Aplaudiré por la eternidad

Si alguna vez dudaste de lo que Dios es capaz de hacer para salvar a alguien, continúa leyendo esto. Muchacho, yo sí que tengo algo para contar. Es acerca de cómo Dios me alcanzó mediante un chico llamado Cedarric Collins.

Mi hermano y yo vivíamos en un pequeño departamento en Seattle, en los Estados Unidos. Estábamos tratando de completar nuestra educación con noches de trabajo y días de estudio en la universidad.

Mi hermano iba a la iglesia regularmente. El había encontrado a Jesús cuando estudiaba en la escuela secundaria adventista de Auburn. En cuanto a mí, me había vuelto rebelde hacia mis padres desde que se divorciaron, subsistiendo por mi cuenta por algunos años, antes de reunirme con mi hermano.

—Oye Patricio —me dijo una vez en que estábamos sentados en la cocina—. ¿Te gustaría ir a la iglesia conmigo?

—Mira —le dije ya te dije un millón de veces que si quieres ir a la iglesia me parece maravilloso, y si tú crees en Dios, magnífico. Pero esta cosa de la religión no es para mí, así que ¡basta!

—Muy bien —me dijo— ¿Sabes qué? Voy a hacer un trato contigo. Tú vienes conmigo a la iglesia una vez, y yo nunca más te molestaré con la religión.

Una oferta musical

La oferta me sonó como música en mis oídos. Mi hermano se había mostrado implacable tratando de convertirme. Cada semana era la misma pregunta de su parte con la misma respuesta negativa de la mía. Ahora tenía la oportunidad de nunca más volver a escuchar a mi hermano menor lamentarse por lo mucho que me iba a echar de menos en el Cielo.

—Trato hecho —dije entusiasmado—. Voy a ir una vez y tú nunca más me volverás a molestar, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Pero con una condición —agregué—. Si voy, voy a ir tal como soy —dije apuntando el dedo hacia él y frunciendo el ceño—. No voy a ser diferente en nada de lo que soy siempre.

—De acuerdo— dijo otra vez.

Llegó el sábado y yo estaba listo. Recordaba una cosa de la gente de la iglesia: si uno no se parece a ellos, te hacen a un lado. Yo tenía aros en las orejas, y me puse unos pantalones vaqueros desgarrados, botas negras de motociclista y una campera de cuero haciendo juego, para completar mi apariencia. No me había afeitado y tenía una expresión ruda.

—Vamos — le dije a mi hermano.

El no pareció sorprenderse demasiado cuando me vio.

—Bueno —replicó—. Vamos.

Cuando llegamos a la iglesia, unos pocos me saludaron dándome la mano. Yo no era ningún tonto. Sabía que esa gente había sido preparada para mi llegada. Pero, sobre todo, lo que había pensado que iba a pasar, pasó. Los miembros de iglesia no sabían qué hacer conmigo y me dejaron solo.

Cuando el sermón comenzó, el pastor Howard invitó a los asistentes a que abrieran sus Biblias para leer un pasaje. El murmullo de las páginas de arroz comenzó a llenar la sala mientras los miembros buscaban el libro y el capítulo anunciados. Yo observaba con los brazos cruzados sobre el pecho, recostado con cierto descuido sobre el respaldo del banco. En sólo treinta minutos más iba a quedar libre para siempre de la insistencia fastidiosa de mi hermano.

Mientras los demás hojeaban sus Biblias (yo no tenía una, ni quería tener ninguna), repentinamente, sentí un tirón en mi campera. Me di vuelta y me hallé frente al rostro sonriente de un niño de cabello enrulado y piel clara, de unos diez años de edad.

—Hola —me dijo—. Me llamo Cedarric.

—Hola —respondí al instante. Y me di vuelta inmediatamente para mirar hacia donde estaba el pastor, tratando de dejar claro que no estaba interesado en conocer a nadie.

El tirón volvió de nuevo. Esta vez fruncí el ceño y dije:

—¿Qué quieres?

—¿Cómo te llamas? —me preguntó con desparpajo.

—Querido, si te digo mi nombre, ¿me vas a dejar tranquilo? —contesté nerviosamente.

—Tal vez.

Estaba preparado para que los adultos intentaran entablar una conversión conmigo, pero me encontré indefenso frente a este niño pequeño, indiscreto.

—Me llamo Pat —le dije. Lo miré de cerca y susurrando agregué—: Ahora escucha con atención el sermón. Tal vez aprendas algo.

