Enfrentando el pecado

Allí estaba él. El presidente de los Estados Unidos admitiendo su participación en una “relación inapropiada” con una joven que había estado cumpliendo una pasantía por sus oficinas, en un mensaje televisado de cuatro minutos de extensión transmitido a toda la nación. Allí estaba él, reconociendo que sus declaraciones previas sobre la misma relación habían deliberadamente confundido a la gente de todo el país. Y una pregunta persistía en mi mente: ¿Cómo pudo ser posible que una persona como el presidente Clinton, con semejantes logros académicos, incuestionable inteligencia, pasión por servir a su pueblo, conocimiento de la ley, capacidad para actuar en los medios de difusión con gran habilidad, llegara a elegir arriesgar tanto para hacer algo tan tonto? ¿Cómo puede alguien actuar de manera tan inconsistente con lo que conoce que es correcto y sabio?

Estas preguntas traslucen aquellas que yo me formulaba muchos años atrás como estudiante en la Universidad La Sierra y en la Universidad de Loma Linda. Mis preguntas tenían que ver con el significado y las consecuencias del pecado. ¿Por qué es que los cristianos adventistas continuamos pecando sabiendo lo que sabemos? ¿Por qué es que caemos tan a menudo sin alcanzar el ideal de Dios cuando hemos sido privilegiados con tanta luz?

Habiendo crecido y recibido mi educación en la Iglesia Adventista y en escuelas adventistas, me he criado versándome minuciosamente en la teología bíblica. Aunque no era legalista, desafortunadamente había adquirido la creencia equivocada de que la teología correcta, y no la cruz de Cristo, era la llave de la salvación.

Providencialmente, en la Universidad La Sierra llegué a comprender que aunque el conocimiento de las 27 Creencias Fundamentales de la Iglesia era necesario, no era suficiente para asegurar la salvación. Gradualmente reconocí que experimentar la gracia de Dios y desearla viene no del conocimiento sobre Cristo, sino por llegar a conocerlo personalmente como Salvador. En pocas palabras, las creencias correctas no son suficientes para garantizar una acción correcta. Y yo debía establecer una relación correcta.

El significado del pecado

Por lo que es mejor recordado Agustín es por sus Confesiones. Aunque en estilo autobiográfico, el libro es rico en contenido teológico. En él desnuda su alma ante el lector, no por una sed perversa de fama, sino guiado por una genuina preocupación cristiana y su deseo en oración de exponer ante otros lo que sufrió.

Agustín cometió serias equivocaciones personales a lo largo del camino de su vida, y en su libro comparte cómo sólo la relación con Dios lo salvó de sí mismo. Relata cómo la sensualidad lo corrompió completamente, cuán concupicentemente había peleado en la guerra contra su propia conciencia, y cómo a consecuencia de esa tremenda inquietud, se volvió extremadamente celoso y exigente, de una manera totalmente contraria a los ideales de Dios para su vida.

Un día, Agustín estaba en el jardín cuando oyó a una pequeña repetir una y otra vez: Tolle lege, tolle lege (Toma y lee, toma y lee). Encontró la Epístola de Pablo a los Romanos sobre una mesa próxima, la tomó y la leyó. Pero hizo algo más que enfocar sus ojos sobre meras palabras. Encontró La Palabra. Confrontado por el poder divino, la majestad y el amor de él, que es Amor, la vida de Agustín cambió para siempre. La información que había leído era importante, pero aún más lo fue la habitación del Espíritu Santo. Concentrándose en la Palabra de Dios, tuvo una experiencia con el que es la Palabra.

Agustín vivió hace mucho tiempo, pero sus experiencias nos hablan aún hoy. Nos recuerdan que el frenesí humano es de carácter moral. Tiene muy poco que ver con cuánta información tenemos y mucho con la manera en que vivimos en armonía con Dios. Agustín habló de “la caída” como señalando el origen del pecado en este mundo. No era el plan de Dios para nosotros que estuviéramos enfrentados con él. Todo lo contrario, Dios nos creó a su imagen, declaró buena la raza humana, e intentó establecer una relación con nuestros primeros padres y todos los que vinieran luego.

