Sueños rotos y una esperanza rutilante

Dan Miller se crió en Pateros, una pequeña ciudad en la margen del gran río Columbia, al pie de las montañas Cascadas del Norte, en el estado de Washington. Mientras contemplaba la grandeza de aquellas montañas y la belleza del río, y mientras jugaba con sus amigos, estaba obsesionado con un sueño: llegar a ser jugador profesional de baloncesto. De niño pasó innumerables horas en la cancha, rebotando una pelota casi tan grande como él mismo, disparándola hacia el aro por encima de su cabeza. A medida que crecía, aumentaba su destreza. Jugaba basquetbol con sus amigos, compañeros de clase y maestros, y cuando no había nadie disponible para jugar, jugaba solo. Participó del equipo de la escuela secundaria del penúltimo año con facilidad. Formó parte de ese equipo cuando tenía sólo quince años. Era bueno. Estaba destinado a jugar con los equipos superiores.

Entonces, un día, la tragedia lo golpeó sorprendiéndolo sin preparación alguna. Dan se levantó cierta mañana con una extraña sensación en un brazo. Antes de que el sol se pusiera ese día, estaba echado en su lecho, atacado por la poliomielitis. Al principio luchó por su vida. Y entonces, cuando finalmente supo que sobreviviría, casi deseó que no fuera así. Había perdido el uso de un brazo. Arrastraba una pierna, que servía sólo para mantenerlo en equilibrio. El otro brazo retuvo el veinte por ciento de sus funciones. El, que había sido el candidato perfecto para ser un atleta supremo... Su sueño estaba muerto. Nunca podría llegar a ser un jugador profesional del baloncesto.

Mientras contemplaba el futuro, se sintió completamente desesperado. Había vivido para el basquetbol. ¿Para qué viviría ahora? No podía pensar en ninguna otra cosa que quisiera hacer. Se paró en la cancha. Tomó la pelota y descubrió que ni siquiera podía levantarla. Se arrastró un poco y entonces le pidió a sus padres que le compraran una pelota pequeña, para intentar lanzarla con el brazo parcialmente activo. Luego de largas horas de práctica, pudo llegar al aro. Sonrió, y moviéndose un poco hacia atrás, comenzó todo el proceso de nuevo. Eventualmente, pudo lanzar esa pequeña pelota dentro del cesto desde la línea de lanzamiento libre con la misma precisión fatal que alguna vez exhibió en ese deporte.

Volvió a sus padres para pedirles otra pelota: una un poco más grande. La consiguió, y comenzó el largo proceso nuevamente. Jamás llegaría a ser un jugador promesa del baloncesto. El lo sabía. Pero estaba jugando su partido, en el deporte que amaba. Practicaba como había practicado siempre, saliéndole al cruce a su negra desesperanza, jugando en el rectángulo lo que llevó adentro la mayor parte de su vida. Y siguió estudiando como pudo a través de toda la escuela secundaria.

Dan nunca recuperó completamente el uso de los brazos o la pierna, pero iba donde podía levantar una pelota de basquetbol nuevamente y lanzarla desde la línea de lanzamiento libre dentro del cesto. De hecho, su porcentaje llegó a ser de 96 aciertos de 100 intentos en carrera corta de promedio, lo que incluso algunos de los miembros de los equipos nacionales no pueden alcanzar.

Un cambio en los sueños

Dan sabía que él no podría jugar baloncesto profesional pero no quería permitir que sus sueños se esfumaran. Si él mismo no podría jugar, quizás podría entrenar a jugadores, así que se encaminó a la universidad determinado a ser un entrenador de baloncesto. Se inscribió en el programa de educación física. Los profesores lo miraron, leyeron los exámenes médicos que lo exceptuaban de la clase de educación física e intentaron persuadirlo a que escogiera alguna otra profesión. Pero Dan sabía qué era lo que quería hacer y persistió. Y le permitieron entrar. Tomó todas las clases que tomaban los demás, y aunque no podría rendir como los demás, entendía lo que se requería. Cuatro años después se graduaba con el codiciado título de educación física. Y fue contratado en la zona de Seattle como entrenador. Podría entrenar a jóvenes para que llegaran a ser jugadores de baloncesto como él alguna vez había soñado ser.

