Mártires modernos: Fe a cualquier precio

Desde el apedreamiento de Esteban, unas pocas semanas después del Pentecostés hasta ahora, alrededor de cuarenta millones de creyentes han dado su vida por la única razón de ser cristianos. De este número aterrador, nuestro siglo solo ha sido responsable por casi 26.6 millones de mártires.

John Graz, director general de la Asociación Internacional de Libertad Religiosa, encuentra cuatro razones por las que murieron tantos cristianos por su fe durante este siglo: 1) Hoy hay más cristianos que nunca antes. 2) “Poderosas ideologías anticristianas o antirreligiosas han organizado una persecución sistemática” contra los cristianos. 3) “En algunas regiones el cristianismo ha sido identificado con la cultura y la política occidental, y se utiliza la persecución como una venganza”. 4) Los países occidentales secularizados “no defienden ni protegen a los cristianos como lo hacían en el pasado”.2

Nina Shea, una defensora ardiente de los derechos humanos y autora de la aclamada obra, In the Lion’s Den, sugiere que la persecución anticristiana más fuerte en los años recientes provino de “dos ideologías políticas: el comunismo y el Islam militante”.3

No han sido muchos los adventistas del séptimo día que han sufrido, en parte porque somos una iglesia relativamente pequeña, nos abstenemos de involucrarnos oficialmente en política, y en general “rehusamos usar la violencia” para defendernos.4 Además, en los encuentros con el Islam, los adventistas hemos recibido en ocasiones un tratamiento más tolerante que otros cristianos debido a nuestro estilo de vida (no consumimos carne de cerdo, tabaco ni alcohol, y nos oponemos a la inmoralidad sexual) tiene mucho en común con el de los musulmanes.5

Sin embargo, aunque no hay datos exactos, se sabe que varios adventistas han muerto recientemente por su fe: seis en Chiapas, México,6 dos en Dagestan, sur de Rusia,7 y un número no determinado en Ruanda.

El significado bíblico del martirio

El significado bíblico del martirio se centra en el sustantivo griego martys, un “testigo”. Otras formas de la palabra son el verbo martyréo, “dar testimonio”, y el sustantivo martyría, que denota el contenido del testimonio dado.

En el Nuevo Testamento, martys designa a un testigo (Mateo 18:16; Lucas 24:48; Hechos 1:8), que puede morir por ese testimonio o no (Hechos 22:20; Apocalipsis 2:13; 17:6). La iglesia cristiana primitiva reconocía a mártires vivos y muertos, añadiendo así una segunda dimensión a la definición de mártir. Apocalipsis 12:11* describe a los mártires como los que han “vencido” a Satanás “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio [martyría] de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte”. La actitud de “menospreciar sus vidas” es como un eco de las palabras de Jesús: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos... y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26). De este modo, el Nuevo Testamento describe como mártires a las personas cuya prioridad era dar testimonio del poder de Jesús, aun a riesgo de la vida.

El significado de martys, que designaba a alguien que es un testigo, se transformó gradualmente para indicar a uno que murió por haber dado testimonio. De aquí la definición: los mártires cristianos son “los creyentes en Cristo que pierden sus vidas en forma prematura, en situaciones de testimonio, como resultado de la hostilidad humana”.8

En la iglesia cristiana primitiva, la muerte era con demasiada frecuencia el resultado del testimonio. De los once discípulos, todos menos Juan sufrieron el martirio. Juan también fue tratado como mártir pues el emperador Domiciano había ordenado que se lo echara en un caldero de aceite hirviendo. Sin embargo, el cuerpo de Juan no reaccionó como lo indican las leyes físicas al ser sumergido en el aceite. Frustrado, el emperador lo exilió a la isla de Patmos “por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 1:9).9

La definición de martirio que da el Nuevo Testamento enfatiza, entonces, la virtud de dedicación absoluta del cristiano a las demandas de Jesús. De esta definición podemos aprender mucho acerca del martirio, no sólo de los que murieron como testigos, sino también de quienes estuvieron dispuestos y listos a morir pero que no cedieron a las demandas de los perseguidores sino sobrevivieron sólo por alguna forma de intervención o protección divinas.

