Joan Coggin: Diálogo con una embajadora mundial de la medicina.

Joan Coggin es cardióloga, educadora médica y embajadora de la medicina. Durante alrededor de cincuenta años, la Dra. Coggin ha servido a individuos, familias y naciones alrededor del mundo. Actualmente, también es vicepresidenta de proyección global en el Centro Adventista de Ciencias de la Salud de la Universidad de Loma Linda y profesora de medicina en la misma universidad.

Nacida en Washington, D.C., Coggin se graduó en el Colegio de la Unión de Columbia y en 1952 se recibió de médica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Loma Linda. Munida de su título de médica en 1952, continuó con su entrenamiento de posgrado en Los Angeles, Londres y Toronto. Posteriormente, inició una carrera que le ha reservado un lugar distinguido en la historia de la medicina de Estados Unidos.

En el tiempo en que las mujeres alcanzaban con dificultad al cinco por ciento del total de los graduados de las escuelas de medicina a nivel nacional, la Dra. Coggin desarrolló una exitosa práctica cardiológica y estableció un respetable antecedente personal como profesional de fina sensibilidad en el trato con sus pacientes.

En los primeros años de la década del 60, la Dra. Coggin amplió los límites de su servicio más allá de las fronteras nacionales, al cofundar el mundialmente famoso Equipo de Cirugía Cardíaca Internacional de la Universidad de Loma Linda. Durante alrededor de cuarenta años, el equipo cardiológico bajo su dirección ha iniciado o actualizado programas de cirugía de corazón abierto en muchos países, entre los cuales se hallan Pakistán, India, Tailandia, Taiwán, Grecia, Vietnam, Arabia Saudita, Hong Kong, Kenia, Zimbabwe, República Popular de China, Nepal, Chile, Malasia y Corea del Norte. La Dra. Coggin también se ha desempeñado como consultora o asesora de productores de televisión y cine para la realización de programas de divulgación médica.

En el curso de sus actividades internacionales, la Dra. Coggin se ha reunido con jefes de estado de Pakistán, Grecia, Arabia Saudita, Zimbabwe, Kenia, Vietnam y Nepal; y en su país se entrevistó con los presidentes Lyndon Johnson y Richard Nixon. Además, ha sido reconocida con numerosas distinciones por servicios destacados en las ciencias de la salud.

Dra. Coggin, usted se ha hecho muy conocida por cofundar el Equipo de Cirugía Cardíaca Internacional de la Universidad de Loma Linda. ¿Cómo se inició e implementó esa idea?

El equipo cardíaco fue concebido en los comienzos de la cirugía de corazón abierto. El Dr. Ellsworth E. Wareham y yo estábamos trabajando en el centro médico adventista de Los Angeles. Debido a que muchos hospitales todavía no estaban ofreciendo cirugía cardíaca en ese entonces, nosotros practicábamos ese tipo de cirugía una vez por semana en un hospital del condado de la misma ciudad. Cada semana debíamos preparar el traslado de la máquina de corazón-pulmón artificial y todo el equipo auxiliar necesario para esa cirugía, que instalábamos en el gran baúl del automóvil del Dr. Wareham. Fue entonces cuando surgió la idea: “Si podemos trasladar todo este equipo en un vehículo hacia otro hospital, por qué no nos transformamos en un equipo para servir al mundo entero?”

Alrededor de ese mismo tiempo, y durante una gira por Pakistán, el entonces vicepresidente Lyndon Johnson se encontró con un conductor de camellos y lo invitó a visitar su estancia en Texas. También para entonces, la hija de un capataz o supervisor de una fábrica de ese mismo país necesitaba ser intervenida por causa de su corazón enfermo, lo cual era imposible en Pakistán. Después de haber leído un artículo sobre cirugía del corazón en la Universidad de Loma Linda, ese obrero pakistano llegó a la conclusión de que si un conductor de camellos podía volar a los Estados Unidos por cortesía del gobierno de ese país, su hijita, de cuatro años, mucho más necesitada, podía ser merecedora de la misma cortesía.

Y Afshan Zafar fue exitosamente operada en el White Memorial, Los Angeles. Casi inmediatamente después del regreso de Afshan a su casa, la embajada de Estados Unidos en Pakistán fue inundada por solicitudes similares. Entonces el vicepresidente Johnson nos llamó preguntándonos si podíamos llevar a cabo cirugía cardíaca en el exterior.

¿Entonces qué pasó?

El llamado de Johnson fue providencial. Habíamos estado estudiando acerca de una oportunidad de ese tipo por muchos meses. Dos meses después nos hallábamos camino a Pakistán, en 1963, y fue así como nació nuestro equipo cardíaco internacional. Yo creo que podemos soñar sueños sin temor al fracaso.

¿Cuál fue el impacto del equipo cardíaco?

Uno de los impactos más importantes es el que se produce en la vida de cada uno de los pacientes. Otro impacto se produce en la medicina misma. Cuando esta idea fue inicialmente concebida, no existía el concepto de un equipo médico internacional. Todos aquellos con los que hablábamos nos decían que era imposible que un equipo de profesionales cruzara los océanos para realizar intervenciones en corazón abierto y nos dieron una gran variedad de razones. Las analizamos y descubrimos que podíamos enfrentar las dificultades. Cuando viajamos al exterior, uno de nuestros objetivos, además de ayudar a tanta gente como podemos, es enseñar el concepto del trabajo en equipo. En muchos países ese concepto no existe tal como se lo practica en Estados Unidos.

¿Cuáles son algunas de sus experiencias más memorables?

