Los fundamentos

Había una vez tres hermanos que nunca lograban ponerse de acuerdo. Si había dos opiniones acerca de un tema, ellos se las ingeniaban para inventar una tercera. Nunca concordaban en sus gustos políticos, ni en sus automóviles preferidos; ni siquiera en sus preferencias de sabor de helado. Si se les preguntaba de qué color era el automóvil que pasaba, seguramente respondían: bordó, borravino, y “me parece que es borgoña”.

Su madre los escuchaba mientras sacudía la cabeza y decía: ¿Cómo puede ser que estos tres hijos nuestros, nacidos y criados bajo el mismo techo, salieron tan diferentes? Algunas veces resultaba divertido. Pero a menudo era exasperante.

Un día, ya crecidos, Bordó, Borravino y Borgoña salieron a buscar suerte. Su padre les había dicho que ya era tiempo de establecer sus hogares. Al prepararse para ese momento, habían explorado todas las posibilidades de construcción de su nuevo hogar. Consultaron a expertos, recorrieron la Internet, visitaron bibliotecas y hasta oraron por el tema.

Para ofrecerles una alternativa más, su madre, con mucho tacto, les sugirió que consideraran ese relato eterno de dos hombres, de uno que construyó su casa en la roca y otro en la arena. La interpretación de este relato siempre había sido clara, ya que su narrador se había distanciado del relato para dar su aplicación explícita a la vida diaria. Parecía haber sólo una opción prudente, por lo que la madre anhelaba, contra todos los pronósticos, que al menos en este caso los tres estuvieran de acuerdo. Pero no fue así. Como en todas las cosas, Bordó, Borravino y Borgoña leyeron el relato desde perspectivas completamente diferentes. Finalmente, dejaron su hogar, mientras su madre se preguntaba si, después de todo, el haber mencionado las dos casas, había sido un error. Los puntos cardinales les permitieron ir en tres direcciones completamente opuestas, dejando la cuarta sin utilizar.

El enérgico y sensato Bordó aceptó la interpretación original del relato. Luego de una exhaustiva investigación del terreno, comenzó a echar los cimientos de su casa en el más sólido de los lechos de roca. “No hay duda acerca del significado del relato”, declaró con un aire de confianza absoluta.

En cambio, Borravino dijo socarronamente: “Esa historia es tan antigua que ya no tiene valor. Los avances actuales de la ingeniería y la construcción nos permiten construir donde querramos”. Así que contrató a un experto que comenzó a construir su nuevo hogar en la playa.

Borgoña siempre se había considerado intelectualmente superior a sus hermanos, por lo que dijo: “El relato todavía es aplicable, pero debemos leer entre líneas. Tenemos que usar la cabeza. Para extraer su verdad última, es menester considerar el tiempo en que fue contada, la audiencia a la que estaba dirigida, o sea, el marco referencial”. Le gustaba la frase “marco referencial” porque siempre confundía a sus hermanos. Pensaba que esa frase tan sofisticada demostraba su superioridad sobre ellos.

Como resultado de su lectura del relato, Borgoña finalmente decidió construir su casa sobre el agua, pues pensó: ¿Qué mejor protección contra la lluvia y la inundación que tener una casa que suba y baje con el nivel el agua? Era obvio que era ridículo tener una casa en la arena, y que la casa en la roca podría aguantar la lluvia, pero, ¿a quién le iba a gustar limpiarla cuando se ensuciara en caso de inundación? Él no quería eso.

No, la casa flotante, ésa era la solución. Es verdad que en el relato original nunca había existido una tercera casa; pero el pensamiento moderno le había proporcionado una solución a ese asunto de lluvias e inundaciones. “Debemos vivir acordes con los tiempos actuales —razonaba Borgoña—. La erudición no sirve de nada si no puede aplicarse a la vida diaria”.

Es así que los hermanos construyeron sus casas como mejor les pareció. Las tres casas eran admiradas en la comunidad, ya que cada una era singular. La sección de bienes raíces del periódico local publicó un interesante artículo, con muchas fotografías, con un enfoque humanístico de esas tres construcciones. Comenzaba diciendo: “Había una vez tres hermanos que nunca lograban ponerse de acuerdo”.

Súbitamente los contratistas y agentes inmobiliarios percibieron el negocio. Los clientes comenzaron a describir qué casa querían de acuerdo con los tres modelos. “Me gustaría algo del estilo de la casa bordó”; “¿No le parece que una borravino quedaría bien en ese lugar?”; “Mi esposa quiere algo borgoñés. ¿Qué tiene para ofrecernos?”

Tanto interés despertó el negocio que nadie notó las primeras ráfagas de viento, ni las primeras gotas de lo que llegó a conocerse como “la tormenta perfecta”. Al comienzo pareció que sólo era un poco de mal tiempo, de ese que hace que uno diga “Estos del servicio meteorológico siempre se equivocan con el pronóstico”.

Pero esta vez la tormenta se hizo más y más fuerte. Como dice una antigua canción: “La lluvia cayó y el agua ascendió”. Así de simple, así de terrible. Cuando el agua llegó a sus hogares, Bordó y Borravino buscaron terrenos más elevados. Por el contrario, Borgoña observó la tormenta desde la ventana de su casa. “Creo que esto demostrará quién es el más inteligente”, se dijo.

Luego de una estación inesperadamente larga de borrascas, la tormenta del milenio llegó a su fin. Bordó regresó a su casa y, hallándola intacta, comenzó a limpiarla. La casa de Borravino había desaparecido, por lo que decidió construir su nueva casa en un lugar más seguro. Pero cuando los rescatistas fueron a ver cómo le había ido a Borgoña, no pudieron hallar nada. Su casa había perdido todas las amarras y había desaparecido para siempre en la terrible tormenta.

Como lo comentó el periódico: “Parece que, después de todo, hay sólo dos opciones”.

Gary Swanson es el redactor de El Universitario y autor de numerosos artículos. www.cq.youthpages.org