Jack, una vida increíble

Y cómo llamarás al pequeño bastardo", preguntó rudamente la matrona de severo rostro, mientras se volvía para levantar su bolsa. No esperando respuesta de la estoica muchacha inmigrante alemana, salió malhumorada, dejando esa pregunta hostil resonando en la habitación.

Katie apretó contra sí su pequeño bebé, cubriendo su rostro con la mantilla. "¿Cómo puedo protegerte de la gente mala?", murmuraba. Esas no serían las únicas lágrimas que derramaría mientras trataba de criar a Jack sola, en los ghettos de Chicago, durante la Gran Depresión.

Para cuando su hijo llegó a la edad escolar, muchos milagros se habían producido en la vida de Jack; tantos como para que Katie se preguntara si es que Dios no tendría algún plan especial para su hijo sin padre. Las "hermanas" de la escuela católica a la que había estado asistiendo lo trataron con amor y Jack prosperó en medio de sus atenciones.

Entonces, un día, cuando tenía casi diez años, su madre entró apresuradamente por la puerta del apartamento de Chicago que compartían con familiares comprensivos. "¡Nos vamos a Alemania!", exclamó alborozada. "¿No es algo fantástico?"

La transición desde los barrios de Chicago hasta aquel idílico sector rural alemán fue muy contrastante y Jack inmediatamente se entusiasmó con sus abuelos, su tío y tía, los animales de la granja. Todo le gustaba tanto que la familia decidió que Alemania sería el lugar perfecto para que Jack pasara otro año allí. Hasta que tuvieron que llevar a Katie a la estación del ferrocarril para emprender su solitario regreso a América.

"¡Por favor, no me dejes aquí!", imploraba el niño, aferrándose de su preciosa madre. Su rostro espantado y crispado revelaba el terror incontrolable que le producía el darse cuenta plenamente que ella se iba de Alemania sin él. ¡Por un año! Si la familia hubiera sabido cuan largo sería esto verdaderamente quizás todos lo hubieran lamentado con él. Sus queridos tíos lo arrancaron, pataleando y gritando, de los brazos de Katie mientras ella abordaba rápidamente el tren con el corazón quebrantado y llorosa ante la desmedida demostración de su hijo. Un último pitazo del tren y la madre se fue. Se fue a América. Se fue. Se fue.

Por muchos días Jack no podía hacer nada que no fuera llorar y rumiar su duelo, a pesar de la tentadora comida de la abuela y su afable cariño. Pero gradualmente fue volviendo a la dura vida de la granja alemana en la que se encontraba. El abuelo lo ayudó a sentirse importante, sin embargo, especialmente después que el tío Fritz fue reclutado en el ejército. Jack ayudaba con la leche dos veces al día y hacía otros trabajos de granja desde antes de la salida del sol hasta bastante después que se hubiera ocultado, durante seis días a la semana. Pronto estaba hablando alemán tan fluidamente como sus compañeros en la escuela de la aldea donde vivía. Cuando llegó el verano, Jack estaba contando los días para volver a Estados Unidos, su casa y su madre. Sus cartas estaban llenas de augurios y planes.

Entonces, en los comienzos de septiembre y sólo unos días antes de la partida ya programada para Jack, Hitler invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Jack no iba a dejar Alemania.

"Pero quizás la guerra no dure mucho". El muchachito con optimismo se puso a ayudar al abuelo con más vigor, especialmente porque el tío José, el más joven de los hijos, también había ido lejos por la guerra. Esto dejó al abuelo, Connie y Jack para trillar, arar, sembrar, cortar heno, sacar la mala hierba, echar abajo los árboles, cosechar, segar y zarandear, utilizando sólo el buey y el viejo equipo de la granja. La abuela ansiosamente deslizaba el rosario por entre sus dedos mientras murmuraba el nombre de sus hijos al cumplir sus tareas. Las risas habían desaparecido de la casa. La dura sobrevivencia era el nombre de este juego.

La privación había venido a ser el modo de vida, mes tras mes sin fin. Después de tres años desesperantes y muy duros, sin comunicación alguna con su madre, Jack se graduó del octavo año, madurando una idea. ¿Quería continuar con la áspera vida de la granja o se prepararía para entrar en la universidad? ¡Quizás con su gusto por la ingeniería podría llegar a ser piloto! ¡Y esto sí que era emocionante!

