Del homo sapiens al homo videns

El principio fue la palabra”: así dice el Evangelio de Juan. Hoy se tendría que decir que “al principio fue la imagen”.—Giovanni Sartori.1

La Biblia no se hace problemas para definir al ser humano: “A imagen de Dios los creó” (Génesis 1:27). Pero los científicos han acuñado frases y construido taxonómicos para definir quiénes y qué son los seres humanos.

En 1758, Carl von Linneo (1707-1778), un botánico sueco, introdujo el “sistema de la naturaleza humana” que estableció la clasificación de las especies. Catalogó la especie Homo (humano), como una rama de los Homínidos, criaturas bípedas. Desde entonces se estuvo en la búsqueda de nuestros presuntos antecesores remotos, incluyendo el homo habilis (hombre hábil), homo erectus y finalmente el homo sapiens. Los evolucionistas contienden que este último ha continuado evolucionando hasta llegar a las formas de los hombres y mujeres modernos.

Y ahora viene el descubrimiento del homo videns, un descubrimiento del sociólogo italiano Giovanni Sartori. Este asegura en un libro muy exitoso publicado recientemente —que agotó en pocos meses la edición italiana y es best seller en gran parte de Iberoamérica—, titulado, “Homo videns. La sociedad teledirigida”. La tesis de Sartori, aunque basada en una cosmovisión cuestionable, merece nuestra atención. El aduce que desde la década del 50 se está produciendo un retroceso en la evolución, ya que el homo sapiens está siendo “destronado” por el homo videns. Según su tesis, el homo sapiens se caracteriza —además de su gran cerebro, el bipedalismo perfecto, las manos privilegiadas, la fantástica creación de la cultura y otros aspectos que describen los antropólogos—, especialmente por el don inigualable de la palabra o la capacidad parlante. Sartori concuerda con el filósofo Cassirer en definir al hombre como un ser creador de sím-bolos, esto es, con “la capacidad de comunicar mediante una articulación de sonidos y signos —significantes—, provistos de significado”.2 De lo cual se deduce que “el pensar y el conocer que caracterizan al hombre como animal simbólico se construyen en lenguaje y con el lenguaje”.3 Así, pues, la escritura oral y escrita son la base no sólo de la cultura sino de la esencia propia de la naturaleza del homo sapiens.

Al aparecer el televisor a mediados de nuestro siglo e inaugurarse la función televisiva, se interrumpe el desenvolvimiento humano y se invierte la dirección de la evolución, porque la percepción de la imagen comienza a sustituir el pensamiento abstracto. Este proceso de involución se acentúa al iniciarse la edad cibernética en los años 80, con el surgimiento de la computadora y la tecnología multimedia. Con la TV se ven a distancia realidades existentes, pero con la PC realidades simuladas o virtuales. De esa forma se afirma el ver sobre el hablar, la preponderancia de la imagen sobre la palabra. Al prevalecer la visión, la criatura creadora de símbolos se convierte en criatura vidente.

Sartori manifiesta que no pretende atacar a la TV como artefacto de comunicación (aunque enfatiza todos sus defectos) o a la computadora como instrumento de información. Su intención es advertir sobre el mal uso, el abuso o la dependencia en que puede caerse si se prescinde de la cultura del libro. El hecho es que la televisión —es decir, el vídeo-ver—, empobrece, hace al “hombre más crédulo e inocentón”4 e inactiva o “atrofia” la capacidad de abstracción y de comprensión de los problemas, al promover el pensamiento concreto que está ligado a la imagen.

Imágenes y conceptos

Un ejemplo ilustrativo es la clasificación de las palabras en “denotativas” y “connotativas”. Las primeras se refieren a cosas observables, es decir, palabras como libro, mesa, casa, perro, árbol, etcétera; son términos que “denotan” objetos u hechos específicos y de los cuales tenemos una “representación” mental o imagen. A partir de ellas opera el pensamiento concreto. Pero además están las palabras que “connotan” ideas, como nación, soberanía, libertad, justicia, etc. Estas expresiones no son “visibles”, aluden a conceptos producidos por procesos mentales de abstracción. Este lenguaje abstracto es responsable del desarrollo de la civilización y la ciencia a lo largo de los siglos, el que realmente nos caracteriza como especie humana. Sartori sostiene que la televisión “produce imágenes y anula los conceptos y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción”5.