Mártires vivientes

La historia cristiana registra muchos ejemplos de “mártires vivientes”, los que estuvieron dispuestos a sacrificar su vida, y en realidad llegaron al momento de la muerte, pero que de algún modo maravilloso fueron salvados. Consideremos dos ejemplos actuales.

El señor Wong10, un adventista de la China, fue sentenciado a veinte años de trabajos forzados por guardar el sábado y hablar continuamente a otros acerca de quien llamaba “mi amigo Jesús”, pero sobrevivió a repetidos intentos de “reeducarlo”. Aun en el campo de trabajos forzados, aprovechó cada oportunidad para hablar en favor de Jesús. Algunos de aquellos a quienes él testificó llegaron a ser cristianos verdaderamente convertidos; pero más a menudo, sus compañeros de prisión lo traicionaron, lo que le ocasionó más azotes y tortura.

En cierto momento, después de 17 días consecutivos de tortura, Wong se impacientó. ¿Cómo podría convencer a los prisioneros que lo castigaban de que sus esfuerzos eran vanos? Abriendo sus labios sangrantes exclamó: “¡Ustedes no comprenden!” Por un momento hubo silencio. “¡Mi respuesta es No! Aun si el presidente Mao mismo estuviera aquí pidiéndome que renunciara a mi Dios y lo negara, seguiría diciendo ¡No! ¡No puedo negar a mi amigo Jesús!” Enfurecido, el jefe de los atormentadores de Wong lo tomó por los brazos que tenía atados detrás de su espalda, los levantó por sobre la cabeza de Wong y “los bajó por delante hasta la cintura, arrancando los tendones de sus hombros y quebrándole ambos brazos”.

“‘¡Suficiente —gritó el guardia supervisor—. Si matamos al criminal Wong no podremos ayudarle a desarrollarse’”.11 Aunque a Wong no le importaba si viviría o moriría; lo que le importaba en forma suprema era ser fiel a su amigo Jesús. “Menospreció su vida hasta la muerte”.

Antonio Nemeti, de 26 años, fue incorporado al ejército húngaro en 1952. Dos días después de su ingreso, Nemeti tuvo su primera oportunidad para testificar cuando se le sirvió comida acompañada de vino. El les dijo a los oficiales: “No puedo beber por causa de mis convicciones religiosas”. Los oficiales replicaron: “Cuando vuelvas a tu casa podrás comer lo que te guste, pero aquí cumplirás las órdenes de tus oficiales en todo, incluso en lo que comas”. Con toda calma, Nemeti explicó sus convicciones acerca de la dieta. Al día siguiente tuvo otra oportunidad de dar testimonio al explicar por qué no podía ayudar a limpiar el patio en sábado. Por rehusarse a trabajar por cuatro sábados consecutivos, estuvo ocho semanas en la prisión, y más tarde, seis más en trabajos forzados en las canteras y en las minas de carbón. Pero su anhelo por testificar está sintetizado en sus palabras: “Se me presentó la oportunidad de testificar por mi fe”.12

Jesús y los mártires cristianos

Muchos textos del Nuevo Testamento describen la conexión estrecha entre los sufrimientos de Cristo y los de sus seguidores. Martys y sus derivados se aplican no sólo a los creyentes que dieron testimonio de Jesús, sino a Jesús mismo. Apocalipsis 1:5 llama a Jesús “el testigo [martys] fiel” (ver Apocalipsis 3:14). “El cristianismo primitivo consideraba la muerte de Jesús como un martirio”.13 En 1 Timoteo 6:12, 13, Pablo invitó a su joven discípulo a ser un testigo fiel [martys] a pesar de las consecuencias, así como lo había hecho Jesús. Timoteo realmente fue martirizado en el año 97 d.C. después de haber denunciado con energía las festividades orgiásticas de la diosa Diana en Efeso.14

De esta conexión entre el martirio de Jesús y el de los creyentes se pueden sacar cuatro conclusiones vitales.