"No te voy a tratar de cambiar tu sueño", le decía, cansado, el abuelo. "Los estudios podrían mantenerte alejado de las líneas del frente hasta que te gradúes".

Atrapado en un campo de trabajos forzados

"¿Cómo puedo ir hasta Koenigswusterhausen, donde está la escuela de ingeniería?" un impaciente Jack le preguntó al jefe de la estación de trenes. La canasta de comida que la abuela le había preparado no era de gran interés ahora que el tren comenzaba a avanzar y Jack se sentía muy agitado. "Me pregunto si alguien me estará esperando en la estación".

Por supuesto, un soldado alto lo saludó mientras descendía por las escalinatas del vagón. "¿Tu nombre?" "Bien. Sígueme". El nazi de cara agria caminó unos pocos pasos por delante alrededor de un kilómetro antes de que Jack viera el alambrado de púas.

El muchacho trató de recobrar la respiración. ¡Esta no es una escuela! ¡Es un campo de trabajos forzados! ¡Y este es un guardia nazi llevándome a trabajar a ese campo!

Era verdad. Pero no había tiempo para simpatías por él o sus compañeros de cautiverio en ese lastimoso estado. Aunque estaba habituado a levantarse a las 4:00 de la mañana, Jack no tenía la costumbre de trabajar todo el día con el estómago casi vacío. La dieta de pan y agua contenía muy poco pan. Su delgada colchoneta de paja estaba infestada de cucarachas, piojos, pulgas y otras alimañas. A pesar de las durísimas temperaturas bajo cero, los detenidos tenían sólo una ligera manta, de manera que aprendieron a dormir completamente vestidos, con lo que tenían puesto y hasta los zapatos para sobrevivir. El olor acre de los cuerpos sin bañar llenaba las barracas. Con el intenso frío, brutal trabajo físico y una dieta casi de inanición, el una vez fuerte físico de Jack se arruinó.

Un increíble milagro tras otro fueron preservando su vida por los siguientes dos años, incluyendo un par de intentos de huida. Pero finalmente la guerra terminó y Jack volvió a la granja de su abuelo. Fritz y Joseph habían muerto en la guerra, de modo que Jack, de 16 años, se puso a ayudar a sus abuelos en todo lo que podía. El país entero estaba moribundo. Hasta el correo no funcionaba, pero Jack comenzó a pensar más y más en su madre, Chicago y su hogar.

Encuentro con la madre

Maravillosos acontecimientos reunieron a Jack con su madre, su esposo Lee, y la nueva hermanita de Jack, Marie, de cuatro años. De regreso a Chicago, su padrastro pronto reconoció que toda esa nueva libertad de Jack era demasiado para él. Compró un restauran de comidas rápidas y antes de no mucho el joven Jack estaba trabajando desde lavacopas hasta cocinero del tumo de la noche en ese café.

"Hijo, tu deberías finalizar la escuela secundaria", su madre lo reprendió, luego que Jack comenzara a juntarse con ciertas amistades cuestionables de una pandilla del vecindario. "Sí, claro—le respondió con sarcasmo el muchacho—, ¿y encima debo trabajar diez horas al día?" Es que su lenguaje se había vuelto tan grosero que su madre se encogía cada vez que su hijo hablaba.

Entonces Lee se enteró de una escuela nocturna en la Universidad de Chicago y Jack se inscribió. Con impaciencia su mente activa absorbió la educación que había perdido por varios años. La escuela lo mantuvo alejado de sus rudos amigos.

Sin embargo, continuó con su lenguaje sucio. Finalmente, una amable profesora le explicó por que había tantas marcas rojas en sus trabajos. "Ese no es un lenguaje adecuado para una sociedad cortés", le dijo ella, y Jack inició un esfuerzo verdadero para cambiar.

Emergió un tumultuoso período en su vida y Jack, separado de la iglesia desde su infancia, dolorosamente hacía sufrir a su madre. En una reunión de bebedores, Jack, completamente ebrio, hizo una escena en la que quedó como tonto delante de mucha gente. Pronto, luego de este incidente, se vio forzado a registrarse para el reclutamiento del servicio militar. Jack tuvo que dejar los estudios y entrar en las Fuerzas Aéreas, con la esperanza de abandonar el restaurán para siempre.