El fundamento principal de su planteamiento está en el “vídeo-niño”. Según las estadísticas “la televisión sustituye a la baby sitter”; se ha constituido en “la primera escuela del niño” (una escuela divertida en contraste con la escuela aburrida del colegio). El ver TV antes de aprender a leer y escribir condiciona negativamente para el aprendizaje escolar. El autor le atribuye a esta deformación del consumo temprano de la televisión la razón por la cual los jóvenes actuales no se interesan por el estudio, les tienen fobia a los libros de texto y sólo responden ante los espectáculos, la música estridente, las impresiones y lo sensacional. Son dominados por los impulsos y por el hacer antes que por el pensar. La TV les ha “reblandecido” el cerebro, dice Sartori.

Por su parte la lectura requiere soledad, concentración, capacidad para discriminar, apreciar los conceptos y razonar. En cambio al homo videns “le cansa la lectura, prefiere el significado resumido y fulminante de la imagen sintética. Esta lo fascina y lo seduce. Renuncia al vínculo lógico a la secuencia razonada, a la reflexión... Cede ante el impulso inmediato, cálido, emotivamente envolvente”.6 El teleadicto renuncia al esfuerzo, a la acción persistente y tenaz, a la investigación, en definitiva, a ser cultor de su propia forma de pensar y actuar.

Es posible que pueda estimarse estas ideas exageradas y discutibles. Sartori responde con los hechos de la disminución de los niveles de lectura en todo el mundo donde ha entrado la TV, la escasez del pensamiento crítico, las dificultades crecientes que manifiestan los alumnos en la redacción y comprensión de los textos. Eso se debe a que se ha sustituido el razonamiento lógico basado en las premisas postuladas verbalmente por el pensamiento concreto dependiente de las imágenes que recibimos.

Este pensamiento fundado en imágenes se ha ampliado considerablemente con la computadora, Internet y la cibernavegación, incrementando la epidemia del síndrome homo videns. Con respecto a la PC ocurre lo mismo que con la TV, depende del empleo que se haga. La cuestión es el uso como entretenimiento, pasatiempo o como una manía o droga. Por lo general, quien entra en Internet tiende más a la pasividad y a la dependencia que al trabajo interactivo productivo. Hay que reconocer que las inmensas autopistas de Internet, no sólo transportan una gran masa de información útil, sino que también transmiten una gran cantidad de necedades. Además, una reciente investigación ha descubierto que el navegar por Internet aumenta los niveles de depresión y soledad7.

La cultura de lo espectacular

El homo videns habita en el mundo del espectáculo, dominado por el valor de la fama. De Tokio a Buenos Aires, de Moscú a Washington, de Paris a Kuwait, por diferentes que sean las situaciones, por diversas que sean las culturas, impera el mercado de la popularidad, rige la ley del rating. ¿De dónde proviene esa similitud en los discursos del éxito en cualquier latitud del planeta? ¿Por qué tenemos la extraña impresión que la televisión es parecida en todos lados, que no cambia de sitio? Cada país de la aldea global de fin de siglo ha convertido a la sociedad en audiencia, atrapando a los telespectadores hipnotizados por la magia del espectáculo.

Hay audiciones, programas, revistas, diarios, suplementos —cada vez más abultados—, dedicados a informar y promocionar los “Espectáculos”. No hace muchos años ese suplemento aparecía solamente los fines de semana, en la actualidad está presente todos los días. Allí son puestos en escena las diversiones, los acontecimientos artísticos, los cantantes, las obras de teatro, la cartelera de los cines y los programas de la todopoderosa TV; en síntesis, se exhiben las estrellas que brillan en el esplendoroso firmamento de la popularidad. Es la industria de la diversión que vende los materiales de moda. El mercado de la notoriedad cada día absorbe más tiempo, construyendo los valores del homo videns.