Primero, el martirio constituye una representación contemporánea dramática del hecho de levantar la cruz (Juan 12:32) y de presentar claramente (Gálatas 3:1) ante una audiencia nueva los sufrimientos y la muerte de Jesús. Cristo es “crucificado de nuevo... en la persecución de su pueblo”.15 Los cristianos, con su sufrimiento, dan testimonio de la eficacia del sacrificio de Cristo a un grupo nuevo de oyentes.

Segundo, el martirio es uno de los ejemplos más completos del discipulado. Pablo felicitó a los cristianos de Tesalónica por haber llegado “a ser imitadores de nosotros y del Señor” por haber recibido “la palabra en medio de gran tribulación” (1 Tesalonicenses 1:6). Pedro, que había negado conocer a Jesús, más tarde lo comprendió. “Amados —les escribió a los cristianos perseguidos— no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido…sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 Pedro 4:12, 13).

Noble Alexander, encerrado durante 21 días en una jaula de acero de 1,50 x 1,50 m, suspendido sobre una mazmorra subterránea inmunda en una prisión del Caribe, se maravilló de descubrir el cumplimiento de 1 Pedro 4:13 y 2 Corintios 1:5. “Aun durante las peores horas que pasé en la jaula, él [Cristo] me recordaba que estaba sufriendo en su nombre y por causa de él”.16

Tercero, el martirio desenmascara el verdadero “poder y destructividad” del mal satánico en un mundo aparentemente civilizado. Satanás tiene tanto éxito en ocultar su verdadero carácter y sus métodos, que cuando ocurre el martirio, tenemos la tendencia de echar la culpa de la persecución a un sistema político totalitario, a una religión rival intolerante, o a una persona malvada (tal como Hitler, Stalin, Pol Pot, o Idi Amín), sin caer en la cuenta de que nuestro verdadero opositor no es otro que Satanás mismo (ver Efesios 6:12). Esto debiera ayudarnos a mostrar a los perseguidores el amor de Cristo por ellos y su propia necesidad de salvación mediante el evangelio.

El significado más profundo del martirio y la persecución

Para muchos cristianos modernos, el martirio parece una anomalía cruel e injusta. ¿No vino Cristo a traer vida “en abundancia”? (Juan 10:10). Entonces, ¿cómo puede el martirio ser una parte del propósito de Dios, y más aún, ser beneficioso para los cristianos? Sin embargo, Pablo veía al martirio como una participación en los sufrimientos de Cristo en beneficio de la iglesia. “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros —dijo— y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses 1:24). El Nuevo Testamento revela varias formas en las que el martirio y la persecución benefician a la iglesia.

Primera, aunque el Nuevo Testamento enseña que los creyentes pueden “saber” que tienen vida eterna (1 Juan 5:13), y que ellos tienen en sí mismos el testimonio del Espíritu (Romanos 8:16), la realidad es que a menudo en la lucha de la fe “nuestro corazón nos reprende” (1 Juan 3:20), y nos quita la certeza absoluta. Tanto Jesús (Mateo 7:21-23) como Pablo (1 Corintios 13:3) nos advirtieron del peligro de un servicio religioso o del martirio motivado falsamente, y por lo tanto, sin valor. A pesar de ello, las promesas más sólidas de la salvación en el Nuevo Testamento son las que se aplican más directamente a los testigos perseguidos. “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5:12). “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).

Segunda, a menudo el martirio lleva a nuevas conversiones. “La sangre de los cristianos es semilla” de la iglesia, escribió Tertuliano, un apologista del cristianismo primitivo.17 ¡Cuán cierto es esto! Con la muerte de un mártir cristiano, se enaltece la cruz de Cristo, y las personas son atraídas hacia él.

