Los adventistas y la dignidad humana

"Al promover la libertad religiosa, la vida familiar, la educación, la salud, la asistencia mutua y la satisfacción de las clamorosas necesidades humanas, los adventistas afirman la dignidad de la persona humana creada a la imagen de Dios".1 --De la declaración publicada por la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día el 17 de noviembre de 1998, a propósito del 50° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Por qué como iglesia creemos y proclamamos la dignidad de cada ser humano? ¿Por qué los derechos de todos los seres humanos --derecho a la igualdad, la salud, la libertad, las oportunidades personales y vocacionales, libertad de expresión y de culto-- sin importar la raza, la religión, la nacionalidad, el idioma, el color o la tribu, son tan importantes para la visión y misión de la iglesia? La respuesta es simple. Nuestro mandato de respetar la dignidad humana no es resultado de la política, la educación, la sociología o la psicología, sino que se basa en un compromiso de fe con nuestro Dios Creador.

Eso significa que al referirnos a la dignidad humana debemos considerar primero la relación entre Dios y el hombre y comprender sus profundas implicaciones teológicas y relacionales. Dichas consideraciones abarcan la realidad de la creación, la cruz, el Espíritu Santo, la ley moral y el discipulado.

La creación y la dignidad humana

El concepto adventista de dignidad humana tiene su origen en el pensamiento mismo de Dios, quien en su sabiduría infinita instituyó a la raza humana como corona de su proceso creador, pues cuando él dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza" (Génesis 1:26),2 estaba compartiendo algo de su singularidad con los seres humanos. Los seres humanos no son meras criaturas. Su lugar en la creación es absolutamente peculiar. A ellos se les dio dominio "sobre los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". A ellos se les dio el poder de pensar, de elegir, de ser creativos, de ser socios de Dios en compañerismo y mayordomía.

Todas las otras criaturas son asimismo "seres vivientes", pero los humanos deben reflejar la imagen de Dios y ser hacedores de su voluntad. Adán recibió una misión: ser el mayordomo de Dios en la Tierra. Las diferencias entre el concepto bíblico y las tradiciones antiguas o la teoría de la evolución son abismales. No somos el producto accidental de un largo y complejo proceso evolutivo o la acción arbitraria de una divinidad lunática. Somos el fruto del amor de Dios y parte de su diseño universal. Somos llamados a ser los actores principales en un destino extraordinario. Por lo tanto, al tratar con los seres humanos, estamos tratando con el Hacedor. En ese parentesco divino se encuentra la base misma del concepto adventista de dignidad humana.

La cruz y la dignidad humana

Un segundo factor que refuerza el ancla teológica de la dignidad humana desde una perspectiva adventista es que Dios no abandonó a la raza humana a la muerte y destrucción, aun después de que se rebelara en contra de su voluntad. Cuando Adán y Eva pecaron en el Jardín del Edén, se rebelaron en contra de la expresa voluntad divina, y merecían morir. Pero Dios confrontó el pecado de una forma diferente. Aunque rebeldes, Adán y Eva y sus descendientes eran aún su creación, y Dios escogió enfrentar la rebelión con la redención, la muerte con la vida, el odio con el amor. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). Por más pecaminosos que seamos, por más lejos que hayamos vagado, aún somos la posesión preciosa de Dios. Él nos ha dotado de dignidad, y aunque es el propósito premeditado de Satanás destruir esa dignidad por medio del pecado y sus muchos engaños, Dios ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo cuán preciosos somos a sus ojos. De manera tal que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados. Es decir que la cruz llega a ser la afirmación perdurable de que cada ser humano es una persona de valor y dignidad inmensurables. De hecho, Jesús se ha identificado de tal manera con la humanidad que lo que le hacemos a una persona es como si se lo hiciéramos a él: "De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25:40). Por lo tanto, cada vez que alguien es abusado y torturado o humillado, afecta a Cristo. La criatura de Dios, el objeto de la redención de Cristo, nunca debería ser tratada como un objeto ordinario, sino como una joya irremplazable.

La dignidad humana y el templo del Espíritu Santo

Si la acción redentora y creadora de Dios provee el fundamento de nuestro concepto de la dignidad humana, ese concepto es transportado a nuevas alturas por la afirmación bíblica de que somos el templo del Espíritu Santo. "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:16, 17). Y otra vez dice: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio" (6:19, 20).

