El don de afirmar a otros

Helen Keller ha sido admirada por todo el mundo. Sin embargo, no siempre ofreció un ejemplo atractivo. Habiendo nacido ciega y sorda, y llena de energía, desahogaba sus frustraciones mediante explosiones de ira y de rabia. Con o sin provocaciones, se volvía físicamente violenta y golpeaba el objeto o a la persona más cercanos. Todo lo que caía en sus manos se convertía en el objeto de su terror. Pateaba, mordía y castigaba si no podía salir con la suya. Su madre trataba de ser amigable y comprensiva. El padre le gritaba (como si ella pudiese oír) y hasta insinuaba que la niña debía ser internada en un asilo de enfermos mentales. Un autor describió su temprana infancia como la de “un incontrolable animal salvaje”.

Pero cuando Helen cumplió seis años, una nueva persona entró en su vida. Alguien con ternura y espíritu afectuoso. Alguien que creía en Helen y veía más allá de esos oídos sordos y de esos ojos ciegos. Alguien que sabía que Helen tenía enormes posibilidades encerradas en lo más íntimo de su alma. Alguien que conocía el milagro de la afirmación.

Ann Sullivan no era una obradora de milagros. Habiendo sido desde pequeña una víctima de impedimentos físicos, los había vencido, y sabía que podía transmitir ese toque de ayuda siendo amable y afectuosa. Sabía cómo administrar disciplina y dirección en la vida, pero también sabía cómo hacerlo con cuidado y solicitud. Durante los primeros días de la relación entre ambas, Helen pateaba y mordía a su nueva maestra, le arrojaba todo tipo de objetos y mostraba de todas las maneras posibles su actitud desafiante y desobediente. Pero Ann estaba hecha de un material más sólido. Cada acto airado de Helen hacía que Ann le recordase amable, aunque firmemente, que tales actos eran inaceptables. Suavemente le daba una palmada, le negaba su comida excepto cuando estaba dispuesta a comer con modales correctos y siempre recompensaba a Helen con un abrazo o un toque cariñoso en respuesta a la más leve señal de obediencia por parte de ésta.

Años más tarde, recordando su primer encuentro con Ann, Helen escribió: “Sentí pisadas que se aproximaban y extendí mi mano, como suponía, hacia mi madre. Alguien me tomó y me abrazó y me mantuvo junto a sí. Ella había venido para revelarme todas las cosas y más que todo, para amarme”. Ese amor le abrió a Helen el hermoso mundo que la rodeaba. Se aferró a Ann Sullivan como a alguien que podría cambiar su vida, que podría darle visión sin ojos, la capacidad de oír a pesar de su sordera y la vida en toda su plenitud.

¿Cómo ocurrió esto? Ann Sullivan creía en Helen. Era alguien que afirmaba la personalidad de otros, alguien que sabía que el don de afirmación puede sacar a relucir las posibilidades ocultas que había aun en una niña desvalida.

¿Qué es afirmación?

La palabra “afirmar” significa “hacer firme” o “dar fuerza a otro”. Los psicólogos nos dicen que tendemos a definir quiénes somos en el contexto de cómo sienten los demás con respecto a nosotros. Todos ansiamos afirmación y aliento de parte de otros. Tal afirmación nos da un sentido de pertenencia e identidad.

Cuando alentamos a otros con comentarios positivos, nosotros, en realidad, fortalecemos en ellos el reconocimiento de sus propios dones y la contribución que hacen a la vida. Sin tal afirmación, es difícil afrontar los problemas que enfrentamos en la vida e incluso sobrevivir en una comunidad, escuela o lugar de trabajo donde la competencia es la regla del día. Ciertamente, sin la calidez y el cuidado que acompañan a la afirmación, estamos propensos a sufrir de alienación mental.

Afirmar a otra persona es quizá el toque curativo más tierno de un ser humano a otro, un toque que anima a alguien a comprender el potencial que Dios le ha dado. En todos mis años como consejero he llegado a entender que no hay crecimiento personal sin afirmación. Como alguien ha dicho: “El mayor bien que hacemos a otros no es darles nuestra riqueza, sino mostrarles su propia riqueza”. O como lo declaró Salomón: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo”. “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado” (Proverbios 3:27; 11:25).*

