En Mongolia, una experiencia transformadora

Navegando por la página web de voluntarios adventistas (http://volunteers.gc.adventist.org) con el propósito de encontrar una oportunidad en el ministerio del voluntariado, un punto captó mi atención: en Mongolia buscaban cuatro profesores de inglés. ¿En que parte del mundo está Mongolia? ¿Cómo es la gente de ese lugar? ¿Cómo es su cultura? ¿Qué comen?

Lo desconocido tiene sus propios desafíos. Decidí llenar la solicitud. Durante el día enseñaría inglés a profesionales y durante la noche dirigiría estudios bíblicos. La enseñanza de una lengua se convertiría en una herramienta de testimonio del Señor. "¡Qué bueno! Esto es exactamente lo que estoy buscando", me dije a mí mismo.

Rápidamente traté de aprender todo lo que pude respecto de Mongolia. Está ubicada entre el este de Siberia y el norte de China. Tiene 3 millones de habitantes. La religión más común es el budismo tibetano. Tiene el famoso desierto de Gobi. Hace mil años, Gengis Kan cruzó Mongolia en su viaje hacia Europa. La Iglesia Adventista en ese país tiene aproximadamente unos 200 miembros. Su capital, Ulan Bator, es quizá la capital más fría del planeta. Hasta hace poco el comunismo definía su vida política y económica. Y a medida que conocía más de Mongolia, aumentaba mi interés.

Pero tenía que resolver algunos problemas inmediatos. El trabajo recién comenzaría en enero, y eso significaba que tenía que abandonar mis estudios en la mitad del semestre. Peor aún, nunca había sido maestro y no sabía cómo enseñar inglés. ¡Y tampoco sabía cómo dar estudios bíblicos! Todo esto parecía ilógico, un deseo irrealizable. Sin embargo, pude escuchar un débil y pequeño susurro: "¿Confías en mí?" Entonces recordé algo que había leído: "Los que confían en el Señor renovarán su fuerza..."

¿Por qué yo no podía ser uno de ellos? Después de todo no era mi trabajo, era el de Dios.

Cuatro meses después tomé un avión a Ulan Bator. Poco después de llegar a Mongolia, le dije a la esposa del asesor espiritual de la misión que quería tener más estudios bíblicos. El sábado siguiente, el pastor Dale Tunnel me informó acerca de los planes que tenía para mí. Seis meses antes, un pastor de una congregación independiente había visto nuestras oficinas centrales de la misión desde el ómnibus en que viajaba. Sintió que tenía que visitar nuestra iglesia. La visita condujo a una discusión y luego a un estudio acerca de lo que creemos, y pronto estuvo convencido de que la Iglesia Adventista tenía la verdad. Luego de estudiar por sí mismo nuestras creencias durante seis meses, le pidió al pastor Tunnel que enviara a alguien para que diera una serie de estudios bíblicos en su iglesia, con el propósito de que todos sus miembros pudieran saber quiénes son y qué creen los adventistas.

El pastor Tunnel resumió mi trabajo: "Nathan, hazte cargo de este grupo. Estudia con ellos. Examina todas nuestras creencias. Hazlo los sábados por la tarde en la forma de un culto de adoración". Al principio dudé, pues no soy un predicador. Pero la voz que escuché antes de dejar mi hogar parecía estar ahí nuevamente. "¿Confías es mí?". El pastor Tunnel me invitó a que viera por única vez cómo lo hacía él, y luego la tarea sería mía. Nunca he visto a Dios actuar en forma tan asombrosa. En seis meses obró en 20 personas y las preparó para el bautismo. Las vi crecer espiritualmente, y ya no eran extrañas; ahora eran parte de mi familia.

El ministerio me dio más satisfacciones de lo que yo esperaba. Decidí extender mi trabajo a otras partes del país, esta vez con un amigo. Ashleigh y yo viajamos a los campamentos de la zona rural , caminamos por los bosques montañosos, y visitamos tantos grupos cristianos como pudimos. En una oportunidad viajamos en tren durante la noche, bajamos en una estación remota a las cuatro de la madrugada, tomamos un jeep para viajar por caminos de tierra, hasta llegar a un pequeño pueblo donde había una iglesia pequeña. El pueblo, situado en la base de una imponente cordillera, probablemente tenía cuatro árboles y más de 400 perros. Allí las condiciones de vida eran muy duras, no había agua corriente, no había baño, y sólo había cocinas a leña para hacer la comida y calentarse. Pero hubo algo que me hizo sentir enternecido y feliz: Una mujer joven había venido de muy lejos para establecer una iglesia en ese lugar, y en ese momento ella estaba lista para retornar sin que hubiera nadie para reemplazarla. Su compromiso con el trabajo y su necesidad de volver a su hogar me conmovieron. Y el Señor parecía estar a su lado. Así que decidí quedarme allí por un año.

Mudarme a Sant fue una de las cosas que más temor me produjo. Probablemente yo era el único estadounidense en 200 kilómetros a la redonda. Mi manejo de la lengua mongola no era tan bueno, y tampoco era un hombre de campo. La gente allí era ruda, intransigente, de fibra campesina. La mayoría tenía el aspecto de personas a quienes no quisiéramos tener como enemigos. Yo me enorgullecía de tener una mente abierta por haber crecido en Los Angeles; pero pronto me di cuenta de que mi apertura se extendía sólo a aquellos que eran similares a mí. Después de no mucho tiempo percibí que esas personas de aspecto rudo tenían el corazón más tierno de lo que uno se podía imaginar. Rápidamente me adoptaron como uno de los suyos: las mujeres me animaban a que las llamara "mamá", los jóvenes me llamaban hermano, y hasta algunos de los señores mayores me trataban como su hijo. No les importaba cuán diferente yo era de ellos, siempre me aceptaron tal cual era. Me enseñaron qué significa tener un verdadero espíritu cristiano de aceptación del otro.

Vivir en Sant fue difícil, pero muy valioso. Al estar solo aprendí por experiencia propia qué significa tener una relación con Jesucristo. Descubrí que no podía pasar el día sin él. El estar forzado a aprender una nueva lengua y a hablar como un niño de tres años, aprender nuevas cosas, parecer un tonto, por la falta de práctica, al levantar el forraje con una horquilla y cosecharlo con una guadaña, me inyectaban una gran dosis de humildad. Sin Cristo hubiera abandonado todo y me hubiera ido. Sólo cuando salimos de la zona en la que nos sentimos cómodos, aprendemos quiénes somos verdaderamente y cuánto necesitamos a Dios.

Dos años después de haber llegado a Mongolia, era tiempo de irme. Dejé la tierra de Gengis Kan habiendo andado a camello, habiendo viajado por la estepa mongola y habiendo tenido aventuras para emocionar a cualquiera. Pero más que todo, me fui como una persona transformada. Obtuve una nueva visión del mundo; una visión del mundo que ubica la confianza en Dios en el centro de todas las cosas. Dios quiere transformarnos en personas que sólo él puede imaginar. ¿Confiamos en que lo haga?

Nathan Nickel es un estudiante de Southern Adventist University, Tennessee, Estados Unidos. Su dirección electrónica es: ncnickel@southern.edu.