Afirmar que somos el templo de Dios y que nuestros cuerpos son la habitación del Espíritu Santo es atribuir a la persona la más elevada dignidad humana posible. Aun un incrédulo no osaría profanar un lugar de adoración. ¿Cómo, entonces, podemos abusar de nuestros prójimos, creados a la imagen de Dios y templos potenciales del Espíritu Santo? Nadie es demasiado pequeño, demasiado pobre, demasiado indigno como para ser tratado sin respeto. Eso no es todo. Nuestra teoría de la dignidad humana llega al punto de requerirnos que tengamos sumo cuidado de nuestra mente y de nuestro cuerpo, y que no los sometamos a abusos o malos tratos de ningún tipo. Es decir, que el llamado adventista a respetar la dignidad humana proviene de nuestra actitud hacia nosotros mismos para abrazar a toda la humanidad sin distinción.

La dignidad humana y los mandamientos de Dios

Se puede considerar los Diez Mandamientos como el primer documento de derechos humanos. La violación de uno de ellos afecta directamente la calidad de vida, la paz y la dignidad. Jesús resumió los Diez Mandamientos en pocas palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.... Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:37). Los primeros cuatro mandamientos se ocupan de nuestra lealtad hacia Dios, que es la fuente de nuestros derechos. Los últimos seis definen nuestra relación de unos con otros como seres humanos. Si bien Dios continúa siendo el punto de referencia supremo y el que define nuestra actitud hacia los demás, es en los detalles de la segunda parte de la ley moral que se codifican nuestras relaciones humanas. ¿Puedes imaginar a alguien que regula su vida con la brújula moral de los Diez Mandamientos como un mentiroso, un asesino, o alguien que menosprecia y falta el respeto a su prójimo? Esta relación conceptual entre la ley moral y la dignidad humana fue ampliada por Jesús en el Sermón del Monte. Un ejemplo alcanza: Jesús no definió el asesinato simplemente como el quitar una vida, sino como cualquier acto de desprecio, hasta el hecho de llamar "necio" al prójimo (ver Mateo 5:21, 22). Es por eso que el énfasis adventista en la ley moral y la personificación del amor puro e ilimitado constituye un terreno firme e inamovible para nuestra defensa de los derechos y la dignidad humanos.

La dignidad humana: implicaciones para el discipulado

Para los adventistas del séptimo día, la dignidad humana no debe constituir solamente una teoría. El aislar nuestra creencia de nuestra práctica ha sido la persistente tentación de la vida religiosa, y esto nunca es más cierto que en el campo de las relaciones humanas. Cuando Dios nos ordena amarlo con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, nos hace un llamado a regresar a su objetivo original para la vida. El meollo de la vida es estar en una buena y apropiada relación tanto con Dios como con los seres humanos. El profeta Isaías declara la característica de inseparable de las dos: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en tu casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?" (Isaías 58:6, 7). En consecuencia, la religión es más que una rutina formal. Es más que frases agradables, elaboradas oraciones, himnos grandiosos o impresionantes ceremonias en una elegante y cómoda iglesia. No es un catálogo de doctrinas, aunque las doctrinas son importantes. ¡Es vivir una vida real! Como dice Santiago: "La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Santiago 1:27). En otras palabras, no puede haber una verdadera experiencia religiosa sin respeto por la dignidad humana.

Esto explica por qué los adventistas desde el mismo comienzo de su historia se han comprometido a sostener el valor de cada ser humano. Desde un mismo comienzo, adoptaron posiciones definidas contra toda forma de injusticia social. Elena White escribió: "La esclavitud, el sistema de castas, los prejuicios raciales, la opresión del pobre, el descuido del infortunado, todas estas cosas son declaradas como anticristianas y una seria amenaza para el bienestar de la raza humana, y como un mal que la iglesia de Cristo está encargada de cambiar".3 Y agregó: "El Señor Jesús exige que reconozcamos los derechos de cada hombre. Los derechos sociales de los hombres, y sus derechos como cristianos, han de ser tomados en consideración. Todos han de ser tratados con refinamiento y delicadeza, como hijos e hijas de Dios".4

Como resultado, nuestra iglesia ha desarrollado un ministerio de restauración y respeto por la dignidad humana. A través de un sistema global de iglesias, escuelas, hospitales, servicios comunitarios y la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales, los adventistas transmiten un mensaje que fomenta el cuidado por toda la humanidad en 203 de los 208 países reconocidos por las Naciones Unidas. Entre las iglesias cristianas, somos líderes en la promoción de la libertad religiosa para todos. Por medio de la pluma y la palabra, de la misión y el ministerio, no sólo formulamos sino que intentamos dar una respuesta a interrogantes tales como: Cómo defender y promover los derechos humanos, qué debería hacerse con los diversos tipos de discriminación en los diferentes países, qué hacer con los dictámenes que apoyan la guerra y el terror, qué podemos decir acerca de sistemas y estructuras políticas que podrían afectar la vida de las personas, producir hambrunas, refugiados y campos de concentración, cómo deberíamos responder a la tragedia del SIDA, qué en cuanto al trabajo infantil, la esclavitud, y el estatus de la mujer.

