Mi peregrinaje hacia la verdad

La mía es una experiencia de fe y verdad, combinada con milagros. Yo había nacido en el seno de una familia común del centro norte de China. Mis padres eran fanáticos seguidores de Mao. Pero luego de la muerte del "gran líder", Buda entró en nuestro hogar; por lo tanto, desde mi tierna niñez, junto con mis padres adoraba a Buda, a pesar de estar en medio de la gran cultura atea china.

Sabía poco de Jesús. Tampoco me importaba. La vida era buena. Mis padres, ahora profundamente religiosos, me ofrecían un hogar lleno de amor y seguridad. Junto con ellos, yo seguía el culto y los rituales de Buda, tal como la entrega de las almas, un importante aspecto del budismo. Mis padres me enseñaron que el camino del Buda es el camino para alcanzar el nirvana o vida superior. Después de todo, la vida posterior a la muerte tenía que ser mejor que la que nos toca ahora, y ello dependía de lo que hiciéramos aquí. De manera que la lucha diaria por la rectitud era la idea sobre la que mis padres insistían siempre, a fin de que sus hijos ganaran la paz interior y una vida mejor en la siguiente reencarnación.

Y yo hacía eso mismo. Mis objetivos eran simples: renunciar al yo, servir a los menos afortunados, ser patriota y buscar la vida superior. Pero todo junto. Y sentía una sensación de vacío interior. ¿Era sólo un sentimiento? ¿Era mera fantasía? ¿O era éste un profundo anhelo espiritual, generado por un poder proveniente de algo más allá de mí mismo?

No lo sabía. Pero en 1991, súbitamente, un nuevo mundo se abrió delante de mí. Ese año fui a un pequeño colegio cercano a mi pueblo natal para asistir a una clase de inglés. El curso era uno de los muchos conducidos por voluntarios provenientes de los Estados Unidos, como parte de las nuevas relaciones emergentes entre los dos países y de la ansiosa apertura de China a un amplio mundo al que sus estudiantes e intelectuales podían acceder por la ventana abierta del inglés. De cualquier manera, era importante tener un buen conocimiento del inglés para obtener un buen trabajo y además yo estaba buscando una oportunidad de mejorar mi conocimiento de ese idioma.

Mis instructores eran dos jóvenes, Andy y Emery, inteligentes, muy motivados y dispuestos a caminar la segunda milla. Ellos no solamente enseñaban bien, sino que se relacionaban con sus alumnos personalmente. Nos hicimos amigos y pronto me enteré que eran adventistas.

Amistad adventista

Me enseñaron inglés, y yo les enseñé —mejor dicho, intenté enseñarles— chino conversacional. Y conversamos. Cantamos también. Me contaron historias de la Biblia. Me presentaron a Jesús y me contaron lo que él había hecho por ellos y lo que podía hacer por mí. Pero yo no estaba interesado en eso. Después de todo, Jesús era un extranjero y yo no tenía interés en una religión extranjera. Yo tenía mi religión. Y era suficientemente buena para mí.

Pero no para Dios. Después de cinco meses de estudio del inglés, volví a casa. Cuando me iba, Andy y Emery me hicieron un obsequio que iba a cambiar mi vida para siempre: dos Biblias, una en chino y la otra en inglés. Cuando llegué a mi casa abrí la Biblia en inglés y vi en ella escrito: "Querido Edmond, espero con todo mi corazón que Dios llegue a ser tu mejor amigo, así como él lo es conmigo. El Señor te ama así como yo". La Biblia china traía un desafío escrito: "Querido Edmond, recuerda, nuestras mentes se parecen a un paracaídas; sólo funcionan cuando se abren". Yo tomé esas palabras seriamente y comencé a leer la Biblia, pero la mayor parte de lo que leía no tenía sentido para mí. Y la abandoné.

Desanimado

Sin embargo, fue solamente por un tiempo, pues me dirigí hacia el sur de la China, donde había más oportunidades de encontrar alguna ocupación. Con mi inglés, mi preparación y mis habilidades estaba bastante seguro que iba a conseguir un buen trabajo, pero no fue así. Desanimado, volví a casa y me dediqué a ser guía de turistas. Sin embargo, yo no era feliz. El vacío interior se fue haciendo más y más grande dentro de mí. Cuando se extinguió el año 1994, volví a la Biblia otra vez. Leí los evangelios. Las semillas que Andy y Emery sembraron parecieron germinar. Jesús cobró un nuevo significado para mí. Se volvió real y pronto me volví su discípulo. Comencé a asistir a la iglesia los domingos. Me sentí bien y la vida me invitaba para ir en búsqueda de cosas más elevadas. Después de todo, ahora tenía un aliado muy poderoso a mi lado: mi amigo Jesús.

Un nuevo horizonte espiritual se abrió delante de mí. Aprendí que no era un accidente sobre esta tierra. Dios me había creado a su propia imagen y me puso en este planeta con un propósito. El es el que creó los cielos y la tierra. Aprendí lo que es el pecado y cómo su entrada en este mundo ha causado todo el sufrimiento que puede verse y experimentarse. También entendí la tarea redentora de Jesús. Pero más preguntas comenzaron a circundar mi mente. ¡Cómo deseaba que Andy y Emery hubieran estado cerca para ayudarme con sus respuestas!

