La Iglesia Adventista y mil millones de dólares

Sí, señor! $1.000 millones de dólares es la cifra redondeada de las contribuciones del diezmo de la Iglesia Adventista del mundo entero durante 1997. El número abruma y desafía la comprensión. Pero tratemos de reducirlo a una perspectiva que podamos captar. El número de miembros de la iglesia mundial estuvo cerca de los 10 millones al final de 1997; esto significa que en promedio, la contribución de diezmos por miembro durante 1997 fue de unos $2.00 dólares por semana, o unos $100 dólares por año.

Pongamos estas cifras en una secuencia de tiempo. Al comienzo de la organización de la Iglesia Adventista en 1863, las contribuciones en concepto de diezmo requirieron 100 años para alcanzar los primeros $1.000 millones de dólares, o sea, hasta 1963. Se necesitaron 10 años para alcanzar los segundos $1.000 millones de dólares, en 1973; y cuatro años para llegar al tercero, en 1977. Luego la cantidad de $1.000 millones se alcanzó en tres años; y luego en dos años, en la década de 1980. Durante 1997, los miembros de la iglesia contribuyeron más de $1.000 millones en un año.

En otras palabras, en sus 135 años de historia, la Iglesia Adventista ha alcanzado un diezmo acumulado de $15.000 millones de dólares. Se necesitaron 124 años para llegar a la mitad de esa suma, y 10 años para la segunda. Con el continuo crecimiento de la iglesia y la inflación monetaria, las comparaciones anuales no tienen mucho sentido. Sin embargo, es interesante considerar el impacto de la financiación a largo plazo, y por lo menos tratar de comprender esas cifras astronómicas.

Pero el diezmo no es todo, por supuesto. Los miembros dan dinero adicional para sostener la obra mundial y local de la iglesia. Esos fondos que no son diezmos, incluyen testamentos, legados y donaciones para proyectos específicos. Sin embargo, la mayor porción de estos fondos que no son diezmos, consiste en los “Fondos para las Misiones Mundiales”, que generalmente se recogen durante la escuela sabática, o como parte del presupuesto combinado. En 1977, estas ofrendas llegaron a más de $50 millones de dólares, y son fondos que sostienen todos los aspectos del mantenimiento y la expansión de la obra de la iglesia en todo el mundo, incluyendo el ministerio médico, el de educación, el de evangelización y la obra pastoral. Este artículo se ocupa principalmente del fundamento y el uso de los diezmos.

La naturaleza espiritual del acto de dar

Antes de que pensemos cómo gastar $1.000 millones de dólares, consideremos la naturaleza espiritual de esta actividad. ¿Qué motiva a la gente de diversas culturas, naciones y niveles económicos a unirse y dar generosamente para la maravillosa obra de esparcir las buenas nuevas de la salvación? ¿Cuál es el cemento transcultural que nos mantiene juntos, que une a los creyentes adventistas de todo el mundo?

Tal vez el centro de ello es lo que tenemos en común, y esto no es un mandato institucional, sino un compromiso espiritual y una misión compartida. Esta observación no tiene la intención de quitar méritos a la fuerza corporativa y las realizaciones hechas posibles por la iglesia como institución. Pero en el corazón de la iglesia, lo que la hace funcionar, es el compromiso de participar en el cumplimiento de la comisión evangélica en todo el mundo. Y en la institución de la iglesia vemos un esfuerzo financiero corporativo como la mejor manera para proveer los fondos para el logro de esa meta.

Los orígenes del diezmo en el Antiguo Testamento

En los tiempos del Antiguo Testamento, el diezmo y las ofrendas eran dadas a la tribu de Leví. Se entendía que el diezmo era la respuesta natural que el pueblo daba por las bendiciones de Dios. No se consideraba como una obligación sino más bien como una respuesta amante. Las ofrendas también eran dadas como una respuesta a la gracia y las bendiciones de Dios.

