Las cinco excusas de Moisés

Desde mi percepción infantil, la iglesia de mi ciudad natal era enorme! Recuerdo la larguísima escalera que llevaba hasta el subsuelo donde funcionaba mi escuela sabática. La sala de reuniones era tremenda porque hasta podíamos jugar fútbol de salón en ella. ¿Y el campo de juegos? Era lo máximo en que podía pensar.

Hasta que ya en mis años adolescentes advertí, súbitamente, que mi iglesia no era tan grande después de todo. Si bien comprendí al mismo tiempo que no por ello era la más pequeña tampoco, no me quedaron dudas de que definitivamente aquella no era la enorme, la colosal estructura que impresionó mi niñez.

La vida de fe de Moisés no comenzó en Hebreos 11, el capítulo de los famosos héroes de la fe. Comenzó junto a una zarza ardiendo, durante una conversación con Dios. Moisés no le contestó con entusiasmo: “Sí Señor, sea hecha tu voluntad”. Fue más bien: “Señor... ¿No podrías enviar a algún otro?”

Lo que recordamos de los relatos de nuestra infancia es la imagen poderosa de un príncipe egipcio, profeta y general militar que liberó a millones de personas de la esclavitud. Admiramos la figura de una fuerte personalidad que sobrepasó los contornos de la vida común y pensamos: “¡Yo nunca voy a poder ser como él!”. Pero una lectura madura del relato de la Biblia nos ayuda a ver a Moisés bajo una luz más realista. Esta observación del mismo personaje, sin desmerecer su impacto en la historia mundial y de la salvación, me da esperanza, valor y fe.

Moisés se crió como un príncipe en Egipto, pero huyó del faraón después de intervenir en una disputa entre un hebreo y un egipcio, dando muerte a este último. Habiendo vivido en el exilio del desierto por cuarenta años, Moisés, de alrededor de 80 años en ese momento de su vida, estaba cuidando ovejas cerca de Horeb cuando observó una extraña manifestación: salían llamas de fuego desde una zarza cercana, pero ésta no se consumía. A medida que Moisés se acercaba a la mata, oyó una voz que lo llamaba por su nombre. La voz identificó a quien la originaba: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Entonces el Señor procedió a compartir su plan con Moisés: El había escuchado el clamor de su pueblo causado por la opresión de la esclavitud egipcia, y hacía planes de hacerse cargo de la situación. Y él quería que Moisés se uniera a él en esa epopeya libertadora (Exodo 3:7-10). Pero Moisés comenzó a enumerar una serie de excusas, algunas de las cuales podrían resultarte muy familiares.

Excusa No. 1: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” (versículo 11).

Una buena pregunta. Moisés había vivido entre rebaños de ovejas durante cuarenta años y el pensamiento de que un pastor de ovejas —ocupación que los egipcios despreciaban— le fuera a hablar al rey era contrario a toda norma del protocolo vigente.

La réplica de Dios: “Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte” (versículo 12).

Dios no sólo le prometió su mismísima presencia, sino que también le dio a Moisés la seguridad de que su misión sería exitosa. Aún en la presencia de un rey terrenal, el no tendría motivos para temer o experimentar sentimientos de inferioridad. Sin embargo, Moisés no veía las cosas de ese modo ni remotamente.

Excusa No. 2: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre, qué les responderé?” (versículo 13).

Otra buena pregunta. Si tú fueras a decirle a un grupo de cientos de miles de personas que has sido elegido para dirigir su liberación, sería muy útil disponer del nombre de la persona de la cual proviene tu autoridad. Además, los nombres eran muy importantes para la mentalidad semítica, pues describían el carácter de una persona.

La réplica de Dios: “Yo Soy el que Soy” (versículo 14).

En la Escritura, luego que Dios se reveló a su pueblo, frecuentemente éste lo describía de diversas maneras, según cómo iba experimentando su relación con Dios. (Ver por ejemplo el Salmo 140:7, “poderoso salvador mío”; Salmo 71:5, “mi esperanza”; 2 Corintios 1:3, “Dios de toda consolación”.)

Los judíos siempre reconocieron el YO SOY como el nombre que distinguía al verdadero Dios de los falsos. No habría confusión acerca de quién enviaría a Moisés a cumplir su misión. No sólo Dios le dijo a éste que él era el Señor, sino que también le especificó con quién tenía que hablar, qué debía decir y le aseguró que lo escucharían. Ahora Moisés estaba listo para su misión. Bueno, no tanto.

Excusa No. 3: “He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz” (Exodo 4:1).

Notemos esto: Dios acababa de asegurarle a Moisés que los dirigentes del pueblo lo escucharían. A esta altura, empieza a quedar bastante claro que Moisés no es un sujeto que exhibe una buena disposición. Sin embargo, Dios sabía que la fe de Moisés necesitaba ser fortalecida. De manera que obró a través de Moisés en para transformar un cayado en una serpiente, tornar la mano de Moisés leprosa y luego sanarla, y transformar el agua en sangre.

