Leona Glidden Running: Diálogo con una lingüista y catedrática adventista

Una mujer académicamente lograda. Realizada como lingüista y ampliamente respetada como docente. Añadamos gracia femenina, dignidad humana y sensibilidad cristiana a su extenso currículum, y estaremos conociendo a la Dra. Leona Running.

Nacida en el estado de Michigan antes que finalizara la Segunda Guerra mundial, se graduó en 1937 del Emmanuel Missionary College, pertrechada con un título docente en francés, junto con sus estudios de alemán, inglés y educación. En 1955, obtuvo el master en griego y hebreo bíblicos en el Seminario Teológico Adventista. Nueve años más tarde, recibió el doctorado en Lenguas Semíticas en la Universidad Johns Hopkins.

El servicio sobresaliente de la Dra. Running a la Iglesia Adventista comenzó en 1937 en Laurelwood Academy, Oregon, como profesora de francés y alemán, además de bibliotecaria. Luego fue secretaria de la Unión del Pacífico, trabajó en la división de lenguas extranjeras de La Voz de la Profecía (La Voz de la Esperanza) y fue secretaria del presidente de la Asociación de Carolina. Desde 1950 a 1954, se desempeñó como correctora de pruebas de la revista Ministry y en 1955, comenzó a enseñar lenguas bíblicas en el Seminario Teológico Adventista, entonces en Takoma Park, Maryland. Para el año 1960 se trasladó junto con el Seminario a la Universidad Andrews, Michigan, continuando como profesora de lenguas bíblicas hasta su “retiro” formal en 1981. Miles de estudiantes provenientes de todo el mundo han pasado por sus clases, conservando el recuerdo afectuoso de su calidad académica y su compasión cristiana.

La Dra. Running ha publicado numerosos artículos y críticas sobre su especialidad en varios periódicos académicos y denominacionales. Es coautora de William Foxwell Albright: Un genio del siglo XX (1991) que trata sobre la vida y obra de este destacado semitista. En el transcurso de su distinguida y prolongada carrera, la Dra. Running ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Actualmente disfruta de su así llamado retiro enseñando temas propios de su especialidad, en su carácter de profesora emérita de la Universidad Andrews.

La nota más triste de su vida fue el deceso de su esposo, Leif H. (Bud) Running en 1946, como consecuencia de una cirugía. Se habían casado en 1942. La doctora también padeció otras dificultades e infortunios, pero está agradecida por la ayuda y guía invariables de Dios, quien le brindó la oportunidad de usar sus talentos para su gloria y honra.

Dra. Running, cuéntenos cómo se definiría usted a sí misma.

He sido frecuentemente identificada como “la primera mujer adventista dedicada a la enseñanza de los idiomas bíblicos”, lo que no es correcto. Yo soy la primera mujer que llegó a ser miembro del claustro docente del Seminario Adventista de Teología.

Usted nació y creció en tiempos difíciles.¿Qué fue lo que la motivó a lograr una educación cristiana?

Mis padres, sin duda alguna. Ellos creyeron firmemente en la educación cristiana e hicieron sacrificios muy grandes para enviarnos junto con mi hermana menor a escuelas adventistas. Creían —y lo inspiraron en mí— que Dios tenía un plan para mí en su obra. A pesar de muchas pruebas y dificultades, siempre sentí por encima de todo que debía trabajar por mi iglesia.

¿Por qué cree usted que el estudio de lenguas bíblicas es importante para un pastor?

¿A quien le gustaría ir a un dentista que diga: “No quise molestarme en aprender cómo usar mi instrumental porque es muy difícil”? Las lenguas bíblicas son las herramientas del pastor. Ellas le ayudan a llegar al texto original y aprender por sí mismo qué es lo que dice. Le ayudan a evaluar las numerosas traducciones existentes. Y brindan autoridad al ministro. Pero yo siempre les digo a mis alumnos: “Ni siquiera pronuncien la palabra ‘hebreo’ o ‘griego’ desde el púlpito. Sólo díganles a los oyentes qué es lo que dice el texto original. Y ellos no van a comentar: ‘Mira cuánto hebreo y griego sabe nuestro pastor’, sino: ‘Mi pastor hace que la Biblia me hable a mí directamente’”

¿Cómo llegó usted a sentir interés por los idiomas antiguos?

