Guardianes del jardín: Los cristianos y el ambiente

Dios creó la Tierra “para que fuera habitada” (Isaías 45:18). Esto sig- nifica que nuestro hábitat terrestre no es un fenómeno accidental fortuito de poca importancia, sino que es algo muy valioso que se debe preservar.1

Desgraciadamente, como consecuencia de una interacción errónea de los seres humanos con el ambiente, hoy estamos pasando por una verdadera crisis ecológica. Algunos hombres de ciencia sugieren que “estamos viviendo en tiempo prestado y, trágicamente, estamos comprometiendo el tiempo de las generaciones futuras…Cuanto más se demore la generación actual en ponerse a tono con la capacidad de la biosfera sustentadora de la vida, les será más difícil lograrlo a las futuras generaciones”.2

¿Cómo deberíamos reaccionar nosotros, los cristianos, ante la crisis ecológica que enfrentamos hoy? ¿Cómo podríamos ser mayordomos responsables de este hogar que Dios nos dio? Una forma adecuada sería comprender la base bíblica de la ecología, la realidad de la crisis ecológica y adoptar algunas medidas positivas al respecto.

Los fundamentos bíblicos de la ecología

La doctrina bíblica de la creación le ayuda al cristiano a entender el verdadero significado del orden mundial a fin de encarar la crisis ambiental. Puesto que Cristo es el Creador (1 Juan 1:1-3), es el Señor de la creación, lo que ensalza el valor del ambiente de la Tierra, aun en su condición caída.

El mensaje del primer ángel de Apocalipsis 14:7 contiene importantes declaraciones respecto del ambiente. El ángel invita a los habitantes de la Tierra a adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Los elementos mencionados aquí fueron creados en los días segundo y tercero de la creación.3 Esto significa que el ángel se refiere definidamente a la creación del hábitat original de la Tierra, con su atmósfera (Génesis 1:6-8), los mares y la tierra seca (Génesis 1:9, 10).

De acuerdo con Génesis 1, después de crear la tierra seca, Dios dijo que la Tierra era “buena” (Génesis 1:10). En otras palabras, los hábitats sustentadores de la vida son ciertamente buenos, y así los deberían considerar todos los cristianos. Dios llenó los hábitats cuando llamó a la existencia los grandes bosques, las plantas, los árboles frutales, y entonces dijo que la vegetación era “buena” (Génesis 1:12). Por lo tanto, es necesario que nosotros hoy consideremos “buenos” y valiosos los bosques, y que los cuidemos convenientemente. Luego, el relato del Génesis nos presenta a Dios llenando los mares con criaturas de todas clases, y la atmósfera con aves, y a todo ello lo declaró “bueno” (Génesis 1:20-25). El Señor terminó la obra de poblar el ambiente de la Tierra con la creación de los animales y con la corona de su creación: los seres humanos hechos a su imagen (Génesis 1:26). El Altísimo declaró que todo esto era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

El relato del Génesis nos proporciona una vislumbre adicional con respecto al ambiente: el registro de la instrucción del Señor a la primera pareja humana: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28). Los seres humanos debían “ejercer potestad” sobre el mundo infrahumano en la misma forma amante, tierna y fiel en que Dios lo hace sobre los seres humanos.

Más aún, Dios mismo plantó un jardín y lo dio a Adán y Eva con la instrucción de que lo labraran y lo cuidaran (Génesis 2:15). Aquí encontramos la primera Declaración de Protección del Ambiente establecida por Dios mismo.4 Este cuidado era apropiado no sólo para el jardín sino para el resto del mundo. Ya que en la Palabra de Dios la primera pareja sirve de ejemplo para todas las generaciones sucesivas, todos los seres humanos debemos ser, en cierto sentido, “guardianes del jardín”, es decir, buenos mayordomos de la tierra, que es nuestro hogar.

Más tarde Dios les dijo a los israelitas que se debería dar la oportunidad de que la tierra se renovara; de allí la observancia de un año sabático cada siete años (Levítico 25:28). Quiere decir que cada israelita era responsable de conservar la vitalidad del suelo.5 Charles Bradford resume de este modo la relación de esto con la responsabilidad de los cristianos de cuidar de la tierra: “La mayordomía de la tierra, que Dios confió a Adán y a Eva, les sigue correspondiendo a sus descendientes. Nosotros, que habitamos el planeta, somos responsables de cuidarlo. En el juicio final serán destruidos ‘los que destruyen la tierra’ (Apocalipsis 11:18)”6 Al usar este mismo texto, Miroslav Kis se refiere al “principio de protección de la tierra” y añade que los cristianos deberían evitar la descuidada destrucción del ambiente.7 Un mandamiento para el tiempo del fin registrado en el Apocalipsis afirma: “No hagáis daño a la tierra ni al mar ni a los árboles…” (Apocalipsis 7:3). Estas palabras nos indican que Dios se preocupa de la preservación de la tierra, el agua y los bosques del planeta, y si se los destruye se considera que se les hace daño.