Con estos recursos los israelitas financiaban sus prácticas religiosas, la educación, y a veces, también su gobierno. Aunque ocasionalmente hubo diversas formas de un sistema monetario rudimentario durante los tiempos del Antiguo Testamento, el diezmo estaba basado más en el ingreso producido por la agricultura que en el de los salarios, y el comercio se realizaba más por el sistema de trueque que por el uso de dinero efectivo. Este eslabón positivo entre el sustento diario y el producto de la tierra proveía un reconocimiento más directo de Dios y de la dependencia de él para sobrevivir.

Cuando Israel entró en la tierra prometida, el territorio se dividió entre 11 de las 12 tribus. Se dejó fuera de esta distribución de la tierra a la tribu de Leví, ya que su tarea era proporcionar la dirección religiosa que los mantenía unidos como sociedad. Como resultado, necesitaban el sostén proporcionado por los diezmos de las otras 11 tribus. Sin este sistema de sostén, los levitas no podrían sobrevivir.

Este enfoque bíblico de los diezmos y las ofrendas proveyó un modelo para la estructura financiera y la mayordomía de la Iglesia. Desafortunadamente, como en el caso de los israelitas, nuestro concepto de dar y nuestra relación con Dios son contaminados con la idea pagana que considera los sacrificios como renunciar a algo de lo nuestro para pacificar o sobornar a un dios airado.

Aunque la relación de Dios con su pueblo está basada en un pacto que incluía los sacrificios, el pacto tenía como base, no nuestro sacrificio, sino el de Dios. No hay nada que podamos hacer para eliminar el pecado de nosotros. Todo lo que necesitamos hacer es aceptar el sacrificio de Dios y entrar en una relación de pacto con él. Mediante el salmista, Dios expresa clara y lógicamente esta relación entre el pacto y el sacrificio: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio” (Salmo 50:5). Dios declara al pueblo del pacto: “No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, y todo lo que se mueve en los campos me pertenece. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, o de beber sangre de machos cabríos? Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:9-15).

¿Qué es un sacrificio? No es la renuncia a una multitud de posesiones. No es la matanza de animales. No son las buenas obras de justicia. En términos bíblicos, un sacrificio es un acto de gratitud, una respuesta de agradecimiento por el sacrificio hecho por Dios para expiar el pecado. El actuó primero con su amor hacia nosotros, y nosotros respondemos a ese amor. No hay otra respuesta aceptable que la de agradecer y amar a Dios. El amor es la única medida exacta del sacrificio.

Pero es muy fácil que nuestros motivos se mezclen o aun se perviertan totalmente. ¿Cómo podemos saber cuándo nuestras ofrendas son egoístas y paganas, dirigidas a aplacar en vez de agradecer? Tal vez cuando comencemos a preocuparnos si estamos dando demasiado o muy poco. Tal vez cuando queremos controlar el uso de nuestra “gratitud” insistiendo que las cosas se hagan como nos gusta a nosotros o no seguiremos dando. Esto genera una pregunta seria: ¿Es una donación tal un verdadero acto de amor? ¿O es sencillamente un acto de coacción religiosa?

El modelo del Nuevo Testamento

Las finanzas de la iglesia en tiempos del Nuevo Testamento se desarrollaron siguiendo un camino diferente. Al principio, el grupo de cristianos era pequeño y vivía en una ubicación geográfica limitada. En ese ambiente, y con la expectativa del inminente retorno de Jesús, no se sentía la necesidad de una iglesia institucional o un sistema financiero organizado. Los miembros mantenían las propiedades y las posesiones en común. Y mayormente se debió a las necesidades de los miembros más pobres que se hicieron pedidos de ofrendas para sostenerlos y se dieron los primeros pasos hacia la estructura de una iglesia.

La iglesia apostólica no tenía un clero pagado, y los que predicaban eran atendidos por la gente a la que servían, y trabajaban en lo que podían encontrar. Al ir de un lugar a otro predicando el evangelio, establecían congregaciones, las que a su vez los enviaban a otros lugares para esparcir las buenas nuevas. En realidad, no fue hasta muy pasados los tiempos del Nuevo Testamento que la estructura, las finanzas y los edificios llegaron a ser una parte significativa del desarrollo de una iglesia institucional.

