Mi peregrinaje hacia la fe

En 1990 ingresé en la cuatricentenaria Universidad de San Marcos, el gran centro intelectual del Perú y cuna de los próceres de nuestra independencia nacional. Escogí la carrera del Derecho calculando que su aprendizaje implicaría nociones de historia, política y filosofía.

Desde 1980 la violencia política sacudía al Perú debido a la confrontación entre las Fuerzas Armadas y dos agrupaciones terroristas, realidad que la mayoría de Universidades reflejaron al convertirse en un campo de batalla entre organizaciones estudiantiles de izquierda que luchaban entre sí y contra el terrorismo. En 1991 el Gobierno decidió intervenir con tropas, tanques y helicópteros en el campus universitario. A pesar de ello, mi primer año de estudios fue pletórico de descubrimientos intelectuales pero también de ansiedades y confusiones espirituales motivadas principalmente por mi afán de discernir imparcialmente la posibilidad de ser cristiano y al mismo tiempo un investigador científico.

Mis pesquisas en filosofía y ciencias crearon un conflicto entre mis profundamente enraizadas creencias católicas y una ciencia social que negaba mis más arraigadas convicciones filosóficas, morales y religiosas. ¿Pueden coexistir la razón y la fe? ¿Es la fe compatible con la ciencia? Eventualmente abandoné la creencia en la existencia de Dios adoptando la hechizante filosofía materialista: ahora el Eterno estaba representado por la continua evolución de la materia orgánica dando incontables “saltos cualitativos”, surgiendo finalmente la vida humana y la conciencia. No era Dios quien había creado al hombre, sino éste a Dios. El cristianismo resultaba en una creencia popular más y su historia la de cualquier secta mística que gana ciudadanía y extensión con el mero transcurrir de los siglos. Lamentablemente para mí, no encontré cristianos suficientemente preparados que refutaran convincentemente dichas posiciones. El cristiano típico “defendía” a Dios a partir de posiciones doctrinales apriorísticas, dogmáticas y/o meramente sentimentales.

Impulsado a la acción

Determiné entonces pasar de las palabras a la vida, de la teoría a la acción afiliándome a una organización socialista universitaria. Como consecuencia, nos encontrábamos a menudo entre dos fuegos, el del Estado y el del terrorismo. Los estudiantes cristianos tampoco escapaban de la situación ya que al considerarse que la religión era “el opio del pueblo” se convertían automáticamente en enemigos de la “Revolución”, especialmente los adventistas, a quienes se tachaba de “fachada del imperialismo yanqui”. Cierta vez, luego de una ardua jornada de trabajo, los estudiantes adventistas habían elaborado un mural que representaba una Biblia abierta. Al cabo de dos días la encontraron cubierta totalmente de pintura negra con una elocuente hoz y un martillo rojos en su centro, junto a una inscripción que rezaba: “¡Fuera de San Marcos, cerdos!”.

En 1995, siendo un marxista leninista “convicto y confeso” y como coronación a una permanente trayectoria política de representación estudiantil, fui elegido representante estudiantil de la facultad y al mismo tiempo ejercí la representación del movimiento estudiantil de toda la Universidad. Llegado a ese hito de activismo político y madurez ideológica fue que accidentalmente conocí a una joven adventista, quien era compañera de la misma aula de clases. Como las responsabilidades del liderazgo eran excesivas e impostergables, acudía a su desinteresada ayuda para procurarme las copias de las clases que no podía presenciar. Fue su actitud carente de prejuicios hacia quien —como yo— criticaba pública e implacablemente a la religión y a los creyentes lo que me animó a interesarme respetuosamente en sus “peculiares” creencias. Podía tolerar muchas de sus doctrinas pero una vez casi me echo a reír cuando escuché que creían que el diablo era un ser personal y no sólo un símbolo del mal. También me era inaceptable eso de que los adventistas “no tomaban, no bailaban, no fumaban, no..., no..., y no...!” y que eran fanáticos observadores del sábado judío. “Los adventistas son una secta”, me dije a mí mismo.

Fue entonces cuando el Centro de Estudiantes Adventistas organizó una de sus conferencias. Dado mi secular respeto a otras posiciones ideológicas no tuve problemas en asistir. Me sorprendió sobremanera el cuidadoso planteo de la relación entre ciencia y fe, entre revelación bíblica e investigación científica. Ello avivó inusitadamente mi curiosidad y la conciencia de las fundamentales debilidades lógicas y argumentales del propio discurso socialista en general y marxista en particular, que, como producto de mi propia experiencia política, a esa altura de mi vida ya venían siendo claras para mí. El expositor había aludido a unos rollos descubiertos en 1947 en el mar Muerto, que echaban grandes luces sobre la fidelidad histórica de la Biblia. Esa fue mi primera pista. Recordé entonces que había en casa un libro al respecto.

La verdad no es una teoría, es una persona

Eran principios de 1996. Abrí dicho libro. De su lectura surgió un serio desafío que sería una cobardía sectaria y dogmática rechazar para un libre pensador como yo: de aquellos rollos del Qumrán se podía confirmar irrefutablemente la antigüedad y fidelidad textual del antiguo libro de Isaías. Ello no revelaría gran cosa si es que en dicho libro bíblico no existieran profecías relativas a quien se había considerado a sí mismo como el Hijo de Dios: Jesús de Nazaret. ¿Se trataría de una de esas “profecías” ambiguas fácilmente manipulables por quien deseara encontrar razones para creer...? Tenía que verificarlo y había sólo una manera.