¿No deseamos muchas veces que Dios nos muestre alguna prueba sobrenatural y entonces le prometeremos confianza y obediencia? Su palabra no nos parece suficiente.

¡Pues, allá vamos, a Egipto! Aunque... bueno... quién sabe.

Excusa No. 4: “¡Ay, Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” (versículo 10).

A la luz de lo que había estado ocurriéndole a Moisés, en momentos en que Dios le había prometido su compañía, cuando le había asegurado el éxito de su misión y se había manifestado con señales portentosas, la renuencia expresada por Moisés no es un signo de humildad o un reconocimiento de su incapacidad o limitaciones. Lo que Moisés está revelando es su falta de confianza en la capacidad de Dios.

Cuando rehusamos unirnos a Dios en su obra, mostramos nuestra desconfianza en su habilidad de actuar en nosotros. La palabra de Dios está llena de promesas y seguridad de su presencia y de su capacidad de obrar dentro de nosotros. Debemos aprender a tomarle la palabra a Dios.

Ha habido momentos en los que yo le he preguntado: “¿Por qué me has asignado esta tarea? Hay tantas otras personas que no tienen las debilidades que yo tengo. ¿Por qué no las usas a ellas en mi lugar?” Y entonces llega la respuesta: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Si nos sentimos débiles, limitados o inadecuados, somos el mejor material por medio del cual el poder de Dios puede manifestarse y actuar.

Todo esto no intenta insinuar que Dios quiere mantenernos bajo su pulgar como débiles mortales. Dios se ocupa de la empresa de hacer que la gente crezca, que desarrolle su plena potencialidad. El desea que tengamos confianza y que desarrollemos una sana autoestima. Sin embargo, en lugar de que nuestra confianza propia y sentimientos de autovalorización provengan de cosas o de personas, los sentimientos de que valemos deben surgir como resultado de nuestra relación con Dios.

Dios replica: “¿Quién le dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová? Ahora pues ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (versículos 11 y 12).

Aparentemente Moisés no había alcanzado a captar que el Dios que lo había dotado de boca, oídos y ojos, era plenamente capaz de utilizarlos. A veces nos olvidamos que estamos tratando con el Creador del universo.

Ahora bien, Dios le mandó a Moisés ir y le prometió estar con él. ¿Estaba listo Moisés?

Excusa No. 5: “¡Ay, Señor! Envía, te ruego, por medio del que debes enviar” (versículo 13).

En nuestra versión revisada Reina-Valera, esa declaración parece quejumbrosa, pero en el original hebreo bordea, francamente, con la rudeza: “Por favor, manda por mano de quien enviarás”. En otras palabras: “¿Serías tan amable de darle esa información a la persona que va a aceptar la tarea?”

Cuando Dios replicó todas y cada una de las excusas de Moisés, sus motivos ocultos fueron revelados: el no quería cumplir la tarea. Pienso que Moisés quería unirse a Dios y su obra, pero tenía dificultades en creer que Dios podría hacer de él un instrumento suficientemente bueno para esa obra.

Del mismo modo sucede con muchos de nosotros. Cuando somos renuentes en obedecer a Dios, no es porque simplemente no queremos. Es porque no nos sentimos lo suficiente aptos. Pero es precisamente allí donde debemos tomarle la palabra a Dios. Debemos confiar suficientemente en él para creer que tiene la capacidad de equiparnos para la tarea a la cual nos ha llamado. Y cuando estemos dispuestos a salir con fe y obedecerle, experimentaremos una relación con Dios como nunca disfrutamos antes.

La réplica de Dios: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón?” (versículo 14).

Dios había establecido una relación con Moisés. El quería que Moisés se uniera a su empresa de salvación en favor de su pueblo. Y Dios estaba dispuesto a encontrarse con Moisés donde él se hallaba. Desafortunadamente, el poder que Dios le prometió a Moisés no era suficiente para éste. Sólo se dispuso a aceptarlo cuando se le ofreció la ayuda de una criatura finita. Moisés hablaría por medio de Aarón, aunque ello lo limitaría en su obra.

¿Y qué sucede contigo? ¿Has usado alguna de las excusas de Moisés en tu diálogo con Dios? ¿Has estado teniendo problemas de confiar en la capacidad de Dios de equiparte para la tarea para la cual te ha llamado?

Si Dios estuviese buscando criaturas perfectas para que se unan a él en su obra, bien podría llamar a ángeles. Pero en lugar de ello, nos ha elegido a nosotros. Si permitimos que Dios actúe por medio de nosotros, pasaremos a ser la evidencia incuestionable de su poder. Por la obediencia Moisés llegó a ser un dirigente poderoso, tan poderoso como para cambiar el curso de la historia. Y lo que es aún más importante, Moisés llegó a ser un poderoso hombre de fe que participó con Dios en la historia de la salvación, para luego ser resucitado y trasladado al cielo, porque Dios lo consideró “su amigo” (Exodo 33:11).

Como ves, te hallas en buena compañía.

Bonita J. Shields es pastora asociada de la Iglesia Adventista de Spencerville, Maryland. Su E-mail: bshields@spencervillesda.org