Dios y la historia: Una perspectiva bíblica

La historia no es mejor que "un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y furia, que no significa nada". Así se expresó Shakespeare. La historia es donde contemplamos "detrás, encima, y entre la trama y urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, [a] los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios".1 Así declaró Elena White, al ver un designio divino y un propósito en la historia que lo abarcan todo.

Entre la filosofía griega y la profecía bíblica, entre el humanismo y la revelación, tenemos una dicotomía respecto a cuál es la esencia de la historia. Como cristianos, es imperativo que estemos plenamente informados en cuanto a la comprensión bíblica de la historia. La Palabra de Dios afirma que Dios gobierna sobre los asuntos de los individuos y las naciones. Ciertamente la soberanía divina en la historia es una verdad bíblica profundamente afirmada. "Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel" (Deuteronomio 32:8). Isaías habló de Ciro como de alguien que había sido escogido por Dios para liberar a Israel de la cautividad babilónica (Isaías 45:1). Daniel subrayó el hecho de que Dios "muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes" (Daniel 2:21). El apóstol Pablo creía que la venida de Jesús estaba dentro del cómputo divino del tiempo en la historia (Gálatas 4:4). Arguyó además que el objetivo principal de la existencia nacional e individual en esta tierra es de carácter religioso: "El creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar adonde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban" (Hechos 17:26-27, Biblia de Jerusalén).

Dios y las naciones

¿Concedió Dios a cada nación y civilización un "tiempo de gracia", una oportunidad para buscarlo y encontrarlo? El comentario de Elena White sobre el discurso de Pablo registrado en Hechos 17 no deja la menor duda al respecto: "Se ha permitido a toda nación que ha subido al escenario de acción, ocupar su lugar en la tierra a fin de ver si cumpliría el propósito del 'Vigilante y Santo'. La profecía ha trazado el levantamiento y la caída de los grandes imperios del mundo: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. La historia se repitió con cada una de ellas, lo mismo que con naciones menos poderosas. Cada una tuvo su período de prueba, fracasó, su gloria se marchitó, perdió su poder, y su lugar fue ocupado por otra".2

Consideremos a Babilonia. Sus especulaciones religiosas la condujeron a un embrollo de superstición y oscurantismo cada vez más profundo. Babilonia podría haber conocido a Dios. El Señor incluso la colocó en contacto con su pueblo durante la cautividad. Pero Babilonia fracasó en ver las providencias de Dios en la historia.

Egipto no presenta un cuadro mejor. A pesar de la vislumbre promisoria en los días de Iknatón, cuando la búsqueda de la verdad por parte del pueblo los condujo a la idea de una divinidad suprema, un politeísmo grosero mantuvo a Egipto cautivo. Los poderosos sacerdotes de Amón en Tebas aplastaron las aspiraciones religiosas florecientes de la Edad de Amarna. A la muerte de Iknatón la corte regresó a Tebas, y las intuiciones religiosas de Iknatón no llevaron fruto.

Por otra parte, la historia muestra que los "tiempos determinados" de Dios no fueron enteramente infructíferos. En Persia, en el siglo VII a. C., Zoroastro se distinguió por su notable comprensión de la verdad religiosa. El reemplazó las demandas opuestas del politeísmo persa por una creencia en Ahura Mazda, el dios de la verdad y la luz. El zoroastrismo reconoció una lucha prolongada en la cual las fuerzas del bien eventualmente prevalecerían en el juicio final.

En la penumbra de esa luz y en el brillo de la revelación bíblica, se reconoce claramente el papel de Dios en la historia. Elena White, en perfecta armonía con los escritores bíblicos, respalda el punto de vista providencial de la historia: "En los anales de la historia humana, el crecimiento de las naciones, el levantamiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y proezas del hombre. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y contemplamos detrás, encima y entre la trama y urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios. La Biblia revela la verdadera filosofía de la historia".3

La historia como el despliegue de la obra de Dios

Eusebio (c. 260-c. 340 d. C.), obispo de Cesárea y primer historiador de la iglesia cristiana, argüía que los hilos rotos del pasado de la humanidad podían tejerse en un todo significativo si se veía la historia como una preparación para el Evangelio. Sólo así las incongruencias de la historia, con todas sus miserias y esperanzas incumplidas, podían interpretarse como provistas de significado dentro de un plan divino. Derivando su principal inspiración del apóstol Pablo, Eusebio reconoció en la historia un modelo inteligible. Para él, la historia no se movía al azar, sino hacia un blanco escogido por Dios mismo.