Kis desarrolla otro principio bíblico que tiene que ver con la mayordomía de la naturaleza; es “el principio de la sencillez”.8 Este principio, si se lo aplicara, modificaría el estilo de vida extravagante de muchos habitantes de los países ricos, principales responsables del sombrío futuro del planeta. También afirma que “algunos de los beneficios de un estilo de vida sencillo es que sería una fuente potencial de recursos para alimentar a los hambrientos, ahorrar dinero y economizar petróleo, electricidad y agua”.9

La realidad de la crisis ecológica

De acuerdo con Bernard Nebel y Richard Wright, hay cuatro principios que son esenciales para lograr un ecosistema sustentable, que es la meta del movimiento ecologista, a saber: (1) reciclar las sustancias usadas a fin de eliminar los deshechos y reabastecer los nutrientes; (2) usar energía solar; (3) mantener estable la población consumidora de recursos para evitar el cultivo exagerado de las tierras productivas; y (4) conservar la diversidad biológica.10 Cuando se compromete cualquiera de estos principios, se produce una crisis ecológica.

Consideremos, por ejemplo, algunas transgresiones bien conocidas relativas a los principios tercero y cuarto mencionados. La deforestación de los bosques que atraen lluvias es una buena ilustración del exceso de explotación agrícola por parte de los seres humanos. Más de 160 millones de kilómetros cuadrados de selva tropical desaparecen cada año como consecuencia de la deforestación.11 Esta reducción de una valiosa masa biológica genera serios problemas ambientales, pues a la luz de recientes conclusiones científicas, las selvas tropicales son responsables de aproximadamente el 40 por ciento de la provisión mundial de oxígeno.12

Además, la gente pobre de muchas partes del mundo practica una especie de tala abusiva al dejar desnudas las laderas de las colinas en procura de leña. Un diario de Zimbabwe informaba que “una cantidad de aldeanos en esta zona está talando árboles indiscriminadamente para fabricar ladrillos, por lo común cerca de fuentes de agua como represas o diques”. El artículo comentaba que “estamos preocupados porque mucha gente prefiere construir ahora sus casas con ladrillos en vez de barro, y se han destruido una gran cantidad de árboles cerca de represas y fuentes de aguas. Esperamos que se descubra una manera mejor de cocer ladrillos”.13

Tito Matemavi escribe acerca de la tala excesiva en el continente africano: “Es descorazonador observar que el maltrato a la naturaleza es evidente de distintas maneras en Zimbabwe. Primero, hay mucho descuido en la tala de árboles y en la quemazón innecesaria de pastizales. Se usan los árboles como postes para construir ranchos de madera y almacenes, además de que se los usa como leña. En las zonas rurales y en las tierras comunales, la leña es la principal fuente de calor para cocinar los alimentos y calentar las casas durante el invierno. También es una fuente de luz durante la noche. Como resultado de esto, muchos lugares de las zonas rurales que una vez fueron espesos bosques (el orgullo del África) están reducidos ahora semidesiertos”.14

Los riesgos de no conservar un equilibrio en la ecodiversidad ilustra la importancia del cuarto principio de un ecosistema sustentable. La lluvia ácida, un contaminante atmosférico, es uno de los serios efectos que produce sobre el ambiente el consumo de combustibles fósiles como el carbón. Las plantas de energía eléctrica que funcionan con carbón, emiten dióxido de azufre y gases óxido nitrosos, que se mezclan con el vapor de agua de la atmósfera, con radicales hidroxílicos, con la luz del sol, como resultado de lo cual se produce una así llamada “sopa” de ácidos sulfúrico y nítrico.15 Estos ácidos llegan al suelo ya sea como una “lluvia seca” o mediante una precipitación conocida como “lluvia ácida”.16

El consumo de combustibles fósiles contribuye a crear otro problema ambiental. Al arder, estos combustibles despiden dióxido de carbono que va a la atmósfera, lo que contribuye a crear lo que se conoce como recalentamiento de la atmósfera, producto del efecto de invernadero. Este problema lo hizo notar una reciente declaración adventista acerca del ambiente: “Los hombres de ciencia nos advierten que el recalentamiento gradual de la atmósfera como resultado de la actividad humana, tendrá serias consecuencias para el ambiente. El clima sufrirá un cambio y se producirán más tormentas, más inundaciones y más sequías”.17

Como una última ilustración de la crisis ecológica, el tan debatido agujero de ozono sobre la Antártida, aunque todavía se lo está discutiendo, provoca serias preocupaciones respecto del ambiente. La capa de ozono que envuelve nuestra Tierra absorbe los rayos ultravioletas que, si no se los filtra, pueden destruir la mayor parte de las manifestaciones de vida en el planeta.18 Los estudios practicados manifiestan que en los seres humanos la destrucción de la capa de ozono puede producir la supresión del sistema inmunológico, cáncer de piel y cataratas.19

Estos pocos casos representan sólo un pequeño porcentaje de los problemas relativos al ambiente que enfrentamos en este momento, pero nos ayudan a entender la necesidad de una acción positiva.

