Carlos Puyol Buil: Diálogo con un pastor, erudito y administrador

Un poderoso predicador. Un escritor prolífico. Un hombre de una profunda fe y convicciones firmes. Añade a todo esto la amabilidad cristiana, un espíritu humilde y una mente inquisitiva, y tendrás a Carlos Puyol Buil. Nacido en Zaragoza, España, Carlos creció durante la Segunda Guerra Mundial. La dictadura política, los problemas económicos y la escasez de oportunidades de sus días juveniles moldearon un espíritu independiente con una visión por un futuro mejor.

A los 12 años, Carlos tuvo contacto con la Iglesia Adventista, que en ese tiempo era apenas tolerada. Cuatro años más tarde se bautizó, a pesar de la oposición de sus padres. Su espíritu rebelde cedió obedeciendo al llamado de Dios a servir en el ministerio pastoral. Comenzó su entrenamiento ministerial en Madrid y lo completó en Collonges-sous-Salève, Francia. A los 19 años conoció a Rosa María Salvador Terraza, quien más tarde llegara a ser su esposa. En 1968 les nació su único hijo, Carlos Miguel.

Puyol comenzó su carrera como pastor, luego fue profesor de Biblia y director de educación. A pedido de la iglesia, obtuvo un título en historia. A los 33 años fue elegido presidente de la Misión Española. Eran los últimos años del régimen de Franco. La Iglesia Adventista comenzaba a salir de su estado de ghetto y probaba sus primeras actividades de evangelismo público.

Como un respetado pastor y dirigente de la iglesia en su país, Puyol desempeñó un papel principal en la visita de la reina de España a la iglesia adventista de Madrid. Era la primera vez que un miembro de la realeza asistía a un servicio religioso cristiano no católico.

Atraído por la vida académica, Puyol se convirtió en el director del Colegio Adventista de Sagunto. Más tarde se lo nombró presidente de la Unión Española. En medio de sus ocupaciones logró completar un doctorado en historia. Su disertación, de 746 páginas, que versó sobra la Inquisición española, fue publicada bajo el patrocinio del prestigioso Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En 1994, Puyol vuelve al ministerio pastoral y al año siguiente es elegido secretario de la División Euro-Africana, función que desempeña en la actualidad.

En el clima político y religioso de la época, su conversión de adolescente parece milagrosa.

La conversión es siempre un maravilloso milagro de la gracia divina en el que intervienen conjuntamente las circunstancias y eventualidades de la providencia, la receptividad personal heredada o adquirida del individuo y la acción directa, puntual, del Espíritu Santo. Yo creo que hay siempre una preparación previa, muchas veces inconsciente, que se produce en el proceso de una conversión. En mi caso, yo debo atribuirla a la influencia de mi madre, una mujer piadosa, católica, que inspiró en mí la búsqueda responsable de Dios.

Usted se caracteriza por un espíritu muy independiente. ¿Cómo fue posible que escogiera pertenecer a una Iglesia que, a primera vista, parece caracterizarse por sus reglas y prácticas estrictas?

Jesucristo nos promete encontrar la verdadera libertad cuando entramos en contacto con la verdad (Juan 8:32). El Evangelio nos libera de las cadenas del pecado y de cualquier otra esclavitud que la sociedad o las circunstancias nos imponen, nos permite recuperar el valor de la dignidad humana. Yo encontré en las normas y prácticas de la Iglesia Adventista un camino de superación personal y una liberación.

¿Cómo era la vida de los estudiantes adventistas de teología en España en esa época?

Apasionante. En mi tiempo, el Seminario había sido clausurado por las autoridades y recibíamos las clases en las casas de los profesores, tomando notas sobre nuestras rodillas. No había internados y nos alojábamos en los hogares de los miembros de iglesia. Los períodos de vacaciones los empleábamos para hacer colportaje, teníamos una intensa vida de iglesia y, siempre que era posible, acompañábamos a los pastores de casa en casa, en el trabajo de evangelización.

¿Cuáles eran las dificultades mayores que debían afrontar los jóvenes adventistas en esa época?

La obtención del sábado libre en el trabajo y en los colegios era un prueba de fe para todos los adventistas pero las dificultades se extremaban cuando debíamos cumplir el servicio militar. Prácticamente todos los jóvenes adventistas de mi generación pasamos por los calabozos de los cuarteles por causa de nuestra fe. A algunos les hicieron un “consejo de guerra” (tribunal militar) y pasaron varios años en una cárcel militar o en una prisión común por desobedecer una orden que implicaba la participación en un acto religioso católico castrense.

El matrimonio constituía otro desafío pues se requería la anuencia del obispo, la que se otorgaba solamente para los casamientos católicos. Los jóvenes pasaban años de angustiosa espera. Algunos pudieron, como yo, casarse en el exterior. Otros, fueron vencidos por la presión.

El tema de su disertación doctoral fue sobre la Inquisición. ¿Hubiera podido usted escribir una tesis sobre ese tema en aquellos años de postguerra?

No, imposible. Los archivos históricos de la Inquisición española eran accesibles únicamente a los investigadores acreditados por la Iglesia Católica. Los estudios inquisitoriales de la época eran todos de signo apologético, es decir, trataban de justificar la razón de ser histórica de la institución. En realidad era un tema “tabú”. Ningún profesor de universidad se hubiese atrevido entonces a dirigir un trabajo de investigación sobre la Inquisición.

¿Cuál fue su papel en la creación de la Asociación de Estudiantes y Graduados Universitarios Adventistas de España (AEGUAE)?

