El año 2000: ¿Introducirá el milenio?

Hollywood lo exhibe en la pantalla titilante. Desde las revistas más serias hasta los pasquines más sensacionalistas tratan el tema en forma alarmante y llamativa. El mundo de las computadoras está trabajando febrilmente para impedir la fusión de sus programas o una confusión total. Los teólogos de izquierda y los de derecha hablan y escriben sobre el asunto como si no importase o como si fuese la única cosa que importase.

¡Milenio! Esa es la palabra mágica. Mientras el año 2000 se acerca, ¿nos dirigirá la nueva centuria de la historia hacia una nueva oportunidad o hacia el caos? ¿Se precipitará la humanidad hacia una crisis de comunicación que afectará todas las informaciones electrónicas vitales para la vida, tales como las cuentas de banco, los registros legales, las fórmulas químicas, las acciones y los bonos, los impuestos y los registros académicos? ¿Alterará críticamente el transporte aéreo y desencadenará un holocausto atómico?

Los dirigentes religiosos están aprovechando la oportunidad para lanzar una nueva era de fe. Unos pocos prevén el fin de todas las cosas, pero aquellos menos inclinados al entusiasmo especulativo ven el año 2000 como un hito desde el cual proclamar el comienzo de una nueva era para la religión, por lo general readaptada a las expectaciones de un mundo transformado. Un elemento es el llamado papal para una reunión de dirigentes religiosos de los credos de todo el mundo en Jerusalén en el año 2000.

Los últimos dos siglos han producido una amplia transformación de la auto-comprensión religiosa, especialmente entre los cristianos. Desde el comienzo del tiempo, la religión se ha ocupado de una activa interrelación entre lo natural y lo sobrenatural. La tutela que el cristianismo medieval le dio a este límite tuvo deficiencias tan serias que el Iluminismo de las postrimerías del siglo XVII tuvo éxito en desacreditar virtualmente cada alegato para creer en lo sobrenatural, dejando el cascarón desecado de un cristianismo reducido mayormente a una organización de servicio social, con tenues pretensiones a lo sobrenatural en el mejor de los casos y muy engañosas en el peor de los casos.

El producto final: un cristianismo de corriente general, concentrado en ideas, pero ya sin tener certidumbre en cuanto a Dios. Dentro de este vacío, se cultivaron explicaciones alternativas para proveer significado y una visión del mundo, por ejemplo, mediante la teoría evolucionista de Darwin, la cual, apoyada por las secuencias fósiles, se fusionó en una amalgama que desplazó la versión sobrenatural de la Biblia. A medida que las ideas bíblicas fueron consideradas como mitos, las inquietudes religiosas se volcaron hacia asuntos humanos. Los textos bíblicos fueron disecados, evaluados por la lógica humana, y la comunidad intelectual cristiana se embarcó en la búsqueda de un Jesús histórico. La ciencia se convirtió en la guía para el futuro y la profecía bíblica se redujo a escritos posteriores a los eventos, con una escatología consistente en una esperanza nostálgica de eventos inciertos.

Pero la esterilidad de tal religión, despojada de su propósito de conectar a la humanidad con Dios, impulsó a la gente a acudir a otros sitios. Actualmente una nueva generación está en pleno impulso en la búsqueda de respuestas satisfactorias a preguntas penetrantes. El supernaturalismo, por largo tiempo descartado como algo que había muerto, ha emergido a la vanguardia del interés religioso. Nuevamente los milagros están en boga. Los ángeles están por todas partes, en el mundo literario, en la industria del entretenimiento, aun entre teólogos por mucho tiempo dudosos de su existencia. El misticismo de la Nueva Era permea la música contemporánea, la literatura, la filosofía, la educación y aun la teoría del cuidado de la salud. Los cristianos evangélicos, que ahora suman unos 400 millones de creyentes, ya no pueden ser ignorados. El fundamentalismo restauracionista produce ahora un profundo impacto en las religiones no cristianas.

Hacia una utopía milenarista

Desde esta renaciente plataforma, los dirigentes religiosos de la actualidad esperan lanzar un poderoso reavivamiento que abarcará a todas las religiones y producirá el utópico mundo de paz, prosperidad, progreso y unidad, por largo tiempo una parte de otro aspecto del sueño milenarista.