La persecución con frecuencia resulta en la dispersión de los testigos, de modo que la semilla del evangelio se siembra más ampliamente. Comenzando con la iglesia apostólica (Hechos 8:1, 4-6) hasta llegar a nuestro tiempo, la historia es testigo de que las persecuciones han llevado a conversiones notables, a una predicación poderosa, y al establecimiento de nuevas iglesias. En cierto país, en nuestro tiempo, el testimonio cristiano dio como resultado bautismos en tanques de agua en varias prisiones y en una universidad “subterránea” que enseñaba materias académicas básicas como medio para ganar amigos entre los prisioneros no cristianos. Los dirigentes de la cárcel decidieron “destruir” el cristianismo en la prisión, transfiriendo “a miembros de la iglesia de la prisión a otros presidios del sistema”. Cuando los presos oyeron por primera vez esta noticia, la consideraron “una tragedia para la causa de Dios”. Pero la “tragedia” se convirtió en una oportunidad de dispersar cristianos a nueve prisiones diferentes, lo que resultó en la formación de nueve iglesias nuevas.18

Tercera, la persecución purifica a la iglesia separando a los profesos creyentes de corazón engañoso, tibios e hipócritas.19

Cuarta, la persecución unifica a la iglesia. La acción de sacudir y zarandear que purifica a la iglesia, por reflejo logra que los fieles que permanecen en ella sean acercados unos a otros y a su Redentor por los sufrimientos que soportaron.20 Cuando Antonio Nemeti y otro adventista fueron arrojados a la prisión militar por rehusarse a portar armas o trabajar en sábado, se encontraron con un tercer adventista que durante varios meses de encarcelamiento había adelgazado tanto que sólo pesaba 42 kilos. Los tres fueron puestos en celdas diferentes, de modo que tenían poca ocasión de comunicarse, excepto en la caminata diaria de diez minutos. Al final de la caminata, el tercer hermano puso algo en el bolsillo de Nemeti y se alejó apresuradamente. De regreso en su celda, Nemeti sacó el regalo que le había dado: un trocito de pan seco y un trocito de jabón con las palabras: “Ten fe en Dios”.

Varios días más tarde Nemeti fue transferido a una celda grupal y se encontró con este hermano. Se alegraron de poder estar juntos, pero pronto fueron separados para ser enviados a trabajos forzados prolongados. Antes de separarse, el hermano abrió su maletín y sacó otro regalo: un trozo de perejil.

“Yo no quería aceptarlo —recuerda Nemeti— pero me lo ofreció con tanto amor que no pude rechazarlo. Comencé a masticarlo, y, aunque era fibroso y algo amargo, el amor que Dios había implantado en nuestros corazones lo volvió dulce”. Luego descubrieron que los llevaban al mismo destino. Aun la brutalidad de los guardias no podía apagar el buen ánimo de Nemeti. “El gozo de tener conmigo a mi hermano sobrepasaba a todo lo demás”.21

Quinta, la paciencia en medio de la persecución fortalece a otros que tienen menos capacidad de resistencia. Dios usa con frecuencia a cristianos más fuertes para fortalecer a otros. Noble Alexander, por rehusarse a trabajar en sábado, fue azotado con cables eléctricos por tres guardias. “Escuché el zumbido de los cables rasgando el aire —recuerda—. Una y otra vez, los cables me desgarraban la carne. Cuando me desmayé del dolor, uno de los soldados me arrojó un balde de agua para reanimarme. Cuando me desperté, el capitán me preguntó: ‘¿Irás a trabajar?’

“—Hoy no —dije en un suspiro”.

Cuatro veces se repitió la misma escena. Y cada vez pensó que moriría allí mismo. Después de la cuarta azotaina, el oficial le preguntó otra vez:

“—¿Vas a trabajar hoy?

