Viviendo con certidumbre en tiempos difíciles

Las páginas de las Sagradas Escrituras están sembradas de relatos de tragedias y tribulaciones, dificultades y pruebas. Desde José a Juan el Bautista, estas narraciones cuentan de dificultades que afligieron a los seguidores de Dios. Incluso el Mesías, la esperanza de Israel, cuya promesa y presencia permea toda la Biblia, es descripto como un siervo sufriente, hombre de dolores y familiarizado con las aflicciones (Isaías 53:3). No sorprende, entonces, que las Escrituras mencionen el “día de angustia” y el “tiempo” o “tiempos de angustia” más de veinte veces. A través de las referencias sobre tiempos difíciles, la Biblia resalta una línea muy particular, cuyo tema es: “un tiempo de angustia como nunca hubo”. Esta historia comienza con la suerte que corrió una mujer llamada “la deseada, la muy amada” que fue sumariamente rechazada por su marido, y continúa luego con las aventuras de una pequeña niña llamada Mirta.

En muchos idiomas, es común darle nombre de flores conocidas a las niñas: Margarita, Rosa, Violeta, Jazmín, etc. El mirto era el pimpollo blanco y rosado que adornaba el arbusto cuyas ramas se usaban en Israel para levantar las cabañas durante la Fiesta de los Tabernáculos. De ahí el nombre de Mirta. Pero la Mirta de nuestra historia aparece en un punto muy bajo de la historia judía.

La vida no había sido fácil para ella. Si alguna vez pudo escuchar la voz calma de su madre o disfrutar de sus tiernas caricias, no fue por mucho tiempo. Sustraída de la compañía de su madre y de su padre, no tuvo la presencia permanente de ninguno de ellos que se deleitaran con sus diálogos infantiles o se regocijaran con cada progreso de su niñez. Los sentimientos de pérdida, separación y aflicción eran los compañeros familiares de esta niña de dolores.

El futuro también habría sido oscuro para Mirta si no hubiera sido por su primo mayor, Mardoqueo. El la tomó y la llevó a su casa asumiendo la función de padre sustituto, mientras la niña crecía protegida bajo su techo hasta convertirse en una joven mujer. Entretanto, nada especial aconteció para que cualquiera de ellos sospechara que un día iba a ser llamada por el Señor Dios de Israel para conducir su pueblo por un tiempo de angustia como nunca hubo.

Y a su debido tiempo, Mirta (o Hadasa) llegó a ser Ester, la reina del imperio Medo-Persa que se extendía desde el norte de Sudán hasta la India. Los historiadores nos cuentan que su esposo, Jerjes, no se hallaba a la altura de las demandas administrativas de su imperio. Dependía mucho de la capacidad y el conocimiento de los demás, con tendencia a tomar consejo de cualquier fuente disponible, que solía poner en práctica sin mucho análisis o deliberación. Así fue como el rey cayó presa de las taimadas maquinaciones de Amán, un oficial que contaba con el favor del monarca a quien aquél hizo firmar un decreto imperial, reservándose la autoridad para determinar la fecha cuando éste se aplicaría. Por ese decreto imperial no sólo el primo de Ester, Mardoqueo, por quien Amán se sentía desairado, sino todos los judíos que residían en las 127 provincias del imperio serían masacrados.

Una misión atrevida

Los judíos ya habían sufrido antes. La esclavitud egipcia fue atroz. Un faraón desalmado había reducido a Israel a una turba de esclavos sumisos e ignorantes. Perseguidos por los carros de guerra hasta el borde mismo del mar, fueron casi aniquilados, pero sobrevivieron. Soportaron la cautividad Babilónica. Sus posesiones fueron saqueadas y quemadas, su templo y la ciudad destruidos, y su tierra ocupada por otra potencia. Así y todo sobrevivieron. Pero no hubo nada en su pasado que se igualara a la severidad de la conspiración de Amán. Esta era una encubierta operación de depuración étnica o la exterminación sistemática de una nación entera. Un genocidio del que no habría recuperación. Animada por Mardoqueo, Ester se levantó en defensa de su pueblo y planeó una peligrosa misión de rescate.

Tenía que enfrentar muchas incertidumbres. Debía presentarse sola en la presencia del emperador. No habría mediador, consejero o abogado que interviniera en su favor. ¿Había hecho todo lo posible para prepararse para ese momento? ¿Sería capaz de hacer prevalecer su causa? Ella sabía que era la esposa elegida. Con sus propias manos el rey le había puesto una corona sobre su cabeza, dándole un lugar junto a su trono a su mano derecha. ¿Pero estaría dispuesto el rey a aceptarla en esta ocasión? Abrumada por presagios disímiles, Ester luchó con sus dudas y conflictos interiores. Este era un momento de angustia como nunca había experimentado. Sabía que podría sobrevivir sólo si su defensa era más fuerte que su desafío mayor. Y evaluó cuáles eran sus recursos:

  1. Potencial acceso directo al rey.
  2. Apoyo personal de su primo Mardoqueo.
  3. Apoyo de la comunidad judía en ayuno y oración.
  4. Su fe personal en el Dios de Israel.

Y Ester fue a la entrevista con el rey. Recorrió con paso mesurado la distancia que la separaba hasta la cámara de audiencias. La esperanza de Israel iba orillando su corazón y las doctrinas de su fe cruzaban por su mente. “Pero la salvación de los justos es de Jehová. Y él es su fortaleza en el tiempo de angustia” (Salmos 37:39). “Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nahum 1:7). “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales. Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová e el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar” (Habacuc 3:17-19).

Cuando el rey contempló a la reina Ester de pie en la corte, se sintió complacido de verla y extendió hacia ella su cetro de oro.

Victoria del pueblo de Dios

El complot terminó con una resonante victoria para Ester y el pueblo de Dios. Sus temores se tornaron alegria, y el ayuno se volvió fiesta. A fin de marcar para siempre ese triunfo en la memoria colectiva de Israel, se instituyó un festival anual recordatorio.

Pero hay algo de este libro que se ha perdido. ¿Dónde está el capítulo que narra cómo el profeta de Dios entró intempestivamente en la fortaleza de Susa vestido con correas de cuero y una capa de piel de camello? ¿Dónde está el registro de su mensaje proclamado con un “Así ha dicho el Señor...”? ¿Dónde está el registro de la visión que Jerjes tuvo cuando no podía dormir? ¿No hay una gran imagen y una piedra no cortada por mano humana, ni siquiera un pequeño mensaje?

¿Dónde estaba Dios cuando su pueblo experimentaba “un tiempo de angustia como nunca hubo”? Curiosamente, no hay mención alguna de Dios en ninguna parte a través de los diez capítulos del libro de Ester. No es sorprendente, pues Dios siempre está oculto en tiempos difíciles y su presencia parece desvanecerse. Cuanto más profunda la dificultad, menos seremos capaces de verlo. Cuanto más grande la prueba, tanto más luchamos por confiar en el Señor y creer en su infalible provisión.

Aparentemente Ester y los judíos de su tiempo no dispusieron de una intervención divina especial para ayudarles a superar su prueba más severa. Tuvieron que creer por fe en su historia, el registro de los pactos que Dios había hecho con ellos y con sus mayores en el pasado, y las divinas provisiones en las que podrían confiar en el presente. Ellas estuvieron siempre disponibles para el pueblo de Dios durante los siglos de aparente falta de intervención divina y silencio. El libro de Ester está en la Biblia con el propósito de animarnos en tiempos como ésos.

Carole Ferch-Johonson es la directora de Ministerios Femeninos de la División del Sur del Pacífico. Su correo electrónico es: 104474.1585@compuserve.com