Más allá del dolor

Acabará alguna vez el dolor? Durante varios meses, los televisores han pasado una y otra vez las imágenes paralizantes, de emoción desgarradora y dolor incesante, del terror del 11 de septiembre de 2002, en Nueva York, Washington D.C. y Pennsylvania, y sus repercusiones en todo el mundo. Y hemos llorado junto con los que sin reparo y sin control sollozaron ante las cámaras lamentando sus pérdidas.

El jueves de noche posterior a ese martes de terror, visité a mi hijo Kirk en su departamento. Y allí, por televisión, vimos a esas personas en fila, con las fotografías de sus amados que se hallaban en el desdichado edificio del World Trade Center cuando sus dos torres fueron agredidas y se derrumbaron. Eran hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que sollozaban ante las cámaras en busca de alguna información de sus cónyuges y prometidos, hermanos y hermanas, padres o hijos desaparecidos. No sé cómo el periodista se las arregló para permanecer calmo mientras sostenía el micrófono ante esos rostros bañados en lágrimas. Aun el presidente de la nación se emocionó ante las cámaras por la inmensidad de una tragedia tan horrenda.

¿Se irá alguna vez el dolor?

Meses después hemos aprendido que en cuestión de segundos —de segundos simultáneos diabólicamente coordinados— la vida sobre este planeta puede cambiar irrevocablemente y para siempre. Ahora sabemos que los sucesos y condiciones que creímos imposibles o al menos improbables pueden tomar un curso irreversible. Nada ni nadie puede detenerlos. ¡Cuán inmensa es la pérdida y cuán amargas las lecciones de esta jornada nacional de dolor!

Para el sobreviviente cristiano, una mirada detenida a esa dramática fotografía del 11 de septiembre en que se ve una bola anaranjada de combustible ardiente delante de las oficinas de vidrio de la segunda torre, plantea diez temas ineludibles, a saber: (1) el amor divino; (2) el odio humano; (3) el carácter de Dios; (4) la salvación del mundo; (5) el estado de la iglesia; (6) la venganza y retribución; (7) el perdón; (8) el fin del mundo; (9) la segunda venida de Cristo; y (10) la inhabilidad humana de resolver sus problemas más acuciantes y profundos. Diez temas ineludibles que aún dejan perplejo al inquiridor cristiano.

¿Dónde estaba Dios?

Acaso la pregunta más apremiante permanece: ¿Dónde estaba Dios el 11 de septiembre?

Al buscar la respuesta, consideremos las palabras de un profeta de antaño, precedidas aquí por un incidente de la China antigua. Hace mucho tiempo, un grupo de colonizadores chinos muy pobres arribaron a un valle deshabitado, estratégicamente ubicado entre la ladera de una montaña y las playas del mar de la China. Como la planicie parecía apropiada para el cultivo de arroz, los colonizadores decidieron construir la aldea sobre un promontorio rocoso plano desde donde podrían observar los cultivos del valle y más allá las aguas azules del océano.

Construyeron la aldea y plantaron el arroz. Por fin, la vida les sonreía con nuevas promesas y esperanzas.

Un atardecer de verano, cuando la mayoría de los aldeanos se encontraba trabajando en los cultivos, una de las mujeres que habían quedado en la casa desvió la vista de sus tareas, dirigiendo su mirada hacia el océano. Al escudriñar el horizonte marítimo, reconoció con temor repentino la siniestra ola gigante que sus vecinos japoneses llaman tsunami. Un lejano movimiento tectónico en el lecho marítimo había creado esta enorme acumulación de agua formando una gran pared que, ominosamente, se acercaba a la orilla.

Por un momento permaneció petrificada al pensar en que casi todos los habitantes de la aldea estaban cosechando el arroz cerca de la playa, inconscientes de que su mundo y sus vidas enfrentaban el desastre repentino y la muerte inminente. Bajo el sol del atardecer, el tsunami los destruiría a todos, a menos que ella lograra avisarles.

Llamó a gritos a las pocas aldeanas que habían permanecido en la montaña con ella y, desesperadas, comenzaron a gritar y a hacer señas a sus familiares y amigos. Pero era un esfuerzo inútil; ellos estaban demasiado lejos. Con el tsunami cada vez más cerca, no había tiempo de descender por entre las rocas hasta el valle. Sin embargo, debían lograr su atención al instante, o todos perecerían.

Rápidamente se dieron cuenta de que necesitarían algo catastrófico para llamar la atención de sus familias. La mujer y sus compañeras sabían lo que debían hacer. Era necesario pagar un gran precio. Pero si querían salvar a sus compañeros de una muerte segura, debían pagarlo. Entonces, tomando teas encendidas de sus cocinas, la mujer y las demás aldeanas incendiaron sus techos de paja. Una a una las casas de la montaña se convirtieron en un estallido de llamas anaranjadas y nubes de un espeso humo negro. Y uno a uno, los aldeanos volvieron sus ojos aterrorizados hacia la montaña. Al ver el humo que se elevaba sobre sus casas, los campesinos corrieron a una hacia la montaña para salvar sus hogares en llamas.