Esto no quiere decir que la historia prueba el papel de Dios en los asuntos humanos. Pero la historia, en su marcha inevitable hacia un blanco divino, revela a Dios ante el ojo de la fe, así como lo hace la naturaleza con toda su belleza y dolor. Hay suficiente evidencia de la providencia prevaleciente de Dios en la historia como para sostener la fe, aunque nunca es tan abrumadora como para constreñirla. De este modo la historia tiene sentido para el creyente, aunque sigue siendo un oscuro enigma para el incrédulo.

La verdad de una providencia divina que guía el curso de los eventos hacia un blanco escatológico se capta mejor cuando una diversidad de factores son percibidos como contribuyendo hacia el cumplimiento de un propósito divino en la historia. Fue así como el apóstol Pablo escribió en cuanto al "cumplimiento del tiempo" como el momento crítico cuando "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley" (Gálatas 4:4-5). El momento culminante en la historia de la redención no podría haber llegado hasta que se hubiesen cumplido las condiciones preparatorias. El apóstol podría haber tenido en mente el cumplimiento de un tiempo profetice como el de Daniel 9:24-27. Pero ciertamente se incluía más que eso bajo la expresión "el cumplimiento del tiempo". Una serie de corrientes históricas estaban aparejando el camino para la venida del Mesías: la unificación del mundo antiguo que siguió a las arrolladoras victorias de Alejandro (336-323 a. C.); la difusión del idioma y las ideas griegas desde Grecia hasta los límites con la India; un lenguaje común y una cultura que crearon una "aldea global"; y la creciente maldad de la naturaleza humana que clamaba por una liberación.4

Cuando el Imperio Romano absorbió el mundo de habla griega, impuso con su capacidad en materia de jurisprudencia y administración territorial orden y seguridad dentro de sus fronteras. La dominación romana también abrió las avenidas del comercio y construyó una vasta red de caminos. La navegación en el Mediterráneo se volvió mucho más segura por la virtual eliminación de la piratería.

Otro factor de este "cumplimiento del tiempo" que facilitó la diseminación del Evangelio fue la ubicuidad de la diáspora judía. En la mayoría de las principales ciudades del Imperio Romano podían encontrarse sinagogas y mercaderes judíos. Las sinagogas atraían a muchos ciudadanos temerosos de Dios, impresionados con la fe monoteísta de los judíos y sus elevadas normas morales, las que contrastaban con las de los gentiles. Estos prosélitos, ya familiarizados con las enseñanzas del Antiguo Testamento, estaban mucho más inclinados a abrazar el mensaje cristiano, como lo muestra claramente el libro de Hechos.

El hecho de que un factor histórico pudiera favorecer el avance del reino de Dios en la tierra no reviste mucha fuerza persuasiva per se. Pero cuando varios factores como los que se acaban de mencionar convergen en la misma dirección, pareciera injustificada una posición escéptica.

La Reforma en la providencia divina

Otro evento importante con consecuencias importantísimas para la historia religiosa fue la Reforma protestante del siglo XVI. También conlleva los rasgos característicos de la dirección divina en el proceso histórico en curso. Hubo corrientes o rumbos preparatorios que convirgieron para hacer un éxito de esta revolución, un éxito difícil de imaginar en los siglos precedentes. Entre dichas corrientes se pueden identificar fácilmente cinco.

El feudalismo estaba perdiendo su gravitación sobre la vida económica de Europa Occidental. Con el florecimiento de las ciudades, las que se estaban tornando más agresivas en la arena política, y con la pérdida de influencia de la agricultura, el feudalismo gradualmente se fue desvaneciendo, lo que permitió que los individuos tuvieran más libertad para determinar su destino tanto en política como en religión.