Pasos positivos para cuidar el ambiente

La imaginación de un cristiano responsable es el único límite para la creación de medios positivos con el fin de cuidar el hábitat que Dios confió a nuestro cuidado. Tal vez ante todo deberíamos declarar nuestro vigoroso apoyo personal al cuidado de la tierra como un deber sagrado y central, y un privilegio para todos los cristianos.

En segundo lugar, las organizaciones eclesiásticas pueden formular declaraciones para apoyar la necesidad de concientizar al público con respecto al ambiente. En 1992, el Concilio Anual de la Iglesia Adventista del Séptimo Día votó un documento titulado “Cuidado de la creación de Dios”, que resume la posición de la iglesia con respecto a la mayordomía de la tierra. De acuerdo con la comprensión adventista, la preservación y el cuidado del mundo que nos rodea están íntimamente relacionados con el servicio al Creador. (Ver recuadro.)

Además de las declaraciones formales, los actos de cada cristiano acarrean consecuencias. La clave es: ¿Reflejaremos nosotros, por la gracia de Dios, la verdadera imagen del Creador al tratar con este hábitat sustentador de vida que es la tierra? Así como podemos darle gloria a Dios por la forma como cuidamos nuestro cuerpo, también podemos hacerlo por el cuidado que le prodigamos al ambiente. Como en toda verdadera actividad de éxito, la buena administración es algo crucial. Tal como va la administración, así va el negocio. Tal como van los mayordomos humanos, así irá nuestro Planeta.

Los cambios en el estilo de vida personal pueden ayudar. Podemos usar abonos naturales para mejorar nuestros jardines y huertas y reciclar los envases que usamos. Se deberían adoptar métodos alternativos de transporte donde sea posible. La mayoría de la gente de Tokio no posee vehículos, sino que va en bicicleta hasta la estación del tren para llegar al trabajo mediante medios de transporte eficientes. Podemos brindar apoyo a ciertas organizaciones interesadas en la calidad del ambiente a nivel nacional e internacional. Los escritores, profesores y predicadores pueden usar sus plumas y sus voces para dictar conferencias, escribir artículos y predicar sermones acerca de la justicia ecológica, un tema bíblico que muestra que Dios es bueno tanto para los humanos como para las realidades terrestres no humanas.20

Aprender a pensar teniendo en cuenta el ambiente puede llevarnos a amar la naturaleza y por ende a su preservación. Dennis Woodland, de la Universidad Andrews, les dio el siguiente consejo a sus alumnos: (1) Sean conscientes cuando usan electricidad. (2) Al comprar, sean consumidores con conciencia ecológica. (3) Comiencen a reciclar los deshechos hogareños. (4) Animen a su institución académica a hacer de su ámbito educativo un productor de árboles. (5) Pónganle etiquetas con sus nombres a los árboles para fomentar el cuidado de la naturaleza vegetal creada por Dios. (6) Apoyen a los grupos conservacionistas de la localidad. (7) Pasen más tiempo en comunión con la naturaleza. (8) “Piensen globalmente; actúen localmente”.21

Los cristianos no debemos seguir siendo esclavos de las suposiciones de una buena parte de la cultura moderna, que aparta a Dios de la creación y la somete al arrogante poder humano. Debemos recordar que el cosmos es obra de Jesucristo. Si tenemos esta visión en nuestro corazón, podremos alabar a Dios cada día, a medida que, por medio de la fe, descubrimos nuevas instancias de su grandiosa obra y de la forma maravillosa en que cuida de la naturaleza que nos rodea. Nos permite proseguir por fe nuestra senda en medio de las señales confusas que vemos en la naturaleza mientras “está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22), aunque “será liberada de la esclavitud” (Romanos 8:21). La obra redentora de Dios, llevada a cabo por medio de Cristo, incluye el mundo natural, pues éste será honrado cuando experimente su recreación al final de los tiempos. En vista de esto, cuán importante es que los cristianos honremos y cuidemos la naturaleza aquí y ahora, como fieles guardianes del jardín.

Cuidado de la creación de Dios

Declaración de la Iglesia Adventista respecto al medio ambiente*

El mundo en que vivimos es un don de amor de Dios el Creador, de “aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis 14:7; 11: 17,19). En medio de esta creación, Dios colocó a los seres humanos, con la intención de que se relacionaran con é1, con sus congéneres y el mundo que los rodeaba. Por esta razón, los adventistas sostienen que la preservación y mantenimiento del mundo están estrechamente relacionados con su servicio a Dios.