¿Cómo puede combinarse un conjunto de tradiciones religiosas diversas, separadas, competitivas y a menudo contradictorias para introducir el ideal utópico? La fórmula propuesta se encuentra en una serie de elementos relativamente simples:

  1. Actitud no juzgadora. Una fe ya no puede ser tratada como superior a otra.
  2. Mérito. Cada tradición conlleva validez en su propia esfera, de modo que merece que todos la respeten.
  3. Aceptación. Como cada tradición religiosa es válida, su lugar debe asegurarse dentro de un todo pluralista.
  4. Diversidad. Dentro de esa aceptación plenaria, a cada persona se le debe permitir que practique y siga su propio curso, libre de todo asomo de proselitismo.
  5. Comunidad. El foco debe centrarse en torno a un elemento común: el servicio humanitario.
  6. Subjetividad. Cada persona puede trascender las creencias y prácticas partidarias para compartir la experiencia interior que todas las religiones sustentan en común. Después de todo, lo que realmente vale es una relación con lo divino tal como uno la concibe.

A pesar de dicha fórmula de milenarismo utópico, la Biblia de hecho señala un milenio totalmente diferente en los hechos, en su propósito y en su significado.

El milenio bíblico

Cuando nos dirigimos a las Escrituras, nos llevamos la sorpresa de que sólo unos pocos pasajes se refieren directamente al milenio, aunque el mismo está incorporado dentro de una enseñanza bíblica más completa. El pasaje más explícito es Apocalipsis capítulo 20. Los Evangelios no dicen nada del milenio y Pablo sólo lo hace tangencialmente. Algunos temas relacionados como el juicio y la consumación final aparecen a lo largo de todas las Escrituras, pero al buscar directamente un vínculo con los 1.000 años específicos, llegamos a ciertos límites.

Para abarcar la enseñanza bíblica completa notemos varios pasajes teológicamente relacionados entre sí. Pablo les habla a los corintios sobre la resurrección venidera a la final trompeta (1 Corintios 15:51-55). Aunque aquí él no hace ninguna referencia directa al regreso de Cristo, porque él se está concentrando en el triunfo de Cristo sobre la muerte, es totalmente claro que él descuenta que la iglesia de Corinto tenía conocimiento de lo que en ese mismo tiempo él estaba enseñando a los creyentes en Tesalónica (1 Tesalonicenses 4:13-18; 2 Tesalonicenses 2:1-12). La venida de Cristo es el evento central en torno al cual se agrupan tanto el fin del mundo como la resurrección. Pablo fue el fundador y el primer maestro de la iglesia de Corinto, y posiblemente pasó dos años con esa congregación (Hechos 18:11, 18). Parece inconcebible que su enseñanza básica del regreso de Jesús no respaldase lo que él dijera en 1 Corintios 15. A pesar de esto, en ninguna parte de sus escritos Pablo vincula directamente los eventos del segundo advenimiento con un período específico de tiempo.

El apóstol Pedro hace dos referencias a un período de 1.000 años en el mismo versículo: "Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día" (2 Pedro 3:8). Sin embargo, la intención es claramente retórica antes que profética. Pedro no está dando un período de tiempo profetice específico o un método interpretativo, sino simplemente subrayando la verdad de que Dios permanece por encima del tiempo, contrariamente a lo que pasa en la experiencia humana.

Juan usa seis veces la expresión "mil años" en Apocalipsis 20. En forma resumida, él prevé la grandiosa culminación de la historia. Satanás, el archienemigo, es apresado y confinado por un período de mil años (vers. 1-3). Los justos se levantan en la primera resurrección y reinan con Cristo en el cielo durante mil años (vers. 4-6). Al término de los 1.000 años, Satanás es desatado para dirigir a sus seguidores, ahora resucitados, en un asalto a los santos y a la santa ciudad (vers. 5, 7-10), después de lo cual un fuego del cielo destruye a todos los impíos.

La breve declaración de Pedro en 2 Pedro 3:8, donde él cita el pasaje de Salmo 90:4, ha dado origen a una sorprendente variedad de proposiciones, basadas en el argumento de que aquí el apóstol está ofreciendo una fórmula para interpretar las muchas referencias bíblicas a días, generalmente al margen de todo marco profetice. Basados en la suposición de que los siete días de la Creación son paralelos a las siete épocas de 1.000 años de la historia de la tierra, algunos añaden la premisa adicional de que el período de seis mil años termina en el año 1999 d.C. Los proponentes de esta teoría anticipan la idea de que con el año 2000 participaremos en el cumplimiento de aquello que guarda un paralelo con el séptimo día literal de la Creación: un milenio de paz y prosperidad. Este argumento apareció primeramente en especulaciones judías anteriores al tiempo de Jesús y ha resurgido ocasionalmente en escritores cristianos posteriores, pero no tiene verdadera base bíblica.