La estructura adventista

La Iglesia Adventista, que surgió después de 1.800 años de historia cristiana, tuvo una diversidad de modelos cuando se puso a buscar la mejor estructura para su funcionamiento y para las finanzas. En su base está, por supuesto, el principio bíblico del diezmo y las ofrendas. En cuanto a la organización de la iglesia, las opciones principales eran dos: la congregacional y la institucional. El modelo institucional que elegimos centraliza los recursos y usa el diezmo para el ministerio evangélico y las ofrendas que no son diezmos para los otros aspectos de la misión, tales como los edificios para las iglesias y las escuelas, los servicios, y la obra médica y educativa. Este modo centralizado de funcionamiento hace posible ser más eficiente y equitativo al alcanzar el campo mundial.

Sin embargo, hay algunas desventajas. En sus primeros años, cuando nuestra iglesia era pequeña, sus miembros estaban concentrados en los Estados Unidos, y aun así, sólo en algunos centros principales. Los miembros conocían a sus líderes personalmente, y estaban directamente involucrados en la obra de la iglesia. Un congreso de la Asociación General era realmente eso: una reunión general de todos los miembros de la iglesia.

Obviamente, esto no es posible hoy, en vista del tamaño y la distribución global de nuestros miembros. Como resultado, los miembros individuales tienden a estar menos involucrados en las decisiones del cuerpo de la iglesia. Por esa razón, a menudo se oyen reclamos para tener más decisiones a nivel de congregación con respecto a dónde y cómo se usará el dinero de la iglesia. Y aunque tales intereses individuales generan un apoyo un poco mayor para proyectos específicos, el potencial para un desequilibrio, con este modo de operar, es enorme.

En el mundo actual de millones de miembros y de $1.000 millones de dólares, no debemos permitirnos caer en una posición de o esto o aquello acerca de la estructura y las finanzas. Aunque hay mérito en la selección por parte de un individuo o de una iglesia de los proyectos y el servicio de necesidades específicas, sin embargo la operación eficiente y equilibrada de nuestro movimiento parece quedar mejor atendida con una estructura que opera mediante las 12 “divisiones” de la iglesia como está organizada actualmente. Estas divisiones mundiales no son territorios permanentes e inamovibles; de hecho, la estructura de las divisiones se repasa y reestructura periódicamente cuando resulta aconsejable por razones políticas, de población y de feligresía.

Distribución financiera

Dado el modo institucional que hemos escogido, ¿cómo se reciben las finanzas, cómo se las divide y distribuye? El diagrama que sigue enumera la división, su feligresía, el diezmo anual y el diezmo per cápita, en orden ascendente. (Las cifras están basadas en el total de fines de 1996.)

El punto inicial de la recepción de los diezmos es la iglesia local. De allí se los envía en su totalidad a la asociación/misión a la cual pertenece la iglesia, y de la cual recibe servicios y fondos para las necesidades de la congregación, tales como fondos para la obra pastoral y de evangelización, contribuciones administrativas y para el fondo de jubilaciones, y algunos costos de educación. La cantidad de diezmo que se usa en la asociación o misión varía de un máximo de 90 por ciento en algunas divisiones, hasta un mínimo de 68,25 por ciento en la División Norteamericana.

Dependiendo de la estructura y los reglamentos de las diversas divisiones y de las uniones que hay en su territorio, el resto del diezmo se divide entre la unión y la división, y 1 por ciento del diezmo total es enviado a la Asociación General para las operaciones de la iglesia en todo el mundo (excepto en América del Norte, como se indica en la gráfica de más abajo). Así, el diezmo es dividido entre los diversos niveles administrativos que coordinan y atienden la obra de la iglesia.

En Norteamérica se envía a la Asociación General un porcentaje mayor del diezmo que en las otras divisiones. Las asociaciones locales retienen 68,2 por ciento del diezmo total, 10,25 por ciento de lo cual constituyen contribuciones para los jubilados, dejando así un 58 por ciento del diezmo para hacer frente al funcionamiento de los servicios de las iglesias y las asociaciones. Las uniones reciben 10 por ciento, la división 10,4 por ciento, y la Asociación General el 11,35 por ciento del total de diezmos de la División Norteamericana, como se indica en el diagrama circular.

