Barry C. Black: Diálogo con un capellán adventista de la Marina de Estados Unidos.

En octubre de 2000, cuando la fragata Cole fue averiada por un ataque terrorista en Yemen, el Contralmirante Barry Black viajó hacia el puerto de base de esa embarcación en Norfolk, Estado de Virginia, para participar del servicio ofrecido en memoria de las 17 víctimas de la explosión. El entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, fue el orador invitado a esa ceremonia.

En julio de 1999, cuando los restos de John F. Kennedy, hijo, y su esposa Carolyn Bessette, fueron sepultados en el mar, en la costa del Estado de Massachusetts, el capellán Black estaba presente para consolar a los familiares de los desaparecidos.

El hecho de que Black estuviese dando apoyo y servicio pastoral a gente tan famosa e influyente podría haber parecido una fantasía inalcanzable para quien se había criado junto a una madre sola, en un barrio pobre de la ciudad de Baltimore, Estado de Maryland, durante las décadas de 1950 y 1960.

Es que la vida de Barry Black no es tanto un relato de buena suerte sino de dedicación cristiana, de apoyo de la familia y de la iglesia, de guía y oportunidades providenciales. Dios permitió que Black estuviera en situaciones en las que pudo desarrollarse física, emocional, social y espiritualmente, y en las que tuvo oportunidad de derribar el prejuicio y tomar posición en favor del cristianismo en general y del adventismo en particular.

Hoy Barry Black, en su puesto de Capellán en Jefe de los capellanes navales de su país, es el profesional de más alto rango de su tipo en la marina norteamericana. Supervisa los servicios de los capellanes de fe católica, ortodoxa, protestante y judía de la armada, las fuerzas de desembarco, los famosos “marines”, el servicio de guardacostas y la marina mercante; alrededor de 1.400 en total. Reside en el histórico Campo Naval de Washington y tiene su oficina en el Anexo Naval, a un paso del Pentágono, en la capital norteamericana. Black y su esposa, Brenda, tienen tres hijos: Barry, Brendan y Bradford.

Black estudió en el Colegio Oakwood, en la Universidad Andrews, la Universidad Central de Carolina del Norte, el Seminario Bautista del Este, la Universidad Salve y la Universidad Internacional de los Estados Unidos. Obtuvo maestrías en teología, psicología, y administración, y doctorados en teología pastoral y psicología.

¿Cuándo comenzó a sentir que Dios lo llamaba al ministerio?

Yo siempre sentí que el Señor me había llamado a predicar, aunque no siempre me entusiasmaba la idea. Mi madre decía que yo trataba de predicar desde antes de aprender a hablar. Ello jamás tuvo rival en mis afectos. Pero como sabía que los predicadores no ganaban mucho dinero, como Jonás, huía tratando de marchar en la dirección contraria. Cambié mi campo de especialización académica muchas veces en el Colegio Oakwood, tratando de escapar de ese llamado.

¿Y qué otras opciones consideró usted?

Medicina, derecho, o algo donde creía que podría ganar dinero. Pero Francis Thompson con su poema “Hound of Heaven” me convenció, y finalmente en mi año previo a la graduación levanté las manos y dije: “Me rindo”. Esta fue la mejor decisión que pude tomar pues resultó ser una oportunidad bendecida y una vocación plenamente cumplida.

Henry David Thoreau dijo cierta vez: “Las masas viven vidas en medio de una secreta desesperación”. Me considero muy afortunado de levantarme por las mañanas con la expectativa de ir al trabajo, cumpliendo un servicio maravilloso que realmente me ha entusiasmado genuinamente durante los últimos 24 años y que jamás soñé sería posible para mí.

¿Qué circunstancias lo pusieron en el camino pastoral de capellán militar?

Lo que despertó mi interés en el ministerio militar fue que a mí me gustaba trabajar con gente joven. Cinco marinos adventistas estacionados en Norfolk, Estado de Virginia, tenían que viajar cinco horas en cada dirección para escucharme predicar los fines de semana. Muchas veces venían de uniforme. Esa fue mi primer conexión: yo quería trabajar con gente joven.

Les pregunté: “¿Por qué viajan diez horas los fines de semana para venir a la iglesia?”

—Queremos ser fieles y asistir al culto —me respondieron.

—¿Por qué no asisten a alguno de los cultos de la base naval o de alguna de las iglesias de Norfolk y sus alrededores?

—pregunté otra vez.

—Es que en la capilla nunca antes vimos a un capellán negro —contestaron.

Y esto aumentó mi interés. Fue mi segunda conexión.

Por ese entonces, Clark Smith, que encabezaba lo que entonces se denominaba Organización del Servicio Nacional de la Asociación General, envió una carta indicando que la iglesia estaba interesada en reclutar pastores que estuvieran dispuestos a servir en las fuerzas armadas. Leí esa carta, y mi interés, junto con los dos componentes mencionados, formaron una sola unidad.

¿Qué experimentó como capellán naval que no vivió como pastor de iglesia o de distrito?

Cuando fui a la escuela de capellanes, el contexto pluralista de la práctica y este tipo de pastorado me entusiasmaron. Nunca había tenido la oportunidad de conversar con un rabino. Nunca me había encontrado con un sacerdote católico ni había trabajado junto con pastores protestantes de diversas denominaciones. Me di cuenta que todo eso me entusiasmaba: el hierro modela el hierro, el intercambio de ideas, la desmitologización de algunas de las nociones que ellos tenían de lo que nosotros creemos.

