Los adventistas ante el siglo XXI

El 57o. Congreso de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día ya es historia. Toronto nos dio una sensación de satisfacción. Nos animaron los informes de crecimiento de la feligresía en muchos lugares, el entusiasmo de los jóvenes que lealmente reafirmaron su fe, y los planes concretos para testificar a quienes hasta ahora no fueron alcanzados. ¡Cuánto se habrían alegrado nuestros antepasados, los fundadores, ante la vasta muchedumbre de más de 60.000 personas reunidas de casi cada rincón del globo y ante la noticia de una feligresía mundial de más de 11 millones de personas!

Los misiólogos se asombran por el crecimiento de la Iglesia Adventista, por la amplitud de su obra mundial, y aun más por la estabilidad y la fidelidad de las iglesias que establece. Todo esto es muy animador. Sin embargo, aunque nos regocijamos por lo que se ha logrado, estamos forzados a mirar al mundo como Dios lo ve: los necesitados, los no alcanzados y los que no se sienten realizados, y aceptar el desafío de nuestro propio discipulado a la luz de la eternidad.

Sobre ustedes, los jóvenes, descansa en gran medida la responsabilidad del testimonio futuro de la iglesia, cualquiera sea la profesión para la que se están preparando, o la que están ejerciendo actualmente. Ha llegado la hora de participar y de dirigir, sea en cargos de liderazgo laico o en conexión directa con el ministerio evangélico. La efectividad de ustedes como testigos dependerá de las decisiones que hagan ahora, de los esquemas de discipulado que incorporen en su vida ahora, y de la visión del mundo que desarrollen.

Cambios globales dramáticos

En lo que se refiere a la misión adventista, debemos notar cuatro fenómenos demográficos del siglo XX.

El vertiginoso crecimiento de la población mundial. La población del mundo ha aumentado más, en sólo 25 años durante el siglo pasado, que en todos los siglos anteriores a 1900. (Ver la tabla.)

La urbanización del mundo. Esta ha sido acompañada por cambios dramáticos en casi toda dimensión de la situación social humana.

La difusión global del cristianismo. No fue hasta comienzos de la década de 1940 que el cristianismo llegó a ser realmente global. El fin del siglo pasado vio más de tres veces y media el número de cristianos que los que había al comienzo del siglo.

El asombroso crecimiento del adventismo. La iglesia ha crecido de unos 76.000 feligreses a 11,5 millones durante el siglo XX. Ahora es 150 veces más grande de lo que era cuando los misioneros comenzaron su jornada misional.

Los cristianos entre los pueblos del mundo1

Al considerar estas estadísticas, debemos evitar dos tentaciones. Primero, la del triunfalismo. Lo que debe controlar nuestro pensamiento y mantenernos humildes es la distancia que todavía debemos recorrer y la tarea que todavía ha de hacerse, más bien que lo que se ha logrado. Segundo, las cifras son impersonales y la contemplación de las estadísticas tiende a despersonalizar la ecuación. Necesitamos recordar que cada individuo entre los miles de millones es de valor inestimable ante Dios, y que los sentimientos de ellos están sujetos a las mismas fuerzas que los nuestros.

El desafío de los números y las ciudades

El primer gran desafío que afrontamos es el de los números. Aunque el número de cristianos ha aumentado dramáticamente de 500 millones a 2.000 millones durante el siglo pasado, la cantidad de personas que no han sido alcanzadas por el cristianismo aumentó de 1.000 millones a 4.000 millones. Por lo tanto, no hay tiempo para pensar en pequeño. Pero tampoco debe buscarse la solución sólo en los programas de los medios masivos de comunicación. Debemos acercarnos a los miembros de los diversos grupos culturales y religiosos del mundo, de modo que lleguemos a ellos y los interesemos personalmente. Se necesitan especialistas consagrados y competentes que puedan penetrar lo suficiente en la experiencia de los miembros de esos grupos como para sentir la atracción y la fuerza de su religión, y proporcionarles respuestas cristianas satisfactorias. Este es un desafío enorme, que requerirá un estudio serio y muchos contactos personales. El camino está ahora más abierto que antes porque hay adventistas en esas sociedades cuyas vidas son un testimonio del poder del evangelio y cuyas experiencias son una fuente de la cual se puede aprender mucho.

El segundo es el gran desafío multifacético urbano. Aquí es donde se dan las mayores oportunidades y tal vez también los mayores fracasos de la iglesia. La mitad de la población del mundo vive ahora en grandes ciudades: los ricos, y los desesperadamente pobres, la clase intelectual y los analfabetos, los líderes del pensamiento de la sociedad y los que se dejan arrastrar por la corriente, las cohortes de cristianos vibrantes y la fortaleza de quienes más se oponen al cristianismo. Abundan los desafíos de todas clases.