Los modelos cambian, la misión es la misma

Es claro que la riqueza del mundo no está distribuida uniformemente y que algunas divisiones son donantes mientras que otras son recipientes. Y los contrastes son aun más evidentes dentro de las divisiones mismas, ya que algunos campos están en la pobreza, mientras otras sostienen la obra de la iglesia en las regiones que están más allá de sus propios límites. Es claro también que con el tiempo, el ideal sería que la obra de la iglesia llegara a ser no sólo autosuficiente en cada campo, sino que también cada entidad pudiera también contribuir a la expansión de su misión en territorios nuevos. Aunque seguimos avanzando hacia ese ideal, no hemos llegado todavía a él, por causa de las desigualdades de la economía mundial y de la presencia adventista muy reciente en algunas áreas.

Hubo un tiempo en el cual la feligresía total de la iglesia se hallaba en la División Norteamericana, pero esto no quedó así por mucho tiempo, gracias a la visión de nuestros pioneros. Así comenzó la larga declinación de la proporción de feligreses de la División Norteamericana en relación con la del mundo entero, de 100 por ciento al comienzo, hasta que en el presente es menos del 10 por ciento. Y esto no es negativo. Esa fue la misión de nuestros fundadores.

Pero con el acelerado crecimiento en la iglesia mundial y el desplazamiento de los porcentajes de la feligresía se llega a la percepción de que llegará el momento en que la División Norteamericana no podrá financiar por más tiempo como lo ha estado haciendo a través de los años. En realidad, hace tiempo hemos pasado ese momento. Puedo recordar en mi propia experiencia cuando alcanzamos el primer millón de miembros. En ese tiempo, la División Norteamericana todavía tenía un tercio de los miembros de todo el mundo. Al llegar a tener la iglesia 10 millones de miembros en todo el mundo, la proporción en Norteamérica es menos de un décimo.

Cada vez más las actividades y el financiamiento de la iglesia están siendo asumidos por los miembros de la iglesia en cada región del mundo. En consecuencia, cada vez más la financiación de las divisiones donantes tiene que enfocar los territorios a los cuales todavía no ha llegado el mensaje adventista (que al principio eran casi el mundo entero, pero que ahora necesitan ser comprendidos de otra manera). Ciertamente hay lugar para proyectos individuales y donaciones según el Señor impresione a los donantes que él ha bendecido con riquezas. Pero en el meollo del milagro que estamos experimentando en el crecimiento mundial de la feligresía está la financiación eficiente, equitativa y compartida, provista mediante los canales de la organización de la iglesia, bajo la bendición de Dios.

Esto podría dar la idea de que estamos favoreciendo a la iglesia institucional, una visión optimista que deja de reconocer que puede haber problemas e ineficiencias en su estructura. Pero no es eso lo que queremos. En realidad, reconozco que la iglesia no es perfecta, primeramente porque sus miembros y sus dirigentes están compuestos por personas como yo, falibles, inclinados a favorecer sus propios intereses y lentos para percibir la manera en que Dios quisiera conducirnos a saber y hacer.

Sin embargo, a pesar de todo esto, la iglesia prospera y crece. No es nuestra, es de Dios. Y la maravilla de todo esto es que a su llamado podemos ser participantes del milagro de su gracia al dar el evangelio al mundo entero, mucho más allá de la imaginación más exagerada, de lo que podríamos hacer en forma individual, o aun mediante los esfuerzos aislados de nuestras pequeñas congregaciones. ¡Y cuán emocionante es vivir informado y participando activamente! Las cifras están más allá de mi capacidad de comprensión. Como Dios le dijo a Abrahán, es como tratar de contar las estrellas del cielo o la arena de la playa. El milagro de la gracia es que podemos ser parte de ello, aun cuando no podamos comprenderlo plenamente.

Gary Patterson, (D.Min., Vanderbilt University), es director de la oficina de Promoción Misional de la Asociación General. Su dirección es: 12501 Old Columbia Pike; Silver Spring, Maryland, 20904; E.U.A. Su dirección electrónica: 74532.22@compu serve.com