De Marx a Cristo

Alexander (“Sasha”) Bolotnikov siempre se consideró comunista. Después de todo, su abuelo había sido un coronel de la KGB, sus padres lo habían animado a participar de lleno en las actividades juveniles del partido, y él mismo había planeado llegar a ser un día un físico nuclear diseñando misiles para ayudar a defender a la madre patria.

Pero un día sus sueños se derrumbaron. El mismo sistema que el amó y apoyó se volvió contra él, negándole el entrenamiento especializado que anhelaba. Todo por causa de una pequeña palabra estampada en su pasaporte: “Yebrei” (judío).

Así fue como Alejandro decidió buscar las verdaderas raíces de lo que significa ser judío. Esta experiencia lo llevaría finalmente a Jesucristo.

Ahora nos uniremos a él en el momento en que estaba a punto de disfrutar su primera experiencia judía durante un concierto presentado por el rabino Shlomo Carlibach.

Kiev era conocida por su antisemitismo y este concierto era el primer evento judío público en la historia de la ciudad. Por toda ella se habían colocado grandes carteles anunciando el concierto, de manera que no fue sorpresa que un gran número de judíos estuvieran asistiendo al Palacio de la Cultura ese viernes por la noche. Advertí que muchos de los hombres se habían puesto sus yarmulkes (pequeña boina judía) tan pronto como entraban al palacio.

Subiendo los escaleras hasta la primera gradería encontré un asiento en la primera fila. Nunca había visto tantos judíos juntos. Ese recinto tenía unas mil butacas y su capacidad estaba casi completamente colmada. Para cada uno de nosotros ésta iba a ser la introducción a nuestras raíces: la primera afirmación pública de nuestra herencia o legado cultural judío.

Mientras las luces iban disminuyendo, un hombre de mediana edad y de luenga barba subió al escenario. Llevaba una guitarra; alcancé a divisar una pequeña banda musical detrás de él. Las luces del escenario se encendieron y comenzó a hablar en hebreo junto a un traductor ruso que lo acompañaba.

“Hace cuatro mil años, hubo grandes civilizaciones: los moabitas, los babilonios, los medos y los judíos. Pero hoy ¿dónde están esas grandes civilizaciones? Todas han pasado a excepción de la de los judíos. Nosotros estamos aquí esta noche. ¡Después de cuatro mil años todavía estamos aquí!”

Entonces, comenzando por el Exodo, el rabino Shlomo Carlibach comenzó a enseñarnos nuestra multimilenaria historia a través de las palabras y de la música. “Durante ese día y esa noche; él nos permitió permanecer vivos!” exclamó el rabino Carlibach, refiriéndose a la primera pascua en Egipto.“¿Quién es este ‘él’?”, me preguntaba yo.

El rabino arrancó las primeras notas introductorias de su guitarra, mientras que rápidamente se le fueron uniendo las del sincopado y continuo batido del tambor junto con los címbalos del acompañamiento, seguido por las palabras descriptivas de la liberación de su pueblo de las manos de los enemigos a través de toda la historia. Intercalándose con la melodía se escuchaban varios sonidos llamativos y poco comunes producidos por los tambores, los címbalos, el clarinete y la guitarra. Era la primera vez que escuchaba una música así en mi vida, y me llegó de inmediato.

La música, junto con esas poderosas palabras me produjeron una profunda impresión. Y los cantos continuaron haciendo su efecto en mí: “Glorioso es él”, “De Sion viene la ley”, “Gozaos”. El rabino había organizado sabiamente el concierto como un repaso musical que cubría la historia y la fe judaicas: el Exodo, Dios y su gloria, la torah y la futura redención de Jerusalén a través del Mesías.

A medida que iba escuchando encontré respuestas a algunas de mis preguntas. “Dios está cuidando el pueblo judío”, decía el rabino. “El tiene que ser glorificado. Estábamos en Egipto y nos salvó. En Babilonia y él también nos salvó. Todas las naciones de ese tiempo desaparecieron. Pero Dios nos guardó vivos y hemos permanecido como un pueblo diferente entre todas las naciones por miles de años”. Mientras se iniciaba la música, empezó lentamente a crecer dentro de mí el pensamiento de que había algo más allá de la cultura, algo más que historia. Comencé a darme cuenta que la cultura judía está basada en la religión e impregnada de ella. La música que estaba escuchando no era sólo música folklórica. Esos cantos hablaban de Dios. Me di cuenta que Dios era el centro del pensamiento judío, y que los judíos le atribuían todos los grandes eventos históricos a él. Estos conceptos eran totalmente nuevos para mí.

Mientras cantaba, el rabino Carlibach pulsaba su guitarra lentamente al principio. Luego de un par de frases, su ritmo se elevó rápidamente con los coros y los tamborines acompañándolo. Pronto la audiencia comenzó a batir sus palmas con el fuerte ritmo de la canción. Entonces, súbitamente, todo se detuvo. “¿Qué están esperando?” preguntó el rabino. “¿Por qué están tan tímidos?”

De pronto, cientos de nosotros nos pusimos de pie. Varios hombres del coro de sombreros de borde negro saltaron sobre el escenario para unirse a nosotros en nuestra primera danza judía.