En la ausencia de afirmación

Si la gente no recibe aliento y afirmación de aquellos que lo rodean, experimenta una sensación de inseguridad e insuficiencia. Eso a su vez puede impulsarlos a actuar en forma extraña sólo para sentir que son aceptados, aprobados y apreciados por otros. Algunos se convierten en individuos que procuran “complacer a la gente”, y esperan que otros los afirmarán por el bien que realizan. Incluso pueden permitir que los demás “caminen sobre ellos” a fin de recibir afirmación por ser “amables” o “útiles”. Otros pueden convertirse en “enviciados” del trabajo, esperando que su actuación deslumbrará y atraerá la afirmación de los demás. Y otros pueden llegar a ser perfeccionistas, esforzándose arduamente para hacer su trabajo a la perfección o insistiendo en tener siempre las respuestas correctas a los problemas que enfrentan. Toda esta conducta perfeccionista está motivada por la esperanza de que “si yo hago lo correcto” o “si yo tengo la respuesta correcta”, conseguiré que otros me respeten y aprecien. Y aun están aquellos que asumen el papel de “mártires”, esperando que por su sufrimiento serán apreciados como “santos”, mientras que otros adoptan comportamientos dominantes con la esperanza de que al controlar a las personas y las situaciones serán valorados por su habilidad y respetados por su capacidad. Cualquiera sea la conducta, la gente trata de probar su valor y solicitar la afirmación que necesita para llevar a cabo las tareas que realiza para otros en la comunidad.

Jesús y la afirmación

Jesús conocía el valor de la afirmación. Todo lo que dijo e hizo tenía el propósito de alentar y afirmar a otros. Sus palabras comunicaban un gran poder curativo. Su suave toque de afirmación sanaba a los heridos, restauraba a los tristes y confortaba a los ansiosos. Su don de afirmación animaba a las personas a elevarse por encima de sus frustraciones y a comprender todo su potencial. El capacitaba a la gente.

Jesús afirmó al ladrón arrepentido en la cruz cuando le prometió que estaría con él en el paraíso. Jesús afirmó a Zaqueo. Le dijo que independientemente de lo que otros pensaban de él, él lo consideraba como un ciudadano de su reino. “Hoy —dijo Jesús— ha venido la salvación a esta casa” (Lucas 19:9).

Jesús animó a los niños. Los discípulos querían verse libres de ellos, pero no Jesús. El creía en la posibilidad de que esos niños llegasen a formar parte de su reino. “Dejad a los niños venir a mí —dijo en una memorable declaración—, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Lucas 18:16).

Considera a la viuda que vino al templo con una ofrenda de apenas dos blancas. Los dirigentes del templo no tenían tiempo para ella y consideraban que era una inútil. Pero Jesús reconoció en ella una consagración total a la causa de Dios. “Esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12:44). Eso es afirmación.

Observa también la manera en que Jesús afirmó a la mujer sorprendida en adulterio. Sus acusadores estaban listos con la ley y con las piedras. Querían justicia. Olían sangre. Pero Jesús no vio el pecado, sino al pecador necesitado de gracia. Le ofreció perdón y la aconsejó: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Eso es afirmación: creer que una mujer, aunque fuese pecadora, podía extender su mano y aferrarse a la gracia y el perdón de Dios y vivir en armonía con el propósito para el cual el Creador la había hecho.

Tal afirmación edifica a la gente. La capacita para vivir una nueva vida. La desafía a ver el nuevo yo en su interior.

El desafío a edificar

Tal vez es tiempo de recordar las palabras del apóstol: “Animaos unos a otros, y edificaos unos a otros” (1 Tesalonicenses 5:11). El apóstol creía que debemos amarnos “los unos a los otros con amor fraternal” y “en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Romanos 12:10). Y debiéramos “estimularnos al amor y a las buenas obras;… y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10:24-25).

¿Pero cómo afirmaremos a otros? He aquí tres sugerencias:

1. Sencillamente, ¡hazlo! No supongas que los otros saben cuáles son tus sentimientos hacia ellos y cuánto los aprecias. Hazlos saber. La intención de afirmar sólo es buena cuando se la pone en práctica.

2. Hazlo frecuentemente. La mayoría de nosotros somos como una pequeña pinchadura en un neumático: necesitamos que se nos “infle” a menudo. Necesitamos recibir aliento y afirmación los unos de los otros. De modo que no sólo debiéramos afirmar a otros, sino que debiéramos hacerlo frecuentemente.

3. No te dejes disuadir por aquellos que tienen dificultad en aceptar tu afirmación. A algunos les resulta difícil recibir aliento. Quizás respondan diciendo: “¡Oh, no necesitabas hacer eso!” Pero recuerda que la mejor manera para recibir afirmación es dándola. Cuanto más des, más extenderás tu radio de acción.

Recuerda el dicho de Salomón: “El alma generosa será prosperada” (Proverbios 11:25).

Bryan Craig es un consejero matrimonial y director de Ministerios para la Familia en la División del Pacífico Sur. Su dirección: Locked Bag 2014; Wahroonga, NSW 2076; Australia. E-mail: 102555.1501 @compuserve.com

* A no ser que se indique de otro modo, todos los pasajes bíblicos en este artículo están citados de la Versión Reina-Valera, revisión de 1960.