“—No —dije, incapaz de hablar más que en un susurro—. Mátame y terminemos de una vez”.

“—¿Es eso lo que quieres, ser un mártir? —A grandes zancadas pasó más allá de mi cabeza y luego volvió—. No somos tan tontos como para hacer eso. —Y volviéndose hacia los otros, gritó con furia—: ¡Está loco, es un fanático! Y se fue”.

La negativa de Noble de no trabajar en sábado preparó el camino para que otros prisioneros aceptaran el sábado. Los guardias los llamaban “la gente de Noble”, y los excusaban de trabajar los sábados.22

Sexta, “en medio de la prueba y la persecución, la gloria —el carácter— de Dios se revela en sus escogidos”.23 Gerardo Alvarez era el primer anciano de la iglesia en cierta prisión. Su predicación centrada en Cristo fortalecía a los hombres para resistir las tentaciones gemelas de la apostasía y de ser “devorados por el cáncer del odio”. Una tarde, cuando los presos regresaban de un largo día de trabajo, el sargento a cargo les ordenó que corrieran. “Agotados, mal alimentados y enfermos”, los presos apenas podían caminar; ni pensar en correr. Furioso, el sargento ordenó que un grupo de soldados especialmente entrenados se unieran a los guardias en un ataque a los presos.

“A medida que los golpes violentos caían, uno de los prisioneros en la fila levantó sus manos y sus ojos al cielo, y con una voz clara y tranquila dijo: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’... La población entera del penal observaba mientras este gigante, Gerardo, oraba por sus enemigos aun mientras lo golpeaban. El viejo sombrero del prisionero cayó a tierra. Un silencio sepulcral se extendió por todo el patio ante la vista de la cabeza de cabellos blancos de Gerardo, un hermano en la fe. Entonces, cayó desmayado. Dos soldados lo levantaron y lo llevaron a su celda, donde lo dejaron, sin ninguna atención médica”.24

Aquí había un testigo de la fe para la gloria de Dios.

Séptima, con la muerte de un testigo fiel Satanás es derrotado, aun cuando a los ojos terrenales el mártir parezca morir solo, sin amigos y abandonado. La muerte pone al victorioso eternamente fuera del alcance del Malo.

El hecho de que uno de los grandes propósitos del testimonio sea derrotar a Satanás, nos recuerda que la persecución y el martirio sólo pueden ser adecuadamente comprendidos desde el punto de vista del gran conflicto entre Cristo y Satanás. El testimonio acerca de Jesús y su carácter es el punto focal de esa controversia.

Una lección para nosotros

¿Nos sentimos a veces tentados a esconder nuestra luz bajo un cajón por temor de cosas tan triviales como la desaprobación de nuestros profesores o el ostracismo de nuestros compañeros? Entonces, miremos nuevamente a los mártires del pasado y del presente, los que arriesgaron sus vidas por causa de su fe.

Mi propia reflexión sobre los actos espirituales heroicos de los mártires cristianos de antes y los de ahora encendieron mi imaginación y desafiaron mi propio compromiso personal con Cristo. Observándolos de cerca, me sorprendió al darme cuenta de que estos hermanos y hermanas míos que me habían aventajado por lejos en la persistencia de su testimonio y la pasión de su devoción a Cristo, lo habían hecho sin ninguna de las “ventajas” educativas, económicas o geográficas que caracterizan mi vida.

Para mí, esta percepción genera una pregunta básica: ¿Es la actividad o el estilo de vida que yo llamo “testimonio” lo suficientemente claro y audible como para despertar aceptación o rechazo? ¿O es sólo una expresión, culturalmente marginal, de una preferencia religiosa privada que no amenaza a nadie, no perturba el statu quo, y por lo tanto, no merece la atención del orden social dominante? Si esto último fuera el caso, entonces no es testimonio, y no será reconocido como tal ni en la tierra ni en el cielo.

