¡Sin reservas! ¡Sin retroceso! ¡Sin lamentaciones!

William Borden sabía que heredaría una gran fortuna. Y cuando la obtuvo, sabía también que iba a dar miles de dólares para las misiones. En 1904, cuando tenía 16 años, se graduó del colegio secundario y dedicó un año para viajar alrededor del mundo. Durante ese viaje se consolidó el propósito de su vida, y su visión del futuro tomó un rumbo inesperado: aceptó el llamado de Dios para ser misionero.

Poco después falleció su padre, cuando William estaba todavía en la universidad. Sus parientes esperaban que se hiciera cargo del negocio de la familia. Pero él ya había hecho su decisión. Estaba dispuesto a dejar la riqueza y la fama, e incluso la fortuna que podía usar para gloria de Dios, a fin de seguir el llamado del Señor. Una vez hecha esta decisión, escribió en la hoja de notas de su Biblia las siguientes palabras : “Sin reservas”.

Cuando se graduó del seminario sus amigos y familiares le sugirieron una alternativa. ¿Por qué no se quedaba en Estados Unidos a fin de servir a Dios como pastor? Seguramente tendría mucho éxito, y podría preparar a muchos misioneros para enviarlos después. “¡¿Por qué te vas a enterrar en el extranjero?!” le rogaban. Bill oró y añadió esta nota en su Biblia: “Sin retroceso”.

Su constante oración era que la voluntad de Dios se cumpliera en su vida. Y salió rumbo a Egipto con la bendición de su familia. “Estamos seguros de que su ministerio será prolongado y útil” dijo su madre. Pero a los cuatro meses de llegar al Cairo, William enfermó y murió.

Algunos de los que están leyendo este artículo han aceptado el llamado al servicio allí donde están. Otros están esperando ese llamado. Otros pueden estar huyendo de una convocatoria definida proveniente de Dios mismo, o la están evitando. La verdad es que todos nosotros hemos sido llamados de una manera u otra a la obra apostólica: convertir a la gente al cristianismo y fundar iglesias donde no las hay, o sea, llevar el evangelio de Jesucristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Como William Borden sabía, ésta es la tarea esencial de la iglesia. Todo lo que hacemos como cristianos debe girar en torno de esta tarea apostólica y convertirla en realidad.

Un ministerio de gracia y misericordia

En 2 Corintios 4:1-14, Pablo nos recuerda que todo ministerio es asunto de gracia y misericordia. Ninguno de nosotros tiene nada de qué gloriarse. Todos desempeñamos el papel de “siervos inútiles… pues [solamente] lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10). A pesar de nuestra tan proclamada estima propia, Dios en realidad no nos necesita. Sin embargo, su misericordia nos permite participar de su llamado. El cumplimiento de la tarea apostólica no es responsabilidad nuestra, sino de Dios, y podemos asombrarnos permanentemente de que él esté dispuesto a usar a personas como nosotros. Nunca nos llamó a alcanzar el éxito sino sólo a ser fieles. El éxito es responsabilidad suya, no nuestra.

De manera que no tenemos nada personal que defender, sino sólo proclamar a Jesús. Como William Borden, podemos ser impulsados por una pasión apostólica por la gente no alcanzada, que coincide con la tarea apostólica misma.

Las condiciones de los primeros misioneros eran muy rigurosas. El compromiso implicaba, como nos lo recuerda Dietrich Bonhoeffer, la disposición a dar inclusive la vida. Los cementerios misioneros de todo el mundo son testigos mudos de ello. Las ocasionales vacaciones estaban sujetas a conflictos internacionales y a precarios medios de transportes. Los misioneros trabajaban en condiciones muy humildes, sin una sede segura, sin radio ni teléfono. Las comunicaciones tomaban de tres a seis meses, y muy pocos de los nativos, si es que había alguno, hablaba el idioma de ellos. Nadie los esperaba para darles la bienvenida ni amortiguar los duros golpes de la llegada.

Las condiciones de las misiones en la actualidad son diferentes. La mayor parte de los misioneros viven en casas cómodas y con frecuencia están rodeados de otros misioneros. Disponen de correo electrónico y de otras formas instantáneas de comunicación, y el regreso a su país de origen es fácil y rápido. Pero las mejores condiciones no significan necesariamente que la dedicación haya mejorado. Algunos de nosotros hemos perdido el sentido de la pasión apostólica, la decisión deliberada e intencional de vivir para servir a Jesús entre las naciones: comprometidos hasta la muerte a difundir su gloria; a arder por Jesús, mientras se sueña que toda la tierra se cubrirá de la gloria de Dios.

El desarrollo de la pasión apostólica

Floyd McClung nos recuerda que “el entusiasmo humano no le sirve de apoyo a la pasión apostólica. Cuando Dios te inviste de pasión, tú debes desarrollar lo que él te ha dado a fin de que su nombre sea glorificado entre las gentes”.* Hay cuatro cosas que pueden ayudar a lograr esto.