Buscando al verdadero modelo

Los avisos de reclutamiento anunciaban fornidos jóvenes héroes, varoniles y fuertes, resistentes y confiables, de quijadas firmes, con mirada de determinación y maneras impecables. Jack quería un héroe para imitar, un modelo de vida para emular. Pero la realidad era muy diferente. No encontró héroes. Parecía que todos entraban por un precio. Muy frustrado, Jack llegó a la conclusión de que sólo había escuchado alguna vez de una persona merecedora de pleno respeto: Jesucristo. E hizo una decisión muy significativa: Cristo será mi ejemplo.

El Espíritu Santo había iniciado una obra milagrosa. Los hábitos negativos que Jack reconocía como malos o dañinos comenzaron a desaparecer. El tabaco, la bebida y el lenguaje profano desaparecieron casi inmediatamente. Los entretenimientos, el material de lectura y la dieta fueron modificándose lentamente, pero de manera admirable. Un libro que encontró en la biblioteca de la base aérea, el cual Jack creyó que era una Biblia, vino a ser su fuente de información e inspiración.

Un día, otro joven aviador le dijo: "Entiendo que estás interesado en las cosas religiosas". Y Cari le prestó a Jack un libro: El Deseado de todas las gentes. Cari le mencionó sobre algunas lecciones por correspondencia que él estaba disfrutando. Una providencia inspirada iba llevando a la otra hasta que Jack y Cari fueron bautizados juntos en una hermosa laguna azul de la isla de Guam.

Pensando que su madre estaría feliz con el cariz que su vida había tomado ahora, Jack le escribió una nota apresurada justo antes del bautismo explicándole el despertar de su amor por Cristo y su deseo de seguir por donde Jesús lo llevase. Unos pocos días después emocionadamente rasgó y abrió la que sintió era la esperada respuesta de su madre. Paralizado leyó: "Si tú vas a pasar todo esto con esa loca noción...(de ser bautizado en una iglesia protestante) no te recibiremos en nuestra casa y nunca esperes comer a nuestra mesa... me siento avergonzada... Te has vuelto en contra de toda la familia, y en contra de Dios..."

La carta era breve, abrupta. Esta flagelante reprimenda lo dejó dolido y aturdido. Pero después de mucho pensar y orar, se convenció que el amor de Dios triunfaría. Decidió escribirle a su madre todos los días, expresando amor y gratitud por ella.

No hubo respuesta. Los días pasaron. Semanas. Meses. Jack continuaba escribiéndole diariamente. También se integró a la misión adventista de la isla, leyendo ávidamente de esa biblioteca y absorbiendo el estilo de vida adventista y descubrió que la vida militar se volvió mucho más desafiante cuando decidió guardar el sábado.

Finalmente, su madre comenzó a contestar sus cartas y eventualmente pareció que ella había hecho un pequeño cambio en su corazón y miraba al futuro pensando en el regreso de su hijo. Jack pensó: "Voy a encontrar la dirección de una iglesia de Chicago y pedirle al pastor que la visite. Tal vez ella esté lista para el bautismo para el tiempo cuando yo llegue a casa". Y aconteció que, en respuesta a su pedido, la instructora bíblica fue a visitar a su madre. Pero Jack recibió una carta frustrante de parte de ella.

"Lo siento, pero no he podido iniciar estudios bíblicos con su madre...Quizás el Espíritu Santo tenga un cronograma diferente". La carta era cortés, amable. Tremendamente chasqueado, Jack echó la carta al cesto. Nadie conoce a mamá como yo —se decía—. Me encargaré de esto cuando vuelva a casa. Pensándolo mejor rescató el sobre, por si acaso necesitara el remitente, para descubrir luego que la mano de Dios estaba aun sobre ese simple hecho.

Para saber el resto de la historia, lee Jack, una vida increíble (Review and Herald, 1998), que muestra la impresionante obra de Dios actuando en la vida llena de aventuras de este hombre. El libro está a disposición en el centro de publicaciones local. El Dr. Jack Blanco es actualmente decano de la Escuela de Religión en Southern Adventist University.

Jolena Taylor King trabaja en el Departamento de Recursos Humanos de la Corporación de Alimentos McKee, Collegedale, Tennessee, E.U.A. Vive en la hermosa cima de una montaña junto con su esposo Roger, odontólogo retirado, donde disfrutan jugando con sus nietos, caminando, cultivando el jardín, leyendo, y haciendo vida social. Su dirección es: P.O. Box 3302, Collegedale, Tennessee 37315, E.U.A.