Principalmente, por quienes son ustedes, los lectores, nos concentraremos en algunos aspectos de este desafío más orientados hacia lo intelectual.

El desafío intelectual

En general, no se ha prestado suficiente atención a dar respuestas cristianas en la búsqueda de un significado de la vida en esta generación contemporánea. Hay señales sutiles de hambre espiritual, de una búsqueda intelectual de la verdad trascendente que da significado y forma a la existencia humana. Durante la última generación, los esquemas de pensamiento han sufrido un cambio de base muy amplia —del positivismo racionalista del modernismo a un sentido generalizado de las limitaciones del pensamiento y el conocimiento humanos— que proporcionan nuevas posibilidades y desafíos. La mentalidad posmoderna se caracteriza por una percepción de la vastedad y la complejidad de la realidad, de lo inadecuado que son nuestros aparatos físicos y teóricos para medir la profundidad de todo, y de la inseguridad de todo el conocimiento humano. Ya no existe la confianza insolente con respecto a las leyes de la realidad y del conocimiento objetivo exacto. Esta nueva mentalidad abre nuevas avenidas para la discusión de conceptos de una deidad trascendente y de una relación entre Dios y los seres humanos.

La teología adventista proporciona un fundamento positivo para una discusión tal, debido a:

Aquí hay un desafío para los universitarios y profesionales adventistas: traducir estos grandes temas teológicos del adventismo de una manera que estimule al diálogo y comparta el evangelio con los intelectuales de esta época.

El desafío del corazón

Pero hay algo más todavía en el desafío de los pensadores urbanos que la solución intelectual del mensaje. La religión es tanto un asunto del corazón —relacionado con las emociones y la experiencia— como de la mente. Esto encuentra su expresión general en la adoración corporativa de Dios. Recuerdo haber escuchado a un profesor universitario contar por qué abandonó una iglesia evangélica y se unió a los episcopales. Dijo: “Estaba cansado de escuchar arengas y amonestaciones sin fin, y que se me dijera lo que debía hacer. Yo quería adorar al Señor con todos mis sentidos, en belleza y quietud, y en la participación congregacional en la oración, en la confesión y en el credo, pero mi grupo simplemente no sabía cómo adorar”.

Algunos que se unieron a la Iglesia Adventista han expresado su insatisfacción con la experiencia de la adoración entre nosotros. Los temas mencionados incluyen: fracaso en cultivar adecuadamente un sentido de entrar en la presencia divina; insuficiente participación de la congregación en oraciones, confesiones de fe, y lectura de las Escrituras; no acercarse a la Cena del Señor con profundidad y seriedad; etc. Si hemos de tener éxito en traer a los miembros de la elite urbana a la iglesia, ¿encontrarán ellos el calor del compañerismo y la profundidad de la experiencia de la adoración que están buscando?

El desafío multicultural urbano

Una vez se dijo que el sol nunca se ponía sobre el Imperio Británico, pero ahora el mundo está en Londres, y en cualquier ciudad grande. La ironía trágica de la situación es ésta: Ahora que vivimos todos juntos, hay menos reciprocidad y comprensión que antes. En esta situación nueva, el campo misionero que una vez se encontraba dando la vuelta a la mitad del mundo, puede estar en la casa de nuestro vecino de al lado. Otra ironía: el cristiano que puede estar dispuesto a cruzar el océano para llevar adelante una misión, difícilmente está lo suficientemente preocupado como para cruzar la calle con el fin de visitar a un jainista, un sikh, un hindú, un budista, un musulmán, o el secularista que vive frente a su casa. Y esto, a pesar del hecho bien conocido de que, en general, los inmigrantes nuevos están más dispuestos a responder positivamente a los gestos de amistad y ayuda, y menos impedidos por las limitaciones del parentesco para responder positivamente al evangelio, que los que se hallan en medio de su sociedad tradicional.

