Contra el silencio: Una meditación sobre Kosovo

El vocablo djak en albano significa “sangre”. De esta raíz la aldea de Djakova deriva su nombre, aunque Julie no recuerda el porqué. “Es algo que está relacionado con el sacrificio de las ovejas”, dice.

Somos cuatro personas en el automóvil: Julie, una traductora de la Organización Internacional de la Migración; su esposo, un profesor de ciencias de secundaria; el hijo de ellos, de 16 años, y yo.

Ellos viajan a Djakova para visitar el lugar natal de Julie. Yo viajo a Djakova buscando una respuesta a un absurdo llamado “limpieza étnica”, una respuesta al enigma del sufrimiento humano.

Para los albano-kosovares, la ruta está plagada de tristes recuerdos, llena de sórdidas historias que lastiman en cada repetición. Desde la ruta principal hacia Pristina, debemos ir primero al norte, pasando Raças. Al mirar por la ventanilla hacia la izquierda, vemos tierra amontonada y basura en la ladera de la montaña. Los montículos de tierra están coronados por placas de madera rectangulares.

En un bosque no muy lejano, el 18 de enero de 1999, las fuerzas de seguridad serbias masacraron a 45 albaneses étnicos. Eran civiles y estaban desarmados. En el grupo había dos niños, una mujer y una docena de ancianos. Poco después de Raças la ruta serpentea retrocediendo hacia el suroeste. Casas y granjas puntean el paisaje. Un estudio realizado por las Naciones Unidas en 1.500 aldeas de Kosovo dos meses después de la guerra halló que más de 78.000 hogares fueron seriamente afectados o completamente destruidos.

Como acto final de humillación, los soldados en retirada dibujaron obscenidades y dejaron inscripciones en las paredes de los edificios. Shiftari es una de las favoritas. Tiene una connotación despectiva racial como “kike”, “kafir”, o “spik”, o “negro” . En este caso, significa “albano”.

Al terminar la guerra, me decía Julie mientras viajábamos, su esposo regresó a Kosovo en tanto ella permanecía en Stankovic, un campo de refugiados macedonio. El esposo le envió un mensaje urgente. Ella no debía regresar a la casa. Todavía no. Los milicianos habían utilizado la casa como una barraca. Y él no quería que Julie viera las palabras que habían dejado en las paredes. O los gatos muertos sobre la cama. O que sintiera el olor del excremento sobre las alfombras.

Sin embargo, todo esto puede ser soportable. Las alfombras se pueden lavar y las palabras no explotan en la cara de uno.

Cuando Ram Sulejman, un joven de 18 años, regresó a su casa en Klina después de la guerra, no encontró obscenidades en las paredes. Todo estaba intacto. Era afortunado. Entonces, abrió la puerta y explotó una mina.

Kushtrim, su mejor amigo, mientras barría los vidrios rotos que aún quedaban en Pristina, me lo contaba luchando por contener las lágrimas: “Debieras haber visto a mi amigo, era tan buen mozo, tan fuerte. ¿Por qué le hicieron esto? ¿Por qué? Odio esta guerra. Tú no lo entiendes. La odio”.

Aunque no es sólo la guerra lo que produce dolor. El asalto a Kosovo comenzó hace por lo menos una década, cuando el gobierno yugoslavo en Belgrado envió fuerzas policiales represoras a la región. Esta medida produjo la degradación sistemática de la vida social, cultural y política de los albanos en la región.

Y entonces, me contaba Julie señalando la ladera devastada de la montaña junto a la que estábamos pasando, comenzó la deforestación. Los árboles que una vez cubrieron las colinas fueron a parar en los aserraderos de Serbia, dejando tras de sí un paisaje desolado de arbustos y rocas.

Como en gran parte de Kosovo, la historia aquí se da no por lo que está presente sino por todo lo que está ausente, por lo que se ha desvanecido más que por lo que se ve. Consideremos, sólo como ejemplo, el caso de los hospitales donde los medicamentos y las equipos médicos fueron saqueados, o las mezquitas quemadas y derruidas, o las tiendas y comercios devastados en medio de una humareda, o los documentos legales desaparecidos. Y las posesiones personales que no pueden ser localizadas... o las personas que ya no están.

Los investigadores especializados en crímenes de guerra calculan que aproximadamente 10.000 albano-kosovares murieron en el conflicto. En una nación que no llega a los dos millones de habitantes que aún siguen unidos por fuertes lazos familiares y comunitarios hay pocos en la región que no conocen por nombre el caso de alguna persona que fue asesinada.