Adán y Eva recibieron todo lo que necesitaban para crecer en una todavía más estrecha relación con su Creador. Que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal, fue la simple instrucción que Dios les dio. Pero eligieron desobedecer. Adán y Eva no cayeron por ser ignorantes sino por ser desobedientes. Cristo tuvo que morir no tanto para brindarnos información sino primordialmente para establecer directa relación con nosotros.

La Biblia nos dice que la alienación es una de las consecuencias del resultado del pecado (Génesis 3:10-13). La primera cosa que Adán y Eva hicieron después de haber desobedecido a Dios fue huir de él para evitar su presencia. Más tarde, confrontados por Dios, fracasaron al no admitir sus errores. En lugar de ello, se parapetaron detrás de sus excusas. Mutuamente se señalaron como culpables. Como resultado de su pecado, cayeron lejos de Dios y consecuentemente deambularon separados el uno del otro. El pecado lleva a la interrupción total de la relación. Porque la horizontal o terrenal depende de una fuerte relación vertical o celestial.

Dios no es sólo el creador de todo lo que es. Dios es como un árbol que reúne todas las ramas. Fuera de Dios no hay unidad. Sin Dios estamos solos. Esto es lo que Cristo experimentó en la cruz: la ausencia de la presencia de Dios.

La segunda consecuencia del pecado es condenación (Romanos 5:18). Como aquellos que deliberadamente desobedecen a Dios nosotros hemos caído bajo el juicio de Dios. Una declaración legal de culpabilidad ha sido pronunciada sobre nosotros. Y vivimos custodiados por la esclavitud del pecado. Este no sólo interrumpe nuestra relación con Dios, sino que además nos empuja en contra de Dios y favorece nuestra propensión hacia el pecado. Adán y Eva cometieron algo más que sentar un mal precedente; ellos nos pusieron en una situación de la cual nosotros mismos y por nuestras propias fuerzas no podemos salir. Estamos condenados. Y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

El triunfo de la cruz

Afortunadamente, ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra. Pero a continuación y en el mismo versículo Pablo nos brinda buenas noticias: “...pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Tenemos un amante Dios que no quiere dejarnos ir. Así fue como envió a su único Hijo para morir por nosotros. “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:18 y 19). Cristo triunfó sobre el pecado mientras estuvo clavado en la cruz, y su resurrección no deja dudas sobre su victoria. Estas son realmente buenas noticias.

Podemos descansar seguros de que no estamos solos. Dios está verdaderamente con nosotros. Porque muriendo en la cruz, Cristo erradicó la alienación. El ha hecho esto posible por nosotros siendo uno con él, y él está reconciliando al mundo consigo mismo (2 Corintios 5:19). Por causa de la cruz, ahora no hay condenación. Dios no ve un veredicto de culpabilidad estampado en nuestros corazones. En su lugar ve el ropaje de la justicia de Cristo: “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús… que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1, 4).

Continuaremos luchando con nuestras falibilidades (ver Romanos 7) porque somos impotentes para hacer lo bueno por nosotros mismos. Pero Dios puede transformarnos y potenciarnos si sólo se lo permitimos. Verdaderamente, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Como Pablo, Agustín, Clinton, y como cualquiera de nosotros, nos sorprendemos a nosotros mismos fallándole a Dios. Caemos, pero no necesitamos permanecer caídos. La gracia de Dios es suficiente para levantarnos y ayudarnos a caminar otra vez por el sendero de la fe.

David Pendleton es un abogado adventista y legislador estatal en Hawai. Su “Perfil” fue publicado en Diálogo 10:3. (1998) Su dirección postal es: State Capitol, Honolulú, Hawai 96813, U.S.A. E-mail: reppendleton@capitol.hawaii.gov