Eardell Jenner Rashford: Diálogo con una juez adventista en Nueva York

Una cristiana que ama a su Señor. Una adventista que es activa en su iglesia. Una juez que dispensa justicia en la ciudad de Nueva York. Una mujer que se interesa por la comunidad en la cual vive. He aquí Eardell Jenner Rashford.

Eardell nació en Harlem, Nueva York. Desde el nivel primario y hasta el terciario asistió a escuelas adventistas. En 1971 recibió el título de Doctora en Jurisprudencia de la Universidad Howard.

Mientras asistía a esa universidad, Eardell era activa en el servicio a la comunidad dedicando tiempo al Centro de Informaciones para el Consumidor del Vecindario en Washington, D.C. Allí era responsable del seguimiento de los reclamos de los consumidores. Cuando estaba culminando su carrera de derecho, se desempeñó como secretaria de la Sociedad Legal de la Ciudad de Nueva York. Posteriormente fue empleada del Departamento de Asuntos del Consumidor de Nueva York y de la Unidad Asistencial de la Mesa Comunitaria, donde continuó trabajando hasta 1980.

En los quince años que siguieron, la Dra. Eardell Rashford atendió casos en el fuero contencioso civil y comercial para la División de Propiedades de la ciudad de Nueva York. Durante ese tiempo sirvió como arbitrante en la Corte de Reclamos Menores para la Ciudad y la Oficina de Desarrollo Comercial. En julio de 1995 Rashford fue nombrada juez de la Corte de la Ciudad de Nueva York.

Dedicada a Dios, a su iglesia y a la comunidad, Eardell da gloria y honor a Dios por lo que él ha hecho en su vida. Es miembro de toda la vida de la Iglesia Adventista Efeso del Harlem, sirviendo a la congregación en lo que fuere necesario, desde ayudar a la secretaria de la iglesia hasta aceptar el desafío de nutrir a la iglesia enseñando en la escuela sabática. Asimismo, ha sido asesora legal de la Asociación del Noreste de la Iglesia Adventista y miembro de la junta directiva del Colegio Oakwood, en Alabama.

Dra. Rashford, por favor, cuéntenos qué le ayudó a llegar a ser lo que usted es ahora.

Habiéndome criado en un hogar adventista, Dios siempre ha ocupado el primer lugar en mi vida. Soy un producto de la educación adventista gracias a la fidelidad de mis padres en ofrecérmela a través de los años. Yo nací y crecí en el Harlem, en las afueras de Manhattan, Nueva York. Ahora vivo en el Bronx, donde estoy sirviendo como juez de la Corte de la Ciudad. Siempre he sentido un fuerte compromiso con las comunidades en las cuales vivo y participo, incluyendo la comunidad civil, la Iglesia Adventista, y las instituciones educativas adventistas, que han jugado un papel importante en mi formación para la vida.

¿Siempre quiso ser juez?

Cuando era niña mis primeros sueños fueron ser mecánico de automóviles. Mientras estaba en la escuela secundaria soñaba con ser abogada. Luego que entré en la profesión jurídica sentí la impresión de que debía llegar a servir en los estrados judiciales. Sentí que Dios me dirigía para que tomase ese derrotero.

¿Cómo entró en el poder judicial?

Fue por elección. En septiembre de 1994 solicité una plaza en la Corte de la Ciudad de Nueva York. Había entre 100 y 150 solicitudes para la misma función. Luego de ser entrevistada por una subcomisión del Concilio de Consejeros del Consejo Deliberante de la ciudad, cuarenta de nosotros fuimos seleccionados para presentarnos delante de la comisión en pleno. En todos los niveles los exámenes fueron orales, lo que requería capacidad de concentración y atención, como la que necesitan los jueces en su función y la habilidad de responder de manera apropiada. Este proceso fue muy exigente. De los cuarenta, cuatro fuimos seleccionados para presentarnos frente a la Asociación de Abogados de la Ciudad de Nueva York. En este caso el proceso fue más detallado y específico, lo que llevó finalmente a ser entrevistados por la Comisión Judicial en pleno de la asociación mencionada. Y luego, por tres miembros de la Oficina de la Administración de la Corte. Finalmente, fuimos entrevistados por el Juez Administrativo en Jefe de la Ciudad. Esperé durante casi seis meses los resultados de dicha entrevista. Cuando por fin llegaron los resultados en febrero de 1995, me sorprendí. No había sido seleccionada.

¿Se desanimó? ¿Creyó usted que quizás las puertas podrían no abrirse otra vez?

No. Me sentía en perfecta paz. Aunque desde febrero hasta junio de 1995 la única muestra de ánimo que recibí de la Oficina de la Administración de la Corte fue una carta señalando que si quedaba disponible alguna posición mi nombre sería considerado. Entonces, un juez a cargo falleció inesperadamente y me llamaron para ejercer esa posición. Me di cuenta que la paz que había experimentado a través del extenso trámite de solicitud como del proceso de espera fue un regalo de Dios. El sabía qué había delante y yo ni lo sospechaba. Este fue un maravilloso momento de profundización de mi confianza en él; pude vislumbrar desplegado ante mí su plan para mi vida, luego de tantos meses de no disponer de ninguna indicación de cuál sería el resultado. Me sentí muy bendecida por esta experiencia.

¿Cuánto tiempo va usted a servir en esa función?