Háblenos de sus oportunidades para testificar.

Yo predico a un público no adventista. Ellos saben quién soy yo y me escuchan. Después de tres años de ministerio militar fui seleccionado para ser capellán de la Academia Naval de los Estados Unidos. Era la segunda persona de mi raza que servía en esa función. Y el primer adventista. Imagine 2.500 marinos, jóvenes brillantes, llenando la capilla domingo tras domingo, dándome la oportunidad de hablarles sobre el evangelio de Jesucristo.

¿Cuán específico puede ser usted de mencionar nuestras doctrinas adventistas distintivas en un lugar tan especial?

Tenemos mucho en común con otras religiones. Si leemos el Credo Apostólico, podríamos aprobar cada término del mismo. Hay una gran cantidad de coincidencias que pueden ser verificadas sin necesidad de entrar a discutir las doctrinas más distintivas. Es más, el púlpito es un trampolín para preguntas y estudios bíblicos.

Durante una temporada de maniobras tuvimos un estudio bíblico cada día. Yo simplemente desarrollaba temas de Las hermosas enseñanzas de la Biblia. Los anunciaba con ese mismo título y ellos me preguntaban: “¿De dónde saca tiempo para presentar tantos temas y estudios diferentes?” (Por supuesto, nunca les conté mi secreto.)

Cuando pasé a las verdades más comprometedoras, porque ellos ya sabían que yo era adventista, les dije: “No todos ustedes están preparados para eso. No lo podrían aguantar”.

Entonces, cuando comenzaron a amenazarme con tirarme por la borda si no se las explicaba, presenté las verdades bíblicas más distintivas sobre el estado de los muertos, el sábado, etc. Me resulta interesante advertir que con frecuencia el estado de los muertos puede ser un obstáculo mayor que la doctrina del sábado. Al finalizar los seis meses de maniobras, bautizamos a 40 miembros del grupo que habían sido expuestos durante ese tiempo a las doctrinas de la Iglesia Adventista.

En general no animamos a nuestros jóvenes a ofrecerse como voluntarios en el servicio militar. ¿Cómo evaluaría su experiencia como capellán militar?

El servicio militar ofrece un modelo de pluralismo, de pluralismo ministerial. Antes de entrar a las fuerzas armadas nunca fui el pastor ni bauticé a nadie que no fuera un catecúmeno de mi mismo origen racial. Y tampoco había compartido el rito de humildad con alguien que no fuera de mi propia raza. Probablemente no habría tenido oportunidad de acceder a un ministerio pluralista en otro contexto. El sector civil podría aprender mucho de “cooperación sin compromiso”, que es el lema de tantos capellanes que sirven en las fuerzas armadas.

Sin embargo, las fuerzas armadas, como institución, hacen uso de la fuerza y la violencia para lograr sus propósitos. ¿Cuál es su actitud respecto a esto?

En Romanos 13 se encuentra el principio bíblico divino del uso de los poderes terrenales para cumplir la voluntad de Dios en la tierra. Hay un papel reservado para la autoridad gubernamental y Dios puede usar la fuerza castrense de diversas maneras para alcanzar sus propósitos últimos.

Tenemos que admitir que la guerra es una anomalía de la experiencia humana, como lo es quitar la vida ajena. Es más, como religioso me he preguntado a mí mismo dónde quiero estar. Mi elección ha sido la de ocupar una función donde pueda ayudar a la gente a prepararse para su encuentro con Dios. Elena White ha escrito que Satanás incita a las naciones a la guerra para distraer al pueblo de su preparación para estar de pie cuando llegue el gran día de Dios. Y yo quiero estar en un lugar donde pueda recuperar algunas de esas almas para Dios.

¿Cómo mantiene su concentración y equilibra las exigencias del servicio a Dios y a la patria?

Lo que aporto a mi función es la de un hambre genuina por Dios. Cuando era niño iba a la iglesia espontáneamente y me arrodillaba para orar. No conozco a muchos niños que hagan algo así. Y Dios recompensa eso.

Yo tengo sed por el conocimiento y la sabiduría. Ser dirigente y siervo incluye escuchar, porque antes de servir uno debe conocer las necesidades y entonces atenderlas. Yo tengo esa capacidad. He sido un estudiante en la escuela de la vida y creo que Dios recompensó eso y dijo: “Este es un instrumento preparado que puedo usar ahora mismo para ofrecer un verdadero servicio como capellán de este cuerpo”.

Además, creo que Dios me ha bendecido con una capacidad de comunicación especial. La oficina del Capellán en Jefe se parece en cierta medida a la descripción que Teodoro Roosevelt hizo de la función presidencial: es una tribuna formidable. La habilidad de comunicar una idea, una visión y hacer que la gente se entusiasme con ella es fundamental.

Asimismo he sido bendecido al tener la clase de experiencia que necesitaba, de acuerdo con el lugar al que oportunamente se me ha asignado. Como lo he insinuado antes, Dios ha estado preparando mi experiencia continuamente para que adquiriera el tipo de conocimiento de base que se requiere para tomar las decisiones más difíciles y no sentirme intimidado por los mismos superiores a los cuales fui llamado a brindar mi consejo.

Entrevista de Stephen Chavez. Stephen Chavez es redactor asistente de Adventist Review. Su dirección electrónica es: chavezs@gc.adventist.org