Puede formularse otra pregunta: ¿Dónde pasará el pueblo de Dios los mil años? La respuesta se encuentra en otros pasajes del Nuevo Testamento. La primera resurrección, que es la del pueblo de Dios, ocurrirá en el segundo advenimiento de Cristo (1 Tesalonicenses 4:16-17) cuando los resucitados son "arrebatados juntamente con ellos [los santos vivos] en las nubes para recibir al Señor en el aire" (vers. 17). Jesús mismo prometió volver para llevar a los creyentes a la casa de su Padre (Juan 14:3). Los redimidos pasarán los mil años en el cielo, donde se les da una parte en el juicio (Apocalipsis 20:4), tras lo cual regresan con la Nueva Jerusalén para presenciar el fin del pecado (Apocalipsis 21:2-8). Los esfuerzos para representar el milenio como una era magnífica en la que Cristo preside sobre un reino terrenal no armonizan en absoluto con la enseñanza bíblica sobre los eventos de los últimos días.

Aunque la mayoría de los intérpretes cristianos del milenio arguyen en favor de teorías dispensacionalistas que postulan un reino mesiánico próximo a aparecer en el que Cristo reina sobre la tierra, los adventistas nos apartamos de ellos mientras seguimos a Pedro y Pablo para enseñar una total devastación de la tierra en ocasión de la segunda venida de Cristo. Ese evento vuelve la tierra inhabitable para los seres humanos, por lo que se convierte en un lugar apropiado para el confinamiento de Satanás. Basados en el libro de Apocalipsis, nosotros prevemos al fin de los mil años la erradicación del mal y la restauración de todo a su pureza prístina, para darnos un mundo en el cual "mora la justicia".

Teorías sobre el milenio

Actualmente la palabra milenio ha dado origen a un nuevo significado. Más allá de la simple referencia al período bíblico de mil años, se está convirtiendo en un gráfico organizador para rastrear los eventos futuros hasta el fin. En sus niveles más supersticiosos, este concepto absorbe elementos claramente sospechosos, tales como especulaciones numerológicas y predicciones muy específicas construidas sobre cuerdas de lógica ensartadas entre datos mezquinos.

Esta clase de especulación tiene una larga historia. Comenzando en el tiempo entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos, los maestros judíos discutieron un reino mesiánico venidero. En el tiempo de Jesús algo de esto indudablemente empañó los conceptos populares que él enfrentó al tratar de explicar la naturaleza de su reino.

El libro 4 de Esdras —Esdras es un libro apócrifo—, presenta un buen ejemplo. De acuerdo con él, el Mesías se manifestaría, establecería un reino terrenal en el que todos prosperarían y se regocijarían por 400 años, tras lo cual el Mesías y todos los humanos morirían, regresando la tierra a su silencio primitivo. Luego ocurriría una resurrección general, seguida de un paraíso terrenal con una Jerusalén restaurada.

Según el Talmud, dependiendo de las especulaciones que uno elige, los días del Mesías durarían 40 años, ó 70 años, o tres generaciones. Algunos rabinos optaron por 400 años, 365 años, 7.000 años, ó 2.000 años (Sanedrín 916). A menudo se presenta la edad de oro, cualquiera sea su duración, en términos de espléndida prosperidad, casas y tierras, abundantes cosechas y descendencia, mesas repletas de gran cantidad de manjares, satisfacción de todo impulso sexual y triunfo sobre todo enemigo. Tales ideas, ahora clasificadas como milenaristas, pronto se abrieron paso en la visión cristiana de un milenio venidero.

¿Cuándo comenzaría todo esto? ¿Seguiría a 85 jubileos, como algunos han sostenido? ¿O después de 7.000 años, de 6.000 años, de 5.000 años, de 2.000 años, de 600, o precisamente cuándo? El rabino Akiba optó por una espera de sólo 40 años. Una media docena de sistemas milenaristas sazonan los escritos de los libros apócrifos, y algunos de ellos llegaron a ser adoptados por cristianos influyentes como Ireneo (c. 170), Justino Mártir (c.150), Eusebio (c. 325) y otros. Jerónimo (c. 380) arguyó en favor de una historia mundial de 6.000 años, seguidos por un día de reposo milenario. Algunos no cristianos, como los zoroastristas persas y los antiguos etruscos en Italia, enseñaron que la raza humana duraría 6.000 años. Debido al grosero materialismo que se había incorporado a las ideas cristianas en desarrollo sobre el milenio, otros padres de la iglesia rechazaron la misma idea de un milenio, incluso negando la canonicidad del libro de Apocalipsis.