Por mucho tiempo había soñado con ir a los Estados Unidos para realizar estudios superiores, y decidí dar el primer paso. Tomé el examen de conocimiento de la lengua inglesa, que es un requisito indispensable para ser admitido en cualquier colegio o universidad de los Estados Unidos, y lo aprobé. Pedí los papeles para ingresar en las universidades de Okiahoma y Kansas. Ambas me enviaron los formularios de solicitud, pero no sabía cuál elegir. "Es tiempo de poner mi fe en Dios", me dije a mí mismo. La Biblia promete que cuando vamos a Dios con fe, él es capaz de hacer lo que pedimos o pensamos. De manera que hice de mis planes de estudio un motivo de oración diaria.

Precisamente entonces llegó una carta inesperada de Andy y Emery, con información sobre la Universidad Adventista del Suroeste, en Texas. Leí el folleto de la universidad y me agradó lo que ofrecían. Envié mi solicitud. A las pocas semanas, la universidad no sólo me envió una carta de admisión y los documentos para mi visa, sino que también me ofreció dos generosas becas. Mis padres no podrían sostenerme en los Estados Unidos, de manera que las becas eran algo demasiado bueno para ser verdad. Todo esto era una respuesta definitiva a mis continuas oraciones.

No obstante, el dinero no era lo único. En agosto de 1996, Andy y Emery me escribieron para asegurarme su ayuda financiera. Tenía sólo unos pocos meses más para tener todo listo, pero conseguir un pasaporte en China era un largo y tedioso proceso. Una vez más, la oración era la única ayuda de que disponía. En noviembre el gobierno chino aprobó una nueva reglamentación simplificando los trámites para obtener pasaportes. Y conseguí el mío en el tiempo récord de 25 días.

Respuesta a la oración

"¿Qué planeas estudiar?" me preguntaron mis padres. Sin ninguna vacilación, contesté: "Teología. Quiero se pastor". Aunque no era adventista, siempre me consideré adventista y así me presentaba ante todo aquel con quien me relacionaba. Mi interés en teología aumentó como resultado de mi deseo de conocer más a Dios y hacerlo conocer a otros.

Sin embargo, mi respuesta dejó atónitos a mis padres. Su inmediata respuesta fue de ansiedad.

"Si tú te conviertes en un pastor, ¿podrás casarte?" —me preguntaron—. Pensé que estaban más interesados en ser abuelos que en mi gozoso descubrimiento del evangelio. Cuando les expliqué qué era la Iglesia Adventista y el estilo de vida adventista, no hicieron demasiadas objeciones. Pero no fue sino hasta varios meses más tarde cuando les escribí un testimonio de ocho páginas sobre mi fe y mi vida en la Southwestern Adventist University, que ellos se convencieron que no estaba desorientado o confundido en mi decisión. De hecho, mi testimonio los ganó a la verdad más adelante, y por medio de ellos muchos de mis familiares han aceptado a Jesús y hoy guardan el sábado. Espero que pronto un pastor adventista pueda ser enviado a mi pueblo natal para establecer allí una congregación para la gloria de Dios, mientras completo mis estudios.

En todas estas cosas he visto la guía de Dios. Sin él no habría llegado tan lejos en mi experiencia espiritual y profesional.

Una ilustración más del cuidado de Dios en mi vida: cuando fui a la embajada de los Estados Unidos en Pekín para tramitar mi visa, había allí unas 300 personas que estaban haciendo lo mismo ese día. Yo era el número 254. Estábamos todos nerviosos y no del todo seguros si iríamos a conseguir la visa. Mientras esperaba mi turno, vi más frustrados saliendo del mostrador de visas que de los otros. Cada persona era entrevistada por un minuto aproximadamente. Cuando llegó mi minuto, me pareció como si fuera un largo día por causa de mi incertidumbre e inseguridad y mis nervios. Pero estaba confiado en que Dios de alguna manera dirigiría mi gestión. Y lo hizo. Conseguí mi visa y pronto estaba en un avión rumbo a los Estados Unidos.

Entonces el milagro más importante se produjo en la misma universidad. Un día, mientras caminaba por el predio universitario, me encontré con el Dr. Roland Hill. En el curso de nuestra conversación le pregunté si era necesario que yo me rebautizara para ser adventista. Yo me había bautizado previamente como cristiano. "Sí", me dijo y destacó las grandes verdades que necesitaba conocer y aceptar antes de ser adventista. Me invitó a estudiar con él. Trata tú de imaginar: un simple joven proveniente de un remoto villorio de un país muy distante que es invitado por un profesor de la universidad para compartir un estudio sobre Dios. Es gente con tal dedicación —a la fe y a compartirla— lo que hace toda la diferencia entre esta vida y la vida eterna. Mis ojos se abrieron y pude ver cosas maravillosas en la Palabra de Dios. Finalmente, el lo. de febrero de 1997, me bauticé. ¡Cuánto gozo hay en ser adventista!

Sí, mi experiencia ha sido una experiencia de fe, verdad y milagros. Yo creo que Dios dispone de muchas maneras para acercar hacia sí a la gente en todas partes. Ninguno está demasiado lejos, ni demasiado perdido, y ninguno es demasiado insignificante delante de él. Cuando respondemos a su silbo apacible, él hace el resto. Y por sobre todo, Jesús llega a ser nuestro amigo personal, para guiarnos, protegernos y llevarnos a su morada.

Edmond Cao es estudiante de Southwestern Adventist University y está preparándose para el ministerio evangélico. Su dirección es: P.O. Box 567,

Keene, Texas 76059, E.U.A.