Desde el convento a una universidad adventista

A los 22 años yo ya no era más Claudia. Después de seis años de riguroso entrenamiento en el convento de Caravelí, en el sur de Perú, mis madres superioras declararon que yo ya estaba lista para tomar los votos de castidad, obediencia y pobreza. Era una decisión rotunda, final. Tomé el triple voto y se me asignó un nuevo nombre: Madre Fernanda. Pero entonces ocurrió algo nuevo y totalmente inesperado. Sin saberlo yo, el Arquitecto de mi destino trazaba otros planes para mi vida.

Nací en Lima en 1972. Mi papá trabajaba en una fábrica de algodón y mi mamá se dedicaba a las labores del hogar, cuidando a sus cinco hijos —tres varones y dos mujeres—. Eramos una familia católica devota. Uno de mis tíos es un sacerdote y misionero, y una prima de mi mamá es una madre superiora en un convento.

Desde pequeña sentía que el Señor me había elegido para servirle a él y a los demás. Ese sentimiento fue en aumento cuando estudiaba en una escuela secundaria católica. ¿Pero cómo sabe uno con seguridad que Dios lo llama a uno a servirle?, me preguntaba. Para encontrar la respuesta me volví a mi profesora de religión, que era una monja. Su consejo me llevó a decidirme a ingresar en la congregación de Santa Ana. En ese entonces yo tenía sólo 15 años.

Este hecho lo sorpendió a mi padre, quien se disgustó con mi decisión. “Eres demasiado joven —arguyó— para tomar un paso tan serio”. Pero yo estaba convencida de que era Dios quien me llamaba a la vida de convento. Atormentada entre desobedecer a mi padre, a quien amaba y respetaba, y seguir lo que yo creía que era el llamado de Dios, yo no sabía cómo organizar mi vida. Una vez fui a visitar a una amiga a su casa. Allí me encontré con varias monjas que me animaron a seguir el llamado de mi vocación. Más tarde vinieron a mi casa. Le hablaron a mi papá alrededor de dos horas, y recuerdo que al final papá dijo que, si esa era mi vocación, no se podía oponer. Con los ojos llenos de lágrimas firmó el documento que me permitía a mí, una menor de 16 años, a ingresar en el convento. Aquellos fueron momentos de una intensa emoción para todos nosotros. Papá, con el corazón apretado, sentía que estaba perdiendo a su hija.

Aquella noche alisté mis maletas con una secreta alegría en mi corazón, pero en mi casa reinaba un profundo silencio. Al día siguiente me hallaba en camino rumbo al lejano convento de Caravelí. En el convento la vida como novicia era estricta. Uno debe aprender a servir a Dios con todo su ser. Eramos 200 en el convento que era a la vez nuestra escuela. Yo me habitué pronto, casi alegremente.

La rutina diaria era rigurosa. Nos levantábamos a las 4:30, al sonido de la campana, para tener un breve devocional y oraciones individuales. A las 5:30 íbamos a la capilla donde orábamos y meditábamos como una comunidad. Después íbamos a misa. Tomábamos el desayuno y luego teníamos las clases de teología y dogma. Después del almuerzo, a la 1:00, teníamos estudio individual y varias tareas. Rotábamos entre varios servicios como cocinar, hacer pan, limpiar y otras tareas. Después de la cena, teníamos una hora “libre” para coser y remendar nuestra ropa y escribir a nuestros familiares. A las 9:00 rezábamos y luego teníamos las invocaciones. A las 10:00 en punto se apagaban las luces. Así terminaba el día, con un horario extremadamente rígido, para dar lugar al día siguiente.

Cada una de nosotras teníamos nuestra celda individual. Lo que más me gustaba de esa vida era el silencio y la soledad en el tiempo en que se nos adjudicaba para la meditación y la oración, lejos de todo ruido y distracciones. El estudio era intenso y yo aceptaba todas las enseñanzas ávidamente porque quería llegar a ser una religiosa modelo. Mi sueño era ser misionera, llevar la fe católica a los pueblecitos que no tenían sacerdotes y donde la vida religiosa casi no existía. Mi modelo era, y todavía lo es, el apóstol Pablo, quien, después de su conversión, con mucho fuego, predicó la Palabra de Dios, arriesgando su vida en el cumplimiento de la misión de Cristo. Durante los primeros meses en el convento, mi papá me venía a visitar por lo menos una vez por mes. Casi en cada visita me decía en tono confidencial: “Hijita, ¿no te desanimaste? Regresa conmigo. Aquí tengo el dinero para tu pasaje”. Una vez le dije que mi decisión era firme y que no me hablara más sobre ese tema.

Pronto pasé de la etapa de novicia a la de juniorado. Después de seis años de entrenamiento, tomé mis votos y comencé a usar los hábitos de la congregación. Me convertí en la Madre Fernanda.

Una visita a casa

Una vez confirmada en mi llamado y con un nuevo nombre, volví a casa para visitar a mi familia. Todo parecía nuevo y diferente, como si yo hubiera estado viviendo seis años en otro planeta. Cuando me fui de casa, mi hermanita menor recién daba los primeros pasos y ahora era una niña grande. ¡Qué alegría de abrazar a mis padres y a mis hermanos! Mis amigos y parientes venían a casa a ver a la nueva monja y a enterarse de todo lo que había pasado. La vida cambia tanto en unos pocos años.