Me encantan los idiomas. Cuando trabajaba en la revista Ministry cerca del Seminario de Teología, situado entonces en Washington, tuve la oportunidad de estudiar lenguas bíblicas. Comencé con dos clases de hebreo. Después me inscribí como alumna de tiempo completo y terminé el master en 1955. Fue entonces cuando el Seminario me invitó a enseñar los primeros dos niveles de griego y hebreo.

Eso fue hace más de 40 años. ¿Cómo llegó a ingresar al programa doctoral de la Universidad Johns Hopkins?

Durante mi primer año de enseñanza en el Seminario uno de mis mentores me urgió a obtener un título doctoral. E ingresé a un doctorado de educación. Pero cuando el jefe de mi departamento supo eso, se manifestó totalmente en contra. El Dr. Siegfried Horn, el gran catedrático adventista, no sólo era mi colega sino uno de mis profesores. “Leona”, me espetó, “tú tienes que ingresar a Johns Hopkins y obtener un título en tu campo de especialización”.

¿Y cuál fue su reacción, doctora?

Incredulidad. “¿...Podría yo? ¿¡En Johns Hopkins!?” Me preguntaba a mí misma una y otra vez. ¡Johns Hopkins estaba en la luna para mí! Pero bueno, no se perdía nada con probar. Y pasé todos los requisitos de lenguas para mi ingreso en una agradable hora de conversación con el Dr. Al-bright, pasando del alemán al francés y al castellano. Luego traduje varios pasajes selectos de las Escrituras en griego y hebreo. Nunca me pidió que tradujese de la Vulgata Latina, aún cuando había estado estudiando latín por mi cuenta durante las seis semanas previas. Pero en base a mi conocimiento de otros idiomas, ¡el doctor aceptó mi simple comentario de que podía leer la Vulgata también!

¿Podría compartir con nosotros su experiencia al escribir la disertación doctoral?

Mi tesis doctoral fue sobre los manuscritos siríacos del libro de Isaías. El erudito más destacado en el mundo en aquel momento era un catedrático de un seminario de Chicago que había aceptado guiarme en el proceso de investigación. Mientras estaba esperando que llegaran las copias de los microfilms de los manuscritos de Isaías que había solicitado al Museo Británico, el Lou-vre, la Bibliothèque Nationale, la Biblioteca del Vaticano y otras importantes fuentes europeas, aproveché ese verano para dar clases. Junto con el griego y el hebreo, enseñé también akadio (cuneiformes), egipcio (jeroglíficos) y siríaco, que es cercano al arameo que habló Jesús.

El “monstruo” de 400 páginas en que terminó convirtiéndose mi disertación doctoral, incluía 147 páginas de siríaco manuscrito, presentando las 3.339 variantes que yo había hallado. No disponíamos entonces de computadoras que incluyeran los signos de las lenguas antiguas. Tuve que escribir esas 147 páginas dos veces, haciendo suficiente presión sobre el lapicero y contra una regla de metal para que la impresión fuera legible en las dos copias en carbónico, porque necesitaba seis copias y entonces tampoco disponíamos de máquinas fotocopiadoras.

La defensa de una tesis doctoral es una suerte de “rito de iniciación”. ¿Podría usted compartir con nosotros algún recuerdo de ese “ritual”?

