12. El camino a Cristo, p. 63.
  13. Palabras de vida del gran Maestro (Florida, Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1991), p. 84; ver también El Deseado de todas las gentes, p. 312.
  14. Fe y obras (Florida, Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1984), pp. 25, 26.
  15. Id., pp. 12, 13.