Es una historia maravillosa que me dice algo muy importante a mí. Todos nosotros somos como Dan Miller, impedidos, con nuestros sueños saboteados, sepámoslo o no. Durante muchos años en mi juventud los dirigentes de Conquistadores me requerían que leyera el Año Bíblico. Yo me afanaba a través de Levítico y Números con gran aburrimiento, entonces me lanzaba sobre Josué y Jueces con horrorizada fascinación. Había tantas historias allí que el tío Arturo nunca había mencionado, y yo no podía sino preguntarme por qué estaban en la Biblia.

Al ponerme mayor y leer las mismas historias desde la perspectiva de un adulto, me llamó la atención el hecho de que Dios se aviene a ser identificado como el Dios de gente imperfecta. El es el Dios de Abrahán, no sólo cuando salió por la fe de Ur de los Caldeos a un lugar que no conocía, sino también cuando, como un atemorizado mentiroso, compareció delante del faraón, avergonzado. El es el Dios de Isaac, no sólo cuando estuvo dispuesto a echarse sobre el altar para ser sacrificado, sino también cuando fue un padre indulgente al jugar intrigas con sus hijos. El es el Dios de Jacob el estafador, el Dios de Rahab la prostituta, el Dios de David el adúltero, el Dios de Pedro el desleal.

A pesar de nuestras imperfecciones, Dios se hace cargo

Demasiado frecuentemente somos tentados a pensar que si no alcanzamos el ideal seríamos ciudadanos de segunda clase ante los ojos de Dios, como muy a menudo somos a los ojos de entre nosotros. Asumimos que, como las cosas no son como nosotros deseamos que sean, Dios no nos puede amar perfectamente. Pero la Biblia entera es un registro que nos cuenta otra cosa. Incluso cuando Abrahán, con su falta de valentía y fe mintió al faraón acerca de su esposa, Dios habló al faraón en un sueño diciendo: "Este es Abrahán, mi persona, no le hagas daño ni a él ni a su esposa":

Nosotros no somos perfectos como individuos, como instituciones o como iglesia. Debemos reconocer en toda nuestra humildad que somos torcidos y defectuosos. Tenemos fallas de carácter para las que incluso somos ciegos para ver. Tenemos relaciones rotas o forzadas que no sabemos cómo se pueden reparar. Tenemos imperfecciones físicas. Somos limitados mentalmente, y espiritualmente enanos. Pero Dios todavía es nuestro Dios. Todavía somos la niña de sus ojos, sus amados hijos e hijas, y él obra con nosotros y a través de nosotros y vive nuestra vida con nosotros.

Sus palabras, dirigidas a Josué en un momento crítico, son también significativas para nosotros: "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas" (Josué 1:9). Nuestra más grande necesidad es reconocer nuestras imperfecciones y todavía sentir su gran amor y poder, ver a través de todas las circunstancias no ideales de nuestras vidas, la riqueza que él puede darnos y el significado que nuestras vidas pueden tener para aquellos con quienes las compartimos.

Dan Miller no tiene trofeos que llenen las paredes de su casa. Pero tiene otros trofeos, claro que sí. Sus trofeos son los jóvenes que le agradecen por la forma en que él ha cambiado sus vidas dando significado a sus sueños. Aunque nunca tendrá el perfecto cuerpo de atleta que fue el foco de su vida, él se siente ricamente lleno sin eso. Sin importar cuántas sean nuestras imperfecciones y cuántos los sueños destrozados que nuestras vidas recuerdan, podemos todavía vivir y amar, ser aceptados y sentimos plenamente ricos.

Dona ]. Evans (PhD., Claremont University) es una educadora que ha enseñado en todos los niveles. Su dirección: P.O.Box

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