Francisco de Araujo: Diálogo con un director de orquesta, productor y director artístico adventista

Su tarjeta de presentación apenas si dice algo de lo que es el Dr. Araujo: di- rector asociado de desarrollo, y director de Pro Arts Internacional en el Colegio de la Unión del Atlántico, en Massachusetts, Estados Unidos. Después de la representación de La Pasión, en el Monte de los Olivos, un redactor del Washington Times hizo este comentario sobre él: “Vale la pena verlo, siempre y cuando a usted no le incomode contemplar un genio”. El éxito que tuvo en esa ocasión fue algo asombroso, en un país cuyo suelo está lleno de minas explosivas, y cuya idiosincracia está llena de contradicciones religiosas. Recibió cobertura en la primera página del New York Times y al mismo tiempo la puesta en circulación por parte de la famosa Editorial Doubleday de un libro de arte religioso basado en dicha representación.

Araujo siempre ha actuado como músico a nivel internacional. La música es su medio de evangelización. Fundó la Sociedad de Artes Corales en Japón y a continuación hizo una gira por los Estados Unidos con ese grupo de jóvenes aclamados por la crítica. Alan Gershwin, hijo de George Gershwin, después de escucharlos en el salón de actos de la Municipalidad de Nueva York, hizo arreglos para que ofrecieran un concierto en las Naciones Unidas.

Después de servir como misionero en Japón durante siete años, Araujo regresó a los Estados Unidos y fundó el Coro Nacional de Washington, un grupo coral adventista que él quería que estuviera a la altura del Coro del Tabernáculo Mormón. Era su gran sueño, y a fines de la década de 1960 ya había causado una considerable impresión en la iglesia.

Araujo introdujo su música en medio del remolino de los acontecimientos mundiales. El presidente Anwar Sadat lo invitó para que dirigiera la Orquesta y el Coro Nacional de Egipto en un concierto de gala para celebrar el segundo aniversario de la iniciativa de paz con Israel. En 1994, con los miembros del coro y la Orquesta de la Camerata Nuove, dirigió en un concierto televisado del Mesías desde la Iglesia de la Natividad en Jerusalén. Dos días después estaban “del otro lado” , en Jordania, ofreciendo un concierto para la celebración del cumpleaños del rey.

En 1996, Araujo visitó de nuevo Jordania y dirigió la presentación de la Novena Sinfonía de Beethoven, para celebrar el recientemente firmado tratado de paz con Israel. Mientras estaba allí, el presidente Arafat le pidió que dirigiera en la Universidad de Belén el concierto “Paz para Palestina”.

Los testimonios son de gran valor para los directores de orquesta y coros, pero algunos de los comentarios hechos por Yoni Fighel, por ese entonces gobernador de la Margen Occidental (West Bank), después de la presentación del Mesías en 1994, pone de relieve lo que hace Araujo con la música: “Usted no tiene idea de lo que ha logrado esta noche. Por casi 50 años nuestros políticos han tratado en vano de unir a esta gente. En una sola noche usted ha reunido en este sagrado lugar a judíos, cristianos, musulmanes y palestinos, todos alabando a Dios al ponerse de pie mientras se cantaba el Aleluya. La influencia de esta noche se va a sentir por mucho tiempo aquí”.

Dr. Araujo, ¿cómo llegó usted a la idea de evangelizar por medio de la música?

Yo era un niño de campo. Mis padres llegaron a los Estados Unidos desde las islas Azores portuguesas. No había grandes planes para mi vida. Yo era uno de los siete hijos de la familia, y mis padres me enseñaron que había que poner pan en la mesa. Papá quería lo mejor para nosotros, pero yo fui el único de los hijos que fue a la universidad. Todos los demás quisieron salir a trabajar. Yo tenía esta pasión innata por la música. En realidad no sabía lo que era la música. Nunca había oído una sinfonía o algo parecido, pero sentía que debía vivir en contacto con la música.

Después de terminar el colegio secundario, decidí ir al Colegio de la Unión del Atlántico. Y allí encontré a la Dra. Virginia Jean Rittenhouse, que primero actuó como mi guía, y después fue una buena amiga, ya que colaboramos en numerosos proyectos a lo largo de 50 años. Me dio una clara visión del servicio misionero.

Mi padre vendió su casa a fin de que yo pudiese estudiar en aquel colegio, y a raíz de ello debió pasar el resto de su vida en un departamento. Su sueño no era que yo fuera músico, sino pastor. En ese entonces mamá solía decir: “Siempre quisimos tener un hijo misionero”. Pues bien, fui a Japón como misionero.

¿Cuáles son los primeros recuerdos importantes que usted tiene de los comienzos de su carrera musical?