Ya en las montañas, la ruta a Djakova se orienta al oeste adoptando casi una línea recta. Viajamos en silencio hasta que cruzamos el río Erenik. Julie sonríe mientras recuerda los veranos de su infancia en los que nadaba y pescaba. Entonces, un poco más adelante, sobre una colina baja, al descender, se encuentra Djakova.

La primera vista que nos saluda al entrar en la ciudad es la estación de policía. Es un edificio de cuatro pisos que ahora está abierto por los cuatro costados, como consecuencia de la “mano de obra” de los misiles de la OTAN. Grandes porciones de concreto penden en lo alto desde el tinglado de acero. Documentos abandonados y carbonizados se esparcen como basura por el patio.

Julie se estremece mientras pasamos junto al edificio. Y nos cuenta acerca de los gritos que se escuchaban desde este edificio en medio de la noche; de la ropa ensangrentada, de los instrumentos extraños que se descubrieron en el lugar después que las tropas serbias abandonaron el lugar. A medida que avanzamos, lentamente, hacia el centro de la ciudad, la destrucción pareciera haber sido guiada por una mano arbitraria y aleatoria, unos edificios ni siquiera fueron tocados en tanto que otros fueron reducidos a escombros. ¿Cuál fue el proceso de selección? ¿Qué método se siguió? ¿De qué manera los perpetradores determinaron dónde volcar sus odios? ¿Acaso esto los satisfizo? ¿Pudo su odio aplacarse ante la desmesura de la saña?

Luljeta Falzaj, una enfermera de 20 años, de Radvag, me contaba acerca de un compañero de estudios, Afrim Gjuraj, cuyo cuerpo fue encontrado con 82 perforaciones de bala.

Me gustaría preguntarle a alguien que probablemente esté vivo en los Balcanes: ¿Qué objetivo persiguieron esas 82 balas? ¿Qué pensó luego del segundo disparo? ¿Y del siguiente? ¿Y del siguiente? ¿Y del siguiente?

Trágicamente, los disparos y los incendios aún continúan. Los albanos intentan vengarse por cada palmo de tierra en que fueron afectados, destruyendo hogares serbios, iglesias ortodoxas y aterrorizando a la minoría serbia y a la población gitana que aún permanecen en la región con ataques de granadas por las noches, o llevando a cabo ejecuciones sumarias en los campos durante el día.

En la frontera entre Kosovo y Macedonia, un jovencito gitano que abandonaba el país junto con más de 250 miembros de toda una población me mostraba la cicatriz en su mejilla—un desagradable recuerdo de su tierra natal producido por un certero disparo—. Aunque es posible que también haya sido un incidente afortunado, pues si el disparo hubiera sido unos centímetros hacia la derecha, ese joven no hubiera estado allí para contarme el episodio.

Tarde una noche, miré un hogar serbio quemado en la aldea de Ferizaj. El revestimiento se recalentó y formó burbujas antes de encenderse en llamas. Porciones del cielo raso caían hacia el interior, demarcando toda la escena con partículas incandescentes.

Hacía mucho que los ocupantes habían huido, dejando tras de sí a una muchedumbre de niños que bailoteaban jubilosos en la penumbra de las llamas. “OTAN”, “OTAN”, clamoreaban y “ELK”, “ELK”, las siglas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y del Ejército de Liberación de Kosovo. Una muchedumbre de hombres y mujeres los contemplaban a cierta distancia, con una actitud impasible y tolerante.

Entonces el viento cambió. Y el fuego que se elevaba hacia el cielo, se movió en forma horizontal, lamiendo los aleros de una casa del vecindario, el domicilio de un albanés étnico. A medida que el segundo edificio comenzaba a arder, los pobladores corrieron a buscar mangueras y baldes. Sin embargo, los niños, ajenos a lo que estaba ocurriendo, continuaban cantando: “OTAN”, “OTAN” y “ELK”, “ELK”.

Mientras contemplaba este espectáculo surrealista, debo confesar que sentí un gran deseo de que el fuego consumiera las dos casas. Es posible que eso pudiera convencer a los albanos —algunos de ellos mis compañeros y amigos— de lo irracional y auto destructivo que es albergar un sentimiento de venganza. Con todo, se logró contener el fuego y los bomberos voluntarios dejaron a un lado sus mangueras a fin de seguir contemplando cómo ardía la antigua casa de un serbio.