Dios apartó el séptimo día, el sábado, como una conmemoración y recordativo perpetuo de la creación y fundación del mundo. Al observar ese día, los adventistas ponen de relieve el sentido especial de su relación con el Creador y su creación. La observancia del sábado destaca la importancia de la integración del ser humano con el medio ambiente en general.

La decisión humana de desobedecer a Dios alteró el orden original de la creación, dejando como resultado una falta de armonía ajena a los propósitos del Creador. De ahí la contaminación del aire y las aguas, la expoliación de los bosques y la fauna silvestres y la explotación de los recursos naturales. Como los adventistas reconocen que el ser humano es parte de la creación de Dios, su preocupación por el medio ambiente abarca también la salud personal y el estilo de vida. Los adventistas promueven un estilo de vida saludable y rechazan el uso de sustancias como el tabaco, el alcohol y otras drogas que dañan el cuerpo y consumen los recursos de la tierra. También fomentan una dieta vegetariana simple.

En sus relaciones con los demás, los adventistas están comprometidos a respetarlos y a cooperar con ellos reconociendo el origen común de los humanos y considerando la dignidad humana como un don del Creador. Debido a que la miseria humana y la degradación ambiental están relacionadas entre sí, los adventistas se empeñan en mejorar la calidad de vida de todas las personas. Su meta es desarrollar recursos de mantenimiento a la vez que satisfacen las necesidades humanas.

El genuino progreso en relación al cuidado de nuestro medio ambiente natural recae tanto sobre el esfuerzo individual como en el mancomunado. Los adventistas aceptan el desafío de trabajar en procura de restaurar el propósito total de Dios. Motivados por la fe en Dios, se dedican a promocionar la salud tanto personal como a nivel de medio ambiente, de vidas íntegras dedicadas a servir a Dios y a la humanidad.

En este compromiso, los adventistas confirman ser los mayordomos de la creación de Dios y creen que la restauración final se completará únicamente cuando Dios haga nuevas todas las cosas.

* Esta declaración fue adoptada en octubre de 1992 por los delegados del Concilio Anual de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Pueden obtenerse otras declaraciones sobre el ambiente en el sitio www.adventist.org

John T. Baldwin, (Ph.D., University of Chicago) enseña teología en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews, Berrien Springs, Michigan, EE. UU. E-mail: baldwin@andrews.edu

Notas y referencias

  1. Una versión ampliada de este artículo se presentó durante las reuniones de diálogo entre la Alianza Mundial de las Iglesias Reformadas y la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día en Jongny, Suiza, en abril del 2001.
  2. Bernard J. Nebel y Richard T. Wright, Environment Science: The Way the World Works, 4ª edición (Englewood Cliffs, N.J.: Ptrentice Hall, 1993), p. 552.
  3. William Shea, “The Controversy over the Commandments”, en el Journal of the Adventist Theological Society 11 (2000) 1-2:2:227.
  4. Para disponer de más información acerca de la legislación relativa al ambiente, ver Gregg Easterbrook, A Moment on Earth: The Coming Age of Environment Optimism (Nueva York: Viking Pinguin, 1995), p. xv.
  5. Charles E. Braford, “Stewardship”, en Handbook of Seventh-day Adventist Theology, Raoul Dederen, editor, (Hagerstown, MD: Review and Herald Publ. Assn., 2000), p. 662.
  6. Ibíd.
  7. Miroslav Kis, “Christian Lifestyle and Behavior”, en Handbook (Manual), p. 704.
  8. Ibíd.
  9. Ibíd.
  10. Nebel y Wright, p. 85.
  11. Ibíd., p. 430.
  12. Entrevista personal a Dennis Woodland, 10 de junio de 1997.
  13. “Villagers Accused of Environmental Damage”, The Herald (24 de junio de 1996), pp. 9, 10.
  14. Carta al autor, 20 de junio de 1997.
  15. Nebel y Wright, p. 361.
  16. Payson R. Stevens y Kevin E. Kelley, Embracing Earth: New Views of Our Changing Planet (San Francisco: Chronicle Books, 1992), p. 125.
  17. “GC Votes Statement on Dangers of Climate Change” Adventist Review, 20 de marzo de 1996), p. 7.
  18. Nebel y Wright, p. 377.
  19. Stevens y Kelley, p. 118.
  20. Ver Dieter T. Hessel, For Creation’s Sake: Preaching, Ecology, and Justice (Filadelfia: Geneva Press, 1985), p. 15.
  21. Ver Dennis W. Woodland, “Christian Environmental Stewardship”, Lake Union Herald (Diciembre 1996), pp. 12, 13.