Pero fue Agustín (muerto en el 430 d.C.) quien cautivó la atención del cristianismo medieval con su original punto de vista de que el milenio no es una extensión de tiempo sino una experiencia, comenzando con la conversión y culminando en un alborozo espiritual interior comparable a la segunda venida de Cristo (City of God. 20:6, 7).

Estas ideas estuvieron presentes en la base de la agitación pública respecto a la cercanía del año 1000. Basados en el pensamiento de San Agustín, los cristianos comenzaron a aguardar eventos solemnes en ese año. A medida que se aproximaba el año, aun cuando Silvestre II, notablemente corrupto, se sentó en el trono papal, las tensiones aumentaron, pero nada notable ocurrió. Aunque circularon considerables especulaciones en los monasterios, el Vaticano restó importancia a los temores del fin del mundo. En 998 el Concilio de Roma impuso a Roberto, rey de Francia, siete años completos de penitencia por una seria violación de la ley canónica, y el emperador alemán, Oto III, continuó ideando su plan para conquistar y restaurar el antiguo Imperio Romano.

Los adventistas hoy y la especulación sobre el milenio

Por estar profundamente interesados en la profecía, los adventistas son particularmente vulnerables a especulaciones defectuosas. A lo largo de la historia del adventismo hemos enfrentado a especuladores que fijan fechas de los eventos finales, activos a pesar de las advertencias bíblicas y de Elena White, que desacreditan todo esfuerzo para predecir el tiempo cuando ocurrirán eventos venideros.

En la actualidad necesitamos abocarnos a la agitación que existe en círculos adventistas sobre el año 6.000. Generalmente aquellos que proponen cálculos específicos construyen sus argumentos sobre la afirmación de Elena White de una corta cronología de la tierra de unos 6.000 años. Al enlazar esta idea con una reaplicación futurista, usando el criterio de día por día, de las profecías que contienen un tiempo histórico, tales abogados arguyen que podemos obtener una nueva luz para nuestro tiempo, más allá de la lectura corriente de las profecías de Daniel y Apocalipsis. Algunas interpretaciones descansan sobre la antigua teoría de los 6.000 años. En realidad, sin embargo, la cronología bíblica es compleja e incluye varias incertidumbres que hacen que los cálculos exactos sean cronológicamente inciertos. Esto no afecta el mensaje de las Escrituras, pero nos impide poner fechas con precisión a eventos bíblicos anteriores al tiempo de los reyes hebreos.

Elena White no hizo ningún esfuerzo por crear una cronología. A lo largo de sus 70 años como escritora, hizo 43 referencias a los 6.000 años y 42 al periodo matemáticamente relacionado de 4.000 años. Generalmente ella simplemente citaba la cronología de Ussher impresa en el encabezamiento de las columnas de su Biblia. El patrón que se sigue es uno de aproximación, no de una fijación rígida de fechas. En 1913 ella escribió que la tierra tiene "casi 6.000 años de antigüedad". A veces ella usó otras palabras modificadoras, como "casi [nearly] 6.000" (nueve veces), "alrededor de 6.000" (tres veces), "más de 6.000" (dos veces), "casi [almost] 6.000" (una vez) y "por encima de 6.000" (una vez). Los estudiantes cuidadosos de la Biblia y de los escritos de Elena White evitarán construir cronologías exactas sobre este tipo de evidencia.

Principios para protegernos

En base a lo antedicho surge la pregunta: ¿Hay principios sólidos que puedan ayudamos a enfrentar las especulaciones milenaristas y a protegemos contra el peligro de ser engañados? Los siguientes podrían ayudar.

  1. Las especulaciones milenaristas tienen una larga historia (y uniformemente equivocada).
  2. El ansia de novedades proféticas superficiales debe dar lugar a un cuidadoso estudio de la Biblia.
  3. La fijación de fechas para el fin del mundo es en sí misma una empresa defectuosa que no está respaldada por las Escrituras.
  4. Elena White respalda firmemente el enfoque historicista de la interpretación profética, sin proponer nunca el reciclaje futurista de las profecías apocalípticas de tiempo.
  5. El estudio sólido de la profecía bíblica sigue siendo un componente válido y esencial del mensaje adventista, pero no debe conducir a ninguna forma de fijación exacta del tiempo del regreso de Jesús o de otros eventos profetizados que han de ocurrir en conexión con su regreso.

George W. Reid (Th.D., Southwestem Baptist Theological Seminary) es director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día y uno de los consultores de más antigüedad de Diálogo. Su dirección: 12501 Oíd Columbio Pike; Silver Spring, Maryland

20904; E.U.A.