En el pasado, muchas iglesias parecieron acariciar, y aun defender, un estilo monocultural de adoración en una congregación. Con la nueva etnicidad multifacética de las ciudades, esta actitud es un desafío que debemos vencer. Pero si traemos a los inmigrantes que buscan la verdad, u otros grupos étnicos a la iglesia, ¿les daremos la bienvenida con un verdadero compañerismo cálido sin exigirles que lleguen a ser exactamente como nosotros? El evangelio nos confiere una identidad que trasciende todas las identidades culturales y parroquiales, pero sabemos por experiencia que aun cuando aceptamos esto genuinamente en nuestro corazón, cada uno de nosotros está tan moldeado por la cultura de su sociedad que los ajustes prácticos no son fáciles. Los antropólogos y sociólogos sugieren que una congregación se beneficiaría enormemente si un sociólogo cristiano explicara las funciones de la cultura a los grupos que hay dentro de la iglesia, que disolviera las circunstancias que pudieran generar conflictos, y sugiriera maneras de maximizar un sentido verdaderamente cristiano de armonía. Este es un desafío significativo para los sociólogos en cierne que hay entre nuestros universitarios.

Preocupaciones más personales

Hemos notado brevemente algunos de los desafíos externos que afronta la iglesia. Pero no cumpliremos nuestro deber si no consideramos dos grandes influencias culturales e intelectuales que pueden infiltrarse solapadamente en el pensamiento y en la visión del mundo que puede tener el discípulo cristiano en la sociedad contemporánea. Estos son el humanismo secular y el individualismo institucionalizado.

El secularismo se refiere a la tendencia intelectual de considerar el cosmos físico como todo lo que existe, y negar que Dios está actuando en la historia humana. Las presuposiciones de la vida académica contemporánea están basadas mayormente en el humanismo secular. El discípulo cristiano debe reconocer este esquema de pensamiento por lo que es, y no ser influenciado por él. El estudiante cristiano alerta debe reconocer la superficialidad y las limitaciones de esta visión del mundo, y afirmar conscientemente la inmensa profundidad y el valor del teísmo cristiano. Puede ser útil leer libros de autores evangélicos que contrarrestan conscientemente estas tendencias.3

Segundo, nuestra tendencia al egocentrismo nos hace vulnerables al individualismo institucionalizado de nuestro tiempo. Muchos jóvenes quieren estar libres y hacer lo suyo —esto es, hasta que los golpea la calamidad—. La sociedad contemporánea, con su orientación hacia los logros y el complejo de estrellas de cine, los estimula en esa dirección. Pero el individualismo libre de trabas, ofrece un yo vacío. Supone que la persona que avanza hacia arriba debe tener que abandonar su hogar, sus amigos, su iglesia y cualquier otra cosa que le impida avanzar, con el fin de lograr la posición y los medios en un mundo impersonal de competencia intensa. Las publicaciones eruditas están repletas con evidencias de lo destructivo que es este individualismo para la familia y la sociedad, y finalmente, para el yo mismo. Muchos están descubriendo de nuevo que la vida que vale la pena vivir es en comunidad.

Uno de los grandes desafíos personales que enfrenta cada uno de nosotros es redescubrir la profunda visión comunitaria en la que se formó la iglesia, como pueblo bíblico de Dios. La fe cristiana se experimenta en forma más intensa dentro de una relación con otros, y el testimonio más elocuente del poder regenerador del evangelio es el de una comunidad cristiana de creyentes amantes y que se interesan y preocupan por otros.

Nuestra búsqueda de títulos académicos y éxito profesional debería conducirnos a una experiencia que capte el gozo de testificar la verdad del evangelio, fomente conceptos aun más claros de la verdad más grande del universo, y afirme el cálido compañerismo de una comunidad cristiana gozosa.

Russell Staples (Ph. D., Princeton Theological Seminary) ha servido a la Iglesia Adventista durante más de 50 años como pastor y profesor en diversas partes del mundo. Durante 30 años estuvo relacionado con el Seminario y el Instituto de Misiones Mundiales de la Universidad Andrews. Este artículo ha sido adaptado de su libro: Community of Faith: The Seventh-day Adventist Church in the Contemporary World (Review and Herald, 1999).La dirección del Dr. Staples es: Theological Seminary; Berrien Springs, Michigan, 49104; E. U. A. Su e-mail: staples@andrews.edu

Notas y referencias

  1. Ver David Barrett: “Annual Statistical Table on Global Mission: 2000,” International Bulletin of Missionary Research, January 2000; también 136th Annual Statistical Report, 1998 (Silver Spring, Maryland: General Conference of Seventh-day Adventists, 1999).
  2. Ellen G. White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1940), p. 25.
  3. Ver, por ejemplo: George Marsden’s books The Soul of the American University (New York: Oxford University Press, 1994) y The Outrageous Idea of Christian Scholarship (New York: Oxford University Press, 1997); y Kelly James Clark: Philosophers Who Believe (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1993).