Yo estoy impresionada por los centenares de pacientes que nuestro equipo ha auxiliado. Si nos hubiéramos quedado en casa no estarían con vida hoy. Después de visitar Grecia in 1967 y 1969, cumplí con una visita de regreso a aquel país. De alguna manera, el comentario de mi visita llegó hasta una de mis ex pacientes. Así que vino hasta el hospital con su hermosa hijita de tres años a expresar su gratitud al equipo por haberle salvado la vida.

A través de los años ha recibido numerosos premios y reconocimientos. ¿Cuál de ellos valora más usted?

El recuerdo que atesoro como el más valioso es una manta de lana roja que recibí del padre de una muchacha que operamos en Grecia. Ella fue trasladada por su jefa desde Creta a Atenas para una cirugía que resultó bien, pero surgieron complicaciones durante su recuperación. Cuando la familia supo cuál era la condición de la hija, el padre decidió viajar hasta Atenas. Por medio de un intérprete le expliqué la gravedad de la situación y al comprenderme finalmente, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Estábamos persuadidos de que su hija no iba a superar el trance. En cambio él estaba seguro de que su hija iba a vivir. “Yo sé que ustedes oran por sus pacientes”, nos decía. Y, milagrosamente, la paciente sobrevivió. Cuatro años más tarde viajamos a la isla de Creta y visitamos a los padres de aquella muchacha, que vivían en una pequeña aldea. El lazo que establecimos hacía cuatro años aún existía a pesar de las barreras del idioma. Las lágrimas se deslizaban por nuestras mejillas mientras nos abrazábamos unos a otros. Al despedirnos, el padre me obsequió una manta de lana roja que su esposa había tejido especialmente para mí en el telar familiar. Ese es el obsequio tangible más querido que he recibido en mi vida.

Como directora del equipo cardíaco usted ha tenido la oportunidad de reunirse con numerosos jefes de estado.¿Quién le impresionó más?

Fueron dos. Uno fue Lyndon Johnson. Tenía gran calidez personal. Cuando nos reunimos con él, hizo que nos sintiéramos como si estuviéramos entre amigos. Tenía una actitud muy cordial y campechana que a mí me pareció maravillosa. El otro alto dignatario que permanece en mi recuerdo es el rey Constantino de Grecia. La primera vez que me encontré con él fue por intermedio de su madre, la reina Federica, en 1967. Era muy agradable y tenía un agudo sentido del humor. Su gobierno fue derrocado a fines de 1967 y tanto él como su esposa, la reina Ana María, se trasladaron a Inglaterra, exiliados. A través de los años le envié a su madre alimentos vegetarianos y él se sintió impresionado por ello. Además su esposa disfrutaba mucho de los libros de recetas vegetarianas que le enviábamos.

¿Cómo se interesó usted por la medicina?

Realmente, no he conocido otra vida. Festejé mi segundo año de vida en Loma Linda cuando mi padre ingresaba en la Facultad de Medicina. Crecí deseando siempre llegar a ser médica.

¿Quiso usted siempre ser cardióloga?

No. Comencé deseando ser pediatra. Una de las razones por las que cambié de idea fue que frecuentemente un niño puede estar muy enfermo un día y al día siguiente puede sentirse perfectamente bien. Lo que me gusta de la cardiología es que uno se da cuenta cuál es el problema. Dispone de pistas o evidencias; dispone de la historia clínica. Si el corazón hace cierto tipo de sonido, se sabe inmediatamente cuál es el problema.

¿Cómo se interesó por la cardiología pediátrica?

Cuando empecé a practicar medicina, la mayor parte de la pediatría cardiológica era ejercida por cardiólogos que atendían adultos. Descubrí que me encantaba afrontar los desafíos asociados con las enfermedades cardíacas congénitas, es decir, ese tipo de enfermedad cardíaca que puede observarse mayormente en pacientes pediátricos. Entonces hice una pasantía avanzada en un hospital de niños en Toronto y completé estudios adicionales en el Hospital Hammersmith de Londres.

Mirando hacia atrás en su carrera, ¿cuáles han sido sus momentos más gratificantes?

Ayudar a gente incapacitada, tanto a jóvenes como a ancianos, y luego volver a verlos recuperados. Esto es lo que me gusta de la medicina.

¿Y qué le resulta decepcionante de la medicina?

No poder ayudar a los pacientes. Sentir que se es totalmente impotente para actuar mientras el paciente se muere. Pero esto es por lejos menos común ahora que cuando yo empecé medicina. Recientemente descarté una diapositiva didáctica titulada: “Condiciones cardíacas para las cuales no hay tratamiento”. Actualmente cada una de las doce condiciones incluidas en dicha diapositiva pueden ser tratadas con buenos resultados. ¡Uno se marea al pensar en los avances que la medicina logrará en los próximos cincuenta años, si es que el tiempo dura!

¿Qué influencia tiene su fe cristiana en su carrera profesional?

Ha tenido una muy directa y significativa influencia. El ser cristiana hace que una se relacione con la gente con un sentimiento de compasión y comprensión. Esto es positivo en cualquier profesión, pero tiene un significado mayor en las ciencias de la salud. En tiempos de enfermedad y emergencia, la gente se vuelve más vulnerable. Tanto yo como mis colegas tenemos como objetivo brindar un cuidado compasivo y ofrecer esperanza para el futuro a nuestros pacientes.

Entrevista de Richard Weismeyer. Richard Weismeyer es director de la Oficina de Relaciones Universitarias de la Universidad de Loma Linda. Se puede hacer contacto con la Dra. Coggin dirigiéndose a la Oficina de Asuntos Internacionales, Loma Linda University, Loma Linda, California 92350, E.U.A. Fax: 909-558-4116. E-mail: jcoggin@univ.llu.edu