...30 de enero de 1964. Ese fue el día memorable de mi examen o defensa oral. El comité examinador se sentó alrededor de una larga mesa: estaban allí entre algunos otros, el presidente del comité, jefe del departamento de Clásicos; el jefe de mi departamento de Estudios del Cercano Oriente, un arabista; también estuvo un profesor de economía incluido en la mesa porque mi tesis contenía tablas estadísticas; y la jefa del departamento de alemán, tejiendo a mi lado. Después de todo, era hasta divertido. Cada persona dispuso de diez minutos para formularme preguntas. El presidente de la mesa comenzó con preguntas sencillas para ayudarme a empezar. El tiempo se fue deslizando rápidamente y la experiencia resultante fue muy satisfactoria. Esperé en el pasillo fuera de la sala mientras en el interior se decidía el veredicto. Esto no tomó demasiado tiempo, de manera que pronto llamaron para que pasara la ¡“Dra. Running”! Después de la ceremonia de graduación me pareció que me había liberado. Pronto advertí que no tenía todas las respuestas. La educación superior es una experiencia útil para aprender humildad y al mismo tiempo ser iluminado.

¿Fue éste el mayor acontecimiento de su vida, verdad?

No, no lo fue. El evento más importante de toda mi vida ha sido mi casamiento. Mi esposo era ya en aquellos días un hombre liberado. Eramos socios con igualdad de derechos y obligaciones dentro de nuestro matrimonio. Todavía lo extraño...

De acuerdo con lo que mencionó al comienzo, usted es la primera mujer adventista en llegar a ser miembro del cuerpo docente del Seminario. ¿Cómo se sintió en esa situación?

Bueno, socialmente hablando, no me molestaba ser la única mujer en las clases del Seminario o en la Universidad Johns Hopkins. Sin embargo, lo que se me hacía realmente difícil, era asistir a las cenas de los profesores frecuentadas de manera abrumadora por matrimonios. Ahora bien, en términos académicos, es probable que yo haya elaborado una especie de bloqueo mental, restringiéndome a lenguas y métodos de enseñanza. Dejé la exégesis y los cursos de teología a los hombres que preferían esa clase de estudios. No obstante, cuando el Seminario se trasladó a Michigan, el Dr. Horn me propuso para ser miembro de la Sociedad de Investigación Bíblica de Chicago, de la que fui la primera presidente mujer entre 1981 y 1982.

¿Cuál es su mayor satisfacción al enseñar idiomas bíblicos?

Trabajar con ministros jóvenes en formación y más recientemente, con mujeres jóvenes también. ¡Qué interesante es poder abrir la puerta del cuarto al que todos ellos jamás habían entrado y mostrarles todos los tesoros guardados allí. Poder leer el texto original bíblico y lograr percibir cosas que nunca antes habían visto. Es una gran satisfacción ver a mis alumnos aplicando su conocimiento en la enseñanza, o actuando como pastores, o desempeñándose en la administración de la iglesia alrededor del mundo entero. A veces me llaman pidiéndome consejo y ayuda, o sólo para saludar. Todo eso es muy significativo para mí.

¿Cómo considera usted la educación adventista superior?

Me siento orgullosa. Fuera de mi formación doctoral, he completado toda mi educación dentro del sistema educativo adventista. Y es muy importante que todos nuestros estudiantes tengan acceso a un buen respaldo bíblico contemplado en su currículum y no se limiten sólo al programa secular convencional de estudios.

¿Cual sería su consejo a los estudiantes adventistas que son alumnos en universidades seculares alrededor del mundo?

Yo esperaría que todos pudieran asistir a una iglesia local que en realidad los nutra espiritualmente. Pero si no tuvieran acceso a una, deberían organizarse como grupo de culto y estudio. Como en muchas universidades no se puede desarrollar un evangelismo abierto entre compañeros y docentes, ustedes deberán vivir su fe y compartirla en silencio. Esto levantará curiosidad y preguntas. Y les podrán llegar a decir: “Yo tenía una idea de los adventistas que cambió cuando te conocí”. Entonces ustedes tendrán que estar preparados para decirles: “Ven y ve”. Sean abiertos con todos, estén siempre dispuestos a dar apoyo y ayuda a los demás.

Entrevista de Roberto Clouzet. Roberto Clouzet es estudiante doctoral de psicología educativa en la Universidad Andrews. La dirección de la Dra. Running es: Adventist Theological Seminary; Andrews University; Berrien Springs, Michigan 49104; E.U.A.