La industria del espectáculo no es solamente omnipresente, también es omnipotente. Todo lo acapara, todo lo maneja, dirige o manipula. La economía depende de los medios. Un comentario negativo de algún famoso periodista, aunque no sepa nada del mercado bursátil puede hacer caer las cotizaciones de la bolsa y provocar la ruina de industrias o empresas poderosas. La política es también rehén del rating. Los medios pueden promover escándalos como el caso de Bill Clinton. Los políticos ahora deben ser buenos actores de TV si desean conseguir votos. Aún el arte, el mundo intelectual y el científico son sensibles a la opinión de los medios. Todo el mundo quiere acceder al ancho territorio de la fama.

Es frecuente ver rostros que luchan por aparecer y manos que se agitan detrás de un entrevistado de la televisión pugnando por ocupar un espacio en la pantalla, quizás para decir que estaban allí. En los siglos pasados la gente buscaba pasar desapercibida, los vestidos estaban concebidos para velar las formas del cuerpo; ahora, por el contrario, acentúan las curvas y los contornos.

La ley del espectáculo sancionada por el homo videns rige en todos los niveles. El precepto principal es ser actor, exhibirse, aparentar, representar roles, sin importar a qué se dedique. El carisma, la locuacidad, el histrionismo y esa magia de hipnotismo colectivo es la clave del éxito. El valor principal ya no es más la moral, la santidad, el altruismo, la inteligencia o el arte, es la fama. Quienes resplandecen iluminados por los potentes reflectores de la popularidad —los famosos—, pueden saborear a satisfacción las mieles de la gloria. Antiguamente, para alcanzar notoriedad era preciso realizar algún logro público significativo: descubrir, inventar o escribir algo importante. Ahora no se requiere la excelencia, la inteligencia, la sabiduría, ni aún el dinero; alcanza con tener una figura atractiva, seducir, impactar y exhibirse en el escenario público de los medios.

Hollywood fue el primero en descubrir el inmenso poder económico que suponía la fama, creando la industria de la celebridad. El fascinante poder alquímico de la fama permite transformar cualquier objeto en algo deseable, moviendo fortunas. Las modelos de la pasarela, actores, cantantes, deportistas y todos los integrantes de la “famósfera”, se han convertido en promotores de artículos de consumo. No importa las bondades de un producto, la gente lo va a comprar porque lo usa Claudia Shiffer, Michael Jordan o Bruce Willis. Aunque en última instancia el producto son ellos mismos. Por eso los famosos son tan asediados. De ellos viven la TV, las revistas de actualidad, los fotógrafos que los persiguen encarnizadamente —como hicieron con la infortunada Lady Di—, los periodistas que escriben libros sobre ellos y en general, toda la industria montada sobre los famosos.

Cómo detener la involución

Es evidente que estamos en la cultura de la imagen, sostenedora de la fama y los espectáculos, productora de una nueva especie humana. Es posible que no haya anulado todavía la capacidad de abstracción, pero ciertamente la proliferación de pantallas y el fenómeno del zapping ha producido un eclipse de la reflexión. Hay millones para los cuales el principal entretenimiento de su vida, después de liberarse de las urgencias y presiones que los atenazan en el trabajo, es llegar a la casa, arrellanarse en el sillón del living y jugar con el control remoto. En tanto, otros son hipnotizados por la pantalla azul de la computadora, esa especie de acuario virtual donde navegan los sueños y fantasías.

Para Sartori el peligro más importante es que el homo videns constituye fácil presa de los expertos de la manipulación de las voluntades colectivas. Al carecer del pensamiento abstracto y autónomo, que impide consolidar la propia identidad, son fácilmente seducidos por la magia resplandeciente de la panoplia tecnológica, atrapados como ingenuas mariposas por la luz, en este caso, emanada del tubo catódico. Particularmente, el sociólogo italiano analiza la “vídeo-política”, el manejo del poder de la imagen por parte de los políticos y gobernantes. Se ha visto que la televisión “condiciona fuertemente el proceso electoral, ya sea en la elección de los candidatos” como en “las decisiones del gobierno”, distorsionando el funcionamiento adecuado del sistema democrático.8

Odina y Halevi aseguran que la fama es “el nuevo patrón oro con el que todo puede medirse”, reduciendo “nuestros ideales al deseo devorador de ser iluminados, aunque sólo fuese por un instante y en un puro simulacro, por los focos mediáticos”.9 Ciertamente el advenimiento de la cultura de la imagen por medio del objeto telepresente instaló en el pensamiento actual la hegemonía de la seducción10 y el simulacro.11 Los acontecimientos o hechos objetivos pasaron a ser cosas de segundo nivel, lo que interesa es la representación de los mismos, su puesta en escena. La realidad se ha desplazado del mundo concreto a la pantalla del monitor, convirtiéndose en “realidad virtual”. Ahora estamos en la era del “aparecer” en lugar del “ser”.