Esa noche hice algo que no hubiera hecho en ninguna otra circunstancia. Extendí mi brazo y tomé aquel libro olvidado en un rincón de mi biblioteca personal. Era la Biblia. Con la ayuda del índice fui al capítulo 53 y lo leí varias veces. La armonía entre los hechos descriptos por aquel antiguo libro profético escrito con espectacular antelación histórica al Evangelio era exacta. Los fundamentos mismos de mi filosofía materialista de la historia comenzaron a desmoronarse. Si algo llamado “profecía” podía existir, eso sencillamente quería decir que todo se me venía abajo: ¿Qué capacidad mental podría avizorar el futuro si el Ser (la realidad visible) estaba determinada por la Conciencia (Dios), y no la Conciencia por el Ser, como aseguraban Marx y los demás materialistas?

¿Y si era verdad?, ¿podría ser que yo haya negado al mismísimo Hijo de Dios durante todo este tiempo?¿No era yo el líder público de la organización socialista más reconocida de aquel momento en la universidad y de una de las oleadas más resonantes del movimiento estudiantil después de muchos años? ¡Sería algo insólito! ¿Qué se diría de mí? ¿De ateo militante a ovejita de una “secta” religiosa? Pero la verdad seguiría siendo la verdad al margen de mis preferencias y conveniencias personales. La calidad de algo como “verdadero” nunca dependería de la cantidad de personas que lo reconocieran. Además sólo yo me perjudicaría con una existencia basada en el autoengaño.

Entonces decidí que lo mejor sería pensar fríamente. Me dije a mí mismo: “Debes reabrir esta cuestión de la existencia de Dios. Investiga de nuevo, vuelve al punto de partida”. Un sinfín de preguntas bullían en mi mente: ¿cómo explicar tanta injusticia y explotación si Dios existía?, ¿cómo podría existir un Dios indiferente al dolor y llamarse a sí mismo misericordioso?, ¿por qué tantos años de victoriosa Inquisición si aquellos mártires habían estado de su lado? No lo entendía. Sólo sabía que existía Isaías 53. Me pareció ver como en un recuerdo un sereno rostro sonriente y amable, algo juvenil, pero maduro. Esa fue una noche muy importante... Saulo caía y su sabiduría era abatida en el polvo.

“¿Quién eres tú, Señor?”

Me reservé las graves dudas que me asaltaban. Formulaba preguntas aquí y allá, debatía con mis camaradas, leía mucho, abría la Biblia, buscaba. Me asombré mucho al percatarme de que muchos de los “librepensadores” que me rodeaban querían pasar por alto ciertos hechos fundamentales por temor a la verdad o por simple prejuicio.

Me invitaron entonces a un grupo pequeño en el que se estudiaba el tema de la justificación por la fe. Me impactó el saber que el cristianismo no consistía solamente en ser una persona moral y consecuente. Me di cuenta de algo: aquél “opio” al que Marx se refería, sin duda no se identificaba con las enseñanzas bíblicas. Dios era muy comprensible y realista al no exigirnos una conducta intachable como producto de nuestros esfuerzos: ¡pues eso era imposible!

Por aquel tiempo hubo una semana de oración a cargo del Pastor Alejandro Bullón. Las responsabilidades que tenía me impedían asistir, pero perseveré y asistí una vez. El tema de esa noche versaba sobre la conversión de Saulo. Eso era demasiado. ¿El Espíritu Santo me habría conducido allí para hablarme?... Tomé un taxi de regreso a casa y sorprendentemente el taxista me preguntó: “¿Conoce usted ya al Señor Jesús?”... Sólo atiné a mirarlo y decir: “Sí, parece que ahora sí”.

A pesar de los difíciles momentos que tuve que sobrellevar en 1996, producto de mi actividad política, profundicé en mi conocimiento y comencé a observar el sábado asistiendo a la iglesia al punto de que ya me consideraban como un miembro más. Investigué las doctrinas bíblicas por mí mismo, haciéndome de cuanto libro denominacional llegara a mi alcance. Uno de ellos, El conflicto de los siglos, derribó mis viejas posiciones socialistas sobre filosofía de la historia.

La doctrina del don profético manifestado en Elena White fue un tema que me ofreció particular resistencia, incrementada debido a que casi todos mis nuevos hermanos de fe no sabían mucho acerca del tema. Unos sostenían que ciertos textos eran inspirados pero otros no... otros decían que los Testimonios eran válidos sólo para su tiempo, etc. No podía bautizarme si no profesaba dicha doctrina por la sencilla razón de que era parte del voto bautismal: confesaba a Cristo como Salvador y guardaba los mandamientos, pero ¿ser típicamente un “adventista del séptimo día”?... La Providencia quiso que alguien pusiera en mis manos un excelente libro al respecto: E. G. White, profetisa del destino. Al cabo de leerlo y reflexionar, los cuestionamientos más graves estaban resueltos.

Mi asistencia a la iglesia motivó las reacciones de mis ex camaradas. Mas “si Cristo es conmigo, ¿quién contra mí?”. Uno de ellos, en base al testimonio de mi conversión, también redescubrió su fe original, y aunque hoy está postrado en su lecho de dolor, víctima de una dolorosa enfermedad, comparte la esperan-za en la promesa de la resurrección. Me bauticé el 30 de agosto de 1997. Actualmente me desempeño como maestro de escuela sabática, predicador laico, presidente del Centro de Estudiantes Adventistas de la Universidad de San Marcos, director de libertad religiosa de mi iglesia local y asesor legal de ADRA–Perú. Disfruto de mi amistad con Jesús y junto a mis hermanos universitarios, peleo la buena batalla de la fe, esperando el glorioso día del regreso del Señor.

Marco Antonio Huaco Palomino es Bachiller en Derecho y se encuentra preparando su tesis sobre libertad religiosa. Su e-mail: mhuaco@hotmail.com