No pretendemos tener todas las respuestas o soluciones eficaces para cada problema. Pero el hacernos estas preguntas y el trabajar en cooperación con otras agencias para promover los valores humanos es en sí mismo una tarea necesaria. No podemos darnos el lujo de permanecer callados cuando se produce cualquier tipo de violación de los derechos de las personas.

No podemos estar callados

En 1998 Zdravko Plantak publicó un valeroso libro acerca de nuestra iglesia y los derechos humanos. El título --The Silent Church-- es en sí mismo muy elocuente al referirse a una iglesia silenciosa. Dice el autor: "Los adventistas deben relacionarse con el resto del mundo porque su Dios tiene cuidado de ellos y quiere que ellos se ocupen de los otros. Identificarse con Jesús significa identificarse con los pobres, los oprimidos y con los que sufren la negación de sus derechos y libertades básicas. No es suficiente preocuparse por una persona y no preocuparse por las leyes que afectan la vida de esa persona en la sociedad".5

Los pioneros adventistas entendieron eso perfectamente. Elena White puede haber promovido una mejora en las condiciones de los esclavos, pero condenó la esclavitud con términos sumamente claros: "La institución de la esclavitud... permite que el hombre ejerza sobre su prójimo un poder que Dios nunca le otorgó, y que pertenece sólo a Dios".6 Y fue aun más lejos, condenando la costumbre de tener esclavos como "un insulto a Jehová".7

Jaime White escribió que el cristiano "tiene en realidad tanto interés en este viejo mundo como cualquier otra persona. Aquí debe estar y cumplir con la parte que le toca hasta que venga a reinar el Príncipe de Paz".8

Esta visión temprana de los pioneros que afirmaba que el cristiano tiene que ir más allá del enfoque de asistencia tradicional en beneficio de los problemas del valor y la dignidad humanas se reflejó en la resolución de 1865 de la Asociación General: "Se resuelve que, a nuestro juicio, el acto de votar cuando se lo hace en beneficio de la justicia, la humanidad, y el derecho, es en sí mismo intachable, y en ciertas ocasiones puede ser altamente recomendable; pero que apoyar delitos tales como la intemperancia, la insurrección y la esclavitud constituye, según consideramos, un crimen gravísimo a los ojos del Cielo".9

Esta resolución hacía un llamado a la promoción y defensa de la dignidad humana por medio del "acto de votar" para cambiar la ley. Sin embargo, los pioneros pusieron un límite: "No obstante, rechazamos toda participación en el espíritu de luchas partidarias".10

La dignidad humana: un valor fundamental

Para los adventistas, entonces, la dignidad humana es un valor fundamental. No deberíamos apoyar de una u otra manera una ley o actitud que le niegue la dignidad a ningún segmento de la humanidad. Como iglesia deberíamos ser prudentes y sabios cuando hablamos en forma oficial, pero ser una iglesia silenciosa acerca de temas vitales es como estar avergonzados de Jesús nuestro Dios Creador y Salvador. Como miembros de iglesia, no deberíamos tomar parte en ninguna empresa que transforme una persona creada a la imagen de Dios en una cosa u objeto. Esto no es sólo cuestión de consecuencia sino también de testimonio. Nunca deberíamos olvidar que en esta Tierra somos los embajadores del reino de Dios, y de que somos los heraldos de una nueva creación que restaura y establece para siempre la dignidad humana. Entonces y sólo entonces "nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia" (Isaías 58:8).

John Graz (Doctor en Filosofía, Universidad de la Sorbona) es el director de Asuntos Públicos y Libertad Religiosa de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día y Secretario General de la Asociación Internacional de Libertad Religiosa. Su correo electrónico: 74532.240@compuserve.com

Notas y referencias

  1. Declaraciones, orientaciones y otros documentos (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 2000), p. 57.
  2. Todas las referencias bíblicas de este artículo están citadas de la Versión Reina-Valera (1960).
  3. Elena White, Notas biográficas de Elena G. de White (Mountain View: Pacific Press Publ. Assoc., 1981), p. 519.
  4. _____________, Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 1971), p. 129.
  5. Zdravko Plantak, The Silent Church (New York: St. Martin's Press, Inc., 1998), p. 48.
  6. Elena White, Testimonies for the Church (Mountain View, Calif.: Pacific Press Publ. Assn., 1948), 1:358.
  7. Ibíd., p. 31. Ver Douglas Morgan, Adventists and the American Republic (Knoxville: The University of Tennessee Press, 2001), p. 31.
  8. Jaime White citado en Morgan, p. 34.
  9. "Report of the Third Annual Session of the General Conference", p. 197; citado en Morgan, pp. 36, 37).
  10. Ibíd.