Regresé al apartamento donde me alojaba, pasando junto a las casas que aún siguen siendo habitadas por serbios que no tienen un lugar hacia dónde escapar, como la de un anciano que recibe pan y leche una vez por semana de los servicios comunitarios de ADRA, o la de la abuela que siempre me ofrece un ramos de flores cada vez que la visito. Hay unos 40 ancianos serbios que permanecen en Ferizaj, siendo las víctimas más recientes de lo que parece ser una interminable ronda de odios.

En Djakova visitamos con Julie el antiguo barrio de la ciudad. El camino está bloqueado con tanques de combustible y arbustos, por lo que debimos bajar del automóvil y caminar mientras el esposo de Julie buscaba senderos alternativos. Estábamos en el vecindario donde se crió Julie, la zona más devastada de Kosovo. Los edificios de esta zona datan del 1400 d. de C. Fueron construidos según el estilo arquitectónico turco propio del Imperio Otomano y han sido valorados por los albanos como un hito histórico y cultural.

Mientras recorríamos las ruinas, Julie oficiaba como guía. Allí había antes una excelente panadería. En este otro lugar, una joyería. Y allá, una modista de alta costura.

Si uno se detiene a examinar los fragmentos, aún resulta posible descifrar la ocupación a que se dedicaban los dueños de esas tiendas. Un montón de chatarra de relojes testificaban que allí hubo un relojero. Otro lugar mostraba las diversas formas de las botellas que eso había sido un bar. Buscando en medio de artefactos averiados descubrí una frágil tacita de té, intacta, un fragmento de civilidad rescatado de las llamas.

En el corazón del antiguo mercado flanqueado por las ruinas se yergue una mezquita medieval del siglo XV. Su minarete fue parcialmente destruido cuando el ejército serbio lo usó como blanco de su artillería. Los soldados, al no poder entrar por sus enormes puertas, encendieron el enmaderado de la entrada, pero el fuego no afectó el santuario.

Mientras nos abrimos camino por los paneles quemados del piso, algo atrajo mi atención. Lo recogí. Es un objeto inadvertido, un fragmento ennegrecido que podía ser pasado por alto fácilmente en medio de otros restos esparcidos. Todavía hoy, al contemplarlo, ese objeto ejerce en mi mente, en mi imaginación y en mi conciencia una poderosa influencia. Es un clavo de unos diez centímetros, herrumbrado, un tanto doblado en el centro; un utensilio trabajado a mano, una pieza original de aquel edificio que tenía, por lo menos, 500 años de existencia , según Julie, la obra de un herrero medieval.

Lo que ella no comprendía era que para mí tenía un sentido muy especial y más antiguo aún. Mientras giraba aquel clavo en mis manos, vino de súbito a mi mente un pensamiento: ¿No había sido precisamente esto lo que había clavado al Señor a un madero? ¿No había sido esto, exactamente esto, lo que había taladrado las manos y el corazón de Dios?

¿Dónde podemos encontrar un sentido para los sufrimientos del Señor del Universo sino en los padecimientos de nuestro prójimo? En Julie, en Luljeta, en Afrim, en Ram, en Kushtrim, en tantos otros como ellos.

En la destrucción de sus hogares y tiendas, en la tortura, la violación y el asesinato de los inocentes y aún en la destrucción de sus casas de adoración, en sus mezquitas y minaretes.

Como seguidores de Jesús que vivimos en las postrimerías del siglo más sangriento en la historia de este planeta, se nos confronta hoy con una decisión: es posible que adoptemos una actitud de pasividad ante las atrocidades que se cometen a los derechos humanos o podemos alzar nuestra voz para hablar y preservar la imagen del Creador que se refleja en esos seres indefensos. Podemos optar por hacer oídos sordos y tener un corazón de piedra ante el clamor de los que sufren, o podemos llegar hasta aquellos que padecen, esos que a través de sus heridas, nos dan la oportunidad de aliviar el sufrimiento del Salvador crucificado que dio su vida por el mundo.

¿No fue esto lo que Jesús quiso expresar al decir: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí lo hicisteis”?

Ron Osborn pasó cinco meses en 1999 en Kosovo, ofreciendo servicios humanitarios para la Agencia de Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA) y para la International Medical Corps. En la actualidad está llevando a cabo estudios graduados en literatura inglesa. Se lo puede contactar por e-mail: ronaldosborn138@cs.com