La fama deriva de ese contexto. Ella transita por el territorio de la apariencia. Es un vehículo de lujo para transportar la fascinante estética que encierra una ética vacía. Remite a un mundo de simulación repleto de falsedades, en definitiva, a una gran mentira. Dustin Hoffman, en ocasión del lanzamiento de una de sus películas, afirmaba con ironía que la política y el cine son lo mismo, ambos trabajos consisten en hacer creer lo que no es cierto.12 Es un deslumbrante espejismo, un juego ilusorio que hipertrofia la figura y exalta el ego a grados de locura. Allí mueren las certidumbres, la racionalidad que las sostienen y los eternos valores del espíritu. Los afanosos buscadores de fama han perdido el anhelo humano de trascendencia religiosa, porque el deseo de notoriedad no lleva consigo ese tipo de honduras metafísicas.

Por eso hoy más que nunca necesitamos volver a descubrir el sentido del ser sobre las falacias y “estrategias de la ilusión”13, a encontrar las certezas de los valores esenciales del hombre. ¿Cuáles son, pues, esos bienes superiores que garantizan la auténtica realización de la persona? Son la valentía para forjar la identidad personal sobre la base de los valores eternos del amor, la fe, la verdad, la solidaridad y la justicia. Consiste en aprender a escuchar la voz de Dios, a percibir el roce sublime de la belleza, el misterioso llamado de la vocación de servicio. A buscar acrecentar el caudal de la vida y apostar a favor de la alegría de vivir. A desarrollar la mesura, la paciencia, la autenticidad, a no dejarse llevar por el enojo. Aprender que hay un lugar para la ternura, el abrazo, el gesto humano, aún el diminuto. Abrir la región de la esperanza. A desplegar por encima de la cabeza el estandarte de un nuevo ideal. Y tantas otras realidades tangibles y sustanciales del ser del hombre, no los juegos de artificio y resplandores fatuos de la fama que están al servicio del homo videns.

En conclusión, los estudiosos de la sociedad actual están elevando sus voces de advertencia porque observan preocupados la pérdida de la capacidad de análisis y decisión propia y que la población está siendo “teledirigida” por charlatanes, excitados o extravagantes —que son los que triunfan en la televisión—, para llevarnos a perder la visión de los valores superiores de la mente y el espíritu. Hacen un llamado a volver al libro, a cultivar la lectura, a desarrollar el pensamiento crítico, a no ser meros receptores de imágenes sino pensadores con criterio propio. A lo cual agregaríamos un llamado a volver a la Palabra con mayúscula —las Sagradas Escrituras—, que no solamente favorece el pensamiento abstracto, sino que establece los principios éticos y los valores trascendentes, guiadores supremos de la existencia.

Mario Pereyra (Doctorado por la Univer-sidad de Córdoba), autor de varios libros, es director del Departamento de Psicología en la Universidad Adventista del Plata. Su dirección: 3103 Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina. E-mail: pereyra@uapar.edu

Notas y referencias

  1. Giovanni Sartori: Homo videns: La sociedad teledirigida (Madrid: Santillana, S.A. Taurus, 1998), p. 37.
  2. Id., p. 24.
  3. Ibíd.
  4. Id., p.137
  5. Id., p. 47
  6. Id., p.150
  7. Clarín, 7 de enero, 1998, p. 43.
  8. Sartori, pp. 66, 67.
  9. Ver M. Odina y G. Halevi: El factor fama (Barcelona: Anagrama, 1998).
  10. Ver J. Baudrillard: De la seducción (Buenos Aires: Planeta-de Agostini, 1993).
  11. Ver J. Baudrillard: Cultura y simulacro (Barcelona: Planeta, 1987).
  12. Odina y Halevi, p. 67.
  13. Ver Umberto Eco: Las estrategias de la ilusión (Buenos Aires: Lumen, 1987).