Cuando, fatigados y sin aliento, llegaron a la aldea, fueron recibidos por la mujer y sus vecinas que, con solemnidad señalaron hacia el mar. Los aldeanos se habían vuelto justo a tiempo para ver el rugiente muro de agua que destruia los cultivos donde habían estado trabajando hacía unos minutos antes.

Se había requerido algo catastrófico para advertirlos de una destrucción inminente aún más grande.

Consideremos ahora las palabras del profeta Isaías: “También en el camino de tus juicios, oh Jehová, te hemos esperado; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma. Con mi alma te he deseado en la noche, y en tanto que me dure el espíritu dentro de mí, madrugaré a buscarte; porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia” (Isaías 26:8, 9).

“Luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia”. Lo que quiere decir: luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo son inducidos hacia la seguridad y la salvación. Porque hay momentos apremiantes que requieren algo catastrófico para advertir acerca de una destrucción inminente aún más grande.

Una advertencia

¿Qué nos está tratando de decir?, me dirán. ¿Cree usted realmente que esos terroristas cumplían algo así como una misión divina, que el Dios todopoderoso los envió como un juicio contra la nación norteamericana? ¡En absoluto!

Sólo un pensamiento trastornado buscaría atribuir la causa de esta crisis al amante Dios, Padre de la raza humana. Jesús estaba en lo cierto cuando dijo: “Un enemigo ha hecho esto” (Mateo 13:28). Un enemigo que no proviene de allende los mares; por el contrario, un personaje malvado que viene de los abismos del tiempo. Un arcángel caído, conocido como Lucifer y Satanás, la serpiente antigua llamada diablo. Estas últimas semanas nos permitieron identificar al culpable. En las palabras del Apocalipsis: “¡Ay de los moradores de la tierra y el mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira sabiendo que tiene poco tiempo!” (Apocalipsis 12:12).

Desde el mismo comienzo, el diablo ha sabido que su tiempo es corto: un breve período de locura en la pantalla del radar de la eternidad. Y desde el mismo comienzo en el perfecto Jardín del Edén, este arcángel caído ha guerreado no sólo contra el cielo sino también contra la tierra. ¡Y tú y yo, y Nueva York y Washington D.C., y todo el mundo somos las víctimas! En ese sentido, los políticos y periodistas están en lo cierto: ¡Estamos en guerra!

Una guerra cósmica

Pero para el cristiano está claro que no es una guerra contra los árabes o el Islam o Afganistán o los extranjeros o aun los terroristas. Como habitantes de la tierra estamos cautivos en la encrucijada de sangriento fuego de dimensiones verdaderamente universales: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7-9).

Y el 11 de septiembre de 2001, el diablo y sus ángeles declararon la guerra una vez más, por así decirlo, contra todos nosotros. Estamos en guerra, una guerra cósmica por conseguir la lealtad de todos los habitantes de la tierra.

Entonces, ¿dónde estaba Dios cuando lo necesitábamos el 11 de septiembre? En el mismo lugar donde estaba en ese trágico viernes cubierto por un manto de oscuridad en el Calvario, junto a su Hijo que moría sintiendo una terrible soledad, envuelto por las sofocantes tinieblas, como lo fueron los miles que perecieron el 11 de septiembre. La diferencia: ellos no murieron solos. Porque junto a ellos el mismo Padre quebrantado del Calvario permaneció en medio del manto de polvo y la explosión de fuego de los ataques diabólicos del 11 de septiembre. El Calvario nos dice que en verdad Dios siempre permanece junto a la víctima.

Pero tan comprometido está Dios con nuestra libertad de elegir, que permite nuestras elecciones (en este caso, el libre albedrío de una pequeña banda de hombres malvados) que llevan en ocasiones (como en este caso) a un fin destructivo y trágico. Por supuesto, Dios podría hacer de cada ser humano un robot que sólo pudiera obedecer sus órdenes. Pero los autómatas no pueden demostrarle amor. Y el corazón de amor infinito anhela también que lo amen.

Así que él debe otorgarnos no sólo el derecho de decirle que “sí”, sino también de responderle “no”. En consecuencia, el 11 de septiembre una banda de hombres le dijo “no”. Y meses después, la nación norteamericana todavía sufre y se lamenta de la misma manera en que Dios el Padre lloró junto a la cruz de su Hijo moribundo, que murió para asegurar el derecho de todo ser humano de decir “sí” al Salvador y “no” al terrorista diabólico llamado Lucifer.