Cinco años. En Nueva York, los jueces son seleccionados, elegidos, o con mayor frecuencia, son nombrados por el intendente o jefe comunal. Como juez de la Corte de Propiedades de la ciudad me desempeño como oficial de audiencia y fui escogida por un nombramiento interno de la Oficina de Administración de la Corte.

¿Le ha provocado su religión algún conflicto laboral?

No. No tenemos problemas de sábado. El sistema judicial de la ciudad de Nueva York es en general muy considerado con las preferencias religiosas de su personal, posiblemente a causa de la diversidad religiosa que caracteriza a la gente que vive en esta ciudad. Yo no oculto mis creencias. Cada año en otoño, cuando el sol se pone más temprano, preparo una nota explicando que voy a salir antes de hora los viernes de tarde por causa de mis creencias religiosas, y nunca ha habido problema alguno en relación con este aspecto de mi gestión.

Por favor, cuéntenos cómo es un día normal en los tribunales.

El horario de corte es de 9:30 de la mañana a 5:00 de la tarde. Sin embargo, puedo permanecer después de hora para dedicarme a decisiones que quedaron pendientes más temprano durante el día. Mi tarea habitual incluye trabajar entre treinta a cuarenta casos que esperan resolución cada día hábil. Cada mañana hago una breve alocución con el fin de recordarle a la gente que está en una corte y que debe conducirse como corresponde. Me siento en un estrado elevado lo cual permite mantener distancia y contribuye a inspirar respeto y mantener el decoro en la sala. Yo no sonrío a menudo durante las sesiones, para no dar la impresión de favorecer a cualquiera de las partes, pero soy reconocida por mi paciencia y comprensión.

En una sala de tribunal un juez frecuentemente enfrenta situaciones que pueden ser un tanto frustrantes y desafiantes. ¿Cómo aborda usted tales circunstancias?

Si alguien piensa que ser juez de una corte es agravante, esa persona probablemente no debe considerar ser juez. Confieso que hay algo que me irrita, y es la gente que interrumpe, como ocurre continuamente entre los abogados, o cuando ellos me interrumpen a mí. En mi corte yo dejo en claro que todos tienen el derecho de expresarse. De manera que no tolero interrupciones sencillamente porque ello no es necesario, considerando las circunstancias ya explicadas. En consecuencia, todos pueden ejercer el derecho de hablar en mi sesión.

Desde mi perspectiva jurídica todo problema tiene solución. Al inquilino o al propietario o a ambos puede no gustarles la solución, pero cada problema tiene una solución de acuerdo con la ley.

Al referirse a su trabajo usted exuda satisfacción. ¿Qué es lo que hace que su trabajo sea tan agradable?

Yo lo disfruto por tres razones: ayudo a las personas, aplico la ley y lo hago en forma atemperada, ejerciendo misericordia hacia ambos lados de la disputa. El saber aplicar la ley es desfiante. Y a la vez es interesante porque yo no se qué es lo que se va a presentar. Puede ser un caso de rutina o uno fuera de lo común. De cualquier manera, siempre es una sorpresa. Creo que el estudiar los intrincados detalles de una ley es un ejercicio de creatividad para determinar qué aspecto deberá ser considerado en un situación dada y cómo deberá aplicarse la ley en el caso.

Pareciera que su vida girara casi enteramente en torno a la ley, ¿cómo resuelve esto a nivel personal?

Me gusta estar involucrada en la consideración de las leyes y aplicarlas. Yo he practicado el derecho como abogada y se supone que los abogados deben ser gente honesta. Existen códigos de ética que declaran que los abogados deben ser íntegros y esto forma parte de mi identidad. Me gusta ejercer mi función de magistrada en el estrado judicial.

¿Ha tenido su ocupación algún efecto en su fe?

Sí, mi función ha afirmado mi fe. Creo más en Dios. Me apoyo en él para decir lo correcto. Ruego mucho por sabiduría tanto en el estrado como fuera de él.

Como magistrada, ¿percibe usted alguna tensión particular en su actividad?

Hay momentos en que una mujer como juez puede no ser respetada como lo es un hombre en la misma posición tanto por parte de abogados como de litigantes, por lo cual yo demando respeto. Y promuevo la atmósfera de respeto necesaria que espero de todos ellos mientras están en la corte. El tema del género es sólo una de las muchas facetas de las que tengo en cuenta con el propósito de inspirar respeto en el tribunal.

¿Qué opina de los adventistas que acuden a la corte para resolver problemas?

Creo que el sistema judicial debería ser el último recurso de un cristiano adventista, después de haber agotado la reconciliación y los pasos o etapas de resolución establecidos en Mateo 18. Las personas deben disponer de algún procedimiento para resolver sus problemas. Para los cristianos el mejor recurso es Mateo 18, pero cuando éste no permite alcanzar los resultados esperados, entonces hay que recurrir a los remedios legales.

¿Conviene ser un juez financieramente hablando?

[Risas.] El dinero no es lo más importante en la vida. Un abogado o abogada joven en su primer año después de completar sus estudios, puede ganar más dinero en la bolsa de valores que yo como juez. Creo que la mayor recompensa que alguien puede tener es sentirse feliz con lo que uno está haciendo.

Entrevista de Betty Cooney. Betty Cooney se ha especializado en comunicaciones y ha trabajado por muchos años para la Iglesia Adventista. Recientemente fue la coordinadora del Seminario Profético del Milenio, difundido vía satélite desde la ciudad de Nueva York.