Los monarcas gobernantes en Francia, Inglaterra y España fueron obteniendo el predominio en la lucha con los señores feudales y la iglesia. Había un creciente descontento ante la interferencia de la iglesia en los asuntos del estado, el cual se resentía cada vez más y se oponía al drenaje de recursos por parte de la curia papal.

Los así llamados concilios reformadores de Constanza (1414-1418) y de Basilea (1431-1449) fracasaron en su intento de reformar a un papado recalcitrante, y las pretensiones opuestas de legitimidad por parte de diferentes contendientes al trono papal —en un momento dado hubo tres papas rivales— contribuyeron en medida no pequeña a la pérdida del prestigio papal. La impresionante autoridad de un papa como Inocencio III era un asunto del pasado.

El Renacimiento, primero en Italia y luego por toda Europa Occidental, con su admiración por las riquezas de la civilización griega y romana y su consigna de "regreso a las fuentes", alentó también el estudio de las fuentes cristianas. Se estudiaron cada vez más la Biblia y la literatura patrística. Estos estudios mostraron la discrepancia notoria existente entre la religión de la Biblia y las distorsiones que sufrió durante la Edad Media. Escritores como Erasmo presionaron para que se efectuase una reforma de la iglesia "de pies a cabeza".

El invento de la imprenta por parte de Gutenberg (c. 1450) aumentó el flujo de libros, especialmente la Biblia, que llegaban al pueblo común. Por ejemplo, antes de Gutenberg sólo había disponibles 92 ediciones de la versión Vulgata de la Biblia. Pero la prensa de tipos movibles de Gutenberg permitió que las 95 Tesis de Lutero estuvieran rápidamente a disposición de la gente en toda Europa Occidental.

La convergencia de estas tendencias y otras similares prepararon el camino para el éxito de la Reforma protestante. ¿No sugiere esto la presencia de la mano guiadora de la Providencia divina en los asuntos de las naciones, al mismo tiempo que permite las decisiones individuales? Una comprensión de dicha realidad, mejor que ninguna otra cosa, apela al estudiante de historia libre de prejuicios. El desarrollo de los eventos puede parecerle lento al estudiante casual, "pero, como las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora".5

La historia continúa siendo trágica porque el alejamiento humano de Dios no puede superarse por un decreto divino. Algunas tragedias estremecedoras, como tiranías monstruosas o genocidios masivos, nunca serán comprendidas plenamente por los seres humanos de este lado del Juicio Final. Aunque trágica, la historia —aun la historia secular— participa de un propósito omnicomprensivo. Dios les da a los seres humanos la libertad para elegir y actuar, aun en contra de la voluntad divina.

Historia, iglesia y libertad

La historia ni carece de sentido ni es intrascendente. Aunque la presencia divina en el proceso histórico esté velada por el misterio, se han revelado suficientes vislumbres del interés de Dios por la humanidad como para que sea creíble el punto de vista bíblico. De estos indicios, ninguno es tan significativo como el plan redentor de Dios en la cruz. Anclada en la historia, la gesta de Cristo hace que toda la historia revele un designio providencial.

Las tragedias de la historia son el resultado de la lucha humana por afirmar su agresividad. No debieran cegarnos hacia la evidencia de una providencia dominante. En consecuencia, la misión de la iglesia como heraldo de reconciliación asume un significado especial. Pero esta misión se vería entorpecida si no hubiera libertad para que los hombres y las mujeres realizasen su elección espiritual.

Por lo tanto, cada caso de progreso hacia una mayor libertad política y religiosa se convierte en una evidencia de un intento divino por originar el mejor clima para una genuina decisión cristiana. En la arena de las decisiones morales, la historia siempre debe rodearnos con una medida de libertad. A través de su providencia guiadora, Dios promueve la preservación y expansión de las áreas de libertad. Invertir este rumbo sería derrotar su propósito redentor.

Algunos eruditos han defendido un punto de vista determinista de la historia, como si un evento siguiera a otro en una cadena de conexiones causales, no diferente de la cadena de causa y efecto que opera en la naturaleza. Pero como declara Isaiah Berlín: "No se ha encontrado ninguna evidencia de un absoluto determinismo en la historia".6 Si existiera, las leyes de causa a efecto históricas habrían sido descubiertas hace mucho tiempo.