La entrega apostólica. Muchos de nosotros queremos lograr los frutos del ministerio de Pablo sin estar dispuestos a pagar el precio que él pagó. Este perseverante mensajero del evangelio sabía que debía morir al yo. Sabía que en su carne no podía producir la revelación de Jesús, ni contener el corazón del Señor. De manera que murió al yo y sometió su vida por completo a la voluntad de Dios. Vivimos en un mundo de pasiones que compiten. Si no morimos al yo ni llenamos nuestras vidas de la pasión consumidora del servicio a Dios, terminaremos dominados por otras pasiones.

El enfoque apostólico. El mayor enemigo de la pasión de ver que todas las naciones adoren a Jesús es la falta de enfoque. Podemos correr y gastar energías en toda clase de buenos ministerios, sin acercarnos ni siquiera un paso a las naciones. El pueblo de Dios está dedicado a muchos proyectos y ministerios en todo el mundo, que son importantes. Pero la iglesia tiene una misión apostólica prioritaria. Dios nos ha llamado a llevar a cabo una tarea específica en favor de las naciones. Debemos mantenerla en foco; de lo contrario, no seremos obedientes a la verdadera misión.

La oración apostólica. Podemos llegar al cielo sin orar mucho. Podemos dedicar a Dios apenas un minuto cada día y él nos seguirá amando. Pero no vamos a escuchar el “bien, buen siervo fiel” después de una apresurada conversación con Dios de un solo minuto. No podemos salir adelante con esta clase de oración en los lugares difíciles donde no se conoce a Jesús ni se lo adora. La misión en favor de las naciones requiere una vida de oración intercesora profunda, persistente y permanente. La ausencia de una vida de oración es garantía del fracaso en las misiones.

Decisión apostólica. Este paso requiere una pasión por ver manifestarse la gloria de Dios entre las naciones, y a continuación pregunta: “¿Dónde te puedo servir, Señor?” Muchos hacen lo contrario; preguntan dónde y cuándo, sin preocuparse de la revelación de la gloria de Dios entre las naciones. Toda clase de deseos de calidad inferior nos puede retener cautivos. Es posible que nunca nos demos cuenta de ello. Gordon MacDonald tiene razón cuando dice que ha aprendido a decir “No” a muchas cosas para poder decir “Sí” a lo que es excelente.

Una misión amante y que se haga querer

Los musulmanes, budistas e hindúes necesitan vecinos cristianos amantes y que se hagan querer. Pensemos en lo que podría suceder si cientos y aun miles de cristianos se trasladaran a los países que se encuentran en la ventana 10/40, consiguieran trabajo y se quedaran allí, para ser sencillamente amables, compasivos y perdonadores, para revelar a Jesús en su vida diaria visible, que vivan deliberadamente como cristianos, orando por sus vecinos no cristianos y sus colaboradores.

Mucho antes de que nuestros vecinos musulmanes, hindúes y budistas puedan tener un contacto serio con Jesús, tienen que tener un contacto serio con por lo menos un verdadero cristiano, sincero y amable. Y el compartir a Jesús con los musulmanes nunca se va a llevar a cabo plenamente mediante la tecnología y ni siquiera por medio de la palabra escrita. Las barreras son demasiado altas; los rencores, demasiado fuertes; los malentendidos y las heridas emocionales, demasiado profundas. Es imprescindible, esencial, que los cristianos se esmeren primero en curar las heridas, para reemplazar las animosidades por una genuina amistad, para derribar los muros que se levantaron durante siglos.

¡Ora por los que no son cristianos! ¡Ora fervientemente en favor de ellos! Pero prepárate para que tus oraciones también tengan manos y pies a fin de comprometerte personalmente con el mundo musulmán, del budismo y del hinduismo, tanto donde vives como en sus países de origen.

Disfruta de su amistad. Dedícales tiempo. Haz cosas junto con ellos. Trabaja con ellos por el bien de la comunidad o del mundo. ¡Diviértete junto con ellos! Eso es lo que hacen los amigos.

Comparte tu fe. Hazlo de a poco. Hazlo cuando surjan preguntas. Hazlo sin insistir en que lo acepten todo en seguida. Hazlo con el entendimiento de que lo que crees es algo de vida o muerte para ti. No lo hagas como una condición previa para seguir con la amistad. ¡Los amigos no hacen eso!

El cuerpo de William Borden fue puesto en un ataúd de pino, con su Biblia sobre el pecho, y lo enviaron a su familia que residía en Chicago. En la Biblia la familia vio su reacción inicial al llamado de Dios: “Sin reservas”; después su compromiso: “Sin retroceso”; y finalmente su resolución. El día anterior a su muerte, William había escrito: “Sin lamentaciones”.

Eso es servir a Dios con pasión apostólica. Una vida “sin reservas”, “sin retroceso” y “sin lamentaciones”.

Bruce Campbell Moyer, (S.D., San Francisco Theological Seminary) dicta actualmente la cátedra de misión mundial en el Seminario Teológico Adventista, Andrews University, Berrien Springs, Michigan, EE. UU.

* El artículo de McClung, “Apostolic Passion”, aparece en la tercera edición recientemente completada de Perspectives on the World Christian Movement Reader.

Notas y referencias