Jerry Moon (Ph.D., Andrews University) enseña historia eclesiástica en el Seminario Teológico Adventista, Universidad Andrews, y sirve como editor asociado de Seminary Studies. Su dirección postal es: Andrews University, Berrien Springs, Michigan, 49104-1500; E.U.A. Su dirección electrónica: jmoon@andrews.edu.

* Todas las citas bíblicas pertenecen a la RVR, 1960.

Notas y referencias

  1. David Barrett y Todd M Johnson, Our World and How to Reach It, y Almanac of the Christian World, citado por Susan Bergman, ed., Martyrs: Contemporary Writers on Modern Lives of Faith (New York: Harper San Francisco/Harper Collins, 1996), pp. 14, 15.
  2. John Graz en una entrevista con W. G. Johnsson: “Religious Liberty Under Siege”, Adventist Review, 14 de agosto, 1997, p. 8.
  3. Nina Shea, In the Lion’s Den: A Shocking Account of Persecution and Martyrdom of Christians Today and How We Should Respond (Nashville, Tenn: Broadman and Holman, 1997), pp. vii, 1.
  4. Id., p. 9.
  5. Ver James H. Zachary: “Inside the Muslim Mind”, Adventist Review, 11 de septiembre de 1997, pp. 8-12; Robert S. Folkenberg, From the GC President, 10 de marzo, 1997.
  6. William G. Johnsson: “South Mexico: Baptisms and Bloodshed”, Adventist Review, 13 de marzo, 1997, p. 11.
  7. Gadzhimurat Gadzhiyev, 31, y su esposa, Tatiana, eran recientes conversos y entusiastas evangelistas en la iglesia adventista de su pueblo, de ocho miembros. La multitud los apresó, los castigó públicamente, los bañó con gasolina y los quemó vivos. La Adventist Review se refirió al incidente como “motivado por la religión”(Robert W. Nixon, en “Minutes, International Religious Liberty Association Hearing Committee, Fourth World Congress”, Río de Janeiro, Brasil, 23 y 25 de junio, 1997; Jonathan Gallagher: “World Events Demonstrate Importance of Religious Liberty Congress”, Adventist Review, 14 de agosto, 1997, p. 13).
  8. Barret y Johnson, pp. 14, 15.
  9. Ver Elena White, Los hechos de los apóstoles (Mountain View, Calif: Pacific Press Publ. Assn., 1911), pp. 455, 456.
  10. Wong es un seudónimo. Ver Stanley Maxwell: The Man Who Couldn’t Be Killed (Boise, Idaho: Pacific Press Publ. Assn., 1995), p. 5.
  11. Id., pp. 210-211.
  12. Anthony Nemeti, The Time of Trouble (Leominster, Mass: Eusey Press, 1978), pp. 23-26, 81-82, 129.
  13. The Seventh-day Adventist Bible Dictionary (Washington, DC.: Review and Herald Publ. Assn., 1970), art. “Martyr”.
  14. Oxford Dictionary of the Christian Church: “Timothy, St.”
  15. Elena White, Testimonies to Ministers and Gospel Workers (Mountain View, Calif: Pacific Press Publ. Assn., 1962), p. 39.
  16. Noble Alexander con Kay D. Rizzo, I Will Die Free ( Boise, Idaho: Pacific Press Publ. Assn., 1991), pp. 49-51.
  17. Citado en Elena White, El conflicto de los siglos (Mountain View, Calif: Pacific Press Publ. Assn., 1911), p. 46.
  18. Alexander, pp. 95-100.
  19. White, El conflicto de los siglos, p. 660 (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1977).
  20. White, El conflicto de los siglos, p. 46.
  21. Nemeti, pp. 67, 68, 82-85.
  22. Alexander, pp. 76, 77.
  23. White: Hechos de los apóstoles, p. 460.
  24. Alexander, pp. 144, 145.