Aunque nunca albergué grandes ambiciones en mi vida, siempre recordaré lo que afirmó el pastor H.M.S. Richards, padre, cuando dirigí el coro japonés durante una gira por los Estados Unidos. Me dijo: “Dios ha puesto su mano sobre usted, hermano: tenga cuidado”. Me sobresaltó y me atemorizó, pero siempre he creído en el consejo de Elena White cuando dice que lo que Dios espera de nosotros es que lleguemos al peldaño más alto de la escalera. Nunca me atrajo la fama fuera de la iglesia. Sin darme cuenta e inesperadamente ésta ha sido un subproducto de la música. Pero para mí el gozo más grande ha sido la oportunidad de llevar un coro de jóvenes al SkyDome a fin de que cantaran ante 50.000 personas en el Congreso de la Asociación General de la Iglesia Adventista en Toronto, Canadá. Los encargados de la música nos dijeron que no podíamos cantar. Habíamos llegado tarde. Ya no había lugar, dijeron. Recuerdo que les dije a los encargados. “Vamos a cantar para la Asociación General. Puede ser en la plataforma o en el baño. Pero hemos venido, y vamos a cantar”.

Siempre les he dicho a los miembros de mis coros que nunca debemos limitar a Dios. ¿Cómo lo podríamos hacer? Si él nos señala con el dedo y nos dice: “Quiero que trabajes para mí”, ¿cómo podríamos ponerle límites a esto? ¡No, no lo podemos limitar!

Durante los siete años que pasé en Japón vi a jóvenes que pasaron del budismo al cristianismo. Los vi convertirse en miembros de iglesia, en obreros de la iglesia. Ahora, al dar una mirada retrospectiva, verifico que el presidente de nuestra obra en Japón era un miembro del coro, el director del hospital era un miembro del coro, y el encargado de la estación de televisión era un miembro del coro. La obra en Japón está cargo hoy día de gente sobre la cual ejercí influencia, y eso es muy satisfactorio.

La música ha sido una parte importante de su vida. Pero, ¿fue fácil al principio?

Cuando fui al Colegio de la Unión del Atlántico estaba en el peldaño más bajo de la escalera. Cada vez que iba a tomar clases de piano con la Dra. Rittenhouse, llegaba a mi pieza y lloraba. Decía: “¡Se acabó! ¡No lo puedo hacer! ¡Esto no es para mí!” Esta lucha prosiguió semana tras semana. Por fin me fui a la azotea del hogar de varones y dije: “Señor, tenemos que hablar tú y yo. No me voy de aquí hasta que me des tu bendición. Hasta que me digas que lo que estoy haciendo es lo que tú quieres que haga”. Esa lucha duró toda la noche. Cuando amaneció creí que tenía la respuesta: iba a seguir estudiando.

Nunca me arrepentí de eso realmente. No he ganado dinero, pero me he enriquecido con las bendiciones que el Señor me ha concedido. No sé qué sucede cuando los jóvenes cantan juntos, pero eso ha tocado mi corazón y me ha dado satisfacción.

¿Qué pieza musical lo ha conmovido más?

Son numerosas las obras maravillosas que he tenido el gusto de dirigir en muchas ocasiones. Sin embargo, la que yo más amo es el Aleluya para coro. La primera vez que uno la oye parece que está avanzando hacia el trono de Dios. Dicho esto, debo añadir que es muy difícil elegir una pieza y decir: “Esta es la que me gusta más”. Pero la pieza que destaco entre todas las que he dirigido es el último coro de La Pasión según San Mateo, de Bach. Es el coro que se refiere al momento cuando Jesús estaba en la tumba y dos coros que acompañan a dos orquestas cantan: Descansa en Paz. Las partes de esta pieza superan la experiencia humana.

Mendelssohn lo expresó muy bien: “Esta música no proviene del hombre; viene de Dios”. He tomado La Pasión según San Mateo y he hecho con ella un espectáculo de orden moral. En la última escena los discípulos toman el cuerpo de Jesús y lo depositan en un sarcófago de mármol. Al despedirse de Jesús, el coro canta con profundo pesar. Creo que muy probablemente esta es una de las más grandes experiencias musicales de mi vida.

¿Tiene algo que ver si un creyente canta el Mesías o un no creyente o basta con que sea un profesional bien preparado? ¿Qué papel desempeña la fe personal en la comunicación por medio de la música?

Lo más importante para alguien que canta es darle un toque espiritual a la música, y eso debe provenir de su experiencia. Si la espiritualidad se manifiesta en la vida, se proyectará en la música.

¿Tiene usted un consejo especial para los jóvenes de hoy?

Para un joven que se está desarrollando, nada puede tener más valor que una educación cristiana. Creo que nuestros jóvenes deben estudiar en colegios adventistas. Allí deben encontrar su fundamento. Nada puede reemplazar el valor que ofrece la educación espiritual y social en nuestros colegios. Pero donde eso no es posible, los jóvenes deben encontrar amistades que alimenten su fe y los estimulen a ser cristianos dedicados, comprometidos con la iglesia.

El Señor tiene una obra para cada joven; tiene un plan definido para cada uno de nosotros, y tenemos que descubrirlo y tratar de cumplirlo. Nuestra visión puede ser tan grande como nos parezca, pero si en ella no hay lugar para Dios ni para su iglesia, carecerá de valor.

Entrevista de Lincoln Steed Lincoln Steed es director de la revista Liberty y director asociado de Asuntos Públicos y Libertad Religiosa de la División Norteamericana de la Iglesia Adventista, en Silver Spring, Maryland, Estados Unidos. El e-mail del Dr. Francisco de Araujo: faraujo@atlanticuc.edu