No acusemos al Dios del Viernes Santo por lo sucedido en ese terrible martes de septiembre. Porque esos pies todavía tienen las huellas de los clavos, los mismos pies marcados que salieron de la tumba un domingo para otorgarle para siempre el derecho divino de tener la última palabra. ¡Y así será! Para los sufrientes habitantes de la tierra, Dios todavía tiene la última palabra. Acaso mucho más pronto de lo que habíamos imaginado antes del 11 de septiembre. ¡El regreso del vencedor del Calvario —la segunda venida de Cristo— podría estar más cerca de lo que alguna vez creímos!

Pero volvamos por un momento a las palabras de Isaías: La versión Nueva Reina-Valera culmina Isaías 26:9 de esta manera: Porque cuando hay juicios tuyos en la tierra “los habitantes del mundo aprenden justicia”. Porque vienen tiempos apremiantes cuando se requiere algo catastrófico para captar nuestra atención y advertirnos de una destrucción inminente aún más grande. Tal cual les sucedió a los aldeanos chinos del valle.

¿Podría suceder, también —y ya no pienso en los Estados Unidos sino en nosotros—, podría suceder que nosotros también nos divirtamos y estudiemos y trabajemos completamente ajenos del desastre inminente que está por sobrevenir a la tierra? ¿Podría ser que en el horizonte distante haya un cataclismo potencialmente inminente que destruirá la tierra, una catástrofe cercana que hoy sólo puede ser vista por el que todo lo conoce y todo lo ve? ¿Podría el alboroto y el ruido de esta terrible calamidad ser la voz suplicante de aquel que desesperadamente busca llamar nuestra atención, despertarnos de nuestro estupor inconsciente, advertirnos del fin inminente? ¿Podría ser la voz de aquel que básicamente ha tenido que incendiar su propia casa para atraer nuestra atención?

Pero, ¿es posible que el Dios que no quiere que nadie perezca (ver 2 Pedro 3:9) tampoco esté dispuesto a dejar que esta locura continúe hasta que todos perezcan? ¿Podría ser que las casas que arden en la montaña global no son sino el clamor desesperado de aquel que apasionadamente nos invita a huir de la destrucción inminente?

El llamado divino

Dios nos llama. Todo este tiempo, la metáfora operativa ha sido que, desesperados, nosotros lo llamamos. Pero, ¿podría ser que esta vez él, desesperado, nos esté llamando? Porque podría ser—¿podrá ser?— que la gran oleada de rugiente inconsciencia está más cerca de lo que alguna vez imaginamos.

“Con mi alma te he deseado en la noche, y en tanto que me dure el espíritu dentro de mí, madrugaré a buscarte; Porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia” (Isaías 26:9).

No es de extrañar que Dios exprese las siguientes palabras unas páginas más adelante: “Miradme a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque Yo Soy Dios, y no existe ningún otro” (Isaías 45:22, NRV). Por sobre la cacofonía de tu vida frenética y de tus logros académicos, ¿puedes oír, también, el clamor de Dios dirigido a ti? “Miradme a mí y sed salvos”. ¿Lo harás?

Uno de nuestros alumnos de la Universidad de Andrews, donde trabajo, está estudiando por un año en una universidad de Jerusalén. Al día siguiente de la tragedia del 11 de septiembre, se comunicó con sus padres por medio de un mensaje electrónico que ellos compartieron conmigo. En su carta, Isaac Oliver describió el ánimo sombrío de Jerusalén: “Hoy cantamos en clase ‘Que la paz venga sobre nosotros’. El profesor dijo que cuando pasan estas cosas, ellos dicen ‘que venga el Mesías’, porque cuando él venga habrá paz”.

El profesor está en lo cierto. Pero Isaac culmina su carta con el recuerdo de una visita que con su madre y algunos amigos hicieron al Pentágono el verano pasado, antes de los ataques del 11 de septiembre. Él recordó que si bien estaban en el famoso Pentágono, su madre estaba preocupada por su seguridad personal dentro de ese complejo militar. Cuando le preguntó al guía cuán seguro era el Pentágono, el oficial respondió sonriendo: “¡Señora, usted está en el lugar más seguro del mundo!

Pero, ¿quién podría haberlo sabido entonces?

La brecha del 11 de septiembre en el lado mutilado del Pentágono es un recordatorio sombrío que, de hecho, el lugar más seguro del mundo no es un lugar. Es una Persona. “Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra”.

Aquel que pronunció estas palabras vendrá muy pronto. Lo que quiere decir, que si hubo un tiempo para ir a él… o para volver a él… ese momento tiene que ser ahora. ¿No te parece? Entonces, ¿lo harás?

Dwight K. Nelson (D.Min., Andrews University) es el jefe de pastores de la Pioneer Memorial Church en el campus de Andrews University, Berrien Springs, Michigan, EE. UU.