Cuando las dos semanas de vacaciones ya llegaban a su final, me enfermé mucho y tuvieron que internarme de emergencia en el hospital. En casa todos estaban muy asustados. Yo también. Los diversos exámenes médicos revelaron que tenía úlceras estomacales y también algo al corazón. La doctora me recetó una cantidad de medicamentos y un mes de reposo absoluto. Como no se podía estar más que 15 días fuera del convento, mi papá se comunicó con las madres superioras pidiéndoles permiso para que yo me quedara en casa por más tiempo hasta que recuperara la salud. Pero las madres se opusieron rotundamente y le dijeron que yo debía volver al convento, que allí podría recobrarme. Mi papá no cedió.

Y yo me quedé en casa, ligada a un tubo que me alimentaba con líquidos. Un día, vino a visitarme mi tía Marta, que era adventista. Ella se preocupó mucho por el estado de mi salud y me preguntó si podía traer a un pastor adventista para que orara por mí y me animara a recuperarme. Al día siguiente, las madres superioras llegaron a Caravelí, dispuestas a llevarme al convento. Mi papá insistió que me permitiría ir sólo cuando estuviera completamente restablecida. Después de una acalorada discusión de tres horas, las monjas se fueron muy disgustadas.

Más tarde, el pastor adventista vino a visitarme. Era joven, amigable, comprensivo y jovial. Junto con su esposa, estaba totalmente dedicado a compartir las buenas nuevas del evangelio. El pastor leyó un pasaje de la Biblia, hizo algunos comentarios acerca del poder de sanar de Dios y luego oró por mi salud. Pronto las madres superioras contactaron a mi familia otra vez, exigiendo que yo volviera al convento inmediatamente. Pero yo no podía volver, pues todavía me estaba recuperando. Además, aunque mi cuerpo se estaba fortaleciendo, allá en lo profundo de mi ser, yo estaba experimentando una transformación. Comencé a leer la Biblia con un entendimiento nuevo, sintiendo que el Espíritu Santo era mi divino Maestro.

Se abre un mundo nuevo

Pronto comencé a visitar la Iglesia Adventista. Los himnos que se cantaban allí me llegaban, pero eran completamente nuevos para mí. También comencé a estudiar la Biblia en un grupo, en el que participaba libremente y hacía comentarios propios de los pasajes que estudiábamos. Más tarde acompañé al pastor y a su esposa a un programa evangelístico en un pueblo cercano. La experiencia fue inspiradora. Parecía que Dios iba contestando a muchas de mis preguntas. Quería conocerlo mejor, a un nivel más personal.

Un día, cuando regresábamos a Lima, le pregunté al pastor qué se requería para convertirse uno en miembro de la Iglesia Adventista. Su esposa y él se sorprendieron. Yo insistí: “¿Tengo que cambiar mi Biblia católica por la suya?” Ellos se rieron. “Tienes que bautizarte”, dijo el pastor. “Bueno, aquí hay un río. Me bautizo aquí”, repliqué. “Claudita, despacio. Debemos estudiar las enseñanzas de la Biblia en profundidad y tú debes hacer una decisión concienzuda”. Yo estuve de acuerdo y asistí a otra serie evangelística. El estudio de la Biblia me convenció de la verdad como se da en Jesús. Y me uní a la Iglesia Adventista por medio del bautismo.

Entonces se abrió un mundo nuevo delante de mí. Después de varios años de una vida de un régimen inflexible, podía hacer mis propias decisiones acerca de mi vida. ¡Todo sucedió tan rápido, que sentía temor! Aunque ni mi familia ni yo teníamos los fondos necesarios, me matriculé en la Universidad Adventista del Perú en febrero de 1997. Desde entonces he estado trabajando y estudiando para convertirme pronto en una maestra de escuela primaria. Espero poder compartir el amor de Dios con los pequeños en la escuela. Durante los veranos combino las actividades de venta de libros adventistas con las de dar el testimonio de mi fe a los demás.

También he compartido mi nueva fe con mis padres. Mi mamá y mi hermana fueron las primeras en aceptar las enseñanzas del adventismo, y mi papá se unió a la iglesia un poco más tarde. Mi alegría es inmensa y continúo orando por mis tres hermanos. Vivo un día a la vez, confiando en Dios, que es la base de mi gozo y mi esperanza.

¿Cómo sabe uno con certeza que Dios lo está llamando a uno? Esa pregunta me condujo a una búsqueda de siete años, desde la turbulencia de mis años de adolescencia a la seguridad de una vida planificada en un convento, a la vida de libertad y esperanza en Cristo. Mientras tanto, yo sé que el llamado de Dios es verdadero únicamente cuando buscamos por nosotros mismos la verdad en las Escrituras, bajo la guía del Espíritu Santo y tenemos la valentía de aceptarla.

Claudia Camasca continúa sus estudios en la Universidad Peruana Unión. Su dirección es: Casilla 3564; Lima 100; Perú. E-mail: A9810129@alumnos.upu.edu.pe