Impulsado por una fuerza irresistible, dejé el asiento de mi gradería y junto con muchos otros que acababan de descubrirse como judíos, bajé a la planta baja. Había algo que sentía como “mío” en todo eso, pero al mismo tiempo era totalmente desconocido para mí. Como fuera, yo sabía que tenía que estar allí.

Una vez en la planta baja, estuve lado a lado con los demás. Hombro con hombro, nos tomamos de los brazos y comenzamos a balancearnos formando una ronda gigantesca. La música se alzó nuevamente y el rabino comenzó donde había dejado. Muy pronto comencé a sentir que era realmente parte de esta gran nación de tan larga historia, una nación que debía su existencia y sobrevivencia sólo al Dios Todopoderoso.

Sasha continuó su búsqueda, profundizando cada vez más a fondo dentro del pensamiento judío y sus tradiciones y dentro del Antiguo Testamento. Mientras continuaba su búsqueda para encontrar el significado real de la vida, su camino se cruzó con el de aquellos otros que pertenecían a múltiples y variadas maneras de creer, desde satanistas a cristianos. La tensión fue en aumento hasta que finalmente se enfrentó con una decisión que él no quería tomar.

Mi mente se revolvía en medio de difíciles interrogantes. ¿Qué voy a hacer con mi vida? ¿Qué futuro voy a tener? ¿Será que el Mesías vendrá? Y si no lo hace ¿qué o a quién estoy esperando? ¿Qué razones tengo ahora para no creer en la profecía de Daniel 9?

Había estado esperando que el Mesías viniese y explicara estos pasajes difíciles, pero ¿qué ocurrirá si no viene? ¿Quién me podría dar una explicación? ¿Y cómo podría darse la posibilidad de la existencia de una explicación alternativa cuando el texto indica tan claramente que el Mesías sería llevado a la muerte antes de la destrucción del Templo?

¿Pero cómo podría ser que por tantos siglos grandes rabinos como Rashi, Maimónides y otros no pudieron descubrir el significado de Daniel 9? ¿Cómo podía ser que el talmud no diera una palabra de explicación? Aún más, en lugar de dar una explicación éste sólo estableció una maldición sobre todo aquél que intentara calcular las “setenta semanas”. ¿Y por qué estaba prohibido leer Isaías 53 en la sinagoga?

Recordé mis numerosas conversaciones con Tolik y Oleg en las que se habían levantado importantes preguntas sobre el pecado y el juicio. Esas preguntas estaban ahora agitándose en mi cabeza. ¿Cómo podía yo llegar a ser juzgado por mis pecados? Isaías 53 dice que sólo el “siervo sufriente” puede hacerlo, pero si yo no acepto a ese siervo como mi Mesías ¿qué haré con mis pecados?

Los argumentos de Oleg eran correctos. En realidad las oraciones Kol Nidrei que cantamos cada Yom Kippur no me ayudaron a resolver el problema del pecado. Me parecía que era como un ritual por el que pasaba para satisfacer mis sentimientos. ¿Estaba yo haciendo todo lo que la torah requería que hiciese? Si no, entonces yo que había sido un pecador por muchos años necesitaba desesperadamente a Alguien que echase mis pecados fuera.

¿Y si Cristo fuera el Mesías? pensaba. ¿Y si yo lo aceptara? ¿Qué pensarían de mí los otros estudiantes de laYeshiva? Sería considerado un traidor, la peor cosa que un judío puede llegar a ser. Me llamarían vykrest, es decir un judío que ha sido bautizado como cristiano. Vykrest es un nombre vergonzoso. Se nos había enseñado que los vykrests eran nuestros peores enemigos. Aún peores que los jesuitas o los torturadores de la Inquisición.

Mientras continuaba luchando con estas incontestables preguntas en apariencia, otra voz súbitamente comenzó a hablar más fuerte que mis propios pensamientos: “Pesa todos los factores a favor y en contra” me decía. “¿Qué es más importante para ti, tener un juicio por tus pecados o no ser llamado traidor? Y aunque aceptes a Cristo como el Mesías, ello no significa que debas dar la espalda al judaísmo. Tú no vas a volver a la sinagoga y tratar de hacer algo en venganza. ¿A quién vas a perjudicar por aceptar a Cristo? ¿Vas a hacerle daño al rabino? ¿Cómo puede tu decisión afectar a la sinagoga?”

Y la voz continuaba: “La decisión es asunto tuyo. Y por tu decisión no vas a perjudicar a nadie. Pero si tú no aceptas a Cristo y tus pecados no son redimidos ¿no crees que ello te pueda dañar a ti? Y si descubres luego que Cristo no es el Mesías, ¿qué habrás perdido por aceptarlo ahora?”

Los argumentos eran razonables. No había nada más que pudiera agregarse. Debía tomar una decisión, de manera que la hice y caí en un sueño profundo y sereno.

Alexander Bolotnikov fue bautizado en la Iglesia Adventista. Posteriormente terminó la maestría en Religión en la Universidad Andrews y enseña en el Seminario Teológico Adventista de Zaoksky, Rusia. Su dirección postal es: Rudneva 43-A; 301000 Zaoksky; Tula; Federación Rusa. E-mail: zaokthl@tula.net Gina Wahlen es escritora y reside en Cambridge, Inglaterra. Este artículo se basa en el libro Verdadero creyente, de Alexander Bolotnikov, según el relato que compartió con Gina Wahlen (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 1997). Este libro fue comentado en Diálogo 11:2, pp. 30, 31.