El punto de vista bíblico de la historia rechaza el determinismo como una postura que menoscaba la responsabilidad personal, la cual es básica para la comprensión bíblica del ser humano como un agente moral libre. También rechaza
el parecer de que la historia está completamente indeterminada, que no presenta un patrón reconocible. El punto de vista más cercano a la perspectiva bíblica es que la historia refleja, si bien nebulosamente, el eterno propósito de Dios.

La historia y el propósito eterno de Dios

Una simple ilustración puede aclarar el punto de cómo la libertad humana y la soberana vigilancia de Dios pueden coexistir. Imagina un barco lleno de pasajeros listo para partir hacia un destino conocido solamente por el capitán. La dirección general del barco mientras cruza el océano está bajo el control del capitán. Sabe el puerto de destino y la mejor ruta para alcanzarlo. Al mismo tiempo, los pasajeros a bordo tienen libertad de actuar y moverse a voluntad, con amplio espacio para todos. El control del capitán sobre el destino del barco no interfiere con la relativa libertad de los pasajeros. Análogamente el barco de la historia avanza bajo la dirección divina, mientras que se le concede plena libertad a cada ser humano para efectuar sus elecciones personales. La Providencia puede usar cualquiera de varias alternativas para dirigir la secuencia de los eventos de acuerdo con un plan celestial. Esta supervisión divina es reconocidamente discreta como para no obstruir la libertad humana, por una parte, y no afectar la necesidad humana de caminar por fe, por la otra. Aunque nunca impositiva, la providencia divina es tan penetrante como el aire que respiramos.

Por supuesto, hay historiadores que no están comprometidos con el punto de vista determinista de la historia ni con el providencialista. Cuando se los coloca ante un desenlace inesperado en una trama enredada, no tienen otro recurso que el de apelar a la "coincidencia fortuita de factores afortunados". Pero para un historiador el introducir la casualidad o un accidente como un principio explicativo es renunciar a cualquier conocimiento de la verdadera causa.

Las especulaciones sobre los "si" de la historia son estériles excepto para subrayar el elemento de la contingencia en la historia. A veces los eventos pueden parecer bagatelas. Si no hubiese llovido en la mañana de la batalla de Waterloo, la artillería de Napoleón podría haber maniobrado en forma ventajosa y la derrota se habría convertido en victoria. El cristiano sustituye "fortuna" o "accidente" con "providencia", y arguye que la Providencia divina obra para originar las alternativas apropiadas a fin de producir el mejor resultado coherente con el plan divino.

Harris Harbinson, ex profesor de historia en la Universidad Princeton, resume apropiadamente el punto de vista del cristiano: "Donde los materialistas pueden ver un mero proceso ciego, donde los racionalistas pueden ver un progreso evidente, él verá una providencia: una [iniciativa] divina que provee tanto en las decisiones conscientes como en los resultados involuntarios de la historia, un propósito parcialmente revelado y parcialmente encubierto, un destino que es religioso en el significado más profundo de la palabra, en el cual la libertad humana y la dirección divina se complementan mutuamente en una forma un tanto misteriosa".7

Siegfried ]. Schwantes (Ph.D., Johns Hopkins University), nacido en Brasil, enseñó historia eclesiástica en muchas instituciones educativas y es el autor del libro The Biblical Meaning of History (Mountain View, California: Paciflc Press Publishing Association, 1970). Su dirección: 1013 Meadowhill Rd.; Silver Spríng, Maryland 209011527; E.U.A.

Notas y referencias:

  1. Elena White: La educación (Florida, Buenos Aires, Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), p. 169.
  2. Id., p. 172.
  3. Id., p. 169.
  4. _________: El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California, Estados Unidos: Paciflc Press Publishing Association, 1968), p. 23.
  5. Id., p. 23.
  6. Isaiah Berlín, Historical Inevitability, citado en S. J. Schwantes: The Bíblical Meaning of History (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1970), p. 32.
  7. E. Harris Harbison: "The Marks of a Christian Historian", en C. T. Mcintire, ed., God, History, and Historians (New York: Oxford University Press, 1977), p. 354.