Aunque la iniciativa partió de un grupo de estudiantes de las iglesias de Cataluña, comprendí, desde el comienzo, que el plan era bueno y que debía recibir todo el apoyo de la administración de la iglesia. Se trataba de crear una organización donde nuestros intelectuales pudiesen sentirse colegialmente bien representados, dar expresión a sus inquietudes, profundizar el estudio de las doctrinas fundamentales y crear los medios necesarios para una leal colaboración con los objetivos generales de la iglesia. Las bases fueron puestas y nunca ha habido divorcio entre la asociación y la administración. Este año la asociación cumplió su vigésimo quinto ani-versario que celebró con una convención internacional a la que fueron invitados representantes de todos los países europeos. El tema escogido fue “La Biblia y la cultura mediterránea”.

Usted mantiene relaciones privilegiadas con el rey y la reina de España. ¿Cómo comenzó esa relación y cuál es la situación actual?

A comienzos de 1976 y como un signo de los nuevos vientos que corrían en España (el general Franco había muerto en 1975), nuestra iglesia fue invitada a presentar un seminario sobre adventismo en el Departamento de Humanidades Contemporáneas de la Universidad Autónoma de Madrid. La reina era alumna de ese departamento y asistió a todas las clases. Al final del seminario, expresó su deseo de visitar nuestra iglesia que en esa ocasión celebraba un culto de comunión. La reina quedó encantada de ese encuentro con los adventistas y pidió, más tarde, que se me asociara, como especialista en temas religiosos, al grupo de profesores de la fundación “Ciencia y pensamiento contemporáneos”, que se ocupa de organizar para ella y un grupo selecto de personas, seminarios y coloquios sobre temas de actualidad. Durante casi veinte años he colaborado con ese grupo, dando testimonio de nuestra fe siempre que he tenido ocasión de hacerlo, abogando por la libertad religiosa y subrayando los valores espirituales en el árido desierto de la secularización. EL rey me ha reconocido en las recepciones oficiales otorgadas a los escritores españoles en ocasión de la entrega, cada año, del prestigiosos premio literario Cervantes. El año pasado, Safeliz, la casa editora adventista española, ha publicado un libro sobre la reina, escrito por la presidenta de la fundación en el cual se narra, con todo detalle, su visita al templo adventista.

Las iglesias minoritarias gozan hoy en España de una libertad religiosa impensable hace cuarenta años. ¿Podría servir de modelo la experiencia española al establecimiento de la plena libertad religiosa en otros países hispanos? ¿Cómo?

El caso español, en lo que a la libertad religiosa se refiere, es citado en las publicaciones especializadas como un modelo a imitar del tránsito de un Estado confesional a un Estado que tutela la libertad religiosa. La constitución española de 1978 y la ley orgánica de 1983 que regula el derecho a la libertad religiosa, postulan la separación de la Iglesia y el Estado, pero no hacen alarde de laicismo. Aún más, prevén el establecimiento de pactos de cooperación entre las iglesias y el Estado que garanticen el ejercicio público y privado de este derecho fundamental.

La Iglesia Adventista española respondió con valor durante el período de la “clandestinidad tolerada”. ¿Cuáles son los retos y peligros de la libertad que tiene hoy?

El mayor reto que la Iglesia Adventista tiene que afrontar hoy en los países secularizados, es la evangelización, saber acceder, con las riquezas del evangelio, al hombre secular postmoderno. La iglesia debe ofrecer respuestas y soluciones a las necesidades espirituales fundamentales de sus contemporáneos y para ello debe primero descubrir y después evaluar esas necesidades específicas. Esto exige un esfuerzo de contextualización que posiblemente no hemos sabido hacer todavía. Y paradójicamente el mayor peligro que la iglesia corre hoy es la pérdida de su identidad, caer en las tendencias globalizadoras, uniformistas, “ecuménicas” de nuestro tiempo.

Usted es un profesor erudito y evangelista que, en el momento presente, consagra la mayor parte de su tiempo a tareas administrativas. ¿Se siente frustrado por ello? ¿Le resulta difícil conservar la visión de su vocación realizando la función de secretario de división?

Mi vocación fundamental no se define en ser específicamente un erudito, un profesor, un pastor, un evangelista o un administrador de la iglesia. La visión de mi vocación fundamental es la de ser un servidor de la Iglesia y como tal se realiza plenamente cuando ejerzo cualquiera de los ministerios anteriormente señalados. Aunque reconozco la existencia de los dones espirituales y de los talentos personales, no confío en las vocaciones limitativas que condicionan la disponibilidad de los servidores de Dios. Acepto la necesidad de la especialización en la iglesia, pero como una necesidad instrumental, accesoria, no vocacional. Por eso no me he sentido jamás frustrado en los diversos servicios que he prestado a la iglesia.

Siendo realistas, ¿qué podría hacerse en favor de los intelectuales adventistas de España que no se haya hecho todavía?

Organizar, de vez en cuando, cursos o seminarios orientados a la formación específica de los universitarios adventistas que les permitan conjugar, sin traumas mentales, las exigencias de la ciencia y las de la fe en diversas disciplinas y facilitar los medios necesarios para que el mayor número de ellos puedan participar. Nuestros intelectuales merecen una atención especial. Las inversiones que hacemos en su favor serán como la semilla sembrada “en buena tierra” (Mateo 13:23).

Entrevista de Pietro Copiz. Nacido en Rumania, Pietro Copiz (Ph.D., University of Michigan) sirvió como profesor de universidad y director de educación de la División Euro-Africana. Ahora jubilado, vive en las cercanías de Berna, Suiza. Su e-mail: 104474.13@compuserve.com