Cedarric se dio vuelta separándose de mí para mirar hacia adelante. Sacó uno de esos bolígrafos de plástico. Mirando de reojo vi sus deditos apretando firmemente el bolígrafo y su lengua saliendo de la boca, plenamente concentrado. Estaba escribiendo algo en su Biblia. Me di cuenta que su atención estaba lejos de mí. Pero la escritura pronto se detuvo, la lengua volvió a su sitio, y dirigiéndose hacia mí otra vez me empujó el hombro con su Biblia y me dijo:

—Toma. Es para ti — mientras sostenía la Biblia con las dos manos—. Puse tu nombre aquí — y se iluminó su cara con una pícara sonrisa desdentada.

Miré la Biblia. Se la quise devolver.

—Yo no la quiero, querido. Quédate con ella.

Cedarric comenzó a alejarse deslizándose por el banco.

—No, de veras es para ti —me dijo.

Yo no quería hacer una escena delante de todo el mundo por no querer la Biblia, así que la acepté y ambos nos quedamos sentados apaciblemente.

El servicio de culto terminó y yo aceleré cuanto pude mi salida hasta llegar a la puerta. Luego, me quedé dentro del automóvil esperando a mi hermano.

—¿Qué te pareció? —me preguntó al volver.

—Detesto todo esto —le dije—. Te expliqué que si tú creías, estaba muy bien, pero esto no es para mí, y no tengo ganas de ser parte de algo así. Y reclamo mi parte en este acuerdo. De manera que no quiero escucharte decir nada más sobre el asunto de la conversión.

El resto del trayecto de regreso a casa fue en silencio. Cuando llegamos, bajé llevando la Biblia. No sabía qué hacer con ella. Quería tirarla, pero tenía mi nombre escrito allí con las letras garrapateadas por ese niño. La dejé encima de la refrigeradora. Cuando volví al anochecer me senté en la cocina para comer algo. La Biblia todavía estaba allí. Me sentí molesto y la puse en la sala. Cuando volví para mirar un poco de televisión, allí estaba la Biblia otra vez.

Y las preguntas continuaron llegando

Durante los primeros cuatro días la Biblia se movió de un lugar a otro lugar y a otro en nuestro apartamento, dependiendo en qué cuarto me encontrara yo. El jueves por la noche me hallaba sentado sobre la cama. Era una de esas noches cuando el aire parece quedar en suspenso y uno puede contemplar las luces de la calle filtrarse a través de las gotas de lluvia por la ventana. Todo estaba en calma y me eché sobre la cama. Miré hacia arriba y vi la Biblia sobre el ropero. Proyectaba su sombra sobre la pared en la tenue luz del dormitorio. Le eché una mirada y los pensamientos comenzaron a desplegarse dentro de mi mente:

¿Existe él realmente? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? ¿Es toda la vida sólo esta basura que he estado viviendo durante los últimos veintidós años? Si Jesucristo no existe, si no es más que un mito ¿por qué lo odio tanto? Las preguntas continuaron llegando. Yo había estado huyendo toda mi vida. ¿De qué? Yo no creía, así que, ¿de qué me escapaba? Tenía que encontrar alguna respuesta y éste era el momento. Cruzando la cocina, me dirigí hacia el dormitorio de mi hermano.

—Mira —le dije en tono severo—. No te tires sobre mí, no te entusiasmes en absoluto, ni pienses que esto pueda llegar a significar algo, pero tengo algunas preguntas que necesito contestar. Creo que me gustaría hacérselas a tu pastor.

Mi hermano me miró, sonrió con satisfacción y dijo:

—Claro.

Un año más tarde me bauticé.

Una vislumbre de Dios

Incluso ahora que estoy sentado escribiendo mi experiencia y reviviéndola otra vez, me siento impresionado por todo lo que Jesús hizo para salvarme. Estoy maravillado por lo mucho que él me amó cuando yo lo rechazaba. Esto ha cambiado mi vida para siempre.

Inmediatamente después de mi bautismo en la iglesia adventista de Esmerald City, compartí mi testimonio. Relaté mi experiencia a la iglesia entera mientras los amenes y las alabanzas de la congregación resonaban por toda la iglesia. Llamé a Cedarric al frente y hablé del poder que una persona puede tener cuando vive por fe y no por apariencia. Había preparado un regalo para él: era una Biblia nueva, encuadernada en cuero negro, con su nombre en letras doradas impreso en la tapa. “Gracias Cedarric —le dije—. Gracias, por haber sido la vislumbre de Dios que cambió para siempre mi manera de percibirlo. Lo aplaudiré por toda la eternidad”.

Pat Grant es estudiante en el Seminario Adventista de Teología en Andrews University, Berrien Springs, Michigan, E.U.A. Su dirección postal es: 600 Beechwood Ct., Apt. D